
Hay líderes que necesitan años para ganarse el respeto de la clase política española y algunos no lo consiguen jamás. León XIV no necesitó rugir para paralizar de miedo a todos nuestros políticos. La mera aparición del Papa en el Congreso de los Diputados bastó para que los parlamentarios se transformaran, durante unas horas, en una congregación de monjes entregados a la concordia.
El Gobierno calificó su discurso de «valiente» y la oposición lo consideró «histórico». Los mismos dirigentes que apenas coinciden en la forma de escribir España se apresuraron a encontrar virtudes en las palabras del Pontífice. La escena resultó llamativa porque el Papa no se mostró complaciente. León XIV repartió doctrina a derecha e izquierda. Criticó la polarización política, cuestionó el aborto y la eutanasia, defendió la libertad de elección educativa, mostró su preocupación por el nacionalismo lingüístico, rechazó políticas migratorias restrictivas, alertó sobre los riesgos de una inteligencia artificial sin límites éticos y reiteró su tradicional oposición a la guerra y al rearme.
Prevost no dejó títere con cabeza. Sin embargo, lejos de provocar incomodidad, sus palabras fueron recibidas con una ovación de siete minutos, una de las más largas que se recuerdan en el Congreso. Su Santidad obró el milagro y ningún portavoz salió después ante los medios para discrepar, matizar o cuestionar al Santo Padre; no vaya a ser que, además de perder unos cuantos votos, acabara excomulgado.
El respeto al Papa no implica la obligación de compartir todas sus posiciones. Se puede admirar la autoridad moral de León XIV y, al mismo tiempo, defender que Ucrania tiene derecho a protegerse frente a la agresión rusa. Se puede valorar su defensa de la dignidad humana y sostener que el aborto o la eutanasia deben seguir siendo opciones legales en determinadas circunstancias.
Durante unas horas, el Congreso pareció haber suspendido la política. Nuestros diputados, tan dados al enfrentamiento permanente, a la descalificación y al insulto en la sesión de control, se convirtieron en fervientes defensores del consenso. El problema es que todos sabemos que ese espíritu conciliador durará lo que tarde el avión papal en despegar rumbo al Vaticano.
«España, por mucho que sea constitucionalmente aconfesional, es aún un país moldeado por siglos de tradición católica»
Si merece una reflexión la ausencia de Podemos y del BNG. Ambos partidos decidieron no asistir, alegando que España es un Estado aconfesional. Desde un punto de vista estrictamente constitucional, la objeción tiene fundamento. Aunque León XIV acudió formalmente al Congreso como jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano, resulta evidente que no fue invitado por el hecho de gobernar el país más pequeño del mundo, sino por su condición de líder espiritual de la Iglesia católica y por la influencia moral que ejerce sobre millones de personas. La pregunta es si permitiríamos, con la misma naturalidad, una intervención semejante de un gran líder religioso musulmán, judío o hindú en la sede de la soberanía nacional.
Tampoco conviene exagerar las convicciones laicistas de Belarra. La propia líder de Podemos elogió después algunas referencias del Pontífice a la paz. Y no hay que olvidar que Pablo Iglesias, cuando era eurodiputado de la formación morada, asistió entusiasmado al discurso que el papa Francisco pronunció ante el Parlamento Europeo.
La polémica refleja una contradicción más profunda. Las constituciones establecen marcos jurídicos; mientras las sociedades conservan identidades culturales. Turquía sigue siendo profundamente islámica, aunque su Constitución proclame la laicidad del Estado. Y España, por mucho que sea constitucionalmente aconfesional, continúa siendo un país moldeado por siglos de tradición católica.
Por eso el Papa fue recibido con honores extraordinarios y nadie se atrevió a llevarle la contraria. No porque todos los diputados estuvieran de acuerdo con él, sino porque, en el fondo, nuestros políticos saben que hay algo más peligroso que debatir con el adversario; que es discutir con alguien a quien millones de ciudadanos consideran una autoridad moral.
Y ante ese riesgo, prefirieron hacer lo que mejor sabe hacer la política española cuando le conviene: aplaudir mucho, disentir poco y esperar a que pase la tormenta, aunque sea de agua bendita.
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