La parte que no sabías de Brad Pitt

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Fotografía de Craig McDean. Diseño de Jason Rider.
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Marlon James ganó el Man Booker Prize de ficción 2015 por su tercera novela, la devastadora “A Brief History of Seven Killings”. Durante su conversación de tres horas con Brad Pitt en la oficina del actor en Beverly Hills, para la revista T del 11 de septiembre, James evitó preguntar sobre Angelina Jolie Pitt o sus hijos. En vez de eso, dice, “quería saber cómo se siente acerca de Donald Trump, si su fijación con la arquitectura era real y, más que nada, quería saber cómo un chico proveniente del Cinturón Bíblico se convirtió en un activista liberal, pro-gay, y no tan pro-Dios”.
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1. Brad Pitt, asesino de plantas

Es de los que dejan que una planta se muera de hambre. La evidencia está en dos esquinas opuestas de su oficina en Beverly Hills; se trata de los restos de algo que hace mucho renunció a la esperanza de que lo regaran. Ha estado fuera 10 meses, dice. Esa es su explicación, aunque no es exactamente una excusa. De todas formas, juro exponer sus hábitos como asesino de plantas porque el público merece saberlo.
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Estoy en Plan B, la empresa de producción fílmica que Pitt cofundó en 2001 y de la cual ahora es propietario, y he decidido sorprenderle con mis conocimientos de arquitectura, algo de lo que él aprendió mientras ayudaba a reconstruir el Noveno Distrito Sur de Nueva Orleans después de la catástrofe del huracán Katrina. Me imaginé que estaría bien presentarle el trabajo de Shigeru Ban, famoso por su Catedral de Cartón en Christchurch, Nueva Zelanda, así como otros proyectos para enfrentar catástrofes en todo el mundo pero aquí, en el librero de Pitt, ya está una monografía sobre su obra.
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Cerca de su reproductor de discos están los álbumes de Joe Strummer con los Mescaleros, lo cual no es una sorpresa, pero también hay libros excepcionales acerca de la contracultura, incluyendo The Bikeriders, de Danny Lyon, que sí sorprenden. Se trata de una revelación, no porque Pitt sea una superestrella, lo cual puede provocar que las personas pierdan el piso, sino porque es padre, y lo primero que se va después de tener hijos es la capacidad de estar en onda. Así que cuando se levanta para estrechar mi mano —vestido con una camiseta blanca, jeans blancos y un sombrero fedora blanco— parece más un joven que un padre.
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Cover Story: Brad Pitt

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2. Brad Pitt sabe que el dinero no compra la felicidad

War Machine, una de las dos películas que estrenará este otoño, está basada en el libro The Operators, el recuento devastador sobre el choque del periodista Michael Hasting con el mando militar estadounidense, sus maniobras imprudentes y el golpe político provocado por un general condecorado —interpretado por Pitt— que bajó muchísimo la guardia. (La otra película es el filme de suspenso de Robert Zemeckis, Allied, que también se basa en hechos reales).
“Es una sátira acerca de los líderes que terminan enviando a nuestros jóvenes a la guerra”, dice. “Se trata de lo absurdo que es el proceso, la maquinaria, el interés propio que está implicado … y es desquiciadamente divertida, hasta que deja de serlo”.
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Hablar de la delgada línea que separa la tragedia y la comedia hace que hablemos de la tristeza y la felicidad en general, lo cual provoca que Pitt haga una observación: durante sus viajes por todo el mundo se ha encontrado con muchas personas que parecen no tener ninguna razón para ser felices… sin embargo, las personas que se encuentran en las circunstancias más atroces son quienes de alguna manera parecen ser las más felices. Por eso, dice, la gente como él —gente con dinero y tiempo— se siente tan obligada a cambiar esas circunstancias. Eso no siempre es algo bueno, y él lo sabe.
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“He ido a lugares en países del tercer mundo donde está la gente que más ha sufrido, pero esas personas siempre parecen tener la carcajada más ruidosa”, dice.
Yo, que soy de Jamaica y he visto bastantes misiones en el Tercer Mundo, le digo que a veces nuestra risa más contagiosa se dirige a los bienhechores extranjeros que no tienen ni idea de cómo solucionar nuestros problemas. “Yo he sido uno de esos a veces”, admite. “Pero debes comenzar por algo. Empiezas con tus mejores intenciones, entendiendo el mundo según tu percepción. Después pones manos a la obra y te das cuenta de que todo es más complicado de lo que podías haber imaginado. Nuestro fracaso en cuanto a política exterior siempre ha sido pensar que podemos imponer nuestras ideas en otra cultura, aunque no entendamos de verdad esa otra cultura”.
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3. Brad Pitt es muy consciente de tu opinión sobre las opiniones de la gente famosa

