


Por Juan Pardo Navarro
Zapatero
llegó a la Audiencia Nacional triste, digno, forrado por dentro de
punzadas, puntaditas y arrugas, como una folclórica con problemas
judiciales y de vestuario (él es una folclórica). Pero ni siquiera le
salían al expresidente aquellos dientes de la Pantoja,
blancos o grises como perlas de la abuela o del propio Zapatero, sino
una mueca como la del cómico o el mendigo, o el cómico mendigo. Zapatero
había guardado silencio, luto o ayuno casi un mes, como el probe Miguel
en la montaña, que la pobreza material y de espíritu se acredita y se
refuerza mucho si uno se retira por ahí, bíblica o sólo cobardemente (la
santidad puede ser indistinguible de la huida). Los creyentes de
estampita, el socialismo estamental y los socios limosneros de Sánchez
esperaban que Zapatero pudiera aclarar ante el juez los graves indicios
en su contra, pero no. Después de un mes en el que parece que sólo
estuvo reconcentrando su chi o dejándose la barba y las uñas
para recortárselas luego ritualmente, expiatoriamente, Zapatero no pudo
explicar ni rebatir nada. Se limitó a negarlo todo, como la morena clara
de los jamones o de la peseta, que era Lola Flores en ambos casos. Calama,
nada folclórico, decía que “no había logrado desvirtuar los indicios
racionales de criminalidad”. En su comunicado, Zapatero pedía
“confianza” y sonaba, claro, a peseta rubia de Lola Flores.
Pedir confianza
es pedir fe, pero la fe es lo último que se pide, que se pierde y que se
saca, cuando ya no hay otra cosa que pedir, perder o sacar. O sea,
Zapatero ya está en las últimas cuando acaba de conocer al juez como a
la suegra. Zapatero pidió aplazar su declaración para poder prepararla,
pero no parece que hubiera demasiado que preparar, salvo ese lento
campaneo de cabeza ante el juez, como ante la suegra en el sofá de
tapetillo, y esa apelación a la confianza que no suele servir de nada
ante las suegras y, tal como está el asunto, tampoco creo que sirva ante
la parroquia amoscada, desmoralizada, desengañada. Digo la parroquia
porque Zapatero, con rezo, mantilla y broche de lágrima como un camafeo,
no se dirige al sanchismo, al que por supuesto le da igual todo, la
verdad, la mentira, la moral y la justicia, sino al creyente, al progre
de suscripción y misa de la Ser, el que aún es capaz de hacer una
vigilia por la persecución a Sánchez, por la virginidad de Begoña o por la santidad del amigo de
Zapatero
llegó a la Audiencia Nacional triste, digno, forrado por dentro de
punzadas, puntaditas y arrugas, como una folclórica con problemas
judiciales y de vestuario (él es una folclórica). Pero ni siquiera le
salían al expresidente aquellos dientes de la Pantoja,
blancos o grises como perlas de la abuela o del propio Zapatero, sino
una mueca como la del cómico o el mendigo, o el cómico mendigo. Zapatero
había guardado silencio, luto o ayuno casi un mes, como el probe Miguel
en la montaña, que la pobreza material y de espíritu se acredita y se
refuerza mucho si uno se retira por ahí, bíblica o sólo cobardemente (la
santidad puede ser indistinguible de la huida). Los creyentes de
estampita, el socialismo estamental y los socios limosneros de Sánchez
esperaban que Zapatero pudiera aclarar ante el juez los graves indicios
en su contra, pero no. Después de un mes en el que parece que sólo
estuvo reconcentrando su chi o dejándose la barba y las uñas
para recortárselas luego ritualmente, expiatoriamente, Zapatero no pudo
explicar ni rebatir nada. Se limitó a negarlo todo, como la morena clara
de los jamones o de la peseta, que era Lola Flores en ambos casos. Calama,
nada folclórico, decía que “no había logrado desvirtuar los indicios
racionales de criminalidad”. En su comunicado, Zapatero pedía
“confianza” y sonaba, claro, a peseta rubia de Lola Flores.
Pedir confianza
es pedir fe, pero la fe es lo último que se pide, que se pierde y que se
saca, cuando ya no hay otra cosa que pedir, perder o sacar. O sea,
Zapatero ya está en las últimas cuando acaba de conocer al juez como a
la suegra. Zapatero pidió aplazar su declaración para poder prepararla,
pero no parece que hubiera demasiado que preparar, salvo ese lento
campaneo de cabeza ante el juez, como ante la suegra en el sofá de
tapetillo, y esa apelación a la confianza que no suele servir de nada
ante las suegras y, tal como está el asunto, tampoco creo que sirva ante
la parroquia amoscada, desmoralizada, desengañada. Digo la parroquia
porque Zapatero, con rezo, mantilla y broche de lágrima como un camafeo,
no se dirige al sanchismo, al que por supuesto le da igual todo, la
verdad, la mentira, la moral y la justicia, sino al creyente, al progre
de suscripción y misa de la Ser, el que aún es capaz de hacer una
vigilia por la persecución a Sánchez, por la virginidad de Begoña o por la santidad del amigo de Delcy, de Maduro y de la China de Jinping.
