Garrido, traidor. El PP no paga traidores, Ciudadanos los enarbola.



Pagar a traidores nunca se aprobó en los estatutos del PP, tampoco de la Constitución. Ángel Garrido siendo tránsfuga confeso,  hoy está cobrando como Presidente de la Comunidad de Madrid, cuando solo es candidato de un partido al que hace unos días maldecía. Tránsfuga y Traidor. Tampoco es nada del otro mundo, solo le conocen el 2% de los españoles y, todos como yo piensan que está implicado en las mordidas de Ignacio González o no hacía su trabajo correctamente, el firmaba los contratos. 

La política es inexplicable sin traidores. «Amo la traición, pero odio al traidor», habría dicho Julio César, luego traicionado por Bruto, «¡también tú, hijo!», según la versión de Shakespeare. Ángel Garrido, ex presidente de la Comunidad de Madrid como sustituto de urgencia de Cristina Cifuentes, solo es otro traidor que cambia de bando. No pasará a la historia, salvo por lo desabrido del portazo a su partido de siempre y porque, salvo que se descubra algo que lo explique mejor, su traición es de las más baratas de la historia. Tenía motivos de queja con el PP, pero también de gratitud.

Fue presidente de rebote y aspiraba a ser candidato a la Comunidad de Madrid, pero fue preterido por Isabel Díaz Ayuso. Garrido, en teoría, lo aceptó con buena cara y por eso el PP le ofreció «lo que quisiera» en las listas al Congreso, al Senado o al Parlamento Europeo. Al final, el ahora traidor eligió Europa y ayer mismo el BOE publicaba su inclusión como número 4 en las candidaturas del PP. Un destino–retiro dorado y bien retribuido. Horas después, sin embargo, daba el portazo y Ciudadanos lo presentaba como candidato ¡número 13! a la Comunidad de Madrid, en la lista que encabeza Ignacio Aguado. Garrido, despechado y por menos de «un plato de lentejas», intentaba pinchar el subidón de Casado tras salir reforzado del debate de Atresmedia con Sánchez, Iglesias y un Rivera que igual acoge tránsfugas resentidos del PSOE como Soraya Rodríguez, que traidores populares a precio de saldo. El sucesor de Cifuentes acumulaba desencuentros con la dirección del PP de Madrid y, sobre todo, con el presidente de su Comité Electoral, un poco conocido David Erguido (Madrid, 1975), influyente en el entorno de Casado y ex jefe de Gabinete de José Luis Martínez Almeida, ahora candidato a la alcaldía de la capital.

Garrido ha querido hacer daño al PP y Rivera, urgido de un éxito el 28-A y no las tiene todas consigo, ha aprovechado lo que cree una oportunidad. Muchos políticos hubieran hecho lo mismo. Otros hubieran calibrado si pagar –por barato que sea– una traición tan burda beneficia o perjudica. Un contratiempo más para Casado pero tampoco una debacle porque Garrido no es más que eso, otro traidor de una nómina interminable y milenaria. Clemenceau lo esculpió: «Un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro. Un convertido es un es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en nuestro partido». Nada nuevo.

Pedro Sánchez ha sido vilmente derrotado. Los españoles “personas” despiertan de su pesadilla.




Fue tanta la superioridad, en los debates a cuatro,  de Casado y Rivera a Pedro Sánchez, el cabecilla que dice representar con mayúsculas la sinrazón de la izquierda antinatura, formada por terroristas, independentistas y gente de mal vivir que  La superioridad argumental de Casado y Rivera frente a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias resultó abrumadora, porque la demagogia de la izquierda resultó nada creíble e indecente.

Al final, el vencedor político del debate ha sido Pablo Iglesias, todo un ejemplo de moderación –creo que obligada- Pero este podemita es un tipo inteligente y ante la más que evidente caída del grupo de izquierda trato de inspirar confianza a “otro ridículo más” de su jefe más inmediato. Todo esto le sirvió para arañar bastantes votos al PSOE y dejar sentado que, en lo sucesivo” habrá un mando compartido. Cada voto que recupere Podemos, el PSOE pierde tres. El mismo caso tiene el PP con VOX, solo que en este caso pueden ser cuatro. No hay que olvidar que VOX es un partido financiado por el PSOE con el único fin de restar votos al PP.


Fue tanta la superioridad, en los debates a cuatro,  de Casado y Rivera a Pedro Sánchez, el cabecilla que dice representar con mayúsculas la sinrazón de la izquierda antinatura, formada por terroristas, independentistas y gente de mal vivir que  La superioridad argumental de Casado y Rivera frente a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias resultó abrumadora, porque la demagogia de la izquierda resultó nada creíble e indecente.

Al final, el vencedor político del debate ha sido Pablo Iglesias, todo un ejemplo de moderación –creo que obligada- Pero este podemita es un tipo inteligente y ante la más que evidente caída del grupo de izquierda trato de inspirar confianza a “otro ridículo más” de su jefe más inmediato. Todo esto le sirvió para arañar bastantes votos al PSOE y dejar sentado que, en lo sucesivo” habrá un mando compartido. Cada voto que recupere Podemos, el PSOE pierde tres. El mismo caso tiene el PP con VOX, solo que en este caso pueden ser cuatro. No hay que olvidar que VOX es un partido financiado por el PSOE con el único fin de restar votos al PP.

El efecto de la ley D’Hondt convierte en oro cada escaño que se consigue en ciertas provincias. Según ésta, la provincia de Soria es la que más cara se cotiza. Para lograr un solo escaño, hay que conseguir el 50% de los votos. Lo que prácticamente hace imposible que partidos pequeños logren representación. Y es que sólo se reparten dos diputados.

Le siguen las provincias de Huesca, Teruel, Cuenca, Guadalajara, Ávila, Palencia, Segovia y Zamora. En todas ellas, es´tan en juego sólo tres escaños. Los partidos tienen que lograr un mínimo del 33% de los votos para alcanzar un diputado.