Una de las razones por las que accedí a llevar a cabo esta entrevista fue para hacer algo más que recordarle al mundo que, caray, qué sorpresa, Brad Pitt es simplemente un tipo normal. Algo así sería ridículo de cualquier forma: una búsqueda de su nombre en Google arroja cerca de 45 millones de resultados; cerca de 10 millones surgen cuando se escribe “Brad Pit”. Este es, después de todo, el hombre que en el papel de un ladrón seductor en Thelma & Louise demostró que los papeles pequeños no existen. Una vez, alguien dijo una frase célebre acerca de que Pitt es un actor de género atrapado en el cuerpo de un actor protagonista, lo cual es cierto, pero también es la última gran estrella de cine salida de Hollywood. No le pregunté si le gusta resolver la tarea de sus hijos.
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En vez de eso le pregunté sobre el Brexit. “Caray, jamás creí que pasaría eso. Tampoco puedo imaginarme que Trump pueda estar a cargo. En términos simples: lo que nos une es bueno, y lo que nos separa es malo. Esa grandiosa frase es de The Big Short”, dice, refiriéndose al filme ganador del Oscar acerca de la crisis financiera de 2008, en el cual trabajó como productor. “Cuando las cosas salen mal y no sabemos por qué, comenzamos a crear enemigos”.
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Yo le digo que, cuando creamos esos enemigos, a menudo no vemos más allá de lo que está frente a nosotros. Los homosexuales, por ejemplo. “O los inmigrantes ilegales”, dice. Él sigue reflexionando en voz alta sobre el tema, no porque esté interesado en el extremismo, la intolerancia, la religiosidad o el miedo como parte de una patología real —o los simpatizantes de Trump y la derecha religiosa, si a esas vamos—, sino porque en otra versión de la realidad, una donde no pudo ser estrella de cine y se quedó en su estado natal, ese pudo haber sido su destino. “Ya que vengo de Oklahoma, al sur de Misuri, donde hay más inclinación por las ideas de Trump, intento entenderlo”.
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“Parece que las personas que más sufren terminan apostándole al partido que los dañará”, continúa. “Así que intento comprender cuál es el origen de esta situación”.
Yo sugiero que el dinero tiene mucho que ver —como cuando Bélgica apoyó el control tutsi por encima de los hutus y generó resentimiento, lo cual provocó un genocidio—, y él está de acuerdo. Pero una conversación reciente que tuvo con un académico de Brookings, un laboratorio de ideas en Washington, D.C., le generó una visión distinta, una donde la causa de conflicto no puede explicarse a través de la simple economía.
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“Debes entender”, dice, “que también está en nuestro ADN. La mayoría de los estadounidenses no tienen tiempo para ver CNN, Fox y Al Jazeera. Están tratando de reunir el dinero para pagar la renta o alimentar a sus hijos, y están cansados cuando llegan a casa y quieren olvidarse de todo. Así que cuando de pronto llega una voz —y no tiene que ser una voz con argumentos sustanciosos— y dice que está harto de todo esto, es cuando puede engancharse al ADN de las personas”.
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4. Brad Pitt y yo estamos de acuerdo sobre Mel Gibson

Como Quentin Tarantino, su amigo y director en Inglourious Basterds, Pitt obtuvo el conocimiento que tiene del medio a través del medio en sí. Además, el cine fue una puerta para salir al mundo. “Si vives encerrado y de pronto sales al mundo, te expones a otras culturas. Y recordemos que esa fue la era previa al internet. Esa era la única óptica que podía mostrarme cómo vivía un chico de Brooklyn, un chico de Irlanda, un chico de África”.
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En cuanto al tema de los mundos exóticos, menciona un filme que le gustaría hacer sobre Poncio Pilatos, sobre todo debido al guión, que se enfoca en un funcionario romano mediocre que está atrapado en medio de la nada con personas difíciles que no le agradan; eso le hace sonreír.
Jesucristo no está mucho tiempo en pantalla. “Definitivamente no será para el público que disfrutó La pasión de Cristo, dice, lo cual me recuerda que esa epopeya sobre la tortura, casi pornográfica, es una de las cosas que me sacó de la iglesia. Pitt suelta una carcajada. “Sentí que estaba viendo un filme propagandístico de Ron Hubbard”.
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Xenu aparte, las películas de Gibson suelen hacer algo muy bien: representar la violencia. “Ah, sí, extremadamente bien”, dice Pitt. “Apocalypto es una gran película”.

