Mostrando entradas con la etiqueta socialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta socialismo. Mostrar todas las entradas

Salvador Allende, la gran mentira del socialismo chileno.

Salvador Allende: la gran contradicción

«Es indudable que los intentos por subvertir las instituciones para arrinconar a una parte de la sociedad no tienen por qué salir bien»


Salvador Allende: la gran contradicción

El expresidente de Chile Salvador Allende da un discurso en 1971. | 

A las tres de la tarde del 11 de septiembre de 1973 se radia desde Santiago: «El orden reina en Chile». Si la alocución respondía a la verdad, era un verdadero ojo del huracán. Por detrás quedaba la trágica experiencia de Salvador Allende, y por delante la criminal dictadura de Pinochet. 

Pero a decir de las crónicas, en ese momento sí debió de producirse un gran alivio. El país había tenido pendiente a todo el mundo de la «vía chilena al socialismo», un audaz intento de llegar al total control de la economía y la sociedad por la vía democrática. 

Visto con perspectiva, el intento era absurdo. Nunca tuvo opciones de triunfar. Si era plenamente democrático, no podía llegar al socialismo. Si era plenamente socialista, nunca podría implantarse por métodos democráticos. 

Lo cierto es que Salvador Allende estuvo prácticamente solo en su intento. El Partido Socialista (una formación marxista desasida del yugo soviético) descartó la vía democrática ya en 1967. La mayor concesión que el PS le hizo a la democracia es la de mantenerla mientras no fuera estrictamente necesario el uso de la violencia: «Las formas pacíficas de lucha solo son aceptables como tácticas limitadas dentro de un curso que implica un creciente uso de la violencia por opresores y oprimidos». 

No es que cambiaran de parecer una vez en el gobierno. Carlos Altamirano, dirigente del PS, dijo en 1971 que ellos no habían llegado al poder para mantener «la rotación partidista del ejercicio del poder dentro de las reglas burguesas de la democracia representativa».

La posición del Partido Comunista, este sí una terminal de Moscú, era más estricta. Condenaba sin paliativos el aventurismo revolucionario, y animaba a ampliar la coalición con otros partidos de izquierda para ir avanzando en el programa de socialización desde las instituciones chilenas, que eran democráticas. Pero no se engañaban al respecto de lo que habría de pasar. En última instancia se habrá de producir un enfrentamiento a muerte entre la burguesía y la facción del pueblo que ellos representaban. Luis Altamirano, seis meses antes del golpe de Estado, lo dijo sin ambages: «Está claro que en el curso del proceso revolucionario puede volverse imperioso pasar de la vía pacífica a la vía armada (…) Jamás hemos considerado que la vía de la revolución chilena era una vía exclusivamente electoral».

Fidel Castro visitó el país durante 24 días, 24 tortuosos días para Salvador Allende, que era un don nadie en su propio país al lado del triunfante dictador cubano. Fidel profería arengas por todo el país, daba órdenes y organizaba a grupos que apoyaban la revolución en Chile. 

«¿Cómo podían encajar una democracia liberal con el poder sin oposición de un gestor socialista? La respuesta es fácil: no podían»

Castro se lo dijo a Allende: «¿Por qué esperar que los sectores dominantes cedan de buena gana su poder? ¿Qué clase de marxista se sienta a esperar que las clases explotadoras entreguen mansamente sus privilegios? ¿Dónde había ocurrido algo así?». En uno de sus múltiples discursos, precisó: «Elecciones… ¿para qué? No hemos venido a aprender cosas caducas y anacrónicas en la historia de la humanidad».

Salvador Allende llegó al poder con estas palabras: «Chile es hoy la primera nación de la Tierra llamada a conformar el segundo modelo de transición a la sociedad socialista». Pero él mismo sabía que debían producirse cambios fundamentales en el sistema político del país. Chile tenía una democracia convencional, con imperio de la ley y división de poderes, y el socialismo exigía lo contrario: unificar el poder bajo la batuta de un dictador, y que las normas no fueran un impedimento a la actuación arbitraria del líder socialista. 

¿Cómo podían encajar una democracia liberal con el poder sin oposición de un gestor socialista? La respuesta es fácil: no podían. Salvador Allende, cuando apenas llevaba siete meses en el poder, amenazó al sistema político, haciéndole ver que tenía dos opciones: plegarse y facilitar la implantación del socialismo, o atenerse a las consecuencias; a la violencia política: «Nuestro sistema legal debe ser modificado. De ahí la gran responsabilidad de las Cámaras en la hora presente: contribuir a que no se bloquee la transformación de nuestro sistema jurídico. Del realismo del Congreso depende, en gran medida, que a la legalidad capitalista suceda la legalidad socialista conforme a las transformaciones socioeconómicas que estamos implantando, sin que una fractura violenta de la juridicidad abra las puertas a arbitrariedades y excesos que, responsablemente, queremos evitar».

Allende mantuvo esa ambivalencia entre el cascarón democrático y la realidad de la violencia política durante todo su mandato. La contradicción era insalvable, y Allende la resolvió ejerciendo la violencia contra sí mismo, cuando se suicidó pegándose un tiro bajo el mentón con fusil que llevaba la inscripción: «A Salvador Allende, de su compañero de armas Fidel». 

El presidente chileno, por ejemplo, nunca condenó el terrorismo. Lo ejercían sus socios de gobierno, y dependía de ellos. Pero tampoco jugó con la idea de mostrar una incomodidad ante el constante goteo de asesinatos por motivos políticos. Es más, en más de una ocasión mostró su cercanía con los asesinos. 

El 8 de junio, cuando no se había cumplido un año de su mandato, unos correligionarios mataron a tiros a Edmundo Pérez Zujovic, exvicepresidente de la República por la Democracia Cristiana. Allende indultó a estos militantes, a los que calificó de «jóvenes idealistas». 

En enero de 1972, la oposición acusó al ministro del Interior, José Tohá, de complicidad con los crímenes que ensangrentaban las calles de Chile. Tohá fue incapaz de dar una respuesta convincente ante la evidencia de que los grupos armados que mataban a quien se opusiera a la revolución formaban parte de las organizaciones que apoyaban al propio gobierno. Así, presentó la dimisión como ministro de Interior. Salvador Allende acto seguido lo nombró ministro de Defensa y dijo: «El Parlamento lo acusará y el pueblo lo absolverá». El MIR y el resto de organizaciones terroristas siguieron aplicándole el socialismo a balazos a periodistas, propietarios, políticos y todo el que se pusiera por delante. El número de muertos no dejó de crecer hasta el último día de Allende.

Formalismo democrático en una mano, sangre revolucionaria en la otra. Así es como se presentaba Allende ante el Parlamento, al cual iba a proponer una reforma política fundamental. El 4 de noviembre de 1971, con motivo del primer aniversario de su gobierno, dijo: «Debemos fijarnos nuevos objetivos para el año 1972. Transformar las instituciones, ajustándolas a la nueva realidad social que estamos construyendo. Por eso, el martes 10 de la próxima semana entregaré al Congreso Nacional el proyecto que establece la Cámara Única para reemplazar al Senado y a la Cámara de Diputados (…) Se podrá disolver el Congreso en un período presidencial». 

Su propuesta fue rechazada. Su conclusión parece certera, aunque nunca llegó a asumir su corolario: «El Estado burgués no sirve para construir el socialismo, y es necesaria su destrucción» (El Mercurio, 12 de marzo de 1972). Su ministro de Justicia fue igualmente claro: «La revolución se mantendrá dentro del derecho mientras el derecho no pretenda frenar la revolución».

