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Feijóo, en VOZ alta dice que VOX nunca participará en coalición gubernamental con el PP.


 Todo son futuribles. Ni siquiera hay en el horizonte próximo la certeza de un adelanto electoral una vez que Pedro Sánchez parece dispuesto a resistir hasta 2027. Pero el PP está adelantando una estrategia de largo recorrido por la que busca acabar con la identificación de un tándem Feijóo-Abascal, desechar la idea de que el líder popular está condenado a formar un gobierno de coalición con Vox para hacer al líder de esta formación vicepresidente del Gobierno.

Lo cierto es que Feijóo no terminó de ser concluyente el pasado domingo. "Yo quiero un gobierno en solitario", dijo para agregar después que no habría cordones sanitarios a Vox, tampoco a Junts. No cerraba puertas. Pero no ha sido hasta hoy, a primera hora de la tarde, que su número dos, Miguel Tellado, aclaraba que no, que no habrá coalición gubernamental, incluso ante el riesgo de bloqueo y de repetición de elecciones generales.

De este modo, Feijóo y los suyos ponen la pelota en el tejado de Abascal en si estaría dispuesto a "facilitar" -bien apoyando o absteniéndose- la investidura del líder popular para desalojar a Sánchez de la Moncloa aunque no hubiera reparto de sillones ministeriales. El actual es el primer gobierno central de coalición de la democracia, "no lo tuvieron ni González, ni Aznar, ni Zapatero, ni Rajoy", recuerdan en el PP, a pesar de carecer de mayoría absoluta en alguna de sus legislaturas.

José Luis Rodríguez Zapatero, un entusiasta de la coalición con Unidas Podemos, primero, y con Sumar, después, así como con la alianza estratégica con los independentistas "no gobernó con IU a pesar de carecer de mayoría absoluta", aducen, aunque en 2004 consiguió 164 escaños y en 2008, 169, bastante lejos de los registros que dan los sondeos al PP. El más alto ha llegado a los 154 escaños.

Sumar más que todo el bloque de investidura de Sánchez

El objetivo es precisamente, conseguir más representación parlamentaria que todo el bloque de la actual investidura, de modo que no haya una mayoría alternativa que no pase por hacer presidente a Feijóo. En este sentido, desde el equipo del líder del PP explican, de manera mucho más clara que su jefe de filas el pasado domingo, que "si para llegar al Gobierno hay que hacer ministro a Jorge Buxadé - eurodiputado y presidente de Vox- ese no es nuestro modelo". Es Abascal el que debe decidir "si facilita la investidura" de Feijóo o contribuye a la continuidad de Sánchez unos meses más hasta poner en marcha el mecanismo automático de disolución de las Cámaras y convocatoria de las elecciones, todo ello en caso de un escenario en que ambas formaciones, junto a otras menores como UPN y Coalición Canaria, sumaran la mayoría absoluta.

Puigdemont es más inteligente que Pedro Sánchez, pero Sánchez es más tóxico, cruel y vengativo que el prófugo.

 

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, que sigue decidido a regresar próximamente a Cataluña
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, que sigue decidido a regresar próximamente a Cataluña | 

Estamos esperando a que vuelva Puigdemont, así como a pagar la larga cuenta de los vinos que se tomó aquel día antes de desaparecer como raptado por un circo ambulante (los circos debían de raptar mucho antes, según los padres, pero ya se ha perdido el miedo de los niños a los saltimbanquis y a los feriantes, igual que se ha perdido el miedo de los políticos a la verdad). Puigdemont ha ido entrando y saliendo del foco, de la actualidad, de la mitología, de nuestra vida, como el tombolero o el abominable hombre de las nieves, que algo de los dos tiene el mesías del independentismo. Pero ahora tiene que hacer algo, cuando Esquerra le ha sacado a Sánchez un concierto o fuero para Cataluña que no es federal ni confederal, sino señorial (se llevan los impuestos, las mieses y las mozas, pero no las deudas, los señoritos). Algo tiene que hacer Puigdemont, que vuelve a perder la guerra de los símbolos y de la pela con Esquerra pero, sobre todo, que corre el riesgo de ser olvidado, algo que no puede permitirse un mesías ni un heredero.

Puigdemont ya ha sido niño raptado por traperos, doncella enrejada, tañedor de torreón, agitador de gallinero y rey del Siam (al menos para Santos Cerdán y aquellas embajadas sanchistas que él recibía sobre elefantes y cojines), así que lo único nuevo que puede hacer es volver. Volver no como el que ha triunfado, sino como el que se quedó sin gasolina o sin fichas del casino. Al president en el exilio, ese título como de poeta muerto de hambre, no lo votaron masivamente para que volviera, como seguramente él creía. Más que nada porque hasta el independentismo se ha dado cuenta de que es más útil tener a Sánchez en la Moncloa y a Illa sobre la comodita de la abuela, como un san Martín de Porres, que tener a Puigdemont de revolución en casa o de ayatolá en Suiza. Sí, también a Illa, que ésa es la verdadera novedad, no Puigdemont regresando entre heredero de la corona portuguesa y santo de barquichuela.

Lo que no supo ver Puigdemont mientras negociaba la investidura de Sánchez es el papel consolador que iba a tener para el PSOE presidir la Generalitat

Lo que no supo ver Puigdemont mientras negociaba la investidura de Sánchez, ahí entre danzas de siete velos y cofres de monedas, es el papel consolador que iba a tener para el PSOE presidir la Generalitat. Sí, presidirla siquiera estatuariamente, con ese Illa no sé si esfinge o jarrón, para así vivificar un poco el proyecto paralizado o ya putrefacto de Sánchez. Y también, no menos importante, para tener el apoyo del poderoso PSC cuando el resto de los territorios y barones, muertos de hambre igualmente, se vayan rebelando. Lo que no vio Puigdemont lo ha visto Esquerra, claro. Puigdemont se deleitaba en la venganza, y aunque es cierto que consiguió la amnistía, la pela siempre ha pesado más que la libertad.

Los indepes no aspiran a ser mayoría (nunca se han considerado la mayoría, sino la totalidad), sólo aspiran a tener el poder y los medios para conseguir sus fines. Por eso ERC se ha aliado antes con Sánchez que con Puigdemont. Sánchez se lo puede dar todo, como se está viendo, y Puigdemont sólo les daría grima, llanto y agonía, como la plañidera de pueblo, toda luto y chepa, en la que parece haberse convertido. Puigdemont ha perdido el protagonismo y la iniciativa, hasta el punto de que ahora sólo puede volver para ser crucificado muy romanamente por los GEO. La verdad es que Puigdemont ni siquiera puede derribar a Sánchez, un presidente al que no le importa no tener presupuestos ni no aprobar leyes mientras pueda ir a los Juegos Olímpicos con la bandera bordada y el pecho reventón, como un legionario de sí mismo. Puigdemont tendría que apoyar una moción de censura de Feijóo, o hasta de Tamames otra vez. Como para no estar mosqueado.

Puigdemont necesita hacer algo porque se da cuenta de que él es, ahora, menos decisivo y significativo para Sánchez que Esquerra, y menos decisivo y significativo para el independentismo que Sánchez. Quizá Puigdemont sólo es útil para Puigdemont, que su lucha siempre fue una lucha por la supervivencia personal, como un príncipe carlista. Puigdemont sólo podría salir a la calle con el mecherito y la barricada, a esperar el 155 y que se lo lleven los titiriteros una vez más. Pero ERC podrá salir a la calle con pasta y poder catequizante, o sea lengua, escuela, medios públicos, chiringuitos. Y así, como dijo Marta Rovira, terminar lo que se empezó, o quizá incluso algo mejor, o sea una independencia que no haya que luchar ni sangrar, sino que sea subvencionada por Sánchez. Mientras, Illa se dedicará a hacer dulces de convento, o sea a hablar de solidaridad y de convivencia como si hablara de torrijas.

Estamos esperando a que vuelva Puigdemont, que ya sólo aspira a montar el numerito, un prendimiento con sanedrín traidor, romanos de lata y banda de cornetas, por si así fastidia el plan de Esquerra y Sánchez. Tener a Illa en la Generalitat, bendiciendo la mesa de los independentistas con su cosa de monje de refectorio, y tener a Sánchez en la Moncloa, dándolo todo por la presidencia como por una última papela, eso es lo que ha visto ERC que más conviene. Por alguna razón Sánchez le ha concedido gran importancia y gran precio a la Generalitat. Quizá planea empezar a armar desde allí el nuevo milagro y el nuevo relato, con las torrijas de Illa, de la convivencia y quizá del federalismo, por llevar algo diferente a las próximas elecciones, a la próxima batalla contra la ola ultraderechista etc. Mientras, el procés, en realidad, seguirá recaudando, guardando y abrillantando el oro igual que las espadas.

Sánchez cambia la financiación del independentismo por la financiación de la estancia presidencial en la Moncloa, que eso es ya, la estancia y no el poder ni el gobierno, lo que está pagando. Lo que ocurre es que, ahora mismo, en este plan o esta nueva versión del plan, Puigdemont importa poco. Podrían detenerlo como a un cristo de farol, como al Lute o como al Yoyas, y no le importaría demasiado a casi nadie. Eso sí, Puigdemont no pagará ni los delitos ni los vinos. Será indultado y volverán a sentarse, todos, para intercambiar favores, parcelas, herencias, mitología y relatos, como feriantes o como hombres del saco.

La última bala del independentisto e incluso del sanchismo es de fogeo.


Por qué es tan importante la Presidencia del Parlament en Cataluña
El candidato a la Generalitat por el PSC, Salvador Illa (c), el presidente del PSC, Miquel Iceta (d), y la vicesecretaria primera, Lüisa Moret (i), durante la reunión de la comisión ejecutiva del PSC, tras el 12M.