5. El chiste de “me estoy haciendo viejo” de Brad Pitt es mejor que el tuyo

Es fácil olvidar que este hombre tiene 52 años —por un lado, es demasiado delgado— pero el interés que sus hijos tienen en reliquias del pasado nos lo recuerda con regularidad. Una de sus hijas, por ejemplo, ama las cintas de casette al igual que alguien de la edad de Pitt amaría un gramófono, o hacer su propio daguerrotipo. También en el set recuerda la edad que tiene. “Cuando estaba filmando Fury, hicimos un campo de entrenamiento durante una semana, y ahí estaba Logan Lerman, quien era el actor más joven del grupo —creo que tenía 21— y le asignamos una tarea de principiante. Le dimos un reloj y él debía registrar cuánto tiempo nos tomaba comer, y ponernos y quitarnos el equipo. Un día se acercó a mí y dijo que el reloj se había detenido, y yo le contesté: ‘Solo tienes que darle cuerda’. Regresó a los 15 minutos y dijo: ‘Espera: ¿cómo le doy cuerda?’”
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6. Brad Pitt, ¿un tipo normal?

Lo bueno de hacer una entrevista lenta y sin horarios, en especial cuando tu entrevistado tiene el día libre, es que puedes hablar de cosas medio triviales y medio sustanciales, lo cual solo es posible con las personas verdaderamente amigables, y lo cual, a su vez, no quiere decir que a veces Pitt no suba la guardia cuando se trata de hablar de temas delicados como la desigualdad de sueldos y la preferencia por los actores blancos en Hollywood. Sin embargo, charlamos casualmente con tan buena química que yo seguía prendiendo la grabadora después de que creí que la entrevista se había acabado; él hablaba de caer bajo el hechizo de Nueva Orleans, o de tener preferencia por las historias de desamparados, o de cómo Beasts of the Southern Wild es una película maravillosa que le rompió el corazón.
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Lo malo de hacer una entrevista lenta y sin horarios es que jamás estás seguro de cómo terminarla. Así que sigo pasando el rato en su oficina, paseando por las instalaciones y escuchando mientras habla por teléfono para atender sus asuntos de papá, cuando me doy cuenta de que estoy a punto de perder mi vuelo. Él me pide un auto y me acompaña a la salida. No es hasta este momento, bajo el sol de California, que me enfrento con lo absurdo que es estar al lado de Brad Pitt, en la calle, esperando a un Uber.

En España la regeneración política ni ha sido posible ni lo será

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Pablo Iglesias, líder de Podemos. Entre los votantes de menos de 35 años, Podemos no  es el partido más votado de España.
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Chema Moya/European Pressphoto Agency

