
Una parte de la derecha española padece desde hace un tiempo un extraño síndrome que
no le beneficia. Afecta a sus cuadros de mando, pero también a sus
simpatizantes y, sobre todo, a ese grupo selecto de intelectuales que
tanta experiencia acumula en el arte de firmar manifiestos. Su
comportamiento es difícil de definir. Hay quien piensa que tiene un
origen patológico, dado que les arrastra hasta el borde del ataque de
ansiedad a cada mínima amenaza que detectan a su alrededor. También hay
quien sospecha que estos ilustres aprovechan las incursiones que
detectan en su territorio para significarse, de modo que la gente no se
olvide de que existen, respiran y piensan. Harían bien en calmarse o en
exigirse cierta contención porque su actitud alimenta a 'el enemigo'.
Entiéndase por enemigo Pedro Sánchez,
quien, en su afán por convertir la política española en un juego
siniestro, plantó ante la oposición hace unos días una trampa
parlamentaria -el decreto ómnibus- que tenía un fin claro: erigir al
Gobierno como el único defensor de los pensionistas, de los valencianos y
de los precarios, frente a una derecha insolidaria.
El PP primero se
opuso, pero cambió de opinión cuando el Gobierno recompuso el texto, lo
que provocó que la derecha de sofoco fácil pusiera el grito en el cielo.
Personalmente, creo que debería ponerse el foco, en este caso, en lo
más relevante, es decir, en el motivo por el cual la legislación
española permite concentrar en un solo real decreto las ayudas a las
víctimas de una catástrofe natural, las medidas de protección para los
inquilinos, las subvenciones al transporte público o la cesión de un
palacete al PNV.
Sorprendentemente, la Escuela de Atenas contemporánea, conformada por nuestros políticos a izquierda y derecha, periodistas, tertulianos y firmantes de manifiestos
ha optado por pasar de largo sobre lo importante y ha hablado más de un
edificio parisino que de la bochornosa forma de lanzar un cubo de orina
matutina sobre el legislativo para demostrar fortaleza ante la
oposición. ¿Y quién han contribuido a desviar la vista sobre lo
relevante? Entre ellos, el PP.
Ataque desactivado
La estrategia
empleada con la norma ómnibus tiene más miga porque el Ejecutivo
pretendía blandirla como un arma para lanzar su primer gran ataque del
año a la oposición. Iba a utilizar a los pensionistas en su propio
beneficio y a esperar a que recibieran la paga de febrero, de menor
importe, para intentar ganar apoyos entre los 9,3 millones de ciudadanos
que pertenecen a esa clase pasiva. Quería ganarse su corazón a través
del bolsillo e iniciar una campaña de acoso y derribo similar a la que
efectuó cuando desenterró al franquismo, cuando avivó el terror a la
ultraderecha y cuando alertó sobre la conspiración de los periodistas y los jueces contra él y su familia.
Lo iba a hacer,
además, con el apoyo de una armada mediática gigantesca. Habrá quien no
haya tenido en cuenta este punto, pero este mismo miércoles, lo más
granado de las principales televisiones del país demostraba su ‘espíritu
crítico’ y firmaba una declaración contra la desinformación
que, en realidad, era todo un guiño hacia el Gobierno y una muestra
evidente de la poca vergüenza que conservan algunos. Esos medios de
comunicación tradicionales tienen todavía una ascendencia importante
sobre los mayores. Los pensionistas ven cada día una media de 325
minutos la televisión comercial, frente a los 171 minutos de media (Kantar Media). El oyente de radio generalista -la más política- es de 52,9 años (EGM).
Basta recordar lo
que sucedió en 2018, cuando las tertulias televisivas -donde la
izquierda está muy bien representada- y las radiofónicas comenzaron a
martillear día y noche con las reivindicaciones de los yayoflautas -que
querían el ajuste del IPC-... para deducir a lo que se exponía el PP al
arriesgarse a que Paco, jubilado, 71 años, se encontrara en la cuenta
del banco de febrero una cantidad menor a la del mes anterior “por culpa de Feijóo”.