No hubo que esperar ni 24 horas desde el cierre de los colegios electorales en Cataluña para que Salvador Illa y Carles Puigdemont anunciaran su intención de presentar su candidatura a la investidura como presidente de la Generalitat. El socialista, de hecho, lo anunció la misma noche electoral, y este lunes las direcciones de sus partidos les han avalado, pese a las evidentes dificultades que tiene el proyecto en el caso de Puigdemont, con 35 diputados y sin la baza que ha supuesto la mayoría de bloqueo independentista durante un década en el Parlament.

Para llegar a ese punto, sin embargo, el primer paso será la constitución del nuevo Parlament, y con ella la elección de la figura clave en el proceso: el presidente del Parlament. Será él, o ella, quien decida qué candidato puede presentarse a la investidura, una decisión que en el caso del Gobierno corresponde al Rey, pero en la Generalitat depende del presidente de la cámara autonómica.

De hecho en 2021 Illa ya quiso someterse a una sesión de investidura, en su calidad de ganador de las elecciones, para romper con el precedente de Inés Arrimadas, que renunció a esta posibilidad pese a vencer en los comicios autonómicos de 2017. Pero la entonces presidenta del Parlament, Laura Borràs, lo impidió aduciendo que no contaba con los apoyos necesarios.

El PSC tantea al PP

Por eso el primer paso clave de los socialistas será la constitución de la Mesa del Parlament y amarrar la presidencia de la cámara. Unas negociaciones en las que puede tener un papel clave el PP catalán, al que el 12M ha situado como cuarta fuerza del Parlament. De hecho, la portavoz del PSC, Núria Parlon, reconocía este lunes esa posibilidad.

Parlon descartó un pacto de gobierno con el PP, pero no cerró la puerta a llegar a acuerdos parlamentarios con los populares, como el de la Mesa. Los únicos vetos del PSC son Vox y Aliança Catalana, pero los socialistas van a hablar con todos los demás. Y lo harán rápido, porque la ejecutiva del partido designó este lunes a su equipo negociador, encabezado por la número dos del partido y jefa de campaña, Lluïsa Moret 

Junto a ella, los secretarios de organización y política municipal del partido, José Luis Jimeno y Joaquín Fernández, claves en la organización interna del partido diseñada por Illa en el congreso del pasado marzo; la número dos de la candidatura de Illa, Alícia Romero; el diputado Ferran Pedret y el secretario de programas, Javier Villamayor. independentismo.

El calendario

La Ley electoral fija un máximo de diez días para convocar el pleno de constitución del Parlament, lo que sitúa el plazo máximo en el 10 de junio, al día siguiente de las elecciones europeas. Y será Pere Aragonès, como president en funciones, quien convoque el pleno, vía decreto del Govern. Es la última bala del republicano para jugar con el calendario, aunque es poco probable que ERC quiera avanzar la cita, porque eso añadiría presión sobre cualquier pacto entre los partidos para escenificar pactos en la elección de los siete miembros de la Mesa.

El presidente del Parlament se escoge en una única votación, por mayoría simple. En una votación posterior se eligen a los dos vicepresidentes de la cámara, y en una tercera votación, los cuatro secretarios. Los partidos suelen pactar apoyos cruzados para garantizarse los asientos en el gobierno de la cámara, en el que por primera vez debería haber mayoría no independentista, vistos los resultados.

Pero de los pactos, y las cesiones, del PSC en la elección de la Mesa dependerá probablemente las alianzas posteriores para la investidura de Illa. Los socialistas, por tanto, tendrán que hacer encaje de bolillos en los próximos diez días.

Investidura o elecciones en octubre

Tras la constitución de la Mesa el presidente de la cámara tiene diez días hábiles para convocar la primera sesión de investidura tras una ronda de contactos con todos los grupos parlamentarios, lo que situaría el inicio del debate en torno al 25 de junio. El candidato necesita mayoría absoluta en primera vuelta, pero puede someterse a una nueva votación dos días después, en la que podría hacerse con la presidencia gracias a una mayoría simple. Es decir, garantizándose la abstención de algún grupo, que impida el bloque de la investidura.

Si la elección no prospera, el presidente del Parlament puede repetir las rondas de contactos tantas veces como sea necesario, y proponer candidatos, durante un plazo de dos meses a partir de la primera votación. Superado ese periodo, en torno al 25 de agosto, si no hay president se procedería a la convocatoria automática de nuevas elecciones, en octubre.

 

La amnistía, antes de la investidura; el reféndum, después.

Debate de investidura en el Congreso tras el inicio de Feijóo
Cada vez que, de una manera pública, Pedro Sánchez invoca y asegura que todas sus acciones se hallan dentro de la Constitución queda flotando en el aire un agudo aroma de cinismo. Y nadie lo ha expresado mejor que uno de sus turiferarios que escribió como loa que una de sus características que lo definen es que «no se siente concernido por sus palabras, sino por sus objetivos». O sea, que diga lo que diga da lo mismo, hará lo contrario, como hemos visto a lo largo de su trayectoria, desde que tener cerca a Podemos le quitaba el sueño, nunca accedería a la Moncloa, porque era incompatible con sus principios, con el apoyo del independentismo o aquello del «no es no y nunca es nunca» en cuanto a pactar con Bildu. Pedro Sánchez asevera que las decisiones dentro de su partido se toman colegiadamente. Es más, en enero de 2015, en un foro público afirmó que las posturas del partido ya no las decidían entre cuatro. 
 