España lleva casi un año con un gobierno provisional que ha hecho de liana entre dos elecciones generales tras las que ningún candidato ha conseguido todavía ser investido presidente por una incapacidad para pactar entre los partidos que deriva en falta de apoyo parlamentario al candidato vencedor, Mariano Rajoy.
La reacción sencilla e inmediata a esta situación de bloqueo suele ser: que la oposición permita que gobierne Rajoy, presidente actual y candidato más votado en las elecciones celebradas en diciembre de 2015 y en junio de este año; qué le vamos a hacer, pero que por favor gobierne alguien, por el bien general. Todo para que no haya terceras elecciones.
Pero no, Rajoy ha recibido el rechazo de la mayoría absoluta de los diputados en otra sesión de investidura fracasada.
La razón fundamental es que para que el Congreso, que antes giraba alrededor de dos grandes partidos estatales, PP y PSOE, articule una mayoría ahora necesita de carambolas entre cuatro formaciones con la aparición de dos nuevos partidos: Podemos y Ciudadanos.
Y las piezas no encajan.
Lo fácil es decir que es por culpa de los políticos, que no saben ceder y pactar, pero la situación política es algo más compleja que la de un mero puzzle parlamentario que haya que desempatar. Lo cierto es que es el país lo que no termina de encajar.
Entre los votantes de menos de 35 años, Podemos es el partido más votado y Ciudadanos es fuerte; entre los mayores, el PP arrasa y el PSOE conserva sus fieles. La España rural no se fía de los nuevos partidos, mientras que en las grandes ciudades los gobiernos municipales son de la nueva izquierda aliada a Podemos. Sin embargo, no es posible un pacto de los partidos nuevos para forzar a los partidos tradicionales porque siguen pesando más los dos ejes fundamentales de la política española de las últimas décadas: el que divide la izquierda de la derecha y el del debate sobre los nacionalismos.
España es hoy una criatura política atormentada, la encarnación de un proceso de mutación sin culminar, un paciente expuesto a una radiación que iba a cambiarlo por completo pero lo ha dejado así, a mitad de camino, convaleciente, atónito, disfuncional, ingobernable.
Hasta 2011 España podía definirse como un país políticamente apático, donde si acaso lo único que crecía junto al desempleo y la crisis era la antipolítica, como en tantos otros. También era un país electoralmente previsible, con una sucesión de gobiernos de dos partidos, PP y PSOE, que se apoyaban con pactos puntuales en partidos nacionalistas. Un menú político repetitivo y redundante.
El enorme ciclo de protestas que se sucede desde 2011, crítico con ese statu quo y su gestión de la crisis económica, fue como una gran descarga radiactiva en el corazón del sistema y despertó el interés ciudadano en la política. Valga como dato que en televisión, allí donde había programas de vanidades y cotilleos en horario de máxima audiencia, aparecieron debates políticos y programas informativos. También aparecieron nuevos medios de comunicación digitales centrados en la política.
Durante cuatro años se ha producido una mutación en la opinión pública española que antes parecía imposible. El tono del debate cambió y se introdujeron asuntos antes soterrados, como la transparencia de los poderes públicos o el papel del poder financiero en la política. Una nueva generación de representantes se ha ido abriendo paso dentro de instituciones envejecidas e, incluso, hay dos partidos políticos nuevos que quieren encarnar lo que han definen como “nueva política”.
Pero, como ya decía, la mutación ha quedado incompleta.
La fuerza con más poder institucional sigue siendo el PP, un partido imputado en los tribunales por corrupción estructural. El presidente de ese partido sigue siendo Rajoy, responsable además de contestados recortes de libertades y medidas de austeridad.
El último síntoma ha llegado con la nominación para el Banco Mundial por parte del Gobierno del exministro José Manuel Soria, que dimitió hace unos meses por sus conexiones con paraísos fiscales desvelada por Los Papeles de Panamá. Hasta dentro del propio PP han surgido voces críticas y Rajoy ha tenido que dar marcha atrás en este nombramiento después de justificarlo con medias verdades.
De todas las mutaciones, la más necesaria para la transformación y la regeneración democrática, la que debía poner en barbecho a la principal fuerza conservadora para que realizara la renovación que otros han emprendido a su manera, no ha ocurrido.
Rajoy, el PP y parte del establishment español encontraron muy pronto el único antídoto posible contra esa radiación aparentemente imparable: el aburrimiento, el bloqueo, la nada. Manteniendo un perfil muy bajo en los medios de comunicación, Rajoy ninguneó las evidentes muestras de indignación social. Así dejó que el tiempo hiciera el resto.
En otras palabras, si España despertó, quieren dormirla de nuevo.
La cadena de elecciones del último año ha dejado un país fracturado y contradictorio. Así que por eso Podemos no encaja en un pacto de PSOE y Ciudadanos que pueda arrebatarle el gobierno a Rajoy bajo el mantra de la regeneración; ni Ciudadanos encaja en un pacto PSOE y Podemos porque reventarían las costuras del clásico debate territorial en España. El principal beneficiado es, entonces, el continuismo del PP, que como primera fuerza política reclama su derecho a ser investido aunque no tenga los diputados necesarios.
Así que estamos en la España que se ha quedado en regeneracióninterruptus. Los partidos no saben muy bien qué les perjudicaría más entre su electorado: si apoyar al partido símbolo de la corrupción y los recortes, o si aparecer como culpable de la ingobernabilidad.
Mientras tanto, el hastío le gana terreno a la mutación. Las encuestas dicen que los abstencionistas suben. La corrupción apenas afecta a los resultados electorales. La política ya no da tanta audiencia y los debates vuelven a sonar siempre a lo mismo. Los males estructurales de la política española son los que ahora consiguen regenerarse en un país frustrado, con el impulso congelado. Un mutante atrapado entre dos épocas.