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Junts votará en contra del primer decreto importante del Gobierno Sánchez

 

El expresidente Carles Puigdemont explicando el pacto de Junts con el PSOE


Junts votará en contra del primer decreto importante del Gobierno Sánchez

Los independentistas consideran que uno de sus artículos frenarían la aplicación de la ley de amnistía

Apenas ha comenzado la nueva legislatura y ya se ha dado la primera rebelión de los socios contra el Gobierno de Pedro Sánchez porque Junts ha confirmado a TVE que votará en contra del llamado 'decreto omnibús', el primero importante de la legislatura porque contiene un artículo que considera que frenará la aplicación de la futura Ley de Amnistía.
Este viernes el PSOE se reunirá con Junts para tratar la aprobación del Decreto Ley sobre medidas urgentes para la ejecución del Plan de Recuperación, Transformación y Resilencia en materia de servicio público de justicia, función pública, régimen local y mecenazgo.
Sin embargo, tanto los catalanes como los nacionalistas vascos del PNV ya alertaron acerca la presencia de un artículo, el 43 bis, sobre las consultas prejudiciales que podría ralentizar la aplicación de la Ley de Amnistía que fue el único motivo por el que los catalanes respaldaron la investidura de Pedro Sánchez.
En concreto, este artículo afirma que «el auto de planteamiento de la cuestión prejudicial ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea acordará la suspensión de las actuaciones hasta que conste en autos la resolución del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que decida la cuestión prejudicial o se acuerde la retirada de la cuestión prejudicial».
Tanto la portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, como el responsable institucional del PNV, Koldo Mediavilla, han advertido estos días a Pedro Sánchez que no lleve el Decreto Ley al Congreso si no cambia ese artículo, que es de nueva redacción.

Comisión de Justicia

El anuncio de Junts coincide, además, con la reunión extraordinaria de la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados que tendrá lugar este viernes en la Cámara Baja.
Esta reunión, en la que seguro que saldrá a debate también el 'Real Decreto omnibús' se abordarán las enmiendas a la totalidad de la Ley de Amnistía que presentaron PP y Vox. La comisión deberá calificarlas

La amnistía, antes de la investidura; el reféndum, después.

Debate de investidura en el Congreso tras el inicio de Feijóo
Cada vez que, de una manera pública, Pedro Sánchez invoca y asegura que todas sus acciones se hallan dentro de la Constitución queda flotando en el aire un agudo aroma de cinismo. Y nadie lo ha expresado mejor que uno de sus turiferarios que escribió como loa que una de sus características que lo definen es que «no se siente concernido por sus palabras, sino por sus objetivos». O sea, que diga lo que diga da lo mismo, hará lo contrario, como hemos visto a lo largo de su trayectoria, desde que tener cerca a Podemos le quitaba el sueño, nunca accedería a la Moncloa, porque era incompatible con sus principios, con el apoyo del independentismo o aquello del «no es no y nunca es nunca» en cuanto a pactar con Bildu. Pedro Sánchez asevera que las decisiones dentro de su partido se toman colegiadamente. Es más, en enero de 2015, en un foro público afirmó que las posturas del partido ya no las decidían entre cuatro. 
 
Cabe preguntarse en qué programa electoral del PSOE figura la amnistía, qué órgano colegiado del partido la ha aprobado, en qué ponencia o resolución de sus congresos fue tratado el asunto, o qué resolución de su ