

Comentando una forma de vivir creativa y pasional, la textura es de rabia y emotividad, hay desesperación y un poco de ansiedad. ¡¡BASTA YA¡¡. Juan Pardo Navarro


Sabiniano Gómez Serrano, el padre de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acaba de fallecer en esta mañana del miércoles 26 de junio tras una caída que tuvo la semana pasada, Una hora antes se había sabido que el jefe del Ejecutivo renunciaba a su agenda pública durante dos días debido a la grave enfermedad de su suegro.
Gómez Serrano era natural del municipio leonés de Gordoncillo, y durante su vida fue un empresario multifacético que saltó a los medios por los negocios de saunas homosexuales que regentó en Madrid hasta el año 2012, una de ellas localizada en la calle de San Bernardo.
Por su parte, Begoña Gómez nació en Bilbao en el año 1975, aunque sus orígenes son leoneses ya que se crio en la localidad de Valderas, un municipio de 1.524 habitantes en el que pasó los veranos desde que era una niña hasta los 16 años, y de donde era originaria su familia materna.
Fuentes de la Moncloa han expresado a la progubernamental Agencia EFE que Sánchez ha estado acompañando en todo momento a su esposa ante el agravamiento del estado de salud de su padre

Yolanda Díaz y Zapatero se reunieron ayer alrededor de un libro sobre la desigualdad como alrededor de una hoguera, algo entre mágico, doméstico y reconfortante (los grandes problemas del mundo, lejos de agobiarles, les reúnen como para hacer palomitas o dorar malvavisco, mientras cuentan historias y le chisporrotean sueños como estrellas o grillos). “La desigualdad en España” es un título de manual académico que pretende ser justo eso mismo, lo que pasa es que una obra científica aplaudida, celebrada y hasta soplada como un tazón de caldo dickensiano por políticos dickensianos, o sea con el oficio de hacer literatura sobre pobres, es ya sin duda una obra ideológica. Empezaba uno a sospechar, pues, que los autores seguramente también tenían el mismo oficio de hacer literatura sobre pobres. La verdad es que aquello no parecía una presentación de un libro, sino un bautizo con Yolanda y Zapatero como padrinos de lazo grueso y discurso igual de grueso.
En el bautizo del libro, rojo y rechoncho como un bebé con berrinche, hubo hasta ese calor de los bautizos, calor de leotardo y mantillón, calor españolísimo como esos calores de Paco Gandía. A Yolanda parece que la persigue el calor, con esa cosa de flor solanácea de la política que tiene ella, o al menos yo me acuerdo mucho de aquel sol proletario de ladrillo rojo y palada de carbón que casi nos mata en el Matadero de Madrid, cuando presentó Sumar. Ese Sumar que ahora, por cierto, se ha quedado sólo en el rayito de sol vicepresidencial de Yolanda, con esa cosa de Marisol de la política que también tiene ella. La gente se asaba (por seguridad de las autoridades políticas o bautismales, nos decían) a las puertas del Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, que tiene algo de platillo volante art déco, o sea de platillo volante inventado aquí, como un academicismo internacional inventado en las reboticas de nuestros partidos, que es lo que iba a ver yo pronto dentro. Y aquellos 35 grados de las traseras de la calle de Alcalá, aquel calor como de caldero de Siglo de Oro, con cola dickensiana para ver a políticos dickensianos teorizar sobre la salvación y la felicidad, a mí me parecieron igualdad e izquierda purísimas, más que una comunión pobre y más que la cola del pan.