Cabe preguntarse en qué programa electoral del PSOE figura la amnistía, qué órgano colegiado del partido la ha aprobado, en qué ponencia o resolución de sus congresos fue tratado el asunto, o qué resolución de su ejecutiva o de la comisión federal ha aprobado, propuesto o debatido este asunto, cuyas decisiones ya no se toman entre cuatro. El PSOE dejó el voto contrario a la amnistía, cuando el asunto fue planteado en el Congreso por los consocios de Sánchez. Pero el caso avanza por la pura y simple necesidad de que es el precio que sus consocios actuales y futuros le marcan para que Sánchez pueda seguir subiendo al Falcon.
 
Y en este trance, como hay que buscar perchas para colgar la amnistía, que es precio de negocio entre tratantes, ni siquiera tienen el decoro de no decir memeces: la ministra de Educación y Formación Profesional en funciones y portavoz del PSOE, Pilar Alegría, ha afirmado que las negociaciones con los grupos parlamentarios para la investidura del candidato socialista, que incluye la amnistía, «avanzan de manera razonable». Y dice que la amnistía a los implicados en el «procès» no solo la piden los independentistas, sino varias fuerzas políticas, que suman en total «57 diputados», o sea, una amplia mayoría a la que el PSOE debe ser sensible. ¡57 de una cámara con 350, y casi la mitad en contra.
 
Pero, como le advierten a Sánchez ERC y Junts, la amnistía no es puerto de llegada, sino estación intermedia de lanzamiento hacia la otra e irrenunciable meta, el referéndum de independencia. Y para eso ya tienen apoyos. No dudan en tergiversar el contenido del artículo 92 de la Constitución, donde entienden que se puede encajar el referéndum consultivo que es como llaman ahora al de la independencia. El artículo 92.1 CE que dice que «las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos. El referéndum será convocado por el Rey, mediante propuesta del presidente del Gobierno, previamente autorizado por el Congreso de los Diputados». Dice «todos», y todos es todos. No una parte, como algunos quieren decir, limitando la consulta a quienes, insisto en ello, tengan vecindad civil en determinadas parcelas del territorio nacional. Como señala Oliver Araujo (Cfr.Oliver Araujo, Juan: «El Referéndum en el sistema constitucional español» en Cuadernos de la Facultad de Derecho, 15 (Palma de Mallorca, 1986), págs. 95-148): «El referéndum consultivo es figura interesante, tanto por sí misma como, sobre todo, por lo que significa de nuevo intento de incorporar a una Constitución eminentemente representativa algunas fórmulas de democracia directa».
 
Y pese a la claridad del artículo citado, entienden que el Gobierno pudiera celebrar un referéndum limitado a la población de Cataluña. Me pregunto si, salvo ejercicio de física recreativa, alguien puede sostener razonadamente que el 16 por ciento de la población española pueda decidir si es preciso proponer, exigir o imponer, que es el término más adecuado, la reforma de la Constitución, para desmontar el Estado tal y como lo configura la de 1978 y proceder a habilitar lo que, en todo caso, tampoco sería unánime criterio de los ciudadanos con domicilio en Cataluña que forman parte de ese 16 por ciento de la población. Pero jugando a su gusto con nuestra Carta Magna, ya vemos que algunos la proponen y amparan la celebración de un referéndum (disimuladamente deliberativo), cuando es obvio que los referenda (que es como se debe decir en plural) se hacen para algo, para que tengan consecuencias y efectos en su aplicación y no un mero ejercicio de consulta sin consecuencias. La consecuencia de lo que se proponen es una medida, cuyos efectos alcanzarían al otro 84 por ciento de los españoles, espectadores ajenos de lo que decidieran ese otro 16 por ciento por si solos.
 
Señala Oliver que el aspecto «más importante y a su vez más problemático que plantea el referéndum sobre decisiones políticas del artículo 92 es el de precisar el alcance y significado del término consultivo». O sea, que esa es la cuestión y donde aparece el sentido común. Parece absurdo, por decirlo de modo templado, que el futuro del Estado y la modificación de la Constitución que lo define y sostiene lo decidan los avecindados en una parte del territorio, la trampa subsiguiente es la pregunta. ¿Cómo se puede sostener una pregunta como la que se propone para que no «todos» los ciudadanos se pronuncien sobre algo que afecta al conjunto, y que en todo caso deberían ser consultados? De la pregunta ya circulan varios modelos, pero todos llevan al mismo sitio: el modo de que Cataluña deje de ser parte de España.