En Ceuta y Melilla, con un escaño solo, se necesitan el 30% de las papeletas.

El 25% es el mínimo en otras 10 provincias españolas: Albacete, Burgos, León, Salamanca, Lérida, Cáceres, Lugo, Orense, Álava y La Rioja. En todas ellas, son cuatro los escaños que se disputan los partidos.

Por último, en otras siete provincias, se necesita llegar al 20% de los votos. Son las de Huelva, Jaén, Cantabria, Ciudad Real, Valladolid, Navarra y Castellón. Cada una aporta cinco escaños al Congreso.

En total, 103 diputados en juego. Un número que asciende a 145 si se suman los escaños de aquellas provincias que aportan seis representantes a la Cámara. Son las localidades de Almería, Córdoba, Toledo, Gerona, Tarragona, Badajoz y Guipúzcoa. En ellas, se necesita llegar al 17% de los votos para lograr escaño.

La moderadora, Ana Pastor dejó mucho que desear, como buena vividora del socialismo y sus partes. Dejó por dos veces sin replica a Casado porque le venía un golpe de KO. Ya se planteó el cambio de preguntador y cronometradora. Las preguntas estaban hechas por socialistas acogidos en plan de refugiados por la sexta y el crono por catalanistas sin revisión de mortandad política. El tiempo corre en contra del candidato que repite reiteradamente puntualizaciones “ya hechas” o que sobrepasen los tres segundos.
UNA OPINIÓN:                                                                 
La «segunda vuelta» del debate televisado entre los cuatro principales candidatos a la presidencia del Gobierno ofreció anoche un formato menos encorsetado, más tenso y bronco, y mantuvo un perfil más emocional en busca del voto indeciso, aún calculado en más del 35 por ciento del electorado. Sin embargo, volvió a ofrecer la imagen de un Pedro Sánchez descolocado y ajeno a lo que se juega; una pugna claramente marcada, incluso agresiva, entre Pablo Casado y Albert Rivera en busca del voto incierto de la derecha; y un cambio en la actitud de Pablo Iglesias, que trufó momentos de condescendencia humillada hacia Pedro Sánchez con críticas al PSOE para evitar la debacle electoral de Podemos. Es indudable que Pablo Casado corrigió la moderación que mantuvo en el debate de anteanoche para ofrecer una imagen más combativa y pragmática frente a Sánchez, al que no ofreció tregua, especialmente en la discusión sobre el futuro económico de España. Y también lo es que el candidato del PP quiso impedir el control del debate a un Rivera sobreactuado por momentos, de modo que las constantes interrupciones del presidente de Ciudadanos a todos los candidatos resultaron impostadas e innecesarias. Sin embargo, la superioridad argumental de Casado y Rivera frente a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias resultó abrumadora, porque la demagogia de la izquierda en materia de pensiones, feminismo, violencia de género, inmigración, mercado laboral y, sobre todo, de una idea de España, resultó muy poco creíble.

La conclusión de los dos debates celebrados en televisión es que España entrará en una etapa de oscuridad política, inseguridad jurídica e inestabilidad económica si Pedro Sánchez vuelve a gobernar con el apoyo de Podemos y de los partidos separatistas y nacionalistas. Sánchez no ofreció anoche un programa de gobierno, sino una retahíla de negativas e imputaciones contra los partidos del centro-derecha acusándoles de mentir, pero sin aclarar en qué mienten. Sánchez volvió a demostrar por qué no quería debatir con la oposición y por qué necesita la coartada del ausente Vox para construir un discurso mínimamente creíble vinculando al PP y a Ciudadanos con la ultraderecha. Pero su intento fue en vano. A duras penas, Sánchez se limitó a leer datos precocinados sobre educación, inmigración, pensiones o mercado laboral para combatir la acusación de que adolece de un proyecto útil para España. Sin embargo, salió beneficiado de la constante discusión a la que erróneamente se sometieron Casado y Rivera en momentos determinantes del debate, porque ponían de manifiesto la fractura de la derecha y su desesperada necesidad de conquistar votos indecisos.

Por morboso que pueda resultar, simplificar la conclusión de los debates en busca de un ganador y de un perdedor resulta artificial a estas alturas de campaña, por más relevante que fuera la imagen que transmitieron los candidatos. No obstante, si Rivera ganó el primero de los debates, ayer Casado se antepuso a los demás con intervenciones muy solventes y contundentes. Y más allá de las percepciones subjetivas que puedan producirse y de los análisis que se realicen previos a las urnas, lo relevante es la evidencia de que la izquierda tiene un proyecto destructivo para la unidad de España tal y como fue concebida en la Constitución de 1978. De hecho, tanto el PSOE como Podemos defendieron un proyecto «plurinacional» que oculta la voluntad de romper la soberanía nacional, mientras el PP y Ciudadanos reafirmaron una idea de España basada en la convivencia y la lealtad a la Carta Magna.


Por lo demás, el debate estuvo viciado por una moderación periodística desigual que por momentos pareció salir al rescate de Sánchez cada vez que se encontraba en apuros, que fue a menudo. La orientación de muchas de las preguntas que se formulaban tenía un sesgo ideológico para favorecer a Sánchez que resultó sospechoso. Aun así, tanto Casado como Rivera supieron contrarrestar con eficacia los excesos de un debate que prometió ser modélico, pero que a la larga mantuvo un tono tendencioso y poco imparcial. Sánchez volvió a demostrar por qué España no merece que vuelva a repetir como presidente del Gobierno, y menos aún si es con Pablo Iglesias en su gabinete, tal y como el líder de Podemos volvió a mendigar ayer en público y sin rubor alguno. Es mucho lo que se juega España el próximo domingo. Tanto, como impedir que esta izquierda sectaria y sin más principios ni valores que el odio a la derecha llegue a sumar más escaños para una investidura de Sánchez.