Yo creo que si tuviera que vestir a un sobrinito de nuevo académico, como se le viste de almirante en la comunión o de Iron Man en Halloween, lo vestiría como Berna León
Dentro del platillo volante inventado, dentro de aquel cine que hacía de la política metaarte, iba viendo yo aquel academicismo que daba libros tan bien traídos a la luz y a los brazos de los políticos, y que básicamente era un academicismo de chavales tirillas, con flequillito y americana con coderas, como el que ponía los discos en los guateques. Yo creo que si tuviera que vestir a un sobrinito de nuevo académico, como se le viste de almirante en la comunión o de Iron Man en Halloween, lo vestiría como Berna León. Estos nuevos académicos que están entre gurú de Silicon Valley y monitor del Valle Secreto con pantaloncito corto a mí me maravillan, porque pueden acumular acné, títulos, papers y gafitas de Lennon a la vez que pueden decir, como ha dicho León, según leo, que “la desigualdad es una decisión política”. O sea, que basta el deseo para transformar la realidad en una portada de la revista Atalaya. Y a lo mejor con esto liga en los guateques y en las cátedras.
Iba uno viendo que los académicos parecían más bien curas melenitas, de los que engatusan, y que todo ese libro coral empezaba a sonar como una coral de escolanía, a dogma e hisopazo. Los autores forman parte de un think tank llamado Future Policy Lab, que recuerda a neocatecúmenos de izquierda y a lo mejor son algo así. Tanta transversalidad y tanta interdisciplinaridad de la que hablaban a mí me sonaban realmente a la Santísima Trinidad, y es que estas cosas ya digo que no son ciencia sino religión. De hecho, reconocían que habían hecho el libro con la intención de “desterrar mitos”, o sea que no era una investigación en busca de la verdad sino una justificación a posteriori, una petición de principio. Si eso no es teología, ya me dirán. El caso es que todo quedaba, como no podía ser de otra manera, en agradecimientos a los científicos por alumbrar con ciencia las certezas ideológicas de los políticos (las certezas de la fe) y reconocimiento a los políticos por la inspiración que insuflan a los científicos para una investigación cuyos resultados ya se saben desde el principio.
Aquello era una reunión de profesionales de la desigualdad como de profesionales del cemento, y todo, por supuesto, era desigualdad como cemento
Con tanto rollo catequista (todos eran como catequistas, vestidos de catequistas y con edad de catequista, salvo Olga Cantó, que hacía un poco de madre superiora) o quizá el calor, la gente buscaba agua que no había, sólo el agua mágica de Yolanda, y aquello me pareció la metáfora perfecta de su política y de su persona. Aquello era una reunión de profesionales de la desigualdad como de profesionales del cemento, y todo, por supuesto, era desigualdad como cemento, sin entrar en mucha novedad sobre la desigualdad, como sobre el cemento. Puede maravillar que todas las teorías, soluciones y nuevos o viejos alumbramientos sobre la desigualdad (mira que lleva ya la izquierda más de un siglo con la fórmula de la felicidad) nos tengan todavía en la desigualdad. Pero lo que más maravilla es que una vicepresidenta del Gobierno con todas las soluciones y la voluntad nos tenga todavía en la desigualdad. Quizá la cosa no es tan fácil. Quizá ocurre como la Doctrina en las religiones, que no importa tanto que haya una solución como que los mantenga en el largo camino de la salvación y de la espera.
Si los académicos sonaban a jerga monacal, Yolanda y Zapatero sonaban a puro cascajo y a cuñado, aunque el moderador, Daniel Basteiro, director de Infolibre y tertuliano abejeante, pusiera el libro o el día entero como arma anticuñados. Las teorías, las correlaciones de los chavales académicos, que parecían subidos unos encima de otros, como en un disfraz de gigante, aún te mantienen en una esperanza de cientificidad. Pero Yolanda y Zapatero sólo hacían canciones con malvavisco. Todo quedaba en lo mismo, en buscar el rico con cornucopia y los patrimonios con yeguada, en el peligro de la derecha y en la importancia de mantener un gobierno de progreso, porque está claro que el progreso es mejor que el no progreso (ciencia pura). Yolanda, que se reía mucho para ser el tema tan serio, podía a la vez decir que su gobernanza había disminuido la desigualdad y que el sistema o la derecha la aumentaban cada vez más. “Yo soy forofa del Gobierno de coalición”, nos revelaba, explicándolo todo.