Nada claro la investidura de Pedro Sánchez.

 sánchez y rufián
ERC limita la negociación con Sánchez a la investidura y CC se abre a una
abstención Esquerra insiste en el referéndum y deja claro que su eventual apoyo
a la investidura no se vincula a los Presupuestos para 2024. Sánchez y Junqueras
conversan por teléfono para avanzar en la negociación de la investidura El
presidente del Senado afirma que puede “buscarle las cosquillas” al Gobierno con
la amnistía El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, ha trasladado al
presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, que para que Esquerra apoye
su investidura, además de la amnistía, tiene que haber un compromiso de que el
conflicto político se resolverá mediante una votación. También, una solución al
déficit fiscal catalán y a los problemas de las Rodalíes. Además, ha dejado
claro que ahora sólo están negociando su eventual apoyo a la investidura, no a
los Presupuestos para 2024 ni mucho menos un pacto de legislatura. Por su parte,
Coalición Canaria (CC) se ha abierto a negociar su abstención y ha dejado claro
que no le dará el ‘sí’ porque rechaza la amnistía. Rufián se ha reunido este
miércoles con Sánchez en el Congreso, en un encuentro en el que también ha
participado el ministro de la Presidencia en funciones, Félix Bolaños. La
titular de Hacienda, María Jesús Montero, no ha estado en esta cita, pero sí en
la de Coalición Canaria. El portavoz de los republicanos catalanes ha definido
como “exigentes”, pero “razonables” las condiciones que pone ERC para apoyar la
investidura de Sánchez y ha evitado dar detalles sobre el estado de las
negociaciones apelando a que la discreción se imprescindible para que
fructifiquen. “Desconfíen de quien habla mucho, hace cuatro años no se hablaba
tanto y salió bien”, ha deslizado Rufián, quien ha reivindicado en varias
ocasiones el acuerdo para la creación de una mesa de diálogo sobre el conflicto
político que les llevó a abstenerse en la anterior investidura de Sánchez.
sánchez y valido Pedro Sánchez, líder del PSOE y presidente del Gobierno, y
María Jesús Montero, vicesecretaria general del PSOE y ministra de Hacienda,
junto a la portavoz de Coalición Canaria en el Congreso, Cristina Valido. (Foto:
PSOE / Raúl González) Antes, el presidente del Gobierno en funciones se ha visto
con la representante de CC en la Cámara, Cristina Valido, quien ha dicho que su
partido acepta negociar con el PSOE la investidura, pues le han prometido
desbloquear transferencias pendientes, pero ya ha avisado que nunca votarán a
favor. Y es que, rechazan de plano la amnistía a los encausados por el procés.
“Es lo máximo a lo que podríamos llegar”, ha asegurado, en alusión a una
abstención. Valido ha desvelado que Sánchez aspiraba a conseguir un ‘sí’ de CC,
pero ésta ya le ha advertido que la amnistía impide ese voto afirmativo y que lo
máximo que lograrán de su partido es una abstención.

El Gobierno Frankenstein, las cucarachas de Pedro Sánchez que pronto le escupirán.

Nicolás Redondo Terreros

«Seguro de que en el PSOE no se va a mover ni una mosca porque están todos en la nómina que Pedro Sánchez, desde su poder absoluto, les ha concedido»


Nicolás Redondo Terreros

Ilustración de Alejandra Svriz.

La noticia de la fulminante expulsión de Nicolás Redondo Terreros del PSOE, ese partido que fue refundado en los años setenta gracias, en gran medida, a la labor y a la personalidad de su padre, Nicolás Redondo Urbieta, y en el que ha militado desde hace 47 años, me ha hecho recordar unos episodios de mi vida que están unidos a la trayectoria del socialista hoy expulsado y que creo que pueden explicar algunas de las causas de la deriva que ese partido ha tomado.

En 2000 el PP ganó las elecciones con mayoría absoluta y fui elegida Senadora por Madrid. Después también fui elegida presidenta del Senado y, al mismo tiempo, fueron elegidos los dos vicepresidentes: Alfredo Prada, senador por León, del PP y Javier Rojo, senador por Álava, del PSOE. Estos dos vicepresidentes tuvieron su protagonismo en los dos episodios que voy a relatar.

En julio de aquel año fue elegido secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero y, si hacemos caso a su primer biógrafo autorizado, el periodista leonés Óscar Campillo, el triunfo de Zapatero sobre su rival, José Bono, por sólo nueve votos, se debió a las maniobras que llevaron a cabo Pepiño Blanco y José Luis Balbás.

A la vuelta de las vacaciones de verano, a finales de agosto, Prada me explicó que Zapatero había sido compañero suyo y de su mujer en la Facultad de Derecho de la Universidad de León y que, aunque no eran muy amigos, habían tenido siempre una relación cordial y habían coincidido con frecuencia. Me preguntó si me apetecía conocerle y, por supuesto, le dije que sí. De manera que, poco después, a principios de septiembre, Prada me concertó un encuentro con el entonces nuevo líder socialista y vino a comer conmigo mano a mano al Senado.

La comida se prolongó en una larga sobremesa, hasta el punto de que a mí me sorprendió que no tuviera prisa por marcharse. Cuando se fue, sobre las seis de la tarde, mis colaboradores más cercanos vinieron a preguntarme qué impresión me había causado el entonces muy desconocido Zapatero. Les dije que me había parecido guapo, simpático, educado, agradable, que sabía escuchar, que me había declarado que su primer objetivo era acabar con el rencor en las relaciones entre los políticos y, les añadí, que, sobre todo, «creía en España».

