Un solo Papa, el Papa Francisco y nos sale populista, rojo, trotskista y bolivariano.

El que haya un solo Papa en el Vaticano, sea rojo, populista y trotskista no significa casi nada. Ahora bien que el Su Santidad, Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice, Primado de Italia, Obispo Metropolitano de la Provincia de Roma, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Siervo de los siervos de Dios, Párroco de la Iglesia de San Juan Letrán en Roma y regulador de los valores cristianos en el mudo no le acredita para humillar al cardenal Don Antonio Cañizares Llovera, tampoco para ser “cabeza de serie” de la revolución bolivariana. 

Ahora bien que el franciscano más influyente en el mundo por nominación católica nos esté tocando los cojones me parece injustificable.


Siempre que hay algún acontecimiento en el mundo como para acorazar su populismo ahí está el Papa Francisco. Ya me recelé en secreto el viaje de Francisco a Lesbos; y no porque las tres familias de allí rescatadas hayan resultado musulmanas, sino porque entiende mejor los motivos pastorales que los meramente "humanitarios", en expresión del propio Pontífice. Hay un liberal que lo acusa de peronismo jesuítico. 

Hay un progresista que lo aplaude casi sin matices. Y hay un populista que se apropia de lo que le sirve y lamenta que no rompa ya a bendecir la transexualidad episcopal, la marihuana recreativa y la lucha de clases. A mi juicio todos se equivocan. La Iglesia cuenta por serenos siglos lo que el mundo vive como vertiginosos años, y en su historia se han dado ya todos los arquetipos: también el de Papa revolucionario. 

En la indisimulada teatralidad de Francisco redescubrimos las viejas estrategias de la Contrarreforma, cuando desde el núcleo romano extendió Bernini la más genial propaganda del catolicismo, liderada por los jesuitas. Sólo que este Papa elige la pobreza en vez del barroco para comunicar un mismo mensaje de trascendencia. 

Cuando el liberal extraña los buenos tiempos de Wojtyla, en que el Vaticano se aliaba con la Casa Blanca para derribar el comunismo, olvida que el liberalismo estuvo tan condenado como el adulterio. Cuando el socialdemócrata se emociona con la caridad franciscana, no repara en que su ideología sólo es una secularización del Evangelio, no al revés. Y cuando el populista marxiano pide curas obreros, ignora que Jesucristo protagoniza tantas escenas que cabría calificar de populistas -curar enfermos, multiplicar panes y peces- como otras en las que llama al respeto institucional -¡y hasta fiscal!- reservando al César lo suyo o prohibiendo a sus favorecidos difundir quién los sanó, porque no había llegado su hora. 

Los que ven en Bergoglio a un político de progreso pierden de vista que es el vicario de Cristo. Los que añoran mayor rigor teológico han olvidado la primacía que la atención a los desheredados mereció al Fundador de su fe. Es lo que tienen los misterios: que no son fáciles de entender.

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