Españoles, extranjeros en Europa y en España. Somos separatistas o contra-separatistas.

El separatismo es aceptable cuando Se "va" quien lo demanda. El ideal de una ciudadanía europea plenamente efectiva es casi tan antiguo como la propia UE, aunque su progreso no ha sido rápido ni fácil. Su primera formulación, poco más que un esbozo recibido con poco entusiasmo por los Gobiernos, la firmó Leo Tindemans en 1974. Diez años más tarde, el Consejo Europeo ampara un comité llamado “Europa de los ciudadanos”, cuyas propuestas influyen positivamente en el proyecto de Tratado de la UE redactado por Altiero Spinelli, aunque el Acta Única europea recoge muy pocas de ellas. Hay que esperar cuatro años más hasta que en el Consejo Europeo celebrado en Roma la delegación española presenta un proyecto articulado y motivado de ciudadanía europea que luego, dos años después, será recogido en el Tratado de Maastricht. El fracaso del referéndum sobre la Constitución Europea frenó el mayor y mejor desarrollo de esa ciudadanía, no sólo innovadora, sino de aspiraciones razonablemente revolucionarias, aunque el Tratado de Lisboa trató de salvar lo más posible del naufragio.
No es difícil comprender los recelos con que tanto los Gobiernos nacionales como los propios ciudadanos de cada uno de los Estados miembros acogen este proyecto posnacional. Ya en Dominios y potestades, el filósofo George Santayana había dicho que lo más difícil de asimilar de las grandes alianzas internacionales es que implican en parte ser gobernados por extranjeros. Pero, en este caso, además se exige algo aún más peliagudo: aceptar como conciudadanos a nativos de otros países. Es decir, olvidar a todos los efectos que son lo que antes llamábamos “extranjeros”.
Desterritorializar la ciudadanía, hacerla depender de una misma ley y no de un mismo lugar de origen, basarla en derechos y deberes cara al futuro y no en la comunidad genealógica que nos ancla en el pasado, va en contra de la visión elemental del asunto. La ciudadanía queda así vinculada a lo universal y no a tradiciones locales, por tanto está abierta a todos sea cual fuere su origen. Hasta ahora, lo que caracterizaba a españoles, franceses o alemanes eran sus “raíces”, la “cepa” (de “pura cepa”, de “souche”), metáforas agrícolas basadas en la semilla que germina allí donde fue sembrada y no en otro lugar. Pero los humanos, como bien dice George Steiner, no tenemos raíces sino piernas para ir de un lado a otro a donde nos convenga. El proyecto europeo, como en su día la propia democracia, nace del desarraigo: no hay europeos de pura cepa, sino de leyes compartidas.
No olvidemos que un enfrentamiento español sirvió de ensayo a una tragedia europea
Por supuesto, todos los Estados modernos brotaron de un movimiento semejante, que aunaba diversas etnias, lenguas, tribus y hábitos populares en una Administración común destinada a igualar en obligaciones y derechos a los individuos, liberándolos de la estrechez colectiva de sus orígenes locales. Por tanto son el primer paso hacia el cosmopolitismo posterior, posnacional. De ahí el peligro de los movimientos separatistas disgregadores de los Estados que hoy apuntan en Europa y muy particularmente en España. El nacionalismo separatista en Cataluña o el País Vasco pretende convertir la diversidad cultural en fragmentación política. El derecho a decidir que define a la ciudadanía democrática pertenece, según ellos, a los territorios, no a los individuos. Los ciudadanos no lo son del Estado más que parcialmente: cada cual ve restringida su soberanía por determinaciones predemocráticas e incluso prepolíticas, como son la etnia, la genealogía, la lengua o la geografía. Algunos territorios piden un referéndum para determinar si siguen o no en el Estado, pero en el que sólo votarían quienes ellos determinasen previamente que son “catalanes” o “vascos”: o sea que habría que aceptar de antemano lo que se pretende determinar con la consulta. En la España franquista, el castellano era la única lengua española en la que se podía educar a los niños o relacionarse con la Administración; hoy vivimos en el único país de la CE donde la lengua oficial común no puede ser elegida para tales usos en algunas zonas del Estado. Etcétera…
Hoy los separatistas en España pretenden apoyarse en los partidos populistas y en la indignación provocada por la crisis, el despilfarro y la corrupción. El resto de Europa se desinteresa de estos conflictos llamados internos. Pero la reivindicación disgregadora apunta en otros países y se reforzará si triunfa en el nuestro. No olvidemos que ya el siglo pasado un enfrentamiento español sirvió de ensayo general a una tragedia europea

En Venezuela, país con las mayores reservas petrolíferas del mundo, la hambruna y el crimen oficial se han adueñado del pueblo.