Zapatero, por su parte, hace tiempo que se quedó colgando del infinito como un arlequín que cuelga de la luna. Decía mucho “democracia”, que provocaba cierta saciedad semántica. La democracia, como el progreso, no es algo que se alcance o se sustancie por mencionarlo, como si fuera magia (realidad performativa), sino por defenderla y ejercerla. Pero el arlequín de la democracia aún defiende a Maduro y el flautista de la igualdad aún aplaude la amnistía. Le dio por insistir mucho, un poco locamente, en que esa cultura de la democracia debía enseñarse en la escuela, y sonaba como a asignatura de Educación para el sanchismo. Aunque hubo intención de preguntar por lo de “financiación singular” (seguro que sería también igualitaria, por definición) yo creo que a Basteiro se le terminó olvidando, que lo mismo aquello les volatilizaba a los académicos alguna teoría o algún dogma.
Yolanda daba a entender que había esperanza pero en el fondo se quejaba de su impotencia. Yo creo que no tiene problema en llevar a cuestas sus contradicciones, o quizá las lleva su secretaria, como le lleva el bolso, el móvil, el libro y no sé si la cola del traje de madrina (me causa mucha ternura su ayudante y siempre la busco, que también es pura izquierda y pura igualdad). Yolanda confesó que algunas propuestas o ideas suyas aún las consideraba “cartas a los Reyes Magos”, y recordé que había una mujer que me contó que quería entregarle una carta a Yolanda, no sé si de amor o de reproche, no sé si como las de Sánchez, escrita con el corazón reventado de tinta o cinismo. Pero aquello terminó y no supe si se la había podido dar. Yo creo que hubiera estado bien, eso de ciudadanos, políticos y académicos que se escriben cartas, allí cruzándose sus esperanzas como historias de campamento. No son profesionales de la igualdad, ni de la justicia, ni de las soluciones, sólo son profesionales de la esperanza. Un nicho de negocio como cualquier otro.
El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) tendría que haberse renovado el 4 de diciembre de 2018. Han pasado cinco años y medio desde entonces, pero este martes por fin hay fumata blanca. Además de los 20 nombres que se han repartido entre el PP y PSOE de vocales conservadores y progresistas (diez cada uno) el pacto es mucho más transversal e incluye la aprobación de una Ley Orgánica del Poder Judicial para cambiar la forma de designar a los vocales, el compromiso de que el presidente sea elegido entre los nuevos miembros y que ningún ministro pueda ser fiscal general del Estado como ocurrió con Dolores Delgado.
El acuerdo alcanzado por el equipo de Esteban González Pons y Félix Bolaños asegura que los 20 integrantes del nuevo Consejo compongan un puzle equilibrado entre magistrados del Tribunal Supremo, fiscales, jueces y profesores de distintas sensibilidades.
Los nuevos integrantes del órgano deberán redactar un proyecto de ley que reforme el método de elección de sus propias filas para cumplir con la exigencia histórica del Poder Judicial de que sean los jueces los que elijan a sus pares. Este era uno de los grandes escollos de la negociación por ser reclamo del PP y de Europa, y los partidos han pactado que sean los nuevos vocales los que decidan cómo hacer esta reforma incluyendo "de manera expresa" un nuevo modelo de participación directa
Además, se organiza un nuevo sistema de mayorías para que ni conservadores ni progresistas puedan imponerse en los nombramientos. Todas las decisiones deberán ser adoptadas por mayoría reforzada de tres quintos, incluso, en lo referido a disgnaciones de tribunales de justicia autonómicos y audiencias provinciales. El bloqueo del CGPJ que desde 2020 no puede nombrar ha provocado que ahora deban cubrirse cerca de un centenar de plazas en total por toda España.
La promesa de este pacto deja también un cambio significativo en la forma de elgir al presidente del Poder Judicial que, aunque le ley impone que sea elegido por los vocales, tradicionalmente se repartía entre unos y otros en el poder político. "Por primera vez en la historia serán los vocales del Consejo los que escojan al magistrado que presida el Alto Tribunal", han destadcado fuentes populares como un gran logro. Lo harán por un mínimo de 12 votos a favor sin candidatos sugeridos.
