Ahora bien que el franciscano más
influyente en el mundo por nominación católica nos esté tocando los cojones me
parece injustificable.
Siempre que hay algún
acontecimiento en el mundo como para acorazar su populismo ahí está el Papa
Francisco. Ya me recelé en secreto el viaje de Francisco a Lesbos; y no porque
las tres familias de allí rescatadas hayan resultado musulmanas, sino porque
entiende mejor los motivos pastorales que los meramente
"humanitarios", en expresión del propio Pontífice. Hay un liberal que
lo acusa de peronismo jesuítico.
Hay un progresista que lo aplaude casi sin
matices. Y hay un populista que se apropia de lo que le sirve y lamenta que no
rompa ya a bendecir la transexualidad episcopal, la marihuana recreativa y la
lucha de clases. A mi juicio todos se equivocan. La Iglesia cuenta por serenos
siglos lo que el mundo vive como vertiginosos años, y en su historia se han
dado ya todos los arquetipos: también el de Papa revolucionario.
En la
indisimulada teatralidad de Francisco redescubrimos las viejas estrategias de
la Contrarreforma, cuando desde el núcleo romano extendió Bernini la más genial
propaganda del catolicismo, liderada por los jesuitas. Sólo que este Papa elige
la pobreza en vez del barroco para comunicar un mismo mensaje de trascendencia.
Cuando el liberal extraña los buenos tiempos de Wojtyla, en que el Vaticano se
aliaba con la Casa Blanca para derribar el comunismo, olvida que el liberalismo
estuvo tan condenado como el adulterio. Cuando el socialdemócrata se emociona
con la caridad franciscana, no repara en que su ideología sólo es una
secularización del Evangelio, no al revés. Y cuando el populista marxiano pide
curas obreros, ignora que Jesucristo protagoniza tantas escenas que cabría
calificar de populistas -curar enfermos, multiplicar panes y peces- como otras
en las que llama al respeto institucional -¡y hasta fiscal!- reservando al
César lo suyo o prohibiendo a sus favorecidos difundir quién los sanó, porque
no había llegado su hora.
Los que ven en Bergoglio a un político de progreso
pierden de vista que es el vicario de Cristo. Los que añoran mayor rigor
teológico han olvidado la primacía que la atención a los desheredados mereció
al Fundador de su fe. Es lo que tienen los misterios: que no son fáciles de
entender.
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