Aquellas palabras mías han sido después objeto de bromas y de expresiones del estilo de «¡que Santa Lucía te conserve la vista!». Sin embargo, los primeros meses de Zapatero al frente del PSOE parecieron confirmar aquella primera impresión mía. En diciembre de ese mismo año, a iniciativa del PSOE de Zapatero, PP y PSOE firmaron el «Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo», conocido también como Pacto Antiterrorista. Y durante todo aquel invierno Zapatero apoyó sin fisuras a Nicolás Redondo Terreros, que era el Secretario General del Partido Socialista en el País Vasco y su candidato a lehendakari en las elecciones autonómicas que iban a celebrarse en mayo de 2001. Unas elecciones a las que los socialistas y el PP, liderado por Jaime Mayor Oreja, se presentaron con el compromiso de llegar a un acuerdo para desalojar a los nacionalistas de Ajuria Enea. Fueron las elecciones de la foto de Fernando Savater levantando los brazos de Nicolás y de Jaime, en el mitin del Kursaal de San Sebastián, lleno de público.

«Hay quien dice que el cambio de actitud de Zapatero vino provocado por el famoso artículo de Cebrián a los pocos días de aquellas fallidas elecciones de mayo de 2001»

Y ahora aparece el otro vicepresidente del Senado, el alavés Javier Rojo. Pocos días antes de las Navidades de 2001 me pide hablar conmigo de la situación en el Partido Socialista del País Vasco. Rojo había sido hasta entonces el más entusiasta partidario de la unión de PSOE y PP frente a los nacionalistas y, sobre todo, frente a los terroristas. Habíamos ido juntos a Málaga al entierro del concejal del PP José María Martín Carpena, asesinado por ETA, y recuerdo su desconsuelo. Lo que me quería decir y me dijo es que Nicolás había tenido que dimitir de sus cargos en el Partido Socialista del País Vasco por no estar de acuerdo con las órdenes que venían de Ferraz de acabar con las buenas relaciones con el PP. Dicho en cristiano, a Redondo Terreros le habían echado. También me anuncia que será Patxi López su sustituto y Jesús Eguiguren el cerebro de la nueva línea que va a tomar su partido. Desde ese mismo momento, y en contra del Pacto Antiterrorista, Eguiguren inició sus contactos y negociaciones con la cúpula de ETA.

Patxi López tiene en común con Nicolás que los dos son hijos de dos sindicalistas de la UGT clandestina de tiempos de Franco. Pero ahí se acaban los parecidos porque Patxi carece de formación académica y todos sus sueldos —algunos muy suculentos— los ha ganado de la política, mientras que Nicolás es un abogado, formado en la Universidad de Deusto y que, a partir de aquella primera expulsión, ha sido muy capaz de ganarse la vida y, por consiguiente, tener libertad para decir lo que piensa y no lo que le mandan decir.

¿Qué había pasado para que el Zapatero que conocí en el 2000, el que apoyó la unión de populares y socialistas frente al nacionalismo, unos meses después echara a Nicolás para colocar a un indocumentado como López y a un condenado en firme por maltrato a su mujer como Eguiguren?

Hay quien dice que el cambio de actitud de Zapatero vino provocado por el famoso artículo de Cebrián en El País a los pocos días de aquellas fallidas elecciones de mayo de 2001, «El discurso del método», en el que criticaba esa unión y se mostraba partidario de que el PSOE siguiera cultivando las relaciones con el PNV. Tesis que luego desarrolló junto a Felipe González en el libro El futuro no es lo que era, publicado en octubre de 2001, en el que, además, acusan a Zapatero de blandura en sus relaciones con el PP, afirman que en el PP hay muchos restos de franquismo y abogan por llevar a cabo una revisión de la historia para denunciar los crímenes de Franco.

No sé qué es lo que llevó a Zapatero a cambiar de actitud, pero, sí sé que, desde aquellas Navidades de 2001 hasta hoy, no ha parado de profundizar en esas líneas y con él, su sucesor Sánchez. Que está llevando esos principios hasta el final. Por eso no le tiembla el pulso a la hora de expulsar a Nicolás, seguro de que en el PSOE no se va a mover ni una mosca porque están todos en la nómina que él, desde su poder absoluto, les ha concedido.

P.S. Al recordar todo esto me he vuelto a encontrar con el nombre de Eguiguren, que es, en sí mismo, una enmienda a la totalidad de todas esas llamadas feministas que han colaborado con el PSOE sin exigir que lo expulsaran del partido por maltratador. Es muy sintomático de lo que estamos viviendo que el PSOE hoy esté feliz con un maltratador en sus filas y expulse a una persona que defiende el espíritu de reconciliación de la Transición y de la Constitución de 1978. Es lo que hay.

 

El peor enemigo de la izquierda es su existencia. Ejemplo, Pedro Sánchez.

El peor enemigo de la izquierda es su existencia. Ejemplo, Pedro Sánchez.