Igualmente, el acuerdo supone un pacto para evitar nuevos casos como el sucedido con Dolores Delgado. Un fiscal general del Estado no podrá haber sido previamente miembro del Ejecutivo; incrementa en 20 años el tiempo que deben haber cumplido los miembros de la carrera judicial para ser nombrados magistrados del Tribunal Supremo; e impone una especie de cláusula de congelación por la que se eliminan las puertas giratorias y ningún político podrá volver a la carrera judicial en el plazo de dos años dictando sentencias.
La vacante en el Tribunal Constitucional que dejó pendiente Alfredo Montoya la cubrirá Marío Macías, quien hasta hoy era vocal del CGPj por el lado conservador.
Milei por Madrid parecía un león de felpa que se le había caído a Ayuso de los brazos, no tanto como si ella fuera la diosa Cibeles con leones de cojín sino como si fuera Mari Carmen y sus muñecos. Milei ya es un icono mundial, como un Maradona con la motosierra de Dios, pero Ayuso, en su casa, es presidenta y generala y manda más en pantuflas o en mantoncillo que los jefes de Estado con banda de borlón y misión sagrada. Yo diría que Ayuso se alquiló a Milei para pasearlo por las alfombras, como una actriz con dálmata, y lo hizo para fastidiar a Sánchez y, a lo mejor, también a Feijóo. Era una cuestión de marcar territorio, más que de afiliarse a ese supuesto anarcoliberalismo de motosierra o calambrazo que nadie podría sostener aquí sin perecer (hasta Ayuso ha alabado lo público). Además, aún no entiendo por qué Sánchez puede inclinar la orgullosa testa ante Mohamed VI, o por qué se le puede sacar toda la vajilla de Madrid, del Congreso y de la Casa Real al emir marbellero de Catar, pero a Milei no se le puede dar una medalla protocolaria o un botijo de recuerdo.
Quizá Ayuso quería adornarse de Milei como la que se adorna de macarra, o incluso vestir al macarra con camisita y canesú, que es todavía más impresionante (diría que Ayuso, de alguna manera, hacía que Milei sólo pareciera, junto a ella, un muñeco legionario con pelo que da dentera, como el pelo de los geyperman). La verdad, tampoco entiendo por qué espanta tanto el macarreo de Milei teniendo aquí a Óscar Puente, que ni siquiera es icono mundial, sólo mascota de Sánchez. O teniendo al propio Sánchez, que representa una evolución mucho más cínica de la agresividad y del insulto. Milei, como Ayuso, es otro excomulgado de Sánchez, que van formando todos una como hermandad en el agravio y eso ya puede ser motivo de simpatía y de enganche. Además, seguramente Ayuso necesitaba un poco de balconing castizo, y eso ni es ideología ni es política exterior ni interior, eso es sólo chulapería de la más chulapa, a ver si los únicos chulos aquí van a ser Sánchez y Begoña, presidenta in corde además de Miss Fundraiser por gracia de la tuna complutense.
La verdad es que Milei, más espantajo que modelo, es inexplicable y seguramente inexportable aquí. Milei es la reacción desaforada y despeinada de una Argentina arrasada por su clase política, por los sucesivos militarismos criminales y peronismos madreros y sopaboberos. Yo creo que para entender a Milei tendríamos que imaginarnos franquismos y chavismos (o sanchismos) alternándose aquí durante casi un siglo, y ya veríamos lo que consideraríamos entonces friki o ultra. Milei no es tan sistemático ni tan científico, en realidad es bastante contradictorio, porque ese ultraliberalismo suyo del carajo o zurriago no termina de cuadrar bien con el conservadurismo moral (en el tema del aborto, por ejemplo). Ni tampoco casa su simpatía por opciones iliberales, como Trump, o por partidos esencialistas, identitarios, joseantonianos, como Vox (Vox ya no tiene nada de liberal, todos los liberales se les han convertido en almas en pena).
Para entender a Milei tendríamos que imaginarnos franquismos y chavismos (o sanchismos) alternándose aquí durante casi un siglo, y ya veríamos lo que consideraríamos entonces friki o ultra
Milei, sea lo que sea, liberal o caótico, es un espantajo para Sánchez, es otro jinete del apocalipsis facha (aunque el fascismo es todo lo contrario al liberalismo) que le sirve a él para las homilías de triclinio o cama de agua a las que se ha aficionado. Yo creo que, simplemente, Ayuso ha pensado que el espantajo también le puede servir a ella. No ya porque pueda venir bien un poco de motosierra en esos sauces llorones que da a veces lo público, o un poco de zurriago para ese castigador de butacón que es Sánchez, sino porque la izquierda espantada, así como grajos, siempre es vistosa y ruidosa. Yo creo que Ayuso miraba a Milei, su cabeza de paja, su cosa de escoba vestida, y sólo veía a Sánchez y a la izquierda tirándose de los pelos tiesos por él. Juan Lobato, líder o algo así del PSOE de Madrid, ya quiere recurrir la medalla a Milei, que por lo visto la considera política exterior, algo que corresponde al Gobierno en exclusiva, supongo que igual que las incoherencias o la vista gorda (por cierto, ¿será eso judicializar la política?). Quizá toda esta polvareda de peluca ha merecido la pena sólo por oír hablar de “deslealtad institucional” a los que tienen a los indepes de socios o señores.
Ayuso le puso a Milei el medallón paellero o las pilas de muñeco diabólico para enfurruñar y agitar a Sánchez, que lo mismo pronto nos saca otra carta a la ciudadanía, esta vez contra Milei y contra Ayuso, algo así como la entente facha de la fruta con pelusa. Por lo que sea, Ayuso cree que todo esto le beneficia, que todo lo que sea ella haciendo de ella y Sánchez haciendo de Sánchez le beneficia. El sanchismo-begoñismo es un peronismo, un peronismo discotequero, y por eso también piensa que le viene bien un Milei haciendo de Milei, como un profeta que viene del futuro. Pero lo más importante nunca fue Milei, contradictorio, caótico e intransferible como toda la política o la mitología argentinas, sino fastidiar a Sánchez. También quizá alterar a Feijóo, pero a Feijóo lo altera todo, empezando por estar ahí, mandando sin saber qué hacer o sin querer mandar, así que no sé si esta sospecha lleva a algún sitio.
Ayuso condecoró y paseó a Milei, yo creo que porque su idea es que todo lo que fastidia a Sánchez le hace ser más Sánchez, de los jueces a la verdad, y cuanto más Sánchez es Sánchez más se descubre que no hay nada aquí, ahora mismo, más extremista y peligroso que nuestro presidente. Tan segura está que se arriesga poniéndole banda de música a esta conjunción del León de Pelusa y Lady Madrid. Aunque yo creo que a Milei, tan macarra, se lo llevó Ayuso en la solapa, como un nardo por la calle de Alcalá. Quizá, incluso, pensando que podría hacer lo mismo con Feijóo y con Sánchez.
Álvaro García Ortiz echó ayer toda la carne en el asador para ganar la votación de la Junta de fiscales de Sala sobre la amnistía. Ganó, sí. Pero por sólo dos votos, el suyo y el de su anterior superior jerárquica, Dolores Delgado, que, en puridad, debería haberse ausentado de la reunión.
De hecho, el Fiscal General del Estado hubiera perdido si no se hubiesen admitido los votos telemáticos, que, finalmente, inclinaron la balanza a favor de conceder la amnistía total a Carles Puigdemont y el resto de los implicados en el procés.
Con esa pírrica victoria (19 votos contra 17) García Ortiz no puede sacar pecho, pero la votación le sirve para legitimar una decisión que ya estaba tomada: sustituir a Javier Zaragoza, Consuelo Madrigal, Fidel Cadena y Jaime Moreno, los ficales que ejercieron durante el juicio del procés y que piensan que la malversación no es amnistiable, por otros que seguirán al pie de la letra la posición de su jefe. Se trata de la teniente fiscal del Supremo, Ángeles Sánchez Conde, y el fiscal de Sala de lo Penal, Joaquín Sánchez Covisa.
