The Insider Megan Fox Dishes on Her Pregnancy




May 28, 2016
Megan Fox is expecting her third child with Brian Austin Green despite filing for divorce from him in August. Now the two are back on and when The Insider With Yahoo caught up with the Teenage Mutant Ninja Turtles: Out of the Shadows star, she opened up about baby no. 3.

“I have had a kid every other year since 2012 and that is just — it’s a lot,” the 30-year-old actress said. 
Megan and Brian share Noah, 3, and Bodhi, 2, but this time around, she says she’s handling her pregnancy a bit differently.
“I am eating even cleaner this time, which is so depressing to do when you’re pregnant because you want to eat a lot of sweets but you can’t,” she said. “I am eating really well. This baby should be really healthy and strong." 
While many women expect a push present from their significant others after welcoming a little one into the world, Megan says that’s not her style.
"Isn’t the baby the present for pushing?” she asked. “I don’t need a present on top of that… I’m not going to be asking for a $3 million choker." 
Check out the video to find out which celebrity mom Megan was referencing, and tune in to The Insider With Yahoo on TV tonight for the latest in entertainment news.

Resultado de imagen de Megan Fox
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El que manda, en teoría, es ese testaferro al que apodan con menosprecio, Pedro Sánchez. 


El que manda, en teoría, es ese señor del segundo plano conocido como Pedro Sánchez, que fuerza una sonrisa de circunstancias. Pero ya conocen ustedes las artimañas de la práctica para burlar a la teoría. La historia de la humanidad podría explicarse desde las relaciones entre lo que pensamos que sucede y lo que sucede. Una variante más de las relaciones entre la vigilia y el sueño o la fantasía y la realidad. Recuerdo una vieja fotografía, comentada también en esta sección, en la que aparecían reunidos el presidente Zapatero y el banquero Botín, entre otros personajes. El anfitrión y convocante era Zapatero, pero el único que estaba en mangas de camisa, con su cuerpo en posición de descanso, era Botín. Saltaba a la vista quién era el que mandaba en La Moncloa, que no era su titular.
La instantánea está tomada en Ferraz, donde según los papeles mandaba Sánchez. Pero si en vez de leer los papeles leemos las posturas, la dueña del tinglado es la señora del primer plano. Vueltas que dan la vida y la política. Observen el poderío que muestra la Sultana, tal como se refieren a ella en algunos círculos del socialismo (o lo que sea). Comparen la sonrisa autosatisfecha de quien sin mandar está en ello con la del que mandando ha comenzado su declive. Pocas imágenes son capaces de mostrar tan a las claras la crueldad de la lucha por la vida. Por si fuera poco, el espacio vacío entre los dos bandos describe mejor que mil palabras la división actual del socialismo español (o lo que sea). Una foto excelente para estudiar el “punto de vista” en los talleres de escritura.

Si te vieras con mis ojos.


El amor, la pintura y el volcán

El escritor chileno Carlos Franz evoca en su novela 'Si te vieras con mis ojos' el sueño de exotismo y aventura que América Latina despertó en los europeos



La entraña de esta historia es romántica por la efervescente sucesión de episodios y la truculencia de algunos de ellos —hasta un terremoto que sacude las entrañas del Aconcagua—, pero su construcción es muy moderna, por los saltos temporales entre el pasado y el futuro con que transcurre, y el audaz punto de vista en que está narrada —la segunda persona del singular—, lo que introduce una ambigüedad en una historia, pues el lector nunca sabe a ciencia cierta si es un monólogo en el que el personaje principal se cuenta a sí mismo o si un narrador omnisciente y apodíctico va ordenando a través de imperativos las ocurrencias de la historia. Esta inestable perspectiva nimba el relato de una delicada atmósfera, algo así como las veladuras que le sirven a Rugendas para sutilizar esas pinturas con que ha ido documentando sus interminables vagabundeos por el continente americano y con las que, desde que llegó a Valparaíso y conoció a Carmen, quiere dejar constancia de su amor.