Irene Montero comunicó a Carmen Calvo, antes de comenzar la investidura, que Podemos votaría NO a la "proclamación" de Pedro Sánchez por farsantes y demagogos. Pablo Iglesias, además, de desenmascarar a Pedro Sánchez y su banda, ha colaborado destacadamente en la supervivencia de España. Nos podemos felicitar de que la, llamémosle “negociación“, del PSOE con Podemos no se haya traducido en un pacto que hubiera metido en el seno del Gobierno a una formación que, primero, tiene muchas contraindicaciones políticas e ideológicas para poder sentarse a una mesa del consejo de ministros y, segundo, le habría complicado extraordinariamente la vida al Ejecutivo resultante porque, como se ha visto ya en sus propuestas para el acuerdo, la formación morada tiene sus propias reglas y sus propios propósitos y son ésos  los que hubiera intentado conseguir independientemente de que el resto de ministros caminara en una dirección distinta y hasta opuesta .

Le sobraba la razón hasta por los ojos a Pedro Sánchez cuando le decía a Pablo Iglesias desde la tribuna que no se podían tener dos gobiernos metidos en uno. O un gobierno encastrado en el otro. Pero es que además, la entrada de Podemos en el equipo gubernamental hubiera supuesto una auténtica amenaza para la economía de nuestro país y para la consecución de su equilibrio.

Con mucho motivo algunos de los ministros del actual Gobierno en funciones le pidieron estos últimos días al presidente que levantara unas barreras en esa negociación sui generis que han celebrado Podemos y PSOE de modo que, en el caso de que se llegara a un acuerdo de reparto de carteras -porque era de eso de lo único que se estaba hablando- los hipotéticos futuros titulares de ministerios pertenecientes a la formación morada no tuvieran de ninguna manera acceso, por ejemplo, a la Comisión Delegada de Asuntos Económicos ni a la de Seguridad Nacional ni a la de Asuntos de Inteligencia.

Y es que, retóricas de hemiciclo aparte, muchos de los miembros del Gobierno en funciones se preparaban aterrados ante la posibilidad de que un error garrafal del presidente hubiera abierto la puerta a ese gobierno de coalición que -digámoslo también ahora- nadie en el PSOE quiso nunca y menos que nadie lo quiso Pedro Sánchez.

Lo que hemos visto esta semana ha sido el resultado de un error de cálculo del presidente del Gobierno

Lo que hemos visto esta semana ha sido el resultado de un error de cálculo del presidente del Gobierno y de su asesor estratégico que ha podido llegar a costarle muy caro a él y al país en su conjunto. El error estuvo en cambiar de planes inesperadamente y decir en la televisión el jueves de la semana pasada que aceptaría la inclusión de dirigentes de Podemos en el futuro Gobierno. Eso era nuevo, nunca se había planteado porque tenía riesgos enormes y constituyó un error descomunal que nos ha podido costar muy caro.

Otra cosa habría sido que Sánchez se hubiera mantenido en la invitación a formar parte del Ejecutivo a personas próximas a Podemos y suficientemente cualificadas. Probablemente, Iglesias se habría acabado conformando con ese nivel de participación porque, al fin y al cabo, esos tres o cuatro ministros de la órbita del partido morado habrían podido jugar un papel a satisfacción de las dos partes. Pero Sánchez se pasó en su apuesta, convencido como estaba de que Iglesias nunca admitiría retirar su candidatura a formar parte del Gobierno, y con ese error llegó todo lo demás.

No tengan ustedes ninguna duda: el presidente está ahora mismo frustrado y disgustado porque su opción de presidir un Gobierno con todas las bendiciones parlamentarias se ha malogrado por el momento, pero también está profundamente aliviado de haberse quitado de encima esa fórmula suicida de un gobierno encajado en otro gobierno, que es lo que se habría producido con toda seguridad si  Iglesias llega a aceptar la última oferta del PSOE.

Y eso habría significado una situación de Gobierno con desdoblamiento de la  personalidad en perjuicio del equipo socialista en multitud de problemas, el primero de los cuales se habría desatado en cuanto el Tribunal Supremo hubiera hecho pública su sentencia condenatoria de los independentistas procesados.

Porque no nos engañemos: puede que Pablo Iglesias hiciera el esfuerzo de guardar un siempre incómodo aunque elocuente silencio a ese respecto pero muy pocos de los suyos le seguirían en el sacrificio y así tendríamos que miembros de un partido que forma parte del Gobierno de España sostienen que hay que sacar a los presos políticos de la cárcel porque este no es un Estado de Derecho y aquí se persiguen los delitos de opinión.  Es sólo un ejemplo de una infinidad de situaciones problemáticas a las que se habría tenido que enfrentar el presidente y sus ministros de haber tenido a Podemos metido dentro de casa.

Afortunadamente, Iglesias no ha estado muy diestro y ha dejado pasar la ocasión de meter una cuña en el Ejecutivo.  Ya digo que yo me alegro y que respiro aliviada. Creo también que va a ser muy difícil, mucho, que después de lo sucedido, se reanuden unas negociaciones que nunca fueron programáticas -lo explicó el propio Sánchez en la televisión- sino al 99% relativas a los cargos, pero que han dejado muchas heridas en ambos contendientes o interlocutores.