Cabe recordar que la formación de Abascal arrebató la alcalcía a su protectora, Esperanza Aguirre por la mitad de los 9.000 votos que obtuvo en Madrid y ellos lo sabían, por que Esperanza le pidió que retirara la candidatura al Ayuntamiento de Madrid y a la Comunidad Murciana que, tampoco sacó mayoría por 492 votos. Por cierto, estando yo presente, Abascal festejó ambos resultados 

La moderadora, Ana Pastor dejó mucho que desear, como buena vividora del socialismo y sus partes. Dejó por dos veces sin replica a Casado porque le venía un golpe de KO. Ya se planteó el cambio de preguntador y cronometradora. Las preguntas estaban hechas por socialistas acogidos en plan de refugiados por la sexta y el crono por catalanistas sin revisión de mortandad política. El tiempo corre en contra del candidato que repite reiteradamente puntualizaciones “ya hechas” o que sobrepasen los tres segundos.

UNA OPINIÓN: 
                                                                
La «segunda vuelta» del debate televisado entre los cuatro principales candidatos a la presidencia del Gobierno ofreció anoche un formato menos encorsetado, más tenso y bronco, y mantuvo un perfil más emocional en busca del voto indeciso, aún calculado en más del 35 por ciento del electorado. Sin embargo, volvió a ofrecer la imagen de un Pedro Sánchez descolocado y ajeno a lo que se juega; una pugna claramente marcada, incluso agresiva, entre Pablo Casado y Albert Rivera en busca del voto incierto de la derecha; y un cambio en la actitud de Pablo Iglesias, que trufó momentos de condescendencia humillada hacia Pedro Sánchez con críticas al PSOE para evitar la debacle electoral de Podemos. Es indudable que Pablo Casado corrigió la moderación que mantuvo en el debate de anteanoche para ofrecer una imagen más combativa y pragmática frente a Sánchez, al que no ofreció tregua, especialmente en la discusión sobre el futuro económico de España. Y también lo es que el candidato del PP quiso impedir el control del debate a un Rivera sobreactuado por momentos, de modo que las constantes interrupciones del presidente de Ciudadanos a todos los candidatos resultaron impostadas e innecesarias. Sin embargo, la superioridad argumental de Casado y Rivera frente a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias resultó abrumadora, porque la demagogia de la izquierda en materia de pensiones, feminismo, violencia de género, inmigración, mercado laboral y, sobre todo, de una idea de España, resultó muy poco creíble.

La conclusión de los dos debates celebrados en televisión es que España entrará en una etapa de oscuridad política, inseguridad jurídica e inestabilidad económica si Pedro Sánchez vuelve a gobernar con el apoyo de Podemos y de los partidos separatistas y nacionalistas. Sánchez no ofreció anoche un programa de gobierno, sino una retahíla de negativas e imputaciones contra los partidos del centro-derecha acusándoles de mentir, pero sin aclarar en qué mienten. Sánchez volvió a demostrar por qué no quería debatir con la oposición y por qué necesita la coartada del ausente Vox para construir un discurso mínimamente creíble vinculando al PP y a Ciudadanos con la ultraderecha. Pero su intento fue en vano. A duras penas, Sánchez se limitó a leer datos precocinados sobre educación, inmigración, pensiones o mercado laboral para combatir la acusación de que adolece de un proyecto útil para España. Sin embargo, salió beneficiado de la constante discusión a la que erróneamente se sometieron Casado y Rivera en momentos determinantes del debate, porque ponían de manifiesto la fractura de la derecha y su desesperada necesidad de conquistar votos indecisos.

Por morboso que pueda resultar, simplificar la conclusión de los debates en busca de un ganador y de un perdedor resulta artificial a estas alturas de campaña, por más relevante que fuera la imagen que transmitieron los candidatos. No obstante, si Rivera ganó el primero de los debates, ayer Casado se antepuso a los demás con intervenciones muy solventes y contundentes. Y más allá de las percepciones subjetivas que puedan producirse y de los análisis que se realicen previos a las urnas, lo relevante es la evidencia de que la izquierda tiene un proyecto destructivo para la unidad de España tal y como fue concebida en la Constitución de 1978. De hecho, tanto el PSOE como Podemos defendieron un proyecto «plurinacional» que oculta la voluntad de romper la soberanía nacional, mientras el PP y Ciudadanos reafirmaron una idea de España basada en la convivencia y la lealtad a la Carta Magna.


Por lo demás, el debate estuvo viciado por una moderación periodística desigual que por momentos pareció salir al rescate de Sánchez cada vez que se encontraba en apuros, que fue a menudo. La orientación de muchas de las preguntas que se formulaban tenía un sesgo ideológico para favorecer a Sánchez que resultó sospechoso. Aun así, tanto Casado como Rivera supieron contrarrestar con eficacia los excesos de un debate que prometió ser modélico, pero que a la larga mantuvo un tono tendencioso y poco imparcial. Sánchez volvió a demostrar por qué España no merece que vuelva a repetir como presidente del Gobierno, y menos aún si es con Pablo Iglesias en su gabinete, tal y como el líder de Podemos volvió a mendigar ayer en público y sin rubor alguno. Es mucho lo que se juega España el próximo domingo. Tanto, como impedir que esta izquierda sectaria y sin más principios ni valores que el odio a la derecha llegue a sumar más escaños para una investidura de Sánchez.

Encuesta de JP Logística, elecciones generales 28A y las cuatro últimas antes de la votación 28A


La campaña para las Elecciones Generales del 28 de abril ha vuelto a poner en circulación algunos mitos y creencias sobre el comportamiento de partidos y votantes que reaparecen con cada convocatoria electoral. Las encuestas siempre aportan un reparto de escaños a favor de quien las paga. España no puede caer en la desvergüenza criminal de votar a un partido que está compuesto de etarras, asesinos, independentistas y gente de mal vivir. Pero, cada votante es libre de sus actos. En la parte inferior pego la última encuesta (22-04-19) y el día 28ª cada uno puede juzgar como quiera.