Mucha gente
confiaba en que este día Zapatero sacaría un papel, un gráfico, quizá
hasta un microfilm, antiguo y quemado como esos relojes de su caja
fuerte, que eran como marcos de espejo o relojes todavía de sol. Algo,
lo que fuera, deslumbrantes informes redactados por él con sabiduría y
caligrafía china, más valiosos aún que sus joyas como conseguidas o
robadas entre cobras; los trabajos de publicidad o comunicación de nivel
internacional de sus hijas, equiparables por lo menos a los de Nike o a
los de Begoña; la transferencia, el asiento, la factura que rompiera la
trazabilidad del dinero de Plus Ultra, o de los otros dineros que
siempre le caían encima a la familia, como esas joyas que caían como
higos bajo la higuera; la empresita de algún señor desconocido y
desconectado que desmonta el entramado societario… Mucha gente esperaba
algo así desde que Rufián, con su cara de “jodido”, o
de envidar, o de amenazar, que es la misma, como la de una sota, agitó
el auto del juez Calama en el Congreso diciendo que eso no era lawfare y
que había que explicarlo. Pero Zapatero no lo ha explicado. Ni siquiera
ha despejado una sola duda, ni siquiera ha acallado una sola sospecha.
No es tan sencillo, no es tan inmediato. A lo mejor no es ni posible.
Zapatero pide
confianza porque cualquier evidencia pierde ante la fe; porque, pase lo
que pase, siempre quedará el complot de la fachosfera o de Trump, que le tiene ganas a Sánchez
No, no ha bastado
con que Zapatero se haya presentado, bajando de su montaña entre nubes
de ovejas y nubes de nubes. De momento, no ha sido capaz de dar la
explicación definitiva del mundo que suelen dar los descendidos y los
aparecidos. O sea que la cosa sigue, que es lo que suponíamos porque los
indicios eran graves y sólidos, y porque Zapatero enseguida contrató a
un especialista en derecho procesal, dando por hecho un largo proceso,
un litigio de litigantes y unas leguleyerías de leguleyo, que uno no
hace eso si puede desmontarlo todo con una fotocopia o un monólogo, si
uno es tan inocente que le va rezumar la inocencia como requesón.
Zapatero se dice inocente, sí, pero para llegar a esa inocencia
seguramente habrá un juicio y mucha guerra, y no será una guerra moral
sino legal. Pronto, en realidad, no importará tanto la inocencia como la
nulidad o cualquier otra palabreja que salve el cuello sin salvar la
decencia. En el caso de las joyas de Drácula, ya se
sienten satisfechos con el delito prescrito, que no es menos inmoral que
el delito enterrado. Mientras, Zapatero pide confianza, que a uno le
parece una palabra nada insignificante. Esa confianza es como el papel
del fondo del cajón o de la gaveta, ya después de eso no hay nada, ni
informes ni croquis, ni tabaco ni revólver. Si uno llega ahí, lo más
probable es que el cajón esté vacío y todo haya acabado.
Zapatero nos pide
confianza, qué el es inocente y honrado como dicen todos, aunque, como
suele pasar, sobre todo si no lo eres, esa inocencia no es ni mucho
menos evidente. Pide confianza y ya digo que la palabra no es ni
intrascendente ni arbitraria. Otra cosa hubiera sido pedir paciencia,
tiempo para ordenar los papeles o traducir del mandarín. Pero la
confianza se refiere más a algo que no está todavía presente, y puede
que nunca lo esté. Aunque su comunicado menciona que “costará más o
menos tiempo” demostrar esa inocencia, ese tiempo, y las pruebas que se
consigan en ese tiempo, parecen secundarios o incluso descartados al
lado de lo que él pide antes que nada, que es apoyo, sostén, por
supuesto incondicional. Zapatero pide confianza porque cualquier
evidencia pierde ante la fe; porque, pase lo que pase, siempre quedará
el complot de la fachosfera o de Trump, que le tiene
ganas a Sánchez como una bruja de caldero. Zapatero puede ser inocente,
aunque, con lo que sabemos ahora mismo, eso implicaría un cúmulo de
casualidades grotescas y cósmicas. De momento, no tiene explicaciones,
no tiene casi defensa. Sólo una pena, penita, pena, y una mano como una
cazoletita que pide la peseta o el milagro.
Juan Pardo Navarro