Los socialistas ya no se fiaban de los podemitas antes de esto pero a partir de ahora esa desconfianza va a pasar a ser granítica. Y los podemitas se han quedado compuestos y sin novia, humillados hasta el final por el golpe asestado por Adriana Lastra en los últimos minutos del duelo cuando Iglesias, en  un movimiento patético, se ofreció sobre la marcha a renunciar al ministerio  de Trabajo si se le adjudicaban las políticas activas de empleo: “Señor Iglesias, ¿no sabe usted que las políticas activas de empleo están transferidas a las comunidades autónomas? Quiere usted conducir un coche y no sabe donde está el volante”.

No van a reanudarse los contactos para pactar una entrada en el futuro Gobierno de dirigentes del partido morado. No quiere Sánchez, no quieren sus ministros y no quieren los dirigentes de Ferraz, Sí querían los abajo firmantes de siempre y algunos colegas de esta profesión, además, seguramente, de muchos votantes de izquierdas. Pero, visto de cerca, es mejor que el morlaco se vuelva a los corrales y que tengamos así la fiesta en paz.

El resultado final de la sesión de investidura más torpe y peor planteada de todas las que se han producido en la historia de nuestra democracia es que Pedro Sánchez ha fracasado en su intento.

Hay que decir que una gran parte de la culpa es suya porque llegó a este proceso prácticamente con las manos en los bolsillos; habiendo metido la pata en el último momento con eso de admitir a los dirigentes de Podemos como miembros de su futuro Gobierno; habiendo señalado además al partido morado como “socio preferente” sin haber  celebrado la menor negociación de programas; sin haber hablado con quienes se suponía que le habían de proporcionar los votos para ser investido -todos ellos se lo han reprochado durante las sesiones parlamentarias- y, simultáneamente, lanzando a la bancada de los partidos conservadores la petición, que él convirtió sorprendentemente en “exigencia”, de que se abstuvieran para facilitar la constitución de un Gobierno.

Pero “soplar y sorber, todo no puede ser”. O se cierra una  negociación seria y sólidamente construida con los posibles socios de investidura que  garanticen su apoyo más allá de la sesión de entronización y se extienda a un respaldo a la acción del gobierno en los años sucesivos, o se ofrece a los partidos de la oposición conservadora  algún tipo de pacto que puede concretarse de manera más precisa en los acuerdos de Estado de Casado ofreció a Sánchez sin que éste se haya dignado en recoger el guante lanzado y darle una respuesta positiva. Pero intentar meter a Podemos en el Gobierno apoyándose en la abstención del PP no parece una pretensión muy sensata. Pero es lo que ha estado pidiendo todos estos días el presidente del Gobierno en funciones.

La investidura ha fracasado porque estuvo mal planteada desde el comienzo. Pero aquí no ha acabado nada, salvo que el encargo del Rey a Pedro Sánchez ha decaído en cuanto se ha procedido al recuento de votos. ¡Y ahora resulta que septiembre existe! Lo digo porque durante estas semanas el planteamiento del presidente en funciones era: o salgo investido en esta sesión o nos vamos a elecciones en noviembre.

Septiembre se había esfumado del calendario. Bien, celebremos que el mes haya regresado a él y a los planes presidenciales. Porque sucede que, dado que la suya es la única alternativa viable de Gobierno, está obligado a partir de ahora a explorar todas las vías posible para volver en septiembre a otra sesión de investidura antes del día 23 con los deberes hechos y los apoyos y las abstenciones bien amarradas antes de salir a la tribuna.

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El PSOE ofrece a Podemos una vicepresidencia (mujer, la 5ª) sin poder y el ministerio de industria, pero con Ministro de Sánchez. Los socialistas se levantan de la mesa y….


Carmen Calvo y Echenique


El PSOE espera una respuesta a la última oferta que la vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, ha puesto este mediodía sobre la mesa al negociador de Podemos, Pablo Echenique. Una oferta que incluye como contraprestaciones más destacadas una vicepresidencia con contenido y competencias sociales para una mujer con peso político en Podemos y el Ministerio de Industria, aunque en este caso el ministro lo elegiría Pedro Sánchez entre los cuadros de la formación morada.

La última oferta de los socialistas a la formación de Pablo Iglesias, que fuentes de Ferraz consideran la definitiva, continúa siendo "insuficiente" para Podemos, según fuentes cercanas a este partido. Creen que las múltiples cesiones que han hecho para facilitar la negociación y el acuerdo, como el paso atrás de Iglesias o la abstención en la primera votación de ayer martes, no están siendo atendidas por el PSOE.

Tras la reunión celebrada este miércoles al mediodía, las negociaciones vuelven a estar en una posición de encallamiento. Los socialistas consideran que Podemos "están en una posición de máximos" mientras que los morados creen que "el PSOE no se mueve" del punto inicial cuando el viernes iniciaron el diálogo.