1. LAS ENCUESTAS NUNCA ACIERTAN
Es una frase que se escucha en casi todas las campañas electorales y que la pasada semana resurgió con las críticas de dirigentes políticos como el líder del PP, Pablo Casado, hacia la credibilidad del último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), publicado el 9 de abril.

Según Casado, este sondeo es un "laboratorio culinario que ni Ferran Adrià" y presenta un resultado para el PSOE que "es la multiplicación de los panes y los peces".

La supuesta falta de acierto de las encuestas es una verdad a medias: los sondeos rara vez se equivocan respecto al partido ganador, pero sí es frecuente que se alejen de las tendencias reales de voto.

Ante las últimas elecciones generales, celebradas el 26 de junio de 2016, la mayoría de encuestas (Metroscopia, Sigma Dos, GAD3 y el barómetro preelectoral del CIS) pronosticaban que Unidos Podemos consumaría el sorpaso al PSOE y se impondría como segunda fuerza parlamentaria. Finalmente, los socialistas quedaron 14 escaños por encima.

Los sondeos más cercanos al día de los comicios coincidieron en atribuir la victoria al PP, pero con menos representación de la que finalmente obtuvo: el que más se acercó le concedía, como máximo, seis diputados menos que los 137 que logró.

En las generales del 20 de diciembre de 2015, el mayor fracaso tuvo también que ver con Podemos, pero en sentido contrario: ni el CIS ni la mayor parte de las encuestas privadas previeron el auge de este partido y sus confluencias, que alcanzaron 69 escaños y la condición de tercera fuerza política.

En el caso de las elecciones andaluzas del pasado 21 de diciembre, ninguna encuesta anticipó el vuelco histórico que permitió una nueva mayoría parlamentaria del PP, Cs y Vox, con 59 diputados, frente a los 50 que sumaban PSOE y Adelante Andalucía. Lejos del escrutinio, el barómetro preelectoral del CIS concedía al PSOE un respaldo de 67 escaños, muy por encima de los 43 que atribuía a PP+Cs+Vox, y los sondeos privados también daban por segura la continuidad del gobierno socialista.

Donde las encuestas fallaron incluso al señalar cuál sería la primera fuerza parlamentaria fue en las elecciones de diciembre de 2017 en Cataluña: Cs fue el primer grupo con 36 diputados, por encima de JxC (34) y ERC (32), partido al que casi todos los sondeos (excepto el CIS) daban por ganador.

2. LA DERECHA GANA CUANDO AUMENTA LA ABSTENCIÓN
Es una creencia muy extendida en la democracia española. El propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, afirmaba la semana pasada en Cáceres: "La derecha juega a la abstención como única opción para poder sumar".

La baja participación suele mejorar los resultados electorales de la derecha en España, pero no siempre es así. Una de las convocatorias con más participación de la historia democrática española (un 77,4 %, en las elecciones generales de 1996) dio la victoria al PP de José María Aznar por primera vez.

Además, las elecciones generales de 1989 fueron una de las convocatorias con más abstención, un 30,7 % y, sin embargo, el PSOE fue el partido vencedor, según el informe Las elecciones generales en España 1977-2016 del Ministerio del Interior.

La regla sí se confirma en el resto de los comicios con más abstención (2016, 1979, 2000, 2011 y 2015), que dieron la victoria al PP en todos los casos, excepto en los de 1979, en que ganó UCD.

Hasta la pasada década, la participación electoral en España tendía a ser más baja (en torno al 70 %) si el partido gobernante se mantenía en el poder y superior (75 % y más) cuando eran elecciones de cambio.

Sin embargo, las generales del 20 de noviembre de 2011 parecieron invalidar esa tipología, pues fueron unos comicios de cambio, en los que se pasó de la victoria socialista por mayoría simple a una mayoría absoluta del PP, y pese ello fueron muy poco participativos. "En España el cambio político-electoral ha dejado de estar asociado a altas tasas de participación, al menos en esta etapa reciente", añade el estudio.

3. LAS COALICIONES PERMITEN SUMAR MÁS
El sentido común puede llevar a pensar que las coaliciones entre distintas formaciones garantizan un mejor resultado, ya que al sumar votos es más fácil superar el listón electoral para obtener representación, especialmente si se trata de formaciones pequeñas.

Con esa finalidad, el secretario general de Ciudadanos, José Manuel Villegas, defendía en marzo la coalición de Cs con UPN como "una necesidad y una oportunidad de sumar" para construir un "proyecto constitucionalista para España".

Sin embargo, la creencia de que las coaliciones garantizan un mejor resultado no siempre se cumple, y se ha incumplido en la reciente historia electoral española.

Así ocurrió en las elecciones de junio de 2016, cuando la coalición electoral entre Podemos e IU no dio réditos a ninguna de las dos formaciones: no sólo no lograron sumar los votos obtenidos por separado en las generales de diciembre 2015, sino que cosecharon cerca de un millón de votos menos.

En diciembre de 2015, Podemos y sus confluencias -En Comú Podem, Compromís y En Marea- obtuvieron el 20,62 % de los sufragios y 69 diputados, mientras que IU (que se presentó con el nombre de Unidad Popular) obtuvo un 3,67 % y 2 escaños. Sólo seis meses después, en las generales de 2016, la coalición de Unidos Podemos reunió 5.049.734 votos, 1.066.382 millones de sufragios menos, aunque mantuvieron los 71 escaños que ya habían conseguido por separado.

Otro ejemplo lo brindan las elecciones catalanas: si en las autonómicas de 2012CiU obtuvo 50 escaños y ERC 21, la coalición que conformaron para los comicios de 2015 (JxSí) logró 62 escaños, 9 menos. En 2017, cuando ERC volvió a presentarse a las elecciones por separado, el partido independentista obtuvo 32 diputados autonómicos y JxCat 34.

También en Cataluña, las coaliciones llevaron a perder votos a formaciones que anteriormente se habían presentado por separado.

4. EL VOTO SE DECIDE DURANTE LA CAMPAÑA
El presidente del CIS, José Félix Tezanos, afirmaba en febrero que el panorama ante las elecciones generales estaba "muy abierto" porque una importante franja de la población decidiría su voto en el "último momento". Aunque hay votos que no cambian, la campaña influye cuando hay muchas opciones políticas en liza: tan importante como el voto cautivo de los fieles a una misma fuerza política es el voto fluctuante, que aumenta cuantas más formaciones hay en juego.

Esto ocurre porque "el cerebro humano está muy poco preparado para tomar decisiones con seguridad cuando las opciones son múltiples", explica a Efe el catedrático de Psicobiología y director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, Ignacio Morgado.

Cuando se trata de optar entre dos grandes alternativas, la decisión es más fácil y los ciudadanos votan con más seguridad, pero cuando aumentan las opciones electorales, mayor es la indecisión y hay más probabilidades de que algo que suceda durante la campaña cambie el voto o aumente la abstención, añade. Morgado advierte de que la conducta de los votantes se ve condicionada en gran medida por las emociones y precisa que "cuando hay tanta indecisión, muchas veces se vota por exclusión".

Por su parte, el politólogo Lluís Orriols, de la Universidad Carlos III de Madrid, considera que el voto "inercial" de fidelidad a un partido sigue siendo el más importante, incluso en el actual escenario. Para este tipo de electores, la utilidad de la campaña es la de afianzar sus preferencias. "En términos generales, las lealtades emocionales son relativamente estables" y "no hay tanta gente que decida a última hora", explica Orriols a Efe, si bien precisa que, en los últimos tiempos, ante opciones que cambian abruptamente, partidos nuevos y formaciones en crisis, los votantes son "más volátiles".

Ha habido un "cambio en el ecosistema partidista", con "altísimas dosis de imprevisibilidad que no había antes", de modo que, aunque la mayoría tenga ya decidido su voto, muchos no están seguros del todo y bastaría con un 6% del electorado para cambiar la correlación de fuerzas, indica este experto.

5. VOTAR A VOX DEBILITA A LA DERECHA
Así lo han advertido dirigentes del PP en repetidas ocasiones. Entre ellos, el propio presidente, Pablo Casado, quien este martes llamaba al "voto unido" del centro derecha en apoyo de su partido para no "fragmentar el espacio electoral", algo que "da más oportunidades a la izquierda y a los nacionalistas y batasunos".

Vox, por su parte, rechaza las afirmaciones del PP en un vídeo difundido en algunos de sus perfiles en redes sociales y argumenta que, en las 17 circunscripciones donde están en juego cuatro o cinco escaños, el último de ellos puede ir a parar a Unidas Podemos si Vox pierde votantes en favor del PP.

Con la Ley d'Hondt, la división del voto de derechas no es sistemáticamente negativa ni positiva para este bloque ideológico, ya que sus efectos dependen de múltiples factores, si bien el reparto de escaños en las circunscripciones con cinco diputados o menos perjudica a formaciones pequeñas como Vox, que pueden quedarse sin representación.

En todo caso, el politólogo Lluís Orriols apunta que, en el actual escenario, no es tan evidente que Vox sea un voto malgastado para la derecha y advierte de que los argumentos del PP en defensa del "voto útil" no casan tan bien como en otras ocasiones con los datos que refleja el último barómetro del CIS.

Según este sondeo, Vox recibiría votantes del PP (que perdería el 11,2% de sus electores en favor de la formación de Santiago Abascal) y de Cs (un 6,1% de sus antiguos votantes), pero también de Compromís (2,1%), En Marea (1,2%) e incluso de Unidos Podemos (0,9%).

Metroscopia


CIS

GAD3 -ABC-




Los artificieros de VOX conspiran para alterar la decisión de la JEC


JP Logística


Varios usuarios de Twitter, cuyo único cometidos es comentar: Vox, Vox o Yo voto VOX, entre ellos la cuenta oficial de Vox y el líder de la formación, Santiago Abascal, han citado la información sobre la decisión de la Junta Electoral en relación al debate de Atresmedia para inferir que el organismo ha censurado al partido. Lo tachan de instrumento al servicio de una maniobra pergeñada para amordazar a Vox y denuncian la ausencia de neutralidad y de pluralismo político.

Tan manoseadas están las mal llamadas fake news que es entendible la búsqueda de nuevas estrategias de propaganda. Véase, acudir a una noticia y difundirla anunciando sin reparos lo contrario a su contenido. Aunque se trata de una táctica débil. De un rápido vistazo al titular de la información, La Junta Electoral deja en suspenso el debate de Atresmedia por incluir a Vox y no a otros partidos con más representación, podría concluirse, incluso, que el árbitro no opta por la exclusión sino, por la incorporación. Pero ya se sabe que la lectura es un ejercicio que requiere tiempo para completarla y esfuerzo para comprenderla. Sobre todo, a través de tuits: leer el tuit, pinchar en el enlace, leer el titular, pasar por la entradilla y, si eso, leer el artículo. En diagonal, claro. ¡De ninguna manera!

Las razones, las normas, sobre las que se asienta la actuación de la Junta están pormenorizadas y analizadas en artículos y en un editorial del periódico. Así que procedamos a centrarnos en el estrangulamiento que hace Vox de una información verídica y verdadera para darle mayor credibilidad a una falsedad. ¿A quién se le ocurre convertirse en víctima a través de una mentira? Espanya ens roba. Habrá quien argumente, no sin sonrojo, que Vox simplemente interpreta su realidad. Aunque la reacción se adecúe mejor a la definición de manipulación. Es sabido que presentar una historia mientras se guarda silencio sobre la propia historia es la manera más antigua de propaganda.

Santiago Abascal exprime la credibilidad otorgada por las urnas a su partido para engañar. ¿Para qué? Para explotar el discurso de partido antisistema y movilizar a sus potenciales votantes, alimentados por la carga psicológica del papel de víctima y la injusticia perpetrada, con un fin: asaltar el poder. ¿Podemos haber visto esta estrategia antes? Sí, podemos.

Sería de mayor utilidad para Vox enfocar todo este esfuerzo masivo de desinformación en dar cuenta de los hechos para, desde una actitud proactiva, abrir la discusión: ¿está obsoleta la ley? ¿Se debe redefinir el concepto "grupos políticos significativos"? ¿Qué criterios tienen que regir los debates? ¿Legales? ¿Periodísticos? ¿Mismas condiciones en los medios públicos que en los privados? Preguntas que exigen responsabilidad y no erigirse en guardianes de la manipulación.

Pedro Sánchez se adueña de RTVE, al igual que ya lo hizo con otros entes públicos. instituciones.



Se acabe celebrando o no algún debate entre los candidatos a La Moncloa esta campaña, todo lo que ha ocurrido en las últimas horas, de enorme gravedad democrática, refleja que Pedro Sánchez no tiene escrúpulos para poner a su servicio organismos públicos como RTVE, en línea con lo que ha hecho con otras muchas instituciones del Estado en sus meses de mandato. Tanto como le gusta presumir al todavía presidente del Gobierno de respaldar la televisión pública, le ha dado dos estocadas en menos de una semana, aunque la de ayer es la puntilla para la escasa credibilidad que aún pudiera mantener la corporación en manos de Rosa María Mateo. La administradora única ha demostrado un servilismo al PSOE tan elocuente al cambiar la fecha del debate propuesto a los candidatos, plegándose al deseo de Sánchez, que incluso profesionales de la cadena promocionados en esta etapa como Xabier Fortes o el presentador del Telediario Carlos Franganillo se revolvieron de inmediato contra ella. Por dignidad y para no emborronar más su carrera en los medios, a Mateo sólo le queda la opción de dimitir tras el bochornoso episodio que está dominando la campaña electoral y que ha roto la estrategia de los socialistas a los que hasta ahora les sonreía el viento de cara.

Sánchez nunca ha querido debatir. No se atreve a confrontar programas ni a participar en duelos dialécticos porque no quiere responder a cuestiones medulares por las que le interrogarían sus rivales, tal como le ocurrió con la ministra de Hacienda en el debate a seis. Montero fue incapaz de aclarar si el PSOE indultaría a políticos si son condenados por el procés o cuántas naciones hay en esa España plurinacional de la que hablan con tanta frivolidad. Y, por ello, escamoteando a todos los españoles su derecho a saber qué piensa realmente el candidato socialista sobre el futuro de nuestra Nación, éste se negó primero a participar en un cara a cara con Pablo Casado, después se apuntó a un debate en Atresmedia a cinco que incluía al líder de Vox -ahí ya demostró lo poco que le importa RTVE, a la que dejó tirada-, y, finalmente, se ha desdicho de su compromiso y sólo está dispuesto a acudir a la televisión pública imponiendo la misma fecha en la que ya estaba anunciado el debate de Atresmedia. Una trampa de mal jugador para intentar que no se puedan celebrar las dos citas, o incluso que finalmente no tenga lugar ninguna. Y en esa estrategia vergonzosa le ha ayudado Mateo, cambiando el debate del lunes al martes, como si TVE fuera la televisión de un partido.

Es presumible que esta cadena de errores le pasará factura electoral a Sánchez. En todo caso, sus contrincantes no deben doblegarse al chantaje socialista. Los españoles habrán de valorar si puede dirigir un país alguien instalado en la huida permanente e incapaz de confrontar ideas en un espacio plural y neutral.

Pablo Iglesias y Albert Rivera dicen que no pactarán con Sánchez. Pablo Iglesias y Rivera hará lo que diga su “dueño”, el okupa de La Moncloa


JP Logística

Pero repasemos sin olvidar y mañana lo veremos, la única base electoral del PSOE es ir de víctima, como así, en su día  lo hizo Zapatero. Cuando, también el líder de Ciudadanos prometió con solemnidad que jamás volvería a pactar con Sánchez. En ese instante, el equipo de campaña del presidente del Gobierno se frotó las manos al contemplar ante sí todo el espacio de centro listo para ser ocupado. Y en eso está Sánchez. En eso y en evitar cualquier pifia –por ejemplo, en un debate televisivo– que dé al traste con una estrategia milimétricamente trazada.

Una vez rescatado el voto que se le fugó a Podemos, se trataba de recuperar apoyos por el otro lado. Y para ello, tanto Sánchez como María Jesús Montero, su enviada todoterreno a esos debates en los que siempre se puede meter la pata, restan carga ideológica al discurso con el fin de atraer, no ya al votante entusiasta, sino al que deposita su papeleta como un mal menor. Captar el voto radical y el moderado al mismo tiempo es el gran reto. Es también el empeño de ERC en Catalunya, aunque a Gabriel Rufián le cueste embutirse en el traje de político prudente y comedido. ¿Y el resto de partidos?

A estas alturas de la campaña, los demás se definen en función de un posible gobierno de Sánchez. El PP y Ciudadanos piden el voto para impedir que el socialista se alíe con el secesionismo y haga pedazos España; Podemos reclama apoyo para que Sánchez no se asocie con la derecha de Rivera, y los independentistas lo hacen para que en la Moncloa no se olviden de que tienen un problema en Catalunya. ¿Y Sánchez? ¿Cuál es el gobierno que persigue el líder del PSOE?

Obviando la meta casi imposible de una mayoría absoluta, el objetivo de Sánchez es conseguir un resultado que le permita gobernar en solitario con el apoyo de Podemos, el PNV, Compromis y los catalanistas. Ese es el escenario que en la Moncloa consideran factible y más cómodo. ¿Por qué no el del pacto con Ciudadanos?

Un acuerdo del PSOE con Rivera no es descartable si de las elecciones del 26M –municipales y autonómicas en 12 comunidades– resulta un escenario en el que ambos partidos se jueguen gobiernos clave. Pero Sánchez es muy consciente de lo que le ha costado taponar la fuga de votos hacia la formación de Pablo Iglesias, un empeño al que se aplicó desde el primer día que tomó posesión como presidente con el anuncio de un gobierno feminista hasta el último de los “viernes sociales”. Y un pacto con Cs volvería a poner en riesgo el flanco izquierdo del PSOE, seguramente el más frágil, el que se desmoviliza con mayor rapidez ante cualquier desencanto. Dejaría despejada a Iglesias la autopista de la izquierda. Es probable que el líder de Podemos reclame entrar en el Gobierno, algo que no está ahora mismo en los planes de Sánchez. ¿Y el independentismo?

La campaña de ERC y JxCat consiste en combatir el voto útil hacia los socialistas como freno de la derecha. Para ello, Oriol Junqueras redactó una carta en la que abría el camino a votar una eventual investidura de Sánchez sin condicionarlo a la negociación de un referéndum de autodeterminación. Al difuminar la principal línea roja, el independentismo transmite el mensaje de que el gobierno de izquierdas está garantizado si de ellos depende, pero que conviene que lo sea condicionado para que aborde el conflicto catalán. Por eso, los republicanos consideran esencial ganar estas elecciones generales en Catalunya. Ahora mismo las encuestas arrojan un resultado igualado entre el PSC y ERC.

La intención de Sánchez es continuar con la política de diálogo y desinflamación con la Generalitat, aunque sin discutir un referéndum. Su objetivo es rebajar el malestar de la sociedad catalana con el Ejecutivo central para contribuir a cambiar el panorama político en el Parlament. Tanto en la Moncloa como en ERC y JxCat son conscientes de que tendrán por delante dos hitos: la gestión política de una posible condena penal de los políticos independentistas procesados y el resultado de unas elecciones catalanas que probablemente sufran un adelanto a los próximos meses. Queda mucho camino por delante.

Notre Dame, Catedral de París. ¿De arte? Pongamos, sublime. Ese, su incendio, la hará más bella.



Hay que recordar el incendio de Notre Dame como a una madre de familia que -mientras su prole se dispersa y diluye en distancias, suertes y rencillas- envejece en soledad. Hasta que un día, al saberse que está muriendo, todos acuden a recordar sus nanas, sus consejos y sus besos, con la terrible sensación de que los que pueden quedar desorientados y sin identidad son, precisamente, las nuevas generaciones.


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Cuando se compuso La Marsellesa en 1792, la catedral de París ya llevaba 629 años como símbolo y centro de su ciudad. Mucho antes, en el año 496, para comenzar su historia, se había fundado el reino de los francos, que, unificado por Clodoveo bajo la identidad cristiana -la única que entonces funcionaba-, dirigió la construcción de Francia durante 1.300 años. Solo han pasado dos siglos desde que el republicanismo revolucionario abrió el desfile de la diosa Razón, el imperialismo napoleónico, el colonialismo tardío, los enfrentamientos ideológicos, las guerras mundiales y coloniales y la grandeur gaullista.

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Un período de enormes bandazos, con destrucciones y carnicerías apocalípticas, cuyas glorias y contradicciones se sublimaron finalmente en la UE y la democracia del bienestar, aunque todos damos por cierto -mediante un paradójico dogma de fe- que todo cuanto de admirable hay en Francia nació como una enmienda a la totalidad de los trece siglos que transcurren entre la caída de Roma y la toma de la Bastilla.


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Quizá por eso la católica catedral de Notre Dame -una de las construcciones más bellas y admirables del mundo, canon del arte gótico, y el monumento más visitado de Europa- entró en la era moderna como un almacén de vinos, un corral de caballerías, un centro de culto a la estupidez ilustrada, y una calamitosa ruina. Hasta que Víctor Hugo inició su rescate (1831) con sus más célebres palabras -«Sans doute c’est encore aujourd’hui un majestueux et sublime édifice que l’église de Notre-Dame…»-, de las que se derivó el encargo que le hizo Luis Felipe a los arquitectos Jean B. Lassus y Violet le Duc, en 1844, para reponer en su función y esplendor la gran catedral de París.

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Mucha gente creía que Notre Dame estaba iniciando una nueva decadencia, a manos de la posmodernidad y la descristianización de Europa, y que su destino era convertirse en el mayor museo de Francia. Hasta que el pavoroso incendio del Lunes Santo -la grave enfermedad que situó a la madre catedral al borde de la muerte- enfrentó a los parisinos con el miedo a su soledad, y con la dispersión de su identidad, de su ser y de su historia. Y, como si hubiésemos vuelto al Medievo, han empezado a reconstruir su iglesia en su arquitectura, su simbología y su función.


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Ahora saben que la historia de Francia no se puede agotar en su último capítulo. Y quizá le hayan dado la razón al sabio que, parafraseando a Ovidio, profetizó, en una inscripción, sobre la fachada del templo, la terca estupidez de los hombres: «Tempus edax, homo edacior». Si el tiempo destruye, mucho más destruye el hombre.


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Historia de Francia en una catedral, Notre Dame

Los muros, bóvedas y arbotantes del templo parisino han sobrevivido a la Peste Negra, a las guerras de religión entre católicos y hugonotes, la Revolución Francesa, la Comuna de París y hasta la invasión nazi. Demasiada Historia, francesa y europea, en un mismo espacio. Por eso, como señala la historiadora María Elvira Roca Barea, la posibilidad de su desaparición ha conmovido tanto a creyentes y a no creyentes.





Además de ambientar numerosas obras de ficción, de novelas a películas, la catedral de Notre Dame de París ha sido el escenario de importantes acontecimientos de la Historia de Francia y, por extensión, de Europa. Un viaje de más de ocho siglos en el que sus muros han resistido guerras, conflictos religiosos, revueltas y revoluciones.


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Desde que en 1160 el obispo Maurice de Seully ordenase la construcción de una nueva catedral en el lugar donde se ubicaba una iglesia consagrada a San Esteban, en el templo parisino ha sucedido de todo. Quizá por eso la posibilidad de su pérdida nos haya conmocionado, aquí y en Singapur, a fieles y paganos.


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"Estaba pensando en aquellas personas a las que había entrevistado ayer la prensa francesa, personas no creyentes, que no habían reparado en cuán importante era Notre-Dame en sus vidas", reflexiona a este respecto la historiadora María Elvira Roca Barea, autora de 'Imperiofobia y leyenda negra'. Esto supone, según ella, "una llamada de atención respecto a uno de los aspectos que nos marcan, como es la religión. La propia etimología de la palabra nos lo indica: 'religión', 'religare' significa 'reunión'.





"Aunque en ocasiones lo veamos como si no tuviera importancia, por muy mundanos y superficiales que nos creamos, nuestra reacción al ver en peligro un símbolo como Notre-Dame es universal. No tiene que ver con ser creyente o no, aunque sí habla de la importancia en nuestra cultura del cristianismo, tan denigrado en décadas recientes. De la simbología que envuelve nuestras vidas, que es paisaje, arquitectura, organización del tiempo. Y también una cosmovisión". Por eso, "ante la posibilidad de perder algo que parecía casi eterno, ante la sensación de que no la vean nuestros hijos y nuestros nietos", se disparan todas las alarmas emocionales.


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En Historia se habla mucho de sustratos: capas que se van acumulando, una encima de otra, sobre el suelo, de tal forma que al excavar podemos retroceder en el tiempo. En Notre-Dame toda esa Historia ha quedado adherida en las piedras, como una película invisible que podemos apreciar según miremos de una forma u otra.




Por ejemplo, en 1185 el encargado de oficiar la misa para celebrar la finalización del santuario de Nuestra Señora de París fue Heraclio, patriarca de Jerusalén, en los reinos latinos de Oriente Medio surgidos tras la Primera Cruzada. Cinco años más tarde aquellos enclaves cristianos fueron conquistados por Saladino, lo que daría origen a la Tercera Cruzada. Los ejércitos cristianos de aquellas tierras estaban compuestos en su mayor parte por franceses y muchos de estos soldados recibían la bendición antes de entonar "Deus vult" y partir a Tierra Santa.




Para el año 1200 la nave central, prodigio de ingeniería gótica de la época, estaba terminada y comenzó la construcción de las torres. La obra se prolongaría hasta 1260, aunque no quedaría completamente finalizada hasta un siglo más tarde. Los tres principales rosetones datan del siglo XIII, momento de mayor apogeo del gótico. Este estilo, considerado por muchos historiadores como el primero paneuropeo (el románico no alcanzó tal grado de expansión), se difundió principalmente desde Francia y se podría decir que Notre-Dame fue el epicentro (el núcleo irradiador, que diría alguno) desde donde se difundieron aquellos hallazgos.




Llegó la Peste Negra, que acabó con la mitad de la población de París, y llegó la Guerra de los Cien años, en la que un monarca inglés, Enrique VI, se coronó como rey de Francia en Notre Dame en 1431. Apenas Francia se reunificó en un único reino, llegaron otros problemas. El más importante, las guerras de religión entre católicos y hugonotes. Estos últimos provocaron daños a las esculturas del exterior bajo la acusación de idolatría, mientras que los monarcas católicos modificaron vidrieras y eliminaron tumbas en aras de la modernización.


Pero esos empeños no sirvieron para que la catedral fuese cayendo en el abandono y la degradación. La Revolución Francesa trajo consigo la desacralización de los templos, con lo que Notre-Dame fue convertida en un almacén de comida. Muchas estatuas fueron decapitadas y algunas campanas, fundidas. Como desagravio, Napoleón escogió el mismo lugar para coronarse emperador de Francia, el 2 de diciembre de 1804. Jacques-Louis David inmortalizó el momento en un famoso cuadro en el que Bonaparte aparece sosteniendo la corona antes de colocársela sobre su cabeza.




Los fastos no frenaron la decadencia del templo. Tuvo que ser un escritor, Victor Hugo, quien tres décadas más tarde alertase sobre el estado de conservación del alma de la ciudad en su novela 'Nuestra señora de París' (1831). Concienciados los franceses, en 1846 comenzaron las obras de restauración, dirigidas por Eugene Viollet le Duc. Estos trabajos se enfrentaron a otro contratiempo cuando se produjo un incendio durante la revuelta de la Comuna de París, en 1871.




Notre-Dame no fue ajena tampoco al gran conflicto del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial. Si los alemanes destruyeron la catedral de Reims durante la Gran Guerra, su hermana parisina sobrevivió a la invasión de los nazis con daños menores en las vidrieras. Una gran misa 'Te deum' se celebró en su interior para celebrar la liberación de París, el 26 de agosto de 1944.




Mirar, hoy, a Notre Dame es como leer todos estos capítulos de la Historia, aunque el espectador no sea consciente de ello. En la película de Richard Linklater 'Antes del atardecer' (2004), hay un momento en que el personaje de Ethan Hawke le cuenta al de Julie Delpy una historia: que cuando estaban a punto de retirarse de París, los nazis llenaron de explosivos la catedral para volarla, pero el soldado alemán encargado de hacerlo no se atrevió, "aterrado por la belleza del lugar". Sin saber si la historia es cierta o no, Delpy responde: "Hay que pensar que Notre-Dame desaparecerá algún día". Lo cual es cierto y falso al mismo tiempo. Podrán caer sus cascotes, pero no el tiempo que se les quedó adherido.
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