Ni que decir tiene que sindicatos, asociaciones de inquilinos y
derivados ya habían anunciado movilizaciones por si las moscas; y que
los papagayos periodísticos de Moncloa y sus portavoces habían pasado al
ataque.
Frente a esa
‘pseudo-Partida de la porra’ contemporánea, el PP ha decidido apoyar un
real decreto que iba a salir adelante con el voto de Junts, conocido
antes que el de los populares. De esa forma, ha neutralizado el chantaje
emocional a los pensionistas del enemigo y de sus mariachis. Es una
jugada estratégica bastante básica, pero necesaria, aunque criticada y por supuesto criticable por la derecha que todavía aspira a que este país se distancia del populismo que nos constriñe y condiciona.
Lo que le ha
sucedido al PP es que ha sido inconsistente, cosa que tampoco es
novedosa. Para explicar su primer voto contrario al real decreto creó un
hilo argumental incomprensible. En lugar de concentrar sus ataques en el vergonzoso filibusterismo del PSOE -al
recurrir a la fórmula del ‘ómnibus’-, comenzó a presentar propuestas
alternativas de forma -diríase- ridícula y deslavazada; y a atacar la
cesión del palacio al PNV, lo cual se le ha vuelto en contra (los vascos
se han reído de ellos). Lo hizo, además, con rodeos, dado que las
cabezas pensantes de Génova 13 iniciaron al principio del curso un giro
hacia el centro - izquierda que les ha llevado a lanzar guiños hacia
posiciones sociales y laborales que son abiertamente socialistas, amén
de innecesarias. Así que para no contradecirse… han hecho el canelo.
Ése es el gran drama
de la derecha. Parece que en lugar de proponer y de tener iniciativa
busca que no le insulten e incluso exhibe como un valioso logro los
‘gestos positivos’ que recibe desde la izquierda
Ése es el gran drama
de la derecha. Parece que en lugar de proponer y de tener iniciativa
busca que no le insulten e incluso exhibe como un valioso logro los
‘gestos positivos’ que recibe desde la izquierda. ¿Por qué tiene el PP
que hablar de la reducción de la semana laboral o de ayudas y
subvenciones? ¿Cree acaso Núñez Feijóo que Pepe Álvarez va a ser
iluminado con una Epifanía al escuchar su discurso y a votarle y
defenderle con la fe del converso? En un país tan polarizado, aspirar a
que te apoye quien en realidad te odia es absurdo. Máxime si con eso
desmoralizas a tu parroquia, que es a lo que se dedican últimamente en
Génova. Últimamente…, me refiero a los últimos 15 años.
España necesita una derecha liberal que
transmita a los ciudadanos esperanza a partir de posiciones
responsables. Los españoles están despertando del sueño del socialismo
-basta ver la encuesta del pasado domingo de ABC- y eso sucede
porque no les garantiza prosperidad y porque sus medidas ideológicas
tampoco consiguen la concordia. Una derecha centrada hablaría de
esfuerzo diario, de recortar el déficit, de reducir deuda, de ajustar
impuestos y de hacer sacrificios necesarios para que nuestros hijos no
caminen sobre el ‘conurbano bonaerense’ en la Madrid de 2035.
Fomentaría el
ahorro, abordaría el problema real de las pensiones -insostenibles a la
larga, con la política actual-, realizaría una política de vivienda
ambiciosa -y eso debería implicar una reducción de burocracia e
impuestos, no sólo medidas contra los okupas, como la anunciada este
jueves- y transmitiría al español que llega fatigado a casa al final del
día que lo público, sin un sector privado fuerte, ni funciona, ni es eficiente ni te da cita antes para una operación.
Para eso haría falta
valentía. No un grupo de dirigentes que -debería ser consciente- parece
estar más pendiente de que el tiempo pase rápido hasta 2027, de las
batallas intestinas o de las filípicas de Esteban González Pons que
de hacer una oposición activa y, sobre todo, de demostrar a sus
votantes que tiene más interés en ellos que en el socialista crítico y
otras criaturas en peligro de extinción... o mitológicas.