Algo de la pasión colorista que anima la vida del protagonista de Si te vieras con mis ojos se ha contagiado a la escritura de la novela, que es plástica y sutil, sobre todo cuando recrea con gran profusión de imágenes y apasionada minucia la geografía de la historia, el abigarrado puerto de Valparaíso y sus vendedores de mariscos, las grandes extensiones desérticas de la costa y los soberbios contrafuertes andinos, donde los dos principales personajes masculinos se ven atrapados, en el interior de una cueva que es una tumba prehispánica, por un terremoto en el que están a punto de perder la vida. Todo este episodio es apocalíptico y está espléndidamente relatado, con una prosa que parece ella misma sufrir los sacudones y desgarros de la montaña conmovida por los desprendimientos geológicos. Aunque, tal vez, el viaje psicodélico que vive ese par en el seno de la caverna en razón de un cocimiento de yerbas alucinatorias, tenga un sesgo un tanto surrealista y esté a punto de rozar lo inverosímil.Los personajes son ricos en color y factura, desde el marido de Carmen, el viejo coronel Gutiérrez, héroe de las luchas por la independencia a la que la batalla de Ayacucho dejó cojo y descaderado, hasta el joven y genial naturalista Darwin, que ha llegado virgen a los 24 años, sufre crisis de espanto que lo hacen vomitar el alma, y que está feliz en Chile porque allí Carmen lo adiestra en las lides amorosas y porque ha descubierto el Austromegabalanus psittacus —vulgarmente llamado picoroco—, un percebe que tiene el pene más largo del mundo. Aunque su paso por la historia es más fugaz e indirecto, el ilustre barón de Humboldt, empeñado en convertir a Rugendas en un mero ilustrador botánico, deja una huella inolvidable por su propensión, al parecer incontrolable, de acariciar las nalgas de los adolescentes que se ponen a su alcance. Carmen es una mujer tempestuosa y libérrima, adelantada a su tiempo, que no teme enfrentarse a todos los prejuicios de su medio —incontables— para vivir el amor pasión; pero la personalidad más descollante es la del propio Rugendas, que quiere apropiarse del mundo trasladándolo a sus lienzos, y que ha recorrido las vastas tierras americanas dejando incontables dibujos de sus mujeres y costumbres pintorescas, de su áspera geografía, y ahora quiere pintar a su amante de una manera que no sólo retrate su cuerpo de odalisca, la fiereza con que se entrega al placer, sino también sus fantasmas y secretos más íntimos.


La historia es romántica por la efervescente sucesión de episodios y la truculencia de algunos

Pero, pasado este episodio, la novela retoma su ritmo febril y aventurero y hay en sus páginas un contagioso entusiasmo por contar y vivir en los límites, por mostrar las sorprendentes y formidables derivas que puede tomar la existencia, y la audacia y la alegría con que la pareja de amantes —Carmen y Rugendas— se amoldan a estas situaciones cambiantes y son capaces de explorar los extremos más vertiginosos del amor.
Entrelazados con estos episodios que constituyen el presente de la novela hay otros, que ocurren en Inglaterra —en Surrey—, 20 años después, donde Darwin y Rugendas se encuentran para confrontar sus recuerdos de aquellos lejanos parajes y de la mujer que amaron. Darwin no se convirtió en el sacerdote que aspiraba a ser de muchacho, su genio científico ha sido reconocido y tiene una existencia tranquila, con su esposa y sus hijos, y su entrega tenaz a la investigación botánica. Pero es un hombre físicamente destruido por las enfermedades y el trabajo intelectual, presa siempre de los terrores que convirtieron su adolescencia en una pesadilla, y en su memoria aletea siempre, con nostalgia terrible, aquella remota aventura en la que una chilena le enseñó el amor. Rugendas ha padecido ya tres infartos para entonces y sabe que su vida pende de un hilo. Son muy conmovedoras estas escenas en las que los dos viejos amigos, vencidos por los años y rodeados por el civilizado jardín inglés donde conversan, evocan aquella bravía juventud en aquel fin del mundo sin domesticar donde la vida no era rutina y paz sino desafío y peligro, violencia y goce, y donde la muerte estaba siempre rondando la vida.

El libro nos recuerda una época en la que América Latina parecía ser ella misma una de esas novelas de grandes pasiones

El libro se lee con facilidad y con placer y, también, con cierta melancolía, porque nos recuerda una época en la que, impregnada por el romanticismo, América Latina parecía ser ella misma una de esas novelas de grandes pasiones y arriesgadas aventuras que tanto seducían a los lectores europeos, ávidos de paisajes exóticos y de destinos fuera de lo común. Como Rugendas, como Darwin, muchos europeos llegaron hasta estas costas remotas, a estudiar la naturaleza, a transmutarla en arte, a vivir la aventura de la conquista y de la guerra, o a explorar las ruinas de esos antiquísimos imperios sepultados por las selvas o los vestigios de ciudades construidas en lo alto de cordilleras imposibles. América Latina fue la depositaria de muchos sueños y mitos europeos y, paradójicamente, los latinoamericanos los heredamos al extremo de llegar a vernos y reconocernos en esas imágenes que la fantasía romántica fabricó sobre nosotros. En todos los campos, pero sobre todo en el cultural y el político, América Latina sirvió, en muchos momentos de su historia, para alimentar el sueño europeo romántico de exotismo y aventura y llegó a ser nada más y nada menos para la visión europea que una fantasía literaria. Sin habérselo propuesto, Carlos Franz ha recreado en esta novela con eficacia y sutileza esa transposición al mito y la leyenda de la realidad latinoamericana de dos europeos —uno inglés y otro alemán— a los que estas tierras hicieron vivir las fuertes emociones que buscaban y a consolidar su talento artístico y su genio.

Vargas Llosa.

La Media Luna Yihadista no tiene piedad con los eujropeos.

La medialuna sobre el Sena
Acaba de haber elecciones generales en Francia y la “Fraternidad musulmana” ha ganado con comodidad; socialistas y republicanos, temerosos de que el Frente Nacional de Marine Le Pen pudiera acceder al poder en estos comicios, han asegurado aquel triunfo. La Francia que fue antaño cristiana, luego laica, tiene ahora, por primera vez, un presidente musulmán, Mohammed Ben Abbes.
Contrariamente a lo que se temía, los “grupos identitarios” (nacionalistas y xenófobos), no han entrado en zafarrancho de combate y parecen haberse resignado a lo ocurrido con unos cuantos alborotos y algún crimen, algo que, por lo demás, los discretos medios de comunicación apenas mencionan. El país muestra una insólita pasividad ante el proceso de islamización, que empieza muy de prisa en el ámbito académico. Arabia Saudita patrocina con munificencia a la Sorbona, donde los profesores que no se convierten deben jubilarse, eso sí, en condiciones económicas óptimas. Desaparecen las aulas mixtas y los antiguos patios se llenan de jovencitas veladas. El nuevo presidente de la universidad, Rediger, autor de un best sellerque ha vendido tres millones de ejemplares: Diez preguntas sobre el Islam,defiende la poligamia y la practica: tiene dos esposas legítimas, una veterana y otra de apenas quince años.

François observa todos estos enormes cambios que suceden a su alrededor –por ejemplo, que la política exterior francesa se vuelque ahora a acercar a Europa y en especial a Francia a todos los países árabes- con un fatalismo tranquilo. Este parece ser el estado de ánimo dominante entre sus compatriotas, una sociedad que ha perdido el élan vital, resignada ante una historia que le parece tan irremediable como un terremoto o un tsunami, sin reflejos ni rebeldía, sometida de antemano a todo lo que le depara el destino. Basta leer unas pocas páginas de esta novela de Michel Houellebecq para entender que el título le viene como anillo al dedo: Sumisión. En efecto: esta es la historia de un pueblo sometido y vencido, que, enfermo de melancolía y de neurosis, se va viendo desaparecer a sí mismo y es incapaz de mover un dedo para impedirlo.Quien cuenta esta historia, François, es un oscuro profesor de literatura que se pasó siete años escribiendo una tesis sobre Joris-Karl Huysmans y ha publicado un solo libro, Vértigo de neologismos, sobre este novelista decimonónico. Solterón, apático y anodino, nunca le interesó la política pero ésta entra como un ventarrón en su vida cuando lo echan de la universidad por no convertirse y pierde a su novia, Myriam, que, debido al cambio de régimen, debe emigrar a Israel con toda su familia al igual que la mayoría de judíos franceses.
Aunque la trama está muy bien montada y se lee con un interés que no decae, a ratos se tiene la impresión no de estar enfrascado en una novela sino en un testimonio psicoanalítico sobre los fantasmas macabros de un inconsciente colectivo que se tortura a sí mismo infligiéndose humillaciones, fracasos y una lenta decadencia que lo llevará a la extinción. Como este libro ha sido leído con avidez en Francia por un enorme público, cabe suponer que en él se expresan unos sentimientos, miedos y prejuicios de que es víctima un importante sector de la sociedad francesa.
Esta es la historia de un pueblo sometido y vencido, que se va viendo desaparecer a sí mismo
Es simplemente inverosímil que alguna vez ocurra en Francia aquello que parece profetizar Sumisión, un retroceso tan radical hacia la barbarie del país que entronizó por primera vez Los Derechos del Hombre, cuna de las revoluciones que, según Marx, se proponían “asaltar el cielo”, y de la literatura más refractaria al status quo de toda Europa. Pero tal vez semejante pesimismo se explique recordando que la modernidad ha golpeado de manera inmisericorde a Francia, que nunca ha sabido adaptarse a ella –por ejemplo sigue arrastrando un Estado macrocefálico que la asfixia y unas prestaciones generosas que no puede financiar-, al mismo tiempo que el terrorismo se ha encarnizado en su suelo impregnando de inseguridad y desmoralización a sus ciudadanos. Por otra parte su clase política, que ha ido decayendo y parece haber perdido por completo su capacidad de renovarse, no sabe cómo enfrentar los problemas de manera radical y creativa. Esto explica el crecimiento enloquecido del Front National y el repliegue tribal al nacionalismo de orejeras que proponen sus dirigentes como remedio a sus males.
La novela de Michel Houellebecq da forma y consistencia a esos fantasmas de manera muy eficaz y seguramente contribuye a difundirlos. Lo hace con pericia literaria y una prosa fría y neutral. Es difícil no sentir cierta simpatía por François y tantos infelices como él, sobre los que se abate la desgracia sin que atinen a ofrecer la menor resistencia a unos acontecimientos que, como diría el buenazo de Monsieur Bovary, parecen “la falta de la fatalidad”. Pero todo esto es puro espejismo y, una vez concluida la magia de la lectura, conviene cotejar la ficción con el mundo real.
Verdad que la población musulmana en Francia es, comparativamente, la más numerosa de Europa, pero, también, que se trata de la menos integrada y que la tensión y violencias que a veces estallan entre ella y el resto de la sociedad se deben en buena parte al estado de marginación y desarraigo en que se encuentra. Por otro lado, es importante recordar que el mayor número de víctimas del terrorismo de los islamistas fanáticos son los propios musulmanes y que, por lo tanto, presentar a esta comunidad cohesionada e integrada política e ideológicamente como hace la novela de Houellebecq es irreal. Y, también, suponer que una de las sociedades que está más a la vanguardia en el mundo en cuestiones sociales –de sexo, de religión, de género y derechos humanos en general- podría involucionar hacia prácticas medievales como la poligamia y la discriminación de la mujer con la facilidad con que describe Sumisión. Semejante conjetura va más allá de cualquier licencia poética.
El mayor número de víctimas del terrorismo de los islamistas fanáticos son musulmanes

Y, sin embargo, entre tantas mentiras hay unas verdades que se insinúan y prevalecen en el libro de Michel Houellebecq. Son los prejuicios, la xenofobia y la paranoia que inspiran esa siniestra fantasía, aquella sensación mentirosa de que el futuro está determinado por fuerzas contra las cuales el hombre común y corriente es impotente y no tiene otra opción que la de acatarlo o suicidarse. No es cierto que la libertad no exista y los seres humanos sean ciegos intérpretes de un guión pre-establecido. Siempre hay algo que se puede hacer para enfrentarse a derroteros adversos. Si el fatalismo que postula Sumisión frente a la historia fuera cierto, nunca habríamos salido de las cavernas. Gracias a que es posible la insumisión ha habido progreso. Vivir con la sensación de la derrota en la boca, como viven los personajes de esta novela, da una lastimosa imagen del ser humano. François acata lo que considera su sino y se somete; al final de libro, se tiene la sospecha de que, pese a su secreta e invencible repugnancia contra todo lo que ocurre, terminará por convertirse también, de modo que pueda volver a enseñar en la Sorbona, prepare la edición de la Pléiade de las novelas de J.K. Huysmans y acaso, como Rediger, hasta se case con varias mujeres.