Es la ocasión elegida
por Pablo Iglesias para quemar las naves, resolviendo “por vía administrativa”,
como se decía en sus precedentes comunistas, esto es, mediante un ukase
condenatorio, la crisis interna planteada en la organización: “El responsable
excluido lo hacía mal, yo le excluyo sin tener que dar más justificaciones. Y
pongo a quien quiero”. Ni Consejo de Ciudadanos, ni nada. Es curioso que
todavía haya quien confunde la supuesta condición asamblearia, en que creen
vivir muchos de sus seguidores, y la realidad de una estructura piramidal
dominada férreamente por Pablo Iglesias. No solo el modo en que ha tenido lugar
el cese de Pascual, sino el contenido de la Carta “a los círculos y a la
militancia de Podemos”, aclaran que el Líder tiene decidido acabar con la
bipolaridad abierta por las elecciones locales y para las comunidades. Toca
ahora un monolitismo que solo admite sus decisiones como fuente de poder.
Cualquier opción autónoma, como las dimisiones de Madrid, “interesa a los
defensores del statu quo”. “En Podemos no hay ni deberá haber -sentencia- corrientes
ni facciones que compitan por el control de los aparatos y los recursos”. El
pluralismo es proscrito; solo cabe la unidad.
El líder de Podemos
dirige férreamente el partido. El pluralismo es proscrito; solo cabe la unidad.
Efectivamente, según advierte Iglesias, Podemos no es un partido más. Su
naturaleza, en los términos definidos por la Carta, coincide con las
organizaciones de masas antidemocráticas de la primera mitad del siglo XX. Los
militantes no son simples ciudadanos, sino miembros de una “comunidad popular”,
Volksgemeinshaft, en este caso reflejo de la cohesión que debe reinar entre
quienes expresan y defienden los intereses del nuevo sujeto colectivo a
redimir, “la gente”. Y al modo de lo que sucediera tanto en los integrantes del
espectro comunista, como en los movimientos totalitarios clásicos, ese
“nosotros” comunitario pasa de la abstracción a la praxis gracias a la
autocracia ejercida por un Líder carismático, que funde su personalidad
excepcional con los intereses de “la gente” y de su instrumento político,
Podemos. El Líder no precisa de argumentos. Es lo que es. Para confirmar el
acierto de todos y cada uno de sus juicios, la Carta reproduce la cascada de
descalificaciones, muchas de ellas amañadas, del acuerdo PSOE-Ciudadanos. No hay
matiz alguno. El jefe no se equivoca.
Más allá de esa
exaltación, resulta imprescindible dar con un soporte ideológico que dé
contenido al vínculo del líder con su comunidad, y que asimismo marque la
divisoria y afirme la condición superior de la misma sobre el resto de la
sociedad. Aquí y ahora no cabe ya recurrir a ideas-fuerza tales como el
nacionalismo imperialista de entreguerras o la emancipación del proletariado
siguiendo el ejemplo de la URSS. Ante ese vacío, y obligado a franquear el
umbral de la irracionalidad, a efectos de consolidar la seducción del Líder
sobre sus masas, Iglesias apela a la “belleza” y al “amor”. Lo primero es un
préstamo del filme La grande bellezza, pero no es Sorrentino quien quiere sino
quien puede. Ciertamente reencontramos siempre en sus actuaciones “la
naturaleza teatral” que Joachim Fest destacara en un conocido personaje. Solo
que los resultados no son siempre los buscados -pensemos en el morreo con
Doménech-, y de la voluntad de contestación estética vamos con frecuencia a
desembocar en lo que Duanel Díaz, pensando en el movimiento revolucionario
cubano, calificó de “chusmería”.
Y en cuanto al amor, el
origen se encuentra en las reflexiones, mucho más precisas, de Juan Carlos
Monedero en torno al “socialismo del siglo XXI”: socialismo es amor, escribió,
porque implica “una empatía radical con los demás miembros de la comunidad”. El
concepto queda desfigurado en Iglesias al verse envuelto en una retórica propia
de telenovela, de insufrible cursilería, aun cuando resulte útil para su
propósito de subrayar la naturaleza cuasi-religiosa de una militancia obediente
a sus mandatos, sin mezcla de democracia alguna. La invocación al “amor”, a su
amor difundido por arte de magia en todo Podemos, correlato del odio a los
adversarios, puede parecer ridícula, y lo es. Solo que payasadas semejantes
tuvieron más de una vez fortuna al calar en movimientos de masas durante el
pasado siglo.
Se trata nada menos que
de “cambiar la historia social y política de nuestro país”. ¿Hacia dónde? No
hace falta saberlo. Los principales proyectos de destrucción de la democracia
en el siglo XX coincidieron siempre en el propósito de forjar “un hombre
nuevo”. Aquí nos espera el español nuevo, diseñado, a partir de “la gente” y
desde la nada ideológica, por Pablo Iglesias.
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