
Si nos preguntaran
cuáles son los tres desafíos a largo plazo de la sociedad europea, española y
gallega, contestaríamos de la siguiente manera: una demografía débil, una
escasa inversión y una baja productividad.
En primer lugar,
resulta muy fácil explicar el primero de ellos, la débil demografía. Por un
lado, atendiendo a las previsiones de la ONU, la población en edad activa de
los países desarrollados descenderá un 5 % para el año 2050. Asimismo, la bolsa
de trabajadores también sufrirá notables descensos en economías como Rusia y
China. De otra parte, complementando esta dinámica, la población de más de 65
años se incrementará en esos países y en los próximos años. Estas tendencias
subrayan dos consecuencias: aumenta la esperanza de vida y desciende la tasa de
fertilidad. En los próximos años las empresas se irán quedando sin
trabajadores, sin clientes, o ambos casos.
De esta forma, el
crecimiento se resiente; y, a medida que la población envejece, los hábitos de
consumo y la demanda también se inclinará hacia nuevas exigencias en servicios,
tales como los sanitarios y asistenciales, en detrimento de una demanda de
bienes duraderos, como los automóviles, por ejemplo.
Los efectos
demográficos ayudarán a explicar por qué las recuperaciones económicas van a
contribuir a reducir en un gran porcentaje las tasas de desempleo. Es decir, la
economía no necesitará tantos trabajos nuevos para emplear el volumen neto más
bajo de trabajadores que se incorporan al mercado. En suma, los datos
proporcionados por las instituciones internacionales, conforman tres tendencias
relevantes: a) en el 2050, la población mundial habrá crecido un 32 %; pero la
población en edad activa (entre 15-65 años) crecería solo un 26 %; b) en los
países desarrollados, la población en edad de trabajar disminuirá (un 26 % en
Corea del Sur; un 28 % en Japón; y un 23 % en Alemania o Italia); y c) en las
economías emergentes los datos varían, oscilarán entre un aumento del 33 % en
India, un alza del 3 % en Brasil, y un descenso del 21 % en China.
Al mismo tiempo, las
dinámicas de envejecimiento tienen un efecto directo sobre los hábitos de
ahorro. Así, entre los 20 y 40 años, la gente posee gastos obligatorios, tanto
con sus hijos como en la vivienda; y para la población entre 40 y 60 años
dichas obligaciones desaparecen en un elevado porcentaje. Por tanto, existe una
propensión de ahorro correlacionada por las diferencias entre la proporción de
la población entre 40/65 años y aquella que supera los 65 años. En la mayor
parte de los países desarrollados esta diferencia se está modificando; de forma
que las tendencias son desafiantes para los próximos años. Por eso, en algunos
países se estimulan comportamientos para aumentar la fertilidad y en otros se
ofrecen incentivos para las mujeres trabajadoras. Lo inmediato es incrementar
la fertilidad y superar las tasas de remplazo, actualmente estimadas en 2,1
hijos por mujer fértil.
El segundo de los
desafíos radica en la inversión. A pesar de que la economía mundial ha empezado
a recuperarse, la inversión en Europa y en España sigue estando muy por debajo
de los niveles previos a la crisis. Las apuestas por la integración de los
mercados europeos y globales en campos como los servicios, los bienes
digitales, la energía, etcétera, contribuirían a eliminar obstáculos y a
reducir barreras de entrada, mostrando incentivos para la inversión. Activar la
inversión requiere de medidas y reformas que promuevan la promoción de las
aptitudes y la promoción de la igualdad de las oportunidades para poder
competir sin situaciones de abuso dominante, de competencia desleal o de
reglamentaciones ad hoc para beneficio de populistas y socialistas.
Finalmente, el tercer
desafío está concentrado en la baja productividad. En la Europa occidental la
productividad laboral (la producción por hora trabajada) lleva varios años
disminuyendo. Durante la década de los sesenta aumentaba sin cesar; y, sin
embargo, hoy está estancamiento, a pesar de las innovaciones tecnológicas. Al
margen de los diferentes criterios de medición, la productividad total muestra
una disminución preocupante que permite afirmar la constatación de una carencia
de complementariedad en aquellas actividades donde es más factible el
desarrollo tecnológico y organizativo. Por tanto, es preciso activar medidas
que impidan la perversión o la imperfección de las actuales situaciones
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