Queda así dividida en dos la cúpula fiscal y no precisamente por su adscripción ideológica, ya que hubo fiscales considerados progresistas que votaron contra el Fiscal General y conservadores que le respaldaron, sino por diferencia de criterio jurídico. Ese hecho pone de manifiesto que en la Fiscalía no hay disciplina de voto, como tampoco lo hay entre los jueces del Supremo, por más que algunos quieran trasladar su estrechez mental a la judicatura.
García Ortiz ha hecho buena la tesis del presidente del Gobierno: ¿De quién depende la Fiscalía?
Hace ya unos meses, cuando se puso a rodar la ley de amnistía, recordamos en esta columna que la amnistía de ahora, la que se concede a cambio de siete votos de Junts para la investidura de Pedro Sánchez, y la de 1977, se diferencian sustancialmente en dos cosas. Por un lado, la amnistía del 77 tenía toda la lógica ya que con ella se quería poner fin a un régimen de dictadura y comenzar una nueva etapa bajo la idea de la reconciliación, mientras que esta se da en plenitud democrática. Por otro, la ley del 77 concitó el apoyo de la inmensa mayoría del Congreso. Fue una ley que unió a los grupos políticos en una idea común: superar el pasado, mientras que esta ha roto en dos al Congreso y cuenta con el rechazo mayoritario del Senado.
La ley de amnistía a Puigdemont (se la puede apellidar así porque así es como se ha diseñado) ha tenido la gran virtud de dividir al país. Lo que sucedió ayer en la cúpula fiscal es un reflejo de lo que ha supuesto este cambalache para España. Con la diferencia de que, entre los españoles, la gran mayoría está en contra.
Dentro de unos días, la Sala Segunda del Tribunal Supremo tendrá que emitir su veredicto sobre la aplicación de la ley de amnistía a los condenados y procesados por el intento de separar a Cataluña de España vulnerando la legalidad. Por mucho que la Abogacía del Estado y la Fiscalía den su opinión favorable a borrar los delitos como si nunca se hubieran cometido, es la Sala Segunda del Supremo la que tiene la última palabra.
El Gobierno no puede utilizar su fuerza, como sí ha hecho a través del Fiscal General en la cúpula de la carrera, para que la Sala Segunda le dé la razón y, de esa forma, Puigdemont pueda volver a España sin miedo a ser detenido. Pero, eso sí, preventivamente, ha hecho todo lo posible para desacreditar a los magistrados que la componen. Sánchez se olvida que dio su visto bueno a que Manuel Marchena, presidente de la Sala Segunda, fuera elegido presidente del alto tribunal y del Consejo General del Poder Judicial. Eso ahora ya no importa.
"Venceréis, pero no convenceréis", decía Unamuno. La de ayer fue una jornada triste para la Fiscalía porque se impuso la fuerza de la disciplina a la razón de los argumentos.
La Princesa de Asturias, en los jardines del Palacio Real. Casa del Rey
La medianoche del 18 al 19 de junio de 2014, en el mismo momento en el que su padre asumió la Corona, la Infanta Leonor se convirtió de forma automática en Princesa de Asturias. En aquel momento tenía ocho años, pero ya sabía que le esperaba un destino diferente al de sus compañeros de colegio.
El día anterior había estado presente en una ceremonia en el Palacio Real en la que su abuelo, Don Juan Carlos, había abdicado, y al día siguiente acompañaría a sus padres a las Cortes, donde Don Felipe sería proclamado Rey. A ella y a su hermana les esperaba una jornada intensa en la que estarían más de cuatro horas expuestas a las cámaras. Todo lo que hicieran se retransmitiría en directo.
Primero asistieron a una ceremonia en el Palacio de La Zarzuela en la que Don Juan Carlos impuso la faja roja de general a Don Felipe como símbolo de la transmisión del mando supremo de las Fuerzas Armadas. Después viajaron en coche, escoltadas por la Guardia Real, hasta el Congreso de los Diputados, donde hubo honores, himno, revista, saludos, discursos, más saludos y desfile.