El gobierno también le aplicó el socialismo a la prensa, que tuvo que elegir entre entregarse al poder o sucumbir ante él. Esto fue lo que ocurrió, en última instancia, a medida que pasaban los meses. Pero hubo una fuerza a la que el gobierno socialista no pudo sobreponerse: las consecuencias políticas de la grave crisis económica a la que condujo al país. 

El 21 de agosto de 1972 se inició una huelga de los camioneros. Era un sector atomizado y competitivo, con 56.000 camiones en manos de unos 40.000 propietarios. El Gobierno les amenazó con crear una empresa pública para acaparar el mercado, y ante la perspectiva de perder su medio de vida, paralizaron el país. El Gobierno decretó el estado de sitio en 18 provincias, y anunció que requisaría los camiones de los propietarios en huelga, sin posibilidad de devolverlos. Pero la protesta se extendió por muchos otros sectores (cientos de miles de campesinos y de comerciantes), y pasado un mes el gobierno tuvo que ceder ante los manifestantes. 

«Hay varios paralelismos de la experiencia del socialismo chileno con la España del Frente Popular, cuatro décadas antes»

Al año siguiente, una revuelta en la mina de El Teniente se extendió también por otros sectores. Tras tres meses de enfrentamientos violentos, los manifestantes decidieron marchar de Rancagua a Santiago. No pararon ni ante la actividad terrorista de la coalición de gobierno. Allende tuvo que ceder de nuevo. 

En 1973, las elecciones legislativas le dieron un pequeño respiro a la coalición UP, ya que mejoró su presencia en la Cámara, pero certificaron que Allende representaba una minoría (el 43%) frente a una oposición que acudió unida por pura supervivencia. Entonces, el Gobierno propuso una reforma educativa de carácter socialista con «la urgencia de crear un nombre nuevo», pero fue rechazada.

Entre el desprecio, los ataques verbales y de nuevo el terrorismo, el enfrentamiento del Gobierno con el poder judicial fue total. Una de las manifestaciones de esta actitud del gobierno fue que el ministro Carlos Prats firmó una circular secreta (enero de 1973) en la que ordenaba no conceder fuerza pública al cumplimiento de las sentencias. El Tribunal Supremo acabaría diciendo: «Tomamos acta de lo que Su Excelencia entiende al someter el libre criterio del Poder Judicial a las necesidades políticas del gobierno. Sepan que este poder no será excluido del marco político y que jamás será revocada su independencia». 

De nuevo, Salvador Allende puso su indudable capacidad retórica al servicio de una lógica implacable, y brutal: «En un período de revolución, el poder político tiene derecho a decidir en el último recurso si las decisiones judiciales se corresponden o no con las necesidades históricas de transformación de la sociedad, las que deben tomar absoluta procedencia sobre cualquier otra consideración; en consecuencia, el Ejecutivo tiene derecho a decidir si lleva a cabo o no los fallos de la justicia». 

El 22 de agosto de 1973, la Cámara de Diputados aprobó una declaración en la que hacía una prolija exposición de todos los atentados de Allende contra la Democracia. Al día siguiente, el Senado se sumaba a esa declaración. Prácticamente, era una llamada a la intervención por parte del Ejército. 

Hay varios paralelismos de la experiencia del socialismo chileno con la España del Frente Popular, cuatro décadas antes. En España, la izquierda quiso rebasar la legalidad, y no temía un enfrentamiento violento con la derecha; una parte lo esperaba, de hecho, para firmar con sangre ajena una revolución apenas empezada. 

El paralelismo con la España actual es más inseguro. Pero lo que es indudable es que los intentos por subvertir las instituciones para arrinconar a una parte de la sociedad no tienen por qué salir bien.

 

La corrupción en España, puede poner en peligro la continuidad de la Unión Europea.

 


Si la corrupción es hoy, en España, el mayor problema, no es porque sea nueva ni mucho menos causa de un asunto idiosincrásico, sino por lo inmensos que se han hecho los terrenos y grande el número de participantes que conforman su juego. La corrupción es un término tan amplio que se encuentra en todos lados, desde los escándalos financieros que ponen los pelos de punta o el abuso a la integridad física de los más vulnerables, hasta el lenguaje que nos importa a unos menos. La corrupción, ya sea que entre en lo jurídico o en los aspectos intangibles del pensamiento, es un peligroso espejo de la corrupción moral.

 

En el 50 antes de nuestra era, Pompeyo se había enfrentado a una Roma presta para el desastre. Los villanos flanqueaban la Vía Apia, el senado era una burla: orgías, banquetes y sobornos salvaban las vidas de los malos, acababan con otras, posiblemente también de malos pero algo más buenos. Construían fortunas y cadenas de favores; destruían la sociedad. Hoy en día, los gobiernos socialistas como por ejemplo el de España son colaboradores necesarios de los corruptos que, además, agregan al poder.

 

Es ella quien más sufre los embates del corrupto, ni siquiera el individuo con todo y la indignación que provoca, cuánto se han robado unos u otros, qué tráfico de influencias permitió tal cosa, qué jefe sindical se hizo fuerte a punta de billetes. Si bien la corrupción es enemiga de todos, esa voz grupal no se refiere al conjunto de individuos como de ciudadanos. Es decir, la corrupción se encarga de eliminar cualquier rastro de ciudadanía.

 

A primera vista parece que los actos del corrupto afectan el campo del derecho pero, históricamente, nunca ha habido diferencias entre éste y la moral. La cosa se pone más grave, la corrupción en realidad, transgrede los conceptos del bien y el mal. Lo jurídico es la forma práctica de los códigos, ya bastante viejos, que regulan el comportamiento de las sociedades en pos de un bienestar común. Las Iglesias, cualquiera de ellas, se formaron más allá de los dogmas como reguladores del comportamiento, luego se corrompieron y empezaron a ocupar de los sinsentidos que le ganaron la fama que tienen. Sin embargo, comparten en cierta medida los decálogos que facilitan la convivencia entre la gente. Son la traducción de la moral que tiene su epítome en la filosofía griega y el derecho romano. Entonces, hablar de corrupción es hacerlo de filosofía, el mejor camino que luego de unos milenios hemos encontrado para tratar los grandes temas de la humanidad.

 

En la discusión filosófica se pueden encontrar las respuestas a aquello que más nos acongoja. Para todos estos temas siempre habrá dos niveles de debate: está el coyuntural, que resulta indispensable para determinar las responsabilidades sobre los actos que perturban las sociedades. Está uno más profundo que permite entender las razones y consecuencias de los mismos actos. Con el primero trabaja la opinocracia moderna: periodistas, analistas y académicos, entre muchos más. El segundo obliga a la distancia y la paciencia que no arroja soluciones inmediatas.

 

Así, para entender los asuntos del derecho, hay que entender primero los de la moral. Cómo vamos a acatar las normas que evitan ser corrupto si no somos capaces de diferenciar entre lo primario del bien y el mal. Cómo vamos resolver los problemas morales si en ocasiones, ni siquiera se perciben como un problema.

 

La corrupción entra fácil en una sociedad que no sólo tiene esta incapacidad, sino que llega a justificarla. Si el policía es malo su autoridad es nula, por lo que es factible sobornarlo cuando me detiene al dar una vuelta prohibida, o, el sistema está tan podrido que la única forma de hacerme de un trabajo es buscar el contacto que con influencias, me hará parte del mismo sistema que desprecio. Aquí es imposible determinar el orden cronológico de lo que es responsable de la corrupción. ¿Se es corrupto porque el sistema lo pide?, ¿el sistema se construye a partir los hechos?, ¿la existencia de un acto corrupto desata su permanencia?

 

En España como en Rusia, gran parte de África, Latinoamérica o Asia, donde los índices de corrupción llegan a lo ridículo, no tenemos resuelto ese problema que viene por añadidura.

 

Algunas sociedades han logrado desarrollar una filosofía un tanto elaborada, lo suficiente para no separar lo jurídico de lo moral. Están los griegos antiguos, claro, que como los países nórdicos de Europa e incluso, con sus excepciones, el continente entero, tienen uno que otro avance que permite la comunión social. Algunas de estas sociedades le deben su esquema regulatorio al tiempo que permitió los errores y el trabajo sobre ellos. Existen otras como la nuestra, que no se detuvieron a pensar sobre estos conceptos tan básicos y se encomendaron a la ley del terror con la intención de llevar a una sola línea lo que es permisible legalmente con lo que lo es moralmente. Cuando pasa esto la estabilidad es frágil, la imposición nunca reemplaza el espacio de la reflexión. Tal es el caso de las primeras sociedades musulmanas —las actuales son de lo más corruptas—, donde la corrupción se castiga no por estar mal moralmente, sino por estarlo en los cánones de la legislación religiosa.

 

Hay que entender que la corrupción no sólo es consecuencia de un sistema descompuesto, también puede ser su origen. El juego de ambos elementos permite la corrupción de las sociedades y exige un discusión ética que aún no hemos tenido y cuando la intentamos tener, lo hacemos mal.

 

Si bien la dialéctica nos ha permitido a los humanos discutir a pesar de las diferencias, también es la corrupción del pensamiento. Con ella no gana la verdad sino la capacidad del argumento. La dialéctica en México ha logrado probar qué es lo que no es. Un país donde gana lo que convence no necesariamente abre las puertas a la revisión de los hechos.

 

La dialéctica permite en lo político mediar entre la diversidad, pero también es la corrupción de la verdad. Desaparece la prueba que dependiendo del argumento, podrá incluso dejar de ser verdad. Una sociedad que se comporta políticamente ante los aspectos morales, jamás podrá hacer la corrupción a un lado. La corrupción existe donde el bien y el mal pasan de ser un asunto filosófico a uno de opinión.

Drácula se vampirizó por necesidad de ser amado. Pocos aman a Pedro Sánchez, el vampiro de Moncloa.

 


Las personas, sin exclusión, deseamos amar y ser amados. Pero, ¿Por qué se termina el amor?

 

¿Por qué. hoy te quiero y mañana te odio? ¿Qué os mantiene unidos? ¿Qué pasaría si tu relación se acabara? ¿Cómo la responsabiliza de su felicidad? ¿Qué gana cuando le hace daño a su pareja? ¿Cómo le demuestra que la acepta cómo es? ¿Qué podría hacer para mejorar la relación?

 

Todos deseamos amar y ser amados. No es casualidad que el 80% de los matrimonios estables, aquellos que recuerdan que solo el amor les unió, son votantes incondicionales del Partido Popular. ¿Por qué? Sencillamente, porque ya en cuna mamaban principios que supieron elevarlos a moralidad, moralidad honesta, íntegra, justa, irreprochable, leal,... Sin embargo, otras relaciones que, en principio,  afectivas terminan convirtiéndose en sinónimo de rutina, conflicto y sufrimiento. ¿Qué puede mamar un niño acunados por padres socialistas, podemitas, naranjitos? Si están todo el día pactando como hacer daño al bien. Por la noche se acuestan - a veces- juntos para joder, pero para joder al PP y por ende a los españoles, incluidos esos niños que acunan.  A pesar de nuestras buenas intenciones, muy pocas parejas logran mantener encendida la llama del amor con el paso del tiempo, salvo aquellas que siempre recuerdan que les unió el amor.

 

Por qué son tan complicadas las relaciones? ¿Por qué provocan tanto dolor y sufrimiento? ¿Por qué se termina el amor? Por muy duro que pueda parecer, cada vez más expertos afirman que todo esto sucede porque, en primer lugar, "el amor nunca existió". Así lo piensa y lo escribe la reconocida terapeuta Louise L. Hay, autora de Usted puede sanar su vida y El poder está dentro de ti. "Si bien al principio lo confundimos con el enamoramiento, más adelante volvemos a equivocarnos, creyendo que el amor es el sentimiento amoroso", afirma.

 

"Muchas personas dejan de amar a sus parejas porque ya no tienen sentimientos de amor hacia ellas", apunta Hay. "Es un enfoque reactivo de víctima. Más que nada porque los sentimientos surgen como consecuencia de nuestras actitudes y comportamientos amorosos. Para amar de verdad debemos asumir la responsabilidad de crear este tipo de conductas, desarrollando nuestra proactividad al servicio de la relación".

 

"Amamos cuando experimentamos plenitud propia y nos convertimos en cómplices del bienestar del otro"

 

"amar de verdad implica asumir la responsabilidad de crear conductas que estén al servicio de la relación"

 

"Yo soy yo, tú eres tú. Si coincidimos será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer"

 

No importa la edad, ni nuestro currÍculo afectivo. Nadie quiere renunciar a amar y ser amado

 

El quid de la cuestión radica en que "es imposible amar a los demás si no nos amamos a nosotros mismos primero", sostiene Hay. Esto es precisamente lo que descubrió Sergio Piera tras romperse su relación. "Debido a nuestra falta de autoestima, buscamos en nuestro compañero sentimental el cariño, el aprecio, el reconocimiento y el apoyo que no nos damos a nosotros mismos", dice Hay.

 

Pero, ¿qué es, entonces, la autoestima? Etimológicamente, se trata de una sustantivo formado por el prefijo griego autos -que significa 'por sí mismo'- y la palabra latina aestima -del verbo aestimare, que quiere decir 'evaluar, valorar, tasar'... Así, la autoestima se define como "la manera en la que nos valoramos a nosotros mismos". Y no se trata de sobre- o subestimarnos, sino de vernos y aceptarnos tal como somos. Este es el viaje que propone el autoconocimiento y el desarrollo personal, dos procesos cada vez más integrados y demandados en nuestra sociedad.

 

Tal como escribió el filósofo John Gray, "los hombres son de Marte, y las mujeres, de Venus". Y es que a pesar de formar parte de la misma especie, somos diferentes biológica, física y psicológicamente. "La posibilidad de unirnos, e incluso fusionarnos emocional y sexualmente, pasa por comprender y aprovechar esta diferencia para poder así complementarnos como pareja", explica el experto en psicobiología, David Deida, autor de El camino del hombre superior y En íntima comunión.

 

Después de una década dirigiendo proyectos de investigación en la Universidad de California, Deida ha concluido que "una de las claves para que las relaciones perduren es mantener encendida la pasión sexual. Para que la atracción y el deseo no se desvanezcan es necesario que uno de los dos amantes encarne y potencie el rol masculino (vigorosidad, fuerza e iniciativa) y el otro el femenino, en el que destaca la afectividad, la empatía y la receptividad". Según Deida, existen dos tipos de esencias sexuales: la masculina y la femenina, que no necesariamente se corresponden con el hombre y la mujer, sino con el rol que desempeñan en la pareja. "A la esencia sexual masculina le mueve buscar la libertad a toda costa, invierte mucho tiempo y energía en conseguir diferentes metas y objetivos. Es la encargada de dar seguridad y dirección a la relación. La prioridad de la esencia sexual femenina es la búsqueda de amor, cariño y complicidad en su mundo de relaciones afectivas, encabezadas por la que mantienen con su pareja".

 

En opinión de Deida, "en la medida en que los amantes se polarizan, conociendo y respetando sus diferencias, la atracción, el deseo y la pasión sexual no sólo crecen, sino que se vuelven sostenibles con los años". Para lograrlo, "la esencia sexual masculina debe trascender su obsesión por la libertad, dedicando más tiempo y energía para cuidar su vínculo afectivo". Por su parte, "la esencia sexual femenina ha de vencer su anhelo de ser amada, aprendiendo a ser más autónoma e independiente emocionalmente y dejando espacios para no ahogar a su pareja". Tal como ha descubierto Eulalia Casas, "cuanta más libertad goza la relación, más posibilidades existen de que florezca el verdadero amor".

 

No puedo vivir contigo ni sin ti". Este es el estribillo de una conocida canción del grupo de rock U2, tocada en directo por primera vez el 4 de abril de 1987. Dos décadas más tarde, la prestigiosa revista Rolling Stone la consideró una de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. A día de hoy se ha convertido en un canto universal sobre nuestra incapacidad para estar en pareja. Por más que nos esforcemos, nos cuesta mucho vivir con la persona que amamos. Y por más que lo intentemos, tampoco soportamos hacerlo sin ella. Nos guste o no, solemos quedar atrapados por esta disyuntiva. Eso sí, a pesar del dolor y del sufrimiento que experimentamos cuando terminan nuestras relaciones sentimentales, jamás nos damos por vencidos. No importa la edad que tengamos. Ni siquiera nuestro currículo afectivo. Al igual que Miguel Elipe, ninguno de nosotros quiere renunciar a amar y ser amado.

 

Muchos afirman que el amor es algo que no puede buscarse, sino que termina por aparecer en nuestra vida. Sin embargo, es tal la necesidad de compartir nuestra existencia con alguien, que en los últimos años están proliferando las agencias matrimoniales y los centros de relaciones personales. Cupidos profesionales que cuentan con más clientes cada vez debido a la falta de tiempo y dedicación para crear nuevas relaciones afectivas.

 

Entre otros centros especializados, Alter Ego cuenta actualmente con 10.000 clientes, de edades comprendidas entre los 25 y los 80 años. Eva Sellés, una de sus psicólogas, desmonta la creencia de que "los polos opuestos se atraen". Para que una pareja funcione, "las dos personas han de contar con principios y valores comunes, así como inquietudes, gustos y hobbies parecidos". Eso sí, "dentro de esta compatibilidad emocional hay lugar de sobra para la diferencia, que es lo que permite que los dos se complementen".

 

Este tipo de agencias elaboran un perfil psicológico de los interesados y a partir de ahí hacen una selección de candidatos que podrían funcionar como pareja; se les proporciona un número de teléfono y ya pueden establecer la primera cita. Sellés asegura que "sólo se necesitan unos minutos para que las dos partes corroboren si existe una cierta química emocional, física y sexual. Esto es algo que un ordenador jamás podrá determinar".

 

La experiencia de Isabel Lerin y Tomás Suc demuestra que el verdadero amor se sustenta bajo tres pilares: en primer lugar, la responsabilidad personal, que consiste en que cada amante se haga cargo de sí mismo psicológicamente. En segundo lugar, la interdependencia. Una vez conquistada la autonomía e independencia emocional, el aprendizaje radica en construir una convivencia constructiva, honesta y respetuosa. Y por último, valorar y disfrutar de la persona con la que compartimos nuestra vida tal como es.

 

Esto es, precisamente, lo que escribió el médico neuropsiquiatra y psicoanalista Fritz Perls, creador, junto con su esposa, Laura Perls, de la terapia Gestalt: "Yo soy yo, tú eres tú. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer".

 

Si hoy por hoy nuestras relaciones están marcadas por la rutina, el conflicto y el sufrimiento es porque nadie nos ha enseñado a amar. Pero como cualquier otro arte, se aprende a base de practicar y cometer errores. Y si no que se lo pregunten a Isabel y a Tomás. Ellos han descubierto que el amor es como la semilla de una flor. Para que brote, exhale su aroma y ofrezca sus frutos a la vida requiere cuidados diarios. Al igual que la flor, el amor necesita ser regado con agua, nutrirse de varias horas de sol y ser mimado con dosis de ternura y cariño cada día. El reto de cada pareja consiste en convertir esta metáfora en una realidad, explorando en cada caso cuál es la mejor forma de conseguirlo. Nunca hemos de olvidar que, tarde o temprano, cosecharemos lo que hayamos sembrado.

 

El amor es una palabra muy maltratada por la sociedad. Tanto es así, que en un primer momento suele confundirse con el enamoramiento. En opinión del psicólogo clínico Walter Riso, experto en relaciones de pareja, "el enamoramiento es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años, estrechamente relacionado con nuestra necesidad biológica de procreación". Dicho de otra manera: es la trampa en la que caemos cuando vivimos condicionados por nuestro instinto de supervivencia. Durante este periodo "nos obsesionamos con la persona amada, queriendo estar a su lado todo el tiempo y a cualquier precio. Es como un hechizo fisiológico que nos nubla la razón, volviéndonos adictos al objeto de nuestro deseo". A nivel psicológico, "el enamoramiento nos lleva a distorsionar la realidad, proyectando una imagen idealizada sobre nuestra pareja". Tal y como le sucedía a Paquita Gomero, "estamos tan cegados por el intenso torbellino emocional que sentimos en nuestro corazón, que no vemos al otro tal como es, sino como nos gustaría que fuese", reconoce Riso.

 

Y en base a esta visión deformada, "muchas personas se comprometen, se casan o toman otro tipo de importantes decisiones que son determinantes para su futuro afectivo", sostiene Riso, autor de ¿Amar o depender?, Amores altamente peligrosos y Los límites del amor. Una vez se desvanecen los efectos del enamoramiento, los amantes empiezan a verse tal y como realmente son. "Y es entonces cuando comienza la verdadera relación de pareja, pudiendo cultivar un amor sano, nutritivo y duradero", señala este experto. En este punto del camino es donde se pone de manifiesto el auténtico compromiso de la pareja.

 

La paradoja inherente a nuestros vínculos afectivos es que todos deseamos ser queridos, pero ¿cuántos amamos realmente? Y es que una cosa es querer, y otra muy distinta, amar. A juicio del psicólogo clínico Walter Riso: "Queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor". En cambio, "amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja".

 

A menos que cada uno de los dos amantes se responsabilice de ser feliz por sí mismo, la relación puede convertirse en un campo de batalla. De hecho, "muchas parejas terminan encerrando su amor en la cárcel de la dependencia emocional, creyendo erróneamente que el otro es la única fuente de su felicidad", apunta Riso. "Es entonces cuando aparecen en escena el apego (creer que sin el otro no se puede vivir), los celos (tener miedo de perder al compañero sentimental), la posesividad (tratar al otro como si nos perteneciera) y el rencor, que nos lleva a sentir rabia e incluso odio hacia nuestra pareja, creyendo que es la causa de nuestro malestar.

 

Y por si fuera poco, se sabe que cada conflicto que mantenemos con nuestra pareja deja heridas en nuestra mente y en nuestro corazón. Además, "con el tiempo, nuestro cerebro va tejiendo una red neuronal en la que se archivan todos esos desagradables episodios de violencia psicológica", señala este experto. Esta es la razón por la que a veces, cuando la relación está muy deteriorada, basta un simple comentario para que iniciemos una nueva y desagradable discusión. Lo cierto es que Riso ha trabajado con parejas que, más allá de separarse, han terminado literalmente destruyéndose.

 

Según los últimos datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), el año pasado se produjeron en España 223.450 divorcios, separaciones y nulidades, frente a los 131.317 de 2008 y los 141.246 de 2007. "Esta tendencia a la baja no tiene nada que ver con una mejora sustancial de la convivencia", afirma el abogado matrimonialista José García Berzosa. Por lo visto existen otros motivos menos románticos: "La crisis económica ha obligado a las familias a abrocharse el cinturón-

Por más que hayan dejado de amarse, muchas parejas no pueden permitirse los 1.200 euros que cuesta un divorcio de mutuo acuerdo. Y ya no digamos pagar un mínimo de 1.800 euros, que es lo que vale llevar los trapos sucios hasta la sala de un juzgado. Aun así, en muchos casos, la grieta emocional entre los dos cónyuges es tan grande, que no dudan en echar mano de sus ahorros -e incluso pedir algún crédito- para que un juez decida cómo resolver su disputa sentimental. Entre otros casos curiosos, García Berzosa recuerda una pareja que se divorció el día después de su viaje de novios y otra que lo hizo siendo ya octogenarios, una semana después de enterrar a su único hijo.

 

Lo curioso es que una buena parte de estas separaciones se producen en septiembre, justo después de las vacaciones. "Es cierto que la rutina laboral y conyugal devora día tras día cualquier posibilidad de nutrir el amor en la pareja, pero también lo es que esa misma rutina les mantiene ocupados y distraídos"

 

Por eso, cuando los amantes conviven de forma intensiva durante varias semanas seguidas, "es el momento en el que pueden acabar reconociendo que ya no se soportan más". Es entonces cuando la separación puede convertirse en un proceso alquímico, transformando el amor en odio.

Moral Kantiana, poder político y corrupción. Iglesias, Otegi, Sánchez y Rufián aspiran a ser el "Covid-20"

JP Logística
La política siempre ha traído en desgracia al ser humano
Sólo la filosofía de la vida con amor la ha derrotado....
Cualquier artículo que en su contenido incluya el término “corrupción” en su título de cualquier libro, ya tiene ganado medio ojeo, no por lo interesante, sino por lo repugnante. Tenida en  cuenta de que las conciencias se precipitan a la agitación nada más activar el resorte, esto es, al encadenar las doce letras sagradas: corrupción. Pero que nadie espere encontrar en el libro del que se ocupa esta reseña ningún libelo revolucionario ni tan siquiera invitaciones más o menos directas a la desobediencia civil. Se trata, más bien, de un manual clásico de filosofía política en el que se han compendiado, a modo de antología, algunos de los textos utilizados por los clásicos para referirse al poder, a sus límites y al tan actual fenómeno de la corrupción.

No es tarea fácil vestir de guapa poner a la filosofía política a fin de convertirla en atractiva para el gran público, pero el profesor Bonete lo ha conseguido. La principal arma de la que se sirve a tal efecto no es sino la de abordar el poder como un ejercicio personal, como el comportamiento de los sujetos que toman decisiones. El autor se pregunta: “¿Es posible una ética del poder? Sí. ¿Dónde puede encontrarse? En las reflexiones de los clásicos. ¿Para que sirve? Para revisar el actual sistema democrático, la práctica de la política”.

La dialéctica entre política y ética sólo preocupa al político cuando éste reconoce la existencia de “un tribunal situado por encima de los poderes seculares en lucha”, ya sea un Dios o una conciencia moral vinculada a una ética racional. La moral de procedencia divina y la de procedencia racional representan el haz y el envés de un mismo imperativo moral. A partir de esta aseveración, el autor nos pasea por una galería de textos clásicos que ilustran la evolución ética de la política: de la racionalidad metafísica de los autores precristianos a la teología política; posteriormente, tras el giro copernicano impulsado por Machiavelo, Bonete pone el foco sobre las aportaciones de los filósofos modernos, particularmente sobre las del cuarteto formado por Hobbes, Kant, Hegel y Weber.

Al deshacerse Machiavelo de la moral cristiana, el ejercicio del poder político queda al albur de los intereses del gobernante de turno. Apoyados en este nihilismo moral, los filósofos de la modernidad se proponen descifrar una moral nueva, distinta de la cristiana y de raíces meramente humanas, que discipline el ejercicio del poder. Según Hobbes en el Leviatán, la moral no es la que debe impulsar el comportamiento del gobernante, sino que ésta es absorbida por la política; “no existen criterios morales y legales desde los cuales censurar el comportamiento del gobernante”. No obstante, para garantizar una adecuada praxis, el pensador inglés establece tres criterios conformadores de su ética de mínimos: equidad: “un soberano está tan sujeto como el más humilde individuo del pueblo”; transparencia: el soberano debe promulgar “buenas leyes”, necesarias y claras; y receptividad: el soberano debe mostrarse atento a las voces de los consejeros y también del pueblo.

A finales del siglo XVIII, el provinciano universal de Köninsberg sentencia en La paz perpetua que “la verdadera política no puede dar un paso sin haber antes rendido pleitesía a la moral”. Immanuel Kant se propone domeñar las tendencias corruptas del político con el eficaz ronzal de la dignidad humana: “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio”. Kant entierra los criterios mínimos establecidos por Thomas Hobbes y levanta sobre ellos una ética totalizadora y propositiva basada en la conciencia racional de la propia dignidad del individuo. Para Kant, “la posesión del poder daña inevitablemente el juicio de la razón”, y por ello recomendaba a reyes y príncipes que dejasen hablar con libertad a los filósofos.

La moral kantiana, que aspiraba a agotar en sus postulados la eterna dialéctica entre la ética y la política, entra en crisis y exige una redimensión de sus exigencias en el siglo XIX. Las individualidades desaparecen. Hegel defiende la superación de la moralidad personal por las grandes hazañas políticas -“el espíritu del pueblo”- y sus poquísimos criterios morales aparecen solamente insinuados, empero, afirma que “el gran político será aquel que sabe orientar sus decisiones hacia el fomento de la libertad, núcleo de la conciencia principal que de sí mismo posee todo pueblo maduro, y expresión suprema de la realización del espíritu”. ¿Y la corrupción? Gracias a Hegel, ésta de ser una tendencia pasional desordenada para convertirse en instrumento para la realización de lo universal. Hegel formula una concepción preterintencional de los intereses particulares ya que, anhelando satisfacer sus propios intereses, los políticos producen realidades superiores a sus intenciones.

Otra buena muestra de la importancia que para los filósofos ha revestido desde siempre el fenómeno de la corrupción la encontramos en La política como vocación y corre a cargo del sociólogo alemán Max Weber, quien reivindica el gobierno de los económicamente autosuficientes. Incide, por otra parte, en una distinción muy actual: el político que vive de la política o para la política, siendo capital en tan célebre distinción el criterio de la servicialidad. Esta vocación de servicio puede fundamentarse en las propias convicciones del político o en el sentido de la responsabilidad, si bien “todo hombre público con verdadera vocación y entrega debe tener siempre presente que las responsabilidades y las convicciones son elementos complementarios del ejercicio del poder”.

Quien escribe estas líneas no ha pretendido en absoluto acometer de manera exhaustiva una descripción resumida de cada uno de los autores tratados, pues esto nos llevaría a comentar textos de Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham, Marx, Stuart Mill, Bakunin, Hannah Arendt, Carl Schmitt, Ortega, Rawls, Berlin, Popper o Habermas. El propósito de la reseña no es otro que el de incitar al lector a atreverse con una antología que trata de “desempolvar y abrir las mejores páginas de intelectuales y sabios para que sus voces, libres y críticas, pronunciadas desde lejanos siglos o decenios, resuenen todavía con fuerza en las conciencias de quienes, por méritos o sin ellos, nos parezca bien o mal, son hoy en España y en Europa nuestros representantes y gobernantes”. La lectura de este libro aprovecha sobremanera, aunque sólo sea para cerciorarse de que en materia de corrupción, como en materia de casi todo, desde Sodoma está todo inventado. Que le pregunten si no a la mujer de Lot.

Etiquetas:
Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham, Marx, Stuart Mill, Bakunin, Hannah Arendt, Carl Schmitt, Ortega, Rawls, Berlin, Popper, Habermas, Sarte, Moral Kantiana, Lot, UE, Thomas Hobbes, socialismo, Kant, Weber, Hegel, 

https://blogdejuanpardo.blogspot.com/

juanpardo15@gmail.com

¿Qué socialismo?. El socialismo no existe, idiota.


JP Logística

Cuando los socialistas del PSOE dicen ser el partido que más se parece a los españoles, en realidad, solo tratan de mantener vivo el espíritu fresco con el que te quisieras ver todas las mañanas frente al espejo. Pero en realidad, solo te ves la cara pintada de rojo sangre con acuarela morada.

Nadie, por mucho espíritu de vividor de la fragancia calurosa que posea, otros le denominan caradura con el cuerpo poseído por rabia contenida y odio a la humanidad, se puede dar por satisfecho cuando el PSOE pacta con asesinos, no menos matones e independistas asalvajados.
  
Pienso que nosotros, los otros nos identificamos más con espíritu familiar, con la filantropía de Amancio Ortega y con la prosperidad de nuestros sueños que no siempre vuelan.

Hoy, para mí ha sido uno de esos días tristes que nos visitan cada vez más de cuando en cuanto. Ver a Zapatero, posiblemente, peor persona que Josu Ternera tratando de justificar el inevitable indulto a “la manada” catalanista de la  que el juez Marchena está dando forma jurídica para dictar sentencia.

El indulto es una medida especial de gracia por la cual la autoridad competente perdona a una persona toda o parte de la pena a que había sido condenada en virtud de una sentencia firme, pero no supone el perdón del delito, ya que vía indulto la persona sigue siendo culpable, pero se le ha perdonado el cumplimiento de la pena, siempre y cuando haya arrepentimiento y reconocimiento del delito ante la autoridad judicial.

El socialismo nunca ha sido un medio para justificar un fin, sino un fin que se justifica el mismo. El dogma socialista es el cultivo de la miseria. ¿Cuántos países en vías de progreso hay en el mundo con un gobernante socialista en el mundo? No hay ninguno y para más INRI, se hacen llamar progresistas ¡Manda huevos¡

La internacional Socialista, prácticamente, como VOX reconoce que los progresistas son elementos fracasados que la misma Rusia o China reconocen como doctrina obsoleta. 

El progresismo es una tendencia política —no una ideología definida—​ donde se defienden ideas consideradas «avanzadas»,​ sobre todo aquellas orientadas hacia el desarrollo de un Estado del bienestar, la defensa de derechos civiles y cierta redistribución de la riqueza. Comúnmente se considera que estas corrientes aglutinan fuerzas opuestas al conservadurismo. Cada uno puede optar por inmiscuirse o  abandonar tan bárbara mentira del PSOE.

No, nunca he temido a sus votos, sino a la mala fe de sus votantes. Hoy en día es ridículo vanagloriarse de ser socialista y en política se puede hacer de todo menos el ridículo.

Etiquetas.-
Zp, Josu Ternera, Socialismo, ridículo, Amancio Ortega, Zara, Inditex, El dogma socialista, El progresismo es una tendencia política, conservadurismo, derechos civiles, progresismo, INRI, 

Cáritas activa los comedores sociales que la pobreza del socialismo de Zapatero generó.



Cáritas España, ONG dependiente de la iglesia católica, activa el protocolo de ayuda a la pobreza ante el más que evidente y próximo Gobierno socialista. Posiblemente, muchos españoles no sean conscientes de que cuando la  izquierda llega, las empresas, el capital y el inversor se marchan. Prueba de ello es que, en el mundo, solo quedan 7 países gobernados por socialistas de los 194 países reconocidos.  En Europa, la izquierda gobierna en Portugal, dicen, pobre del pobre que viva en nuestro país vecino y en Grecia que por suerte para la humanidad,  Alexis Tsipras (Syriza) ha dimitido convocando elecciones.

Los grupos de logística internacional que la iglesia católica atiende sus recomendaciones, indican que no solo porque Maduro, a través, de Podemos y que su embajador, Zapatero sea conspirador del dictador bolivariano; también y es más negativo el hecho de que terroristas independentistas con más de 17.000 empresas se hayan “fugado” de  Cataluña por falta de garantías, además, de ser socios de Gobierno.

Zapatero (PSOE) formó Gobierno con mucha falta de humanidad -192 muertos-  y tinieblas enraizadas en la práctica totalidad de la prensa. Solo una pequeña muestra, ZP gastó más en subvenciones a la prensa en un solo año que  Aznar y Rajoy a lo largo de sus mandatos.

Aznar y Rajoy tomaron el relevo de los gobiernos de izquierdas de Felipe González y Zapatero con seis millones de parados y los entregaron con poco más de tres millones, a su vez, las “dos veces” España estaba en regresión económica y con trabajo y austeridad de los españoles nuestro país entró en crecimiento económico.  En el caso de Rajoy, el mayor de la historia de la UE.
El activar el protocolo de hambruna por parte de Cáritas está más que razonado. En un año han recibido el doble de petición de ayuda que el anterior y que para mediados del año que viene, con toda seguridad, van a superar los 10 millones de demandantes, cifra que la ONG católica no podría atender con la estructura actual.     

La izquierda española prefiere la tiranía de Maduro a la enemistad con el Partido Bolivariano de España (Podemos)


JP Logística

Leopoldo López ha decidido  refugiarse en la embajada española de Caracas, sencillamente, porque le ha dado la gana y le asisten todos los derechos internacionales en vigor. España propaga por el mundo ser un país democrático y acogedor, de hecho en dos años se han refugiado más de 4 millones de personas  demandantes de paz y alimentos, aunque entre ellos vengan más terroristas de los que en principio admite el Gobierno populero de Pedro Sánchez.

Pero no solo este agravio comparativo es una razón de peso para su acogida, también que Leopoldo López es un luchador, aunque socialista, por la libertad, el orden y la justicia democrática en nuestro país hermano, Venezuela.

¿Qué pasa con las limitaciones que “pone” el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) al líder socialista venezolano? Pedro Sánchez y su banda son chavistas por los cuatro costados, el 40% de los socios de Gobierno son podemitas (Podemos) abiertamente declarados maduristas, hoy, sin ir más lejos, han encabezado una manifestación junto a etarras se han a favor de la tiranía de Maduro en distintas ciudades de España, cierto y verdad que ha sido un fracaso. Los españoles de orden queremos una Venezuela limpia y democrática.

Yo nunca votaría a Leopoldo López, otro socialista más a tener en cuenta. El socialismo, en el mundo ha muerto y ya nadie le va a desenterrar. Pero, la libertad democrática es el más grandioso valor propio a los hombres, es aquel que le confiere dignidad y lo define como ser. La libertad es el derecho a escoger nuestro destino, el derecho a decidir cómo queremos vivir nuestras vidas teniendo como único limitante la libertad de los demás. Que sean las urnas quienes le derroten.

El padre de Leopoldo López, en las elecciones del próximo 26 de Mayo será elegido europarlamentario –con total seguridad- por el Partido Popular de España, el partido más grande del mundo –centro derecha- con mayoría absoluta en la Unión Europea, desde donde podrá exponer a todo el mundo el más que evidente estado de miseria en que vive la Venezuela actual, prostitución, drogas, blanqueo de dinero y crimen organizado. Y, ahí es donde los socialistas temen que se les vea el culo.

Los que más odian España formarán Gobierno. Lo que más dicen amar y ser españoles –VOX- la destrozan.


JP Logística



El gráfico de Génova que culpa a Vox: si la mitad de sus votos hubieran ido 
Casado habría mayoría PP-C’s




VOX es un grupo político financiado por el PSOE para restar votos al PP. La aparición de Vox en la escena política española ha tenido el efecto devastador que auguraba el líder del PP cuando aún estaba en condiciones de aspirar a no morir a manos del partido verde. Aunque es justo reconocer que Santiago Abascal no es el autor  directo de la matanza del PP, sí es cierto que su mera existencia ha provocado el mayor error político de los muchos cometidos por Pablo Casado en los últimos meses: intentar volver a “enamorar” a los votantes de Vox por el procedimiento de aproximarse tanto, tanto, a este partido que el último día de la campaña llegó a ofrecerle incluso unos puestos en el hipotético gobierno presidido por el propio Casado. Se acercó al barranco demasiado y acabó cayendo en él y rompiéndose la cara.

Naturalmente, todo votante popular de centro que se ha visto arrastrado por su partido de siempre al terreno de una derecha radical que apela al valor, al desafío, al reto, todo ello en medio de una crispación inevitable en un discurso que ha estado -sigue hoy estando- dominado por la contundencia innegociable, ha salido corriendo a refugiarse en los brazos de un Albert Rivera que se ha visto ocupando el espacio del centro político dejado libre por decisión voluntaria y profundamente equivocada de Pablo Casado y de su equipo de campaña. Y eso a pesar de que los ataques al PSOE de Ciudadanos no han tenido nada de moderados, hasta el punto de que el líder naranja advirtió muy pronto que jamás pactaría con Pedro Sánchez, aunque ya lo había hecho en 2016 en el famoso Pacto del Abrazo.

Pero Rivera convirtió ese veto en una seña de identidad de su partido. Su intención inicial fue la de dejar el PSOE ante la opinión pública como inevitablemente empujado a buscar acuerdos con los independentistas catalanes, lo cual, pensaba el líder naranja, le dejaba a él mucho terreno para ocupar. Las cosas no salieron como Ciudadanos había calculado porque en el terreno que había quedado libre ha aparecido y se instaló un Partido Socialista que ha llevado a cabo una estrategia política magistral en la campaña, de tal manera que la moderación y la prudencia han logrado adjudicarse en la idea de la opinión pública como una seña de identidad del PSOE. Éxito rotundo.

El Partido Socialista ha llevado a cabo una estrategia política magistral en la campaña, con la moderación y la prudencia como señas de identidad

Pero en el nuevo escenario que dejan los resultados de estas elecciones se ha erigido para Rivera una fortísima tentación a la que no se va a resistir, que es la de apropiarse del liderazgo del centro derecha español que hasta el momento ostenta el Partido Popular. Por eso y sólo por eso Ciudadanos no va a convertirse en aliado de gobierno del PSOE, porque opta por ocupar el liderazgo de la oposición a Sánchez.

Ahora los 57 escaños logrados por Ciudadanos en buena medida a costa del PP, sumados a los 123 del PSOE en buena medida logrados a costa de Podemos, sumarían una muy cómoda mayoría absoluta que proporcionaría la estabilidad de gobierno que hace años que España ha perdido. Pero el interés de país al que tantas veces apelan los líderes políticos retrocede en este caso ante los intereses de partido de Ciudadanos y, sobre todo, de los intereses políticos personales de su líder Albert Rivera. Rivera ha olido sangre ante el cuerpo agonizante  -aunque no muerto, ojo- del PP y ha visto la posibilidad de fagocitar lo que después de las elecciones municipales y autonómicas quede de ese partido y arrebatarle definitivamente el cetro del liderazgo del centro derecha español.

Esta es una batalla que se va a dar a muerte entre el PP y Ciudadanos. Va a ser una guerra a sangre y fuego. Pero, de momento, el liderazgo de la oposición lo sigue ejerciendo, aunque sea por muy poco margen, Pablo Casado al frente de su partido. Eso es lo que ha dicho y defendido el lunes por la mañana el secretario del PP Teodoro García Egea, que ha anunciado la determinación de su partido de defender su primogenitura hasta el último aliento de sus vidas políticas.

Y, a tenor de lo declarado por la vicepresidenta Carmen Calvo, ese liderazgo va a ser respetado, y probablemente subrayado, por el Gobierno de Sánchez, seguramente porque le interesa más tener un jefe de oposición debilitado y doliente que uno crecido por su éxito electoral y retador en exceso. A pesar de todo, Rivera no va a renunciar en ningún caso a intentar merendarse los restos del PP, aunque para ello haya de esperar a ver los resultados de las próximas elecciones autonómicas y municipales, una apuesta en la que los de Pablo Casado se juegan literalmente la vida.

Por lo tanto, a partir de este martes, cuando se reúne el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Popular, vamos a asistir al fulgurante regreso del partido azul a los terrenos del centro político abandonados durante la campaña electoral, error que convirtió a Casado en un mal imitador de Santiago Abascal. Albert Rivera y los suyos estarán al acecho porque para alzarse definitivamente con la victoria del liderazgo de la oposición necesitan ganar ampliamente la segunda batalla política, la que se celebra el 26 de mayo.

Ésa es su apuesta y no va a renunciar a ella de ninguna de las maneras y eso a pesar de que los votantes de centro podrían estar muy cómodos si su partido ejerciera de garantía de que el presidente Pedro Sánchez no se viera en la necesidad de pactar ni con Podemos ni con ERC. Con Podemos porque defiende el referéndum por el derecho de autodeterminación de los catalanes y porque sus propuestas económicas incluyen un incremento brutal del gasto público que tendría como consecuencia inmediata una subida de impuestos generalizada y además un déficit  creciente porque la mayor presión fiscal no puede de ninguna manera cubrir el enorme aumento del gasto público que pretende.

Para el votante de Ciudadanos atajar la interferencia de Podemos en las políticas básicas del Partido Socialista sería una inversión muy aceptable. Y no digamos nada si de lo que se trata es de proporcionar a Sánchez el apoyo suficiente como para que no tenga que recurrir a la abstención de ERC no sólo en la sesión de investidura sino en las sucesivas votaciones de la legislatura. Ése sería un papel que los seguidores de Ciudadanos asumirían gustosos y conformes en su inmensa mayoría. Lamentablemente, Rivera tiene otros planes en la cabeza y esos planes se han puesto ya por delante del interés de España en esta precisa coyuntura.

Todos estos son los efectos aniquiladores que la presencia de Vox ha producido en el espacio del centro derecha político. Como en un famoso anuncio del lavavajillas Fairy, que con una sola gota caída sobre una capa de grasa líquida hacía retroceder la suciedad como por ensalmo, el partido de Abascal ha tenido el efecto de asolar toda la coherencia política que se encontrara en sus cercanías.  Y, siendo cierto que Vox ha logrado 24 diputados partiendo de cero, cosa muy meritoria, ni  los resultados obtenidos responden a lo esperado por sus dirigentes, ni esos escaños parecen tener grandes posibilidades de aumentar en futuras convocatorias de elecciones generales.

A Vox puede acabar pasándole lo que le ha pasado al final a Podemos: que después de una arrancada de caballo ha tenido una frenada de burro. Es pronto para decirlo y hay que advertir además que los comicios autonómicos y municipales suelen ser más agradecidos que los generales y permiten una gran variedad de pactos. Vox ha sido devastador para Casado, también por los propios errores del líder popular y de su comité de estrategia -ay, ese Javier Maroto sin escaño-.

Eso sí, su presencia y sus amenazas han despertado el instinto defensivo del mundo independentista que se ha movilizado masivamente para “frenar a la ultraderecha” y han dado no sólo a ERC sino al partido de Puigdemont y a Bildu unos excelentes resultados. Abascal no habrá sacado rentabilidad parlamentaria suficiente de su aparición política. Pero lo que sí ha acreditado es una evidente capacidad corrosiva, sulfúrica para la vida política española.

A Vox puede acabar pasándole lo que le ha pasado a Podemos: que después de una arrancada de caballo ha tenido una frenada de burro

Por lo que se refiere a Podemos, vamos a ver si dejamos las cosas claras: ha perdido un 40% de los escaños que tenía en 2016, lo cual equivale a un castañazo de primera categoría. Los dirigentes de Podemos, notablemente Pablo Iglesias, pretende vender que esto es un éxito porque van a entrar en el Gobierno, lo cual es falso de toda falsedad. Es una manera de intentar disfrazar la realidad de un fracaso sin paliativos cubriéndola con una promesa embustera que se descubrirá en cuanto se conozca la composición del nuevo Ejecutivo.

Es verdad que Pedro Sánchez intentará tener contento a Iglesias porque le tiene que servir para alcanzar acuerdos concretos en el futuro. Pero Sánchez se dispone a gobernar en solitario y todo lo más que podemos esperar es que entre en el nuevo Gobierno algún independiente próximo al partido morado. Nada más. De modo que la verdad verdadera es que Pablo Iglesias es el otro gran perdedor de estas elecciones, con la particularidad de que pretende que no se note. Pero vaya si se nota.

En definitiva, un gran vencedor, Pedro Sánchez; un segundo ganador que tiene hambre de más victorias, Albert Rivera; unos partidos independentistas reforzados ante la amenaza de que Vox pudiera tener influencia en un hipotético futuro gobierno, y unos perdedores sin disimulo, los dos Pablos: Iglesias y Casado.

El socialismos potencia al independentismo.


JP Logística

El socialismo actual ha aglutinado la izquierda pasota y la que pasa de todo. Aquel PSOE de la transición se ha ido moderando dado que ambas ideologías son, totalmente, diferentes.

En este contexto de liquidación de su vocación nacional, que arrancó con José Luis Rodríguez Zapatero y que Pedro Sánchez ha profundizado tras su alianza con los independentistas, hay que insertar la decisión de Ferraz de mantener su apuesta por la plurinacionalidad. El PSOE ya incorporó este concepto a su ideario en el último Congreso Federal tras exigirlo el PSC. Su integración en el programa electoral supone que los socialistas consideran a nuestro país una nación de naciones. Esta nueva cesión a los separatistas ahonda la renuncia del Partido Socialista a la defensa de España como una nación de ciudadanos libres e iguales, divisa fundacional de nuestra democracia.

Es sintomático, por mucho que ya no sorprenda, que el presidente del Gobierno se presente a las elecciones del 28 de abril relativizando el golpe secesionista del 1-O y tendiendo puentes con quienes han sido sus aliados hasta la última votación de la presente legislatura. El desafío independentista sigue lejos de ser aplacado. No caben, por tanto, vacilaciones en una coyuntura en la que tanto ERC como Junts per Catalunya anteponen la autodeterminación y, por tanto, la laminación de la soberanía nacional, al proyecto de convivencia que representa el marco constitucional y estatutario. El PSOE, sin embargo, rechaza la celebración de un referéndum pero también la aplicación de nuevo del artículo 155. Propone cambios normativos para dar "un nuevo impulso" al autogobierno de Cataluña, aunque elude hacer bandera de una reforma constitucional en sentido federal, que es lo que recogía su programa para los comicios de 2015 y 2016. Que el PSOE continúe moviéndose en la equidistancia da alas al nacionalismo. No sólo al catalán, sino también al vasco, tal como se ha podido comprobar este fin de semana. El ominoso silencio de Sánchez ante los ataques contra Rivera en Rentería y contra Cayetana Álvarez de Toledo en la UAB muestra hasta qué punto el Partido Socialista ha dejado de ser un puntal del constitucionalismo. Ni siquiera el acoso de los proetarras, en una expresión de odio que revela que la execrable huella de ETA sigue lejos de cicatrizar, ha mitigado la calculada y onerosa ambigüedad de los socialistas.

El afán de poder y el oportunismo electoral perpetúan en la dirección socialista el falso axioma de vincular la idea de nación a la derecha, un grave error de consecuencias nefastas. Al margen de lo que deparen las urnas, la ruptura del bloque constitucional por parte del PSOE constituye ahora mismo el mayor lastre del Estado para hacer frente al chantaje secesionista.

La miseria de España y Venezuela es la abundancia de socialismo

El objetivo de los gobernantes socialistas es quitar a quienes producen para repartirlo en quienes no producen nada. En España, el socialismo ocasionó la guerra civil y las tres versiones posteriores a cual peor. Por eso #YOVOY

La miseria de España y Venezuela  es la abundancia de socialismo.

Venezuela y España han sido gobernada por uno u otro socialismo –moderado o radical, civil o militar, democrático o dictatorial, abierto o disfrazado– al menos de mediados de los 40 del siglo pasado a la fecha -Antes y después en España. Con tales medios se cae fácilmente del desarrollo a la miseria.


Un Estado fallido es el colapso del gobierno formal en medio de la competencia de tiranías informales, primitivas y brutales. Pero hay algo nuevo. Una poco común –nada accidental– combinación de dictadura totalitaria y Estado fallido. Miseria, corrupción y delincuencia son los únicos frutos del socialismo. En Venezuela se ha probado en todas las versiones posibles. Fracasaron todas. Todas empobrecieron material y moralmente al país entero. Pero enriquecieron –y mucho– a gobernantes y afines.


Los objetivos de nuestros gobernantes por más de medio siglo incluían quitarle a quienes producen algo para repartirlo entre quienes nada producen. Unos aspiraban a concentrar toda la producción estratégica en el Estado. Y conducirlo a la dictadura totalitaria. Es decir, robar todo lo valioso en nombre “del pueblo” y quedarse con lo robado mandando “al pueblo” al diablo.


Otros se conformaban con controlar directamente “lo estratégico” dejando el resto en amigas y dependientes mandos privadas. Y más o menos, quitarle a los que tienen “mucho” para darle a los que tienen “poco”. Porque “el que parte y reparte se queda la mejor parte”.


Como siempre, quienes llegaron al poder ofreciendo “quitarle a los que más tienen para darle a los que menos tienen” se han quedado con todo. Y han robado más a los que menos tenían. Las mayorías que insisten una y otra vez en otra cosa cometen una y otra vez una soberana estupidez. Quién vota por quienes ofrecen robar vota delincuentes. No puede esperar que no le roben.


“El criminal puede dar limosnas de lo que roba. A quien le plazca, o le convenga”. En democracia le conviene dar limosnas a las mayorías. Y más a sus partidarios. Inflación y devaluación han sido la sistemática transferencia -obligada y escondida- del bolsillo de la población a las arcas del gobierno. El socialismo llega a la hambruna en más de una forma. Pero la escala del saqueo de una hiperinflación como la venezolana es inseparable del fantasma del hambre. La limosna, de todos los gobiernos socialistas de Venezuela –incluyendo lo que dan a sus esbirros de bajo nivel– ni se aproxima al capital destruido –y saqueado– únicamente en los últimos 17 años de socialismo radical.