En el país con las primeras reservas petrolíferas del mundo escasean hoy la electricidad y el papel higiénico tanto como los derechos humanos, la democracia y las libertades

Había una vez una bella idea cuya puesta en práctica degeneraba en una pesadilla cada vez que se intentaba. Unos lo achacaban a la inmadurez de las sociedades, otros a un enemigo exterior saboteador, también había quienes mencionaban las debilidades de los líderes. Pero tanto final fatal no podía ser casualidad. Ya en 1950, Herbert Wehner, comunista alemán y fundador de la Brigada Thälmann que combatiera en la Guerra Civil española, llegó a la conclusión de que el “comunismo significa la destrucción de los derechos humanos”. No debe extrañar que observando cómo la Alemania oriental se había convertido en una gigantesca prisión al aire libre, los socialdemócratas alemanes fueran los primeros en entender que el problema no estaba en la ejecución del modelo, sino en la filosofía que lo inspiraba, incompatible con la libertad. Solo tenían que mirar por encima del Muro. Por eso renunciaron en 1959 al marxismo, convencidos de que se trataba de una ideología letal para la libertad.
Algo parecido pasa ahora con el “socialismo del siglo XXI”, como los seguidores de la revolución bolivariana han gustado de describir el proceso vivido en Venezuela. En el país con las primeras reservas petrolíferas del mundo escasean hoy la electricidad y el papel higiénico tanto como los derechos humanos, la democracia y las libertades. Todos ellos, junto ante la igualdad ante la ley, son bienes igualmente escasos para los que la ciudadanía tiene que hacer cola desde primera hora de la mañana. Una vez más, la utopía socialista del paraíso en la tierra, la sociedad sin clases y la fraternidad sin límite ha acabado convertida en un gigantesco fracaso que se desliza hacia el caos y la confrontación civil. Pero la responsabilidad, una vez más, no es del modelo sino, como es habitual, de sus enemigos exteriores e interiores, a los que hay que reprimir. Sorprende que entre todos aquellos que tanto se implicaron allí y que hoy compiten por representar a la ciudadanía aquí no se deslice ni una sola reflexión, ni una sombra de duda, atisbo de aprendizaje o deseo de debatir honestamente sobre aquello. Si ese silencio y ausencia de debate es muestra de la conciencia de un fracaso, bienvenido sea.

Anna Gabriel, una hiena catalana que vive de la política española.

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Anna Gabriel es la política más valorada en Cataluña. No es broma. Rozó el clímax el día que, frisando el tiempo de descuento, consiguió echar de la Generalitat a Artur Mas. Demasiado burgués para liderar el tránsito de las masas –a las que ella dice representar– al «flower power» de la República independiente de Cataluña. Conocedora de que el alma de justiciera social que su abuela le inculcó solo adquiere fuerza con gestos frikies que aireen los telediarios (su compañero David Fernández lo probó con éxito sacándose un zapato en una comparecencia de Rodrigo Rato), consiguió ayer solo con su lengua el redoble de tambores. Cuando todavía nos estábamos recuperando de aquel incomparable «somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar» que alzó a la plaza pública, Anna animó a los catalanes a que tengan hijos en la tribu, compartidos por otros padres, para acabar, aclaró, con los pensamientos conservadores de que solo hay que cuidar a los vástagos propios.
Asaz modernidad, que recupera las comunas hippies de los años sesenta del siglo pasado, es todo el fruto que ha podido exprimirse de un cráneo tocado, además, por un peinado todavía más moderno que las ideas transgresoras que enarbola: un corte «a lo borroka» que popularizaron las nekanes batasunas hace una década. No me dirán que Anna no está a la última en todo. Y es que una de las fuerzas motoras de grupos como la Cup, Podemos o Compromís es justamente vender como nuevo lo más vetusto, trasnochado y moribundo de las ideologías del siglo pasado. Qué decir de las esponjas lavables para la menstruación o de la okupación de la propiedad privada reclamadas como símbolos de la lucha social del siglo XXI. Pero bajo esas propuestas «novedosas» siempre subyace una intención aviesa y poco confesable: liquidar la libertad de los ciudadanos violando cada espacio de su autonomía personal y política. Primero entran en el recibidor donde constatan que el retrato del abuelo es el de un republicano asesinado por la dictadura; después en el salón, para controlar que el televisor solo esté conectado a las teles podemitas o, como mucho, a la pública, cuando el politburó la dirija; a continuación visitando el lavabo para sustituir los capitalistas tampones por toallitas de la abuela; y, finalmente, allanando nuestros afectos, el almario de nuestros sentimientos maternales, filiales o de pareja.

Por eso Anna, que representa nada menos que a 350.000 catalanes que después de escucharla tendrán mucho que reflexionar, decidió ayer acabar de un plumazo con el más puro instinto paternal de protección a un hijo para dar paso a una especie de «socialización» del niño en la tribu; así todos le cuidarán y su padre no será tan «conservador» y egoísta de quererle por encima de los demás. Espero que José Antonio Marina, autor del delicioso trabajo «Aprender a vivir», en el que habla de otras tribus educativas y civilizadas, padeciera ayer sordera transitoria.

Lo de Pedro Sánchez es para llorar: "Crear un impuesto para financiar las pensiones"

En más de una ocasión he escrito que Pedro Sánchez es imposible que sea economista. Aunque en la complutense todo es posible. Mariano Rajoy califica de «auténtico disparate» la propuesta de Pedro Sánchez de crear un impuesto específico para financiar las pensiones. No le falta razón en un sentido: hay que ser verdaderamente iluso para prometer subidas de impuestos en plena precampaña electoral. El cuestionado líder del PSOE todavía no aprendió a distinguir la jerga preelectoral del crudo lenguaje del BOE. Confunde la anestesia con la cirugía. A la gente hay que engatusarla antes de suministrarle el aceite de ricino.
El pueblo no solo te quiere por popular -adjetivo referido a pueblo, no a gaviota- hay que saber decir las cosas. Sáenz de Santamaría lo ha bordado: «Nuestro modelo es financiar las pensiones con la creación de empleo». Exacto. Creamos trabajo y, a la vez que extirpamos el principal tumor de España, reclutamos una legión de nuevos cotizantes que, al modo del Séptimo de Caballería, vendrá al rescate de nuestros pensionistas. Lo entienden hasta los alumnos de primaria. Lástima que la hermosa teoría haya embarrancado en la escollera de la realidad. En cuatro años de Gobierno popular -adjetivo relativo a gaviota, no a pueblo-, el déficit de la Seguridad Social se multiplicó por 34. Los números rojos pasaron de 487 millones en el 2011 a 16.707 millones el año pasado.
Pero hay algo que pocos dicen y todos obvian: cómo se financian actualmente las pensiones. Aparte del saqueo del fondo de reserva, próximo a extinguirse, el grueso del dinero que perciben los jubilados procede -¿aún?- de las cotizaciones sociales. ¿Y qué son estas sino un impuesto? El impuesto más duro de todos, porque penaliza nuestro bien más escaso: el trabajo. Un impuesto escasamente equitativo, porque recae sobre todo en las empresas intensivas en mano de obra. Y un impuesto ambivalente desde el punto de vista de la competitividad: por un lado la mejora, a costa del empleo, porque incentiva la sustitución del trabajo por máquinas; por otra parte, la perjudica, ya que, al ser las cuotas más elevadas que en los países competidores, encarece los productos españoles en los mercados.
¿Es un«auténtico disparate» la propuesta de trasladar la sobrecarga de las pensiones a otros impuestos, con el fin de evitar la bancarrota del sistema? ¿Existe alguna otra opción? Sí la hay, pero Mariano Rajoy se cuidará de mencionarla antes del 26J, porque no es tan iluso como Sánchez: rebajar las pensiones actuales. ¿De qué otro saco, si no, pretende extraer los 8.000 millones que Bruselas le exige recortar al próximo Gobierno? ¿O tal vez, llegado el caso, se propone cometer el «auténtico disparate» de subir los impuestos? Con Rajoy, que ha demostrado gran pericia para convertir en antónimos lo que se dice antes y lo que se hace después, nunca se sabe. Bien es cierto, dicho sea en su descargo, que tampoco los demás se quedan atrás. Ya lo decía Bertrand Russell: «La humanidad tiene una moral doble: una, que predica y no practica, y otra, que practica pero no predica».

Sería el colmo que votar socialismo fuese el equivalente a votar Popular.



Empiezan a caer encuestas electorales, y ocurre lo previsible: el interés de las urnas de junio no está en quién será el ganador, sino en quién quedará de segundo. Parece que la victoria será del PP y hay pelea por la segunda plaza entre el PSOE, actual titular, y la coalición Unidos Podemos, aspirante con fuerza. Mientras ambos dirimen su contienda, el señor Rajoy y sus equipos se divierten viéndolos luchar por los despojos. Está claro que, si Pedro Sánchez deja de ser aspirante a la presidencia del Gobierno y Pablo Iglesias se conforma con situarse en el número dos del podio, el PP ganará con cierta comodidad. Cuestión distinta es que encuentre con quién pactar, porque la mayoría que le otorgan los sondeos sigue siendo tan exigua como la obtenida el 20 de diciembre y no hace falta recordar cómo terminó el experimento.
El Partido Socialista, aunque lo sobrepasen los comunistas, será el eje de la política futura. Se enfrenta a tres posibilidades, obtenga los resultados que obtenga el 26 de junio. Si queda de segundo, deberá optar entre la gran coalición que le ofrecerá Rajoy o volver a intentar la mayoría de izquierdas que hasta ahora no pudo liderar. Si queda de tercero, quizá corte la cabeza de Pedro Sánchez la misma noche electoral, pero tendrá que decidir entre apoyar a Unidos Podemos, como le está ofreciendo Iglesias, o apoyar a la derecha, que sería lo más vergonzante. La posibilidad tercera es que gane las elecciones o sufra una derrota total, pero ninguna de esas opciones parece realista a fecha de hoy.
Intrigante panorama, sobre todo para votantes de izquierdas: tienen a su ideología dividida, sin saber cuál será el voto más útil. Por si esa fuese poca desgracia, ahora no saben qué votarán si votan socialista. Si hacen caso a algunos de sus líderes, como el presidente de Aragón, estarán votando a un partido que no descarta apoyar a Rajoy. Si hacen caso a Pedro Sánchez, no apoyarán esa gran coalición, pero no tienen claro cuál será el destino final de su voto. Y si temen que votar PSOE sea llevar a Podemos al Gobierno, es legítimo que piensen que eso supondrá enterrar a la socialdemocracia por mucho tiempo.
Nunca los militantes y simpatizantes socialistas se enfrentaron a tan dramáticas incógnitas. Hasta ahora, con el bipartidismo, sabían que con una papeleta decidían estar en el Gobierno o en la oposición. Ahora les han cambiado las reglas de juego. Ocurre lo que jamás habían sospechado, ni en las peores pesadillas: no saben si votarán a Rajoy -el colmo del masoquismo-, a Iglesias o tirarán su voto. Hay que aclarar ese horizonte, señor Sánchez. No sea el diablo que, no sabiendo a qué parecido beneficiará su voto, terminen votando al original.

El Gobierno de Venezuela citará a Pablo Iglesias para que informe sobre si recibió dinero de Hugo Chávez


Delante de Albert Rivera, la Asamblea Nacional solicita que la formación 
morada acuda a Caracas para explicar si recibió fondos públicos de Venezuela

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Albert Rivera y el presidente de la Asamblea Nacional venezolana

La Asamblea Nacional de Venezuela, controlada por la oposición al Gobierno, ha informado que citará a diputados de Podemos para que informen sobre supuestos dineros recibidos del Gobierno de Venezuela. «Queremos pedirle al próximo diputado que va a hablar (Freddy Guevara, presidente de la Comisión de Contraloría de la AN,) que por favor en su comisión (...) cite a los diputados de Podemos para que puedan informar sobre los dineros que han recibido de los fondos públicos», dijo el diputado opositor venezolano Luis Florido.
Florido hizo su declaración en una sesión especial de la Comisión de Política Exterior de la AN en la que intervino el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, que se encuentra en Caracas invitado pro la oposición venezolana. Guevara, por su parte, señaló que la comisión que preside «está muy interesada en poder contar con la colaboración, no solamente del Congreso español, sino también de las autoridades españolas para poder encontrar precisamente donde está ese dinero que se dice que se envió al financiamiento (...) de Podemos», dijo. Asimismo han sido llamados en calidad de invitados diputados del PP y del PSOE.
Desde que la oposición venezolana asumió el Legislativo el pasado mes de enero, ha impulsado varias denuncias e investigaciones sobre una supuesta financiación del Gobierno chavista a la Podemos. La comisión de Política Exterior del Parlamento aprobó en enero la formación de una comisión para investigar la supuesta financiación del Gobierno de Venezuela a Podemos, sin que se conozcan los avances de el grupo de trabajo.
En ese momento la comisión quedó formada por tres diputados, todos opositores, después de que el chavismo se negará a integrarse en el grupo de trabajo. Los dirigentes de Podemos han negado en varias ocasiones la existencia de financiación ilegal del partido mediante aportaciones económicas de Venezuela o Irán, y han instado a que se investiguen a fondo sus finanzas.
El propio Nicolás Maduro ha dicho que se intenta utilizar a Venezuela para atizar la «política domestica» de España, y a pedido, sin referirse a este asunto en particular, que se deje fuera a su país de esa diatriba.
Críticas de Pablo Iglesias

Por su parte, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, acusó a Albert Rivera de viajar a Venezuela para hacer «campaña» por Ciudadanos de cara a las elecciones generales del 26 de junio en España.  «Da la impresión de que Ciudadanos se va a gastar un poquito más de dinero en su spot de campaña, que lo va a rodar en Caracas y que no va a hablar ni de España ni de los españoles», dijo Iglesias en una entrevista.
Iglesias subrayó hoy que no le gusta que haya presos políticos en ningún país y que «por responsabilidad de Estado», «lo sensato» sería intentar que España tenga buena relación con todos los países iberoamericanos, incluido Venezuela.

La Junta de Andalucía dio dos millones a una entidad «intrusa» en los cursos

La Policía señala que Apropyme no impartió ninguno por sí misma en Huelva


Edificio Bluenet, sede del Servicio Andaluz de Empleo - EFE



El fraude de los ERE hizo que los andaluces se familiarizaran con un término: intruso. La Guardia Civil catalogaba así a los perceptores de abultadas pólizas subvencionadas por la Junta de Andalucía que se prejubilaron en empresas donde nunca habían trabajado. Pero el intrusismo también hizo su particular agosto en Andalucía al calor de las ayudas para cursos de formación a desempleados. La Sección de Investigación de la Seguridad Social de la Policía Nacional califica a la Asociación Promoción y Desarrollo Tecnológico (Apropyme) como «entidad intrusa». Recibió dos millones de euros repartidos en siete ayudas entre marzo de 2010 y agosto de 2012.
Tres de estas subvenciones fueron concedidas por la Dirección Provincial del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) en Huelva, donde «dicha asociación no posee centro de trabajo ni desarrolla actividad, legalmente registrada, en la provincia de Huelva», según señala el informe policial remitido al Juzgado de Instrucción número 5 de esta provincia.

A la caza de ayudas

Los investigadores sostienen que la entidad, presidida por Demetrio Cruz Jiménez, «acude a esta provincia para la percepción de subvenciones», en contra del «espíritu de la normativa», que estipulaba que las ayudas debían ser concedidas a empresas que desarrollasen su actividad en la provincia.
La investigación se centra en una ayuda por importe de 72.922,50 euros aprobada mediante una resolución el 21 de febrero de 2011 y destinada a la organización de dos cursos: uno de diseñador de web y multimedia y otro de aplicaciones informáticas de gestión. A la vista de los gastos que declara, la Policía llama la atención sobre el hecho de que Apropyme no realizó ninguno de los dos cursos por sí misma, sino que subcontrata «de manera irregular» tanto los monitores como el alquiler de las aulas con la entidad Ceandem. El 60 por ciento de la subvención se imputa a la entidad subcontratada: 31.034 euros en concepto de arrendamiento de aulas y 12.719 euros a nombre del Andrés José O.O., administrador de Ceandem y docente.
Esta subcontratación «encubierta» es, a juicio de los investigadores, «un indicio más no sólo del intrusismo de esta asociación en las subvenciones de Huelva, sino además de la falta de idoneidad en la concesión de las mismas». Con una mera observación de los documentos aportados a la Junta, exponen, «se podía haber comprobado cómo esta empresa no tenía intención de impartir los cursos por sí misma, siendo además esa práctica una de las usadas para crear la opacidad necesaria a fin de llevar a cabo en su facturación el desvío del capital concedido».
Siendo llamativo, éste no es el único aspecto que hace saltar las alarmas de los agentes. La entidad endosó a la subvención una factura por importe de 29.293,67 euros, «una cantidad completamente desorbitada en concepto de medios didácticos y consumibles», lo que les hace sospechar que Apropyme recurrió a empresas que «pudieran tener cierta vinculación» con ella con el fin de «facilitar el inflado de las facturas y por ende perpetrar la presunta estafa, desviando los fondos concedidos mediante la subvención».
La elevada factura contrasta con la versión de uno de los profesores, que declaró que «los manuales eran fotocopiados y, además, de su nómina se le descontaron mensualmente ciertas cantidades en concepto de materiales y/o gestión». Los agentes acordaron la imputación de tres empresarios vinculados a este expediente por supuestos delitos de fraude en la obtención de subvenciones, falsedad documental y estafa. Sin embargo, el juez de Huelva ha archivado la causa contra Apropyme, al igual que otras 18 empresas, porque las ayudas recibidas no superan los 120.000 euros, cuantía mínima para que se considere un delito de fraude de subvenciones.

La vida imaginada. MARÍA DE ÁLVARO

La vida imaginada
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MARÍA DE ÁLVARO

Hans tiene 10 años y es razonablemente feliz. Él no lo sabe, porque con 10 años a uno le basta con ser, pero no tiene mucho de qué quejarse. En casa ha oído hablar de bombas y de hambre, pero lo escucha como el que oye un relato nocturno en la radio, de esos que vienen acompañados de sonidos casi reales y que tanto le gustan. Vive en Munich. Y vive bien. Soporta a su hermana mayor, Amélie, que salvo cuando se chiva de sus correrías es bastante aceptable «para ser una niña». Comparten su afición por las calaveras, y eso les une bastante. Nadie más lo hace, sólo el abuelo Otto, que un día sí y otro también les cuenta alguna historia de cuando el pan era negro y duro o simplemente no era. Sylvester es su hermano pequeño, pero podría decirse que tan pequeño que todavía no es más que un apéndice de los brazos de su madre. Ella se llama Alma y, la verdad, hace honor a su nombre, siempre pendiente, siempre dulce. Su padre, Franz, también, sobre todo cuando van de excursión a la montaña. Porque él sólo se rie de verdad, a carcajada limpia, cuando está en lo alto de alguna colina, tanto que Hans suele imaginárselo allí, con su traje, su corbata y su bombín; de hecho a veces piensa que cuando sale de casa y se va a trabajar y le da a su madre un beso en la mejilla para despedirse y le pellizca un papo a Sylvester y a él le encomienda que se porte bien, en realidad se va a escalar una montaña, igual que en aquellas vacaciones en las que todos se fueron a Austria.


A Hans se encantan las vacaciones. Tienen un vecino que les presta un coche y, a veces, se van a visitar ciudades. A Amélie no le hace tanta gracia, porque normalmente van apiñados en el asiento de atrás y a él le suele tocar encima, pero, bueno, son «contingencias del turismo». O eso dice siempre su madre. Casi mejor que viajar es después colocar las fotos del viaje en el álbum. Es todo un ritual familiar. Primero hay que lavarse bien las manos, un fastidio asumible, y tener cuidado de no plantar un dedazo encima de ninguna foto. Son cuadradas, perfectamente cuadradas. Como si la vida se viera a través de una ventana que a veces está cerrada y otras, las más, abierta. Para que se cuele el viento. A Hans le encanta abrir el álbum cuando le dejan, mirarlo, tocarlo y hasta olerlo, porque cuando ve, por ejemplo, las fotos de Frankfurt, le huelen a salchichas, y las de aquel parque tan grande de Stuttgart, a eucalipto.

Hans, Amelié, Franz, Alma, Sylvester y Otto son una familia alemana razonablemente feliz a la que la guerra, la II Guerra Mundial, les va a estallar pronto en la cara, pero ellos aún no lo saben, aunque el abuelo Otto se lo imagine y lo repita casi diario, así que hacen la vida que haría cualquier familia razonablemente feliz de mediados de los años 30 en la Alemania de entreguerras. Y, poco a poco, su álbum de fotos va engordando, como engordaba la barriga de la madre de Hans antes de que llegara Sylvester. Pero un día las que llegaron fueron las bombas. Lo hicieron casi sin avisar. Sonó una sirena y después todo empezó a caerse. Los edificios y todo lo demás. Una mañana, Franz apareció muy temprano con el coche del vecino, el que les prestaba para irse de excursión. Se montaron en él y se fueron. Pero aquello no eran unas vacaciones. No hubo fotos. Ni siquiera hubo álbum, que se quedó en la casa y ya nadie supo más de él.

Nadie hasta que Federico Granell se lo encontró más de 70 años depués, vacío de fotos y con apenas unos textos, lugares y fechas sueltas, en un mercadillo de París. Con él reconstruyó la vida de Hans, Amelié, Franz, Alma, Sylvester y Otto. Y pintó primero sus fotos perdidas hasta completar (o casi) el álbum. Y después reconstruyó su vida en lienzos precisos y mágicos, y en tablillas viejas llenas de polvo, y en papeles ardientes, y en lozas que, milagrosamente, sobrevivieron a su propia devastación. Y dio vida a Hans en escultura, y le colocó un corazón que es una casa, la misma que tuvo que dejar cuando empezaron a caer las bombas. Ahora todo eso está entre las paredes de una galería de arte. Y puede que Hans, Amelié, Franz, Alma, Sylvester y Otto no hayan existido jamás. De hecho, es lo más probable. Pero son más verdad que muchas realidades de carne y hueso; como es verdad el arte cuando no nace para adornar. Cuando mueve y conmueve. Cuando es tan nesario como el agua y el aire

Donald Trump y Hillary Clinton, igualados a seis meses de las elecciones


Donald Trump y Hillary Clinton.
Donald Trump y Hillary Clinton. / Afp









  • El equilibro en los sondeos deja al descubierto la relativa fragilidad de la ex secretaria de Estado, quien sigue empantanada en sus primarias frente al senador Bernie Sanders, que no terminan de definirse

  • El 57% de los electores tiene una opinión francamente desfavorable de los dos candidatos, un nivel de rechazo nunca antes visto en una elección presidencia

  • A apenas seis meses de las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos, la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump están prácticamente empatados en intención de voto pero son también extraordinariamente impopulares.

La igualdad de los sondeos deja al descubierto la relativa fragilidad de Clinton, quien sigue empantanada en sus primarias frente al senador Bernie Sanders, que no terminan de definirse.
La ventaja de dos dígitos que Clinton tenía sobre Trump en los sondeos realizados a nivel nacional se ha derretido como la nieve al sol después de que el millonario haya quedado como único aspirante republicano en liza, y tres de los cinco últimos sondeos señalan una leve ventaja de Trump.
Para empeorar la situación aún más, el 57% de los electores tiene una opinión francamente desfavorable de los dos candidatos, un nivel de rechazo nunca antes visto en una elección presidencial, de acuerdo con un sondeo realizado y publicado por el diario Washington Post el fin de semana.
Para algunos analistas, sin embargo, la elección del 8 de noviembre aún están lejos y los sondeos se tornan más significativos después de las convenciones partidarias de nominación, que ocurrirán en la segunda quincena del mes de julio.
"Durante las convenciones, las personas podrán ver a los candidatos en su mejor día, podrán compararlos mejor, contrastarlos y juzgarlos", señala Larry Sabato, politólogo de la Universidad de Virginia.
Para este especialista, Clinton aún debe ser vista como estructuralmente favorita, porque la elección se decide en una docena de estados clave, de acuerdo al sistema estadounidense de elección indirecta.
"Los factores fundamentales dan a la ventaja a Clinton, porque Trump es aún un candidato extremadamente controvertido. Pero debemos decir que si los Clinton no ganan esta elección, deberían ser procesados por mala práctica política", comenta Sabato.
Las últimas semanas han sido indudablemente mejores para Trump que para Clinton. Mientras la ex secretaria de Estado ve como se evapora su ventaja en los sondeos, Trump se sacó rápidamente de encima a 16 de sus adversarios y está en campaña para unificar el partido Republicano, aunque aún se verifiquen algunas resistencias.
Apoyos y hostilidades
Multimillonarios que históricamente hacen enormes donaciones al partido Republicano -como los empresarios Paul Singer, Joe Ricketts o William Obendorf- sugirieron que están dispuestos a hacer lo impensable: apoyar a Clinton. "Si la disputa es entre Trump y Clinton, votaré por Hillary", dijo Obendorf a la prensa.
Al mismo tiempo, Trump se ha metido en el bolsillo a figuras importantes del aparato político republicano, en especial en el Congreso, donde la hostilidad inicial parece estar dejando lugar al fatalismo.
El magnate de los casinos Sheldon Adelson, dispuesto a impedir que Clinton llegue a la Casa Blanca, ya anunció su apoyo a Trump, respaldo que podría traducirse en donaciones por hasta 100 millones de dólares, una suma escalofriante, aún en la escala de las elecciones estadounidenses.
Los demócratas aún no han abierto hostilidades contra Trump, quien ha prometido que no ahorrará artillería para retratar a Clinton como una mujer corrupta e indigna de confianza.
Para ello, tiene abundante munición en sus manos con el escándalo sobre los correos electrónicos de Clinton cuando era secretaria de Estado, el ataque a la embajada estadounidense en Bengazi y los casos de adulterio que involucran a su marido, el expresidente Bill Clinton.
En contrapartida, Clinton espera contragolpear sin recurrir al pugilato. La misión de demoler la imagen de brillante empresario construida por Trump estará a cargo de un comité especial, 'Priorities USA Action', que tendrá un presupuesto de 136 millones de dólares en publicidad.

Hay quienes son capaces de encontrarse bien hasta en el desastre, sobre todo cuando éste es ajeno.



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Hay quienes son capaces de encontrarse bien hasta en el desastre. No es su desastre. Por lo visto, les produce algún alivio. Por eso tratan de proclamarlo cuanto antes. A veces, es decir, no siempre, el desastre es más fácil de detectar mientras sucede que cuando ya ha sucedido. Se abriga en el vaticinio. Aunque, en ocasiones, el que ya haya ocurrido puede producir una cierta impresión de calma. Eso nos permite quizá describirlo, e incluso, no sin buenas razones, denunciarlo. Hasta con estruendo. Pero a la par parece no comprometernos demasiado. Por eso tendemos a anunciarlo y a hacer ostentación de haberlo anticipado, lo que supuestamente nos libera de alguna responsabilidad. Es tal la eficacia de esta anticipación que, si nos descuidamos, con ella lo hacemos llegar. Así se ratificaría lo que para algunos es lo decisivo: que teníamos razón.
A pesar de sentirnos afectados por el impacto de lo calamitoso que el desastre significa, puede resultar paradójico que quepa instalarse en su comodidad. Desde ese sofá atalaya, más o menos desalentados, nos pronunciamos sobre el espectáculo que nos proporciona. No por ello deja de ser impresentable, si bien en cierto sentido alivia considerar que no resulta ser cosa nuestra o, mejor, que no depende de nosotros. Nos afecta en sus consecuencias pero, si nos situamos adecuadamente, pronto podremos liberarnos de sus causas. Ahora ya solo queda participar en el festín de las descalificaciones. O, al menos, de las descripciones. Así, el desastre viene a ser un decisivo tema de conversación.
Si no proclamáramos el triunfo del desastre y nos limitáramos a una posición activa y crítica, todo nos sería más exigente y más complejo. Deberíamos analizar y distinguir, y trabajar pormenorizada e intensamente por abordar la situación. Precisamente, y entre otras razones, para evitarlo. También por ello el desastre no tarda en encontrar aliados para anticiparse incluso a su propia irrupción, lo que sin duda la favorece. Más aún, entonces el verdadero desastre sería considerar que nuestra pasiva proclamación lo ratifica como advenido. Tal y como está el asunto y dado el desastre imperante, tal vez podamos dedicarnos a otra cosa, es decir, a nuestras cosas
Quienes verdaderamente han sentido el desastre acostumbran, sin embargo, a escuchar que algunos estiman que lo que sucede no es para tanto, es decir, lo que les ocurre a ellos. A la par, los cronistas del desastre se sienten muy concernidos por cuanto puede servirles para mostrarse absolutamente al margen. Y desde la limpia mirada de la distancia propician que el desastre no deje de serlo. No es preciso llegar al extremo de hacerlo crecer. Tampoco es cuestión de tantear y de contabilizar los partidarios o no y en qué dimensión o alcance lo que ocurre es un desastre o es el desastre mismo. Lo interesante es su relación con quienes realmente somos y deseamos ser, en el caso de que aún nos quede algo de eso.
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En realidad, el vínculo entre el desastre y el deseo es más que etimológico. No es preciso detenerse en Spinoza, baste recordar que para él “el deseo es la esencia misma del ser humano en cuanto es concebida como determinada a obrar algo por una afección cualquiera dada en ella.” Este esfuerzo por perseverar en suser, este conatus, es absolutamente clave de la singularidad y determinante para no reducirse a lo que ya se es. Ni siquiera a lo que ya está dado, dicho o escrito, aunque fuera en los astros. De-siderare supone arrancarse a lo que parece dictado en ellos, en los sidera, prefijado estelarmente para los mortales. Otro tanto dice des-astre.
Efectivamente, puede resultar preocupante que la proclamación del desastre sucedido no sea sino la satisfacción y el pleno cumplimiento del mal caracterizado deseo. Y entonces sí que estamos perdidos. Reducido a un mero querer cosas, el deseo se agosta en la satisfacción o insatisfacción de las mismas. De ser así, tal vez incluso demandemos a éstas, sean de la especie que fueren, que den respuesta a nuestro deseo. Perderíamos con ello la posibilidad del placer, que se debatiría en la reducción a puro gusto o disgusto. Apenas tendríamos voz para anunciarlo y, desde luego, no habría ni vestigios de palabra. No pasaríamos, en el curioso mejor de los casos, de estar disgustados, lo que no nos impediría proseguir en nuestras labores de ir queriendo nuestras cosas. Y, tal vez, lográndolas. Hasta podría parecernos más que suficiente. La proclamación del desastre irrumpiría esporádicamente como el estribillo de un cansancio sobre el que acunar nuestras actividades, ya liberadas de otros compromisos, con lo que ya ha acabado de ser, de ser, precisamente, un desastre.
Esto conllevaría algunas tristezas, cierto malestar, determinadas incomodidades, que, sin dejar de ser serias y profundas, resultarían compatibles con una existencia cotidiana con otros atractivos. Mientras tanto, otros habrían de lidiar con ese desastre, a fin de cuentas, pensamos, indiferente de nuestra acción. Eso tan nuestro sería asunto suyo. El disgusto coincidiría con el alivio. Que nos lo resuelvan.
 
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Puestos a ser exigentes, y eso, como reiteramos, es imprescindible, para empezar, con nosotros mismos, convendría ser minucioso antes de cualquier proclamación. En primer lugar, por el tono sentencioso que tal palabra tiene. Gadamer viene a subrayar que ella es el modo de decir de lo jurídico. Más artístico y creador resultaría hacer una declaración de desastre. Pero eso nos comprometería más. En primer lugar, porque supondría incluirnos y ello requiere otra actitud. Que todo sea un desastre puede ser doloroso, pero que en ese todo nos encontremos también nosotros supondría reconocer lo desastre que asimismo somos y podemos ser, y no parecía tratarse de eso. Más bien buscábamos una proclamación que nos permitiera distinguirnos y ahora se nos propone incorporarnos. Pensaremos que hacemos bien en no colaborar para ello, pero una forma poco presentable de lograrlo es no reconocer alguna pertenencia a lo que buscamos proclamar y, tal vez, habríamos de declarar.
La declaración nos mueve a la acción, a sabernos miembros de aquello de lo que hablamos y nos hace hablar, nos hace sabernos y sentirnos en lo que, aunque en principio no sucede en nosotros mismos y no nos pertenece, nosotros sí formamos parte de cuanto es. Declarar es implicarse en la labor y no limitarnos a airearlo.
No deja de ser sintomática esta celebración permanente del desastre. No se cuestiona su alcance, se trata de pensar hasta qué punto eso nos exime de intervenir, de participar, y no sería sino una forma de colaborar a su entronización. Así, el desastre campa viendo él, a su vez, como es mirado. Y este juego de miradas justifica su éxito y nuestra pasividad. Es admirable y, si nos descuidamos, digno de emulación. Tarde o temprano, la proclamación del desastre propiciará un nuevo vaticinio. Bien fácil, por cierto. Se tratará de una constatación, la de que ese desastre es tan nuestro que será, por fin, nuestro desastre. Tal vez, por ello, antes de semejante proclamación, conviene afrontar ciertas tareas y no despejarlas a otra orilla.
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Deseamos, necesitamos, ver y entender el anhelo cartesiano de la vida.

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La absoluta transparencia, tan necesaria, permite a la par acceder también a lo que, una vez transparente, nos confirma que no es traslúcido, y no siempre por ocultación. La claridad y la distinción no son solo un anhelo cartesiano. Deseamos, necesitamos, ver y entender. Y saber. Efectivamente, en ocasiones sería suficiente con una mayor transparencia y luminosidad. Sin embargo, a pesar de la más decidida voluntad, no pocas veces no es fácil que todo resulte claro, lo que no impide, antes bien exige, que haya de buscarse con insistencia. Sin embargo, ni siquiera siempre podría deberse a la opacidad. A plena luz del día, una cierta bruma, una niebla, una nubosidad, una distancia, o cierta perspectiva parecen complicarlo todo. Pero ello alienta más la determinación.
Quizá no se trate de eso y la incertidumbre y la perplejidad se correspondan con la complejidad de lo que pretendemos tener claro. Tal vez, eso que nos resulta enrevesado, o lo que vemos incluso turbio, es sencillamente así. Tendemos a pensar que es porque se nos ofrece alterado, emboscado, pero cabría suceder que lo que encontramos brumoso simplemente lo sea. No es cosa de hacer de tamaño planteamiento una excusa para la permanente difuminación o esfumación de la claridad, pero tampoco conviene mantenernos en la ingenuidad de que pensar lo que ocurre es siempre y solo aclararlo.

Y en este terreno se desenvuelven las decisiones que constituyen nuestra existencia. Aguardar a que todo se presente claro y sin fisuras para actuar es un pretexto para no hacerlo. No es cosa de animar a la desaforada y desconsiderada actividad, o a la falta de reflexión o de análisis, pero asimismo el absoluto e incontestable asentamiento en la seguridad, como condición para la acción, puede ser un subterfugio para liberarse de ella. Y la cuestión es desenvolverse en la línea que no confunde esta voluntad de tener las cosas claras, como se dice, con precipitarse a liquidar su complejidad con cualquier posición simplista, que entenderíamos como clarificadora.
Merecen reconocimiento quienes tratan de dilucidar y nos ayudan a hacerlo. Precisamente por ello la vida es el permanente proceso de aprender a elegir, y a hacerlo argumentada y justificadamente en contextos no siempre ya perfilados. De ahí que la transparencia haya de ser asimismo la de los motivos de las acciones. Solo así la comunicación que alienta nuestras relaciones se sostiene en la tarea conjunta de ofrecer la máxima claridad, conscientes a su vez de que ello no elude las complicaciones de cada situación, ni ha de ser una coartada para la parálisis.