Don Felipe y Doña Letizia salen con sus hijas de La Zarzuela hacia el Congreso para la proclamación Casa del Rey
Las dos hermanas superaron la prueba con éxito, pero cuando terminó el saludo en el balcón, ya fuera de cámaras, y antes de que empezara el saludo a los invitados, no pudieron contenerse más y empezaron a corretear por los salones del Palacio Real hasta que sus padres pidieron que se las llevaran a casa.
La Princesa, entre su padre y sus abuelos en el balcón del Palacio Rea
La vida de la Princesa recuperó al día siguiente la normalidad habitual, alejada de los medios de comunicación, pero poco tiempo después empezó su progresiva incorporación a la actividad institucional. Hasta entonces los Reyes habían intentado preservar la privacidad de sus hijas y restringieron al mínimo sus apariciones en público, lo que motivó críticas durante años, pero luego se ha visto que el resultado de aquella forma de educar a la Princesa y a la Infanta no ha podido ser mejor.
En estos diez años, la Heredera de la Corona ha ido aprendiendo el peculiar oficio de un Rey. Una de las lecciones que, probablemente, nunca olvidará fue la que recibió el 3 de octubre de 2017, cuando ella tenía 11 años y su padre paró con un discurso de seis minutos el golpe separatista de Cataluña.
El Rey impone el Toisón de Oro a la Princesa Leonor en el Palacio RealCasa del Rey
Aquella tarde el Rey quiso que su hija estuviera presente en la grabación del mensaje y, de esta forma, la transmitió una lección muy parecida a la que él aprendió la noche del 23 de febrero de 1981, cuando Don Juan Carlos le hizo permanecer a su lado hasta avanzada la madrugada para que supiera lo que un Rey tenía que hacer para salvar a su país.
Los Reyes con la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía en la ermita de Covadonga (Asturias) Casa del Rey
Al ritmo que marcaron los Reyes, la Princesa empezó a crecer ante la mirada de los españoles y a protagonizar buena parte de la vida institucional: a los 12 años se hizo pública su primera foto oficial y el Rey le impuso el Toisón de Oro en una solemne ceremonia celebrada en el Palacio Real; a los 13 años visitó la ermita de Covadonga, ocupó por primera vez el lugar a la derecha del Rey en el desfile de la Fiesta Nacional, leyó en público el artículo primero de la Constitución en el Instituto Cervantes y pronunció su primer discurso en los premios Princesa de Asturias.
El Rey impone el Collar de Carlos III a la Heredera de la Corona el día que juró la Constitución. Casa del Rey
Con 14 realizó su primera visita a Cataluña, que transcurrió bajo el acoso separatista, y sorprendió a todos hablando catalán con un acento perfecto y, además, árabe. Con 15 acudió a su primer acto en solitario, en el Instituto Cervantes; y con 16 se estrenó en el exterior, con su hermana Sofía, en un partido de fútbol femenino en Dinamarca.
La Princesa de Asturias, durante unas maniobras militares en ZaragozaGTRES
Con 17 empezó su formación militar y juró bandera y el día que alcanzó la mayoría de edad juró cumplir la Constitución ante las Cortes y dirigió unas palabras como Heredera de la Corona a los españoles: «Les pido que confíen en mí, como yo tengo puesta toda mi confianza en nuestro futuro, en el futuro de España».
El Rey con su hija mayor, en los jardines del Campo del Moro. Casa del Rey
A sus 18 años, Doña Leonor tiene un encanto especial, como lo tiene su padre. E igual que él, ella ha sido capaz de tejer un lazo afectivo con la sociedad española. Pero ese lazo se ha reforzado especialmente desde que ingresó en las Fuerzas Armadas y se sometió a los altos niveles de exigencia física, académica, intelectual y técnica de la Academia General Militar de Zaragoza. Todo ese esfuerzo -y los que le quedan por delante- son parte de su compromiso con los españoles, y la opinión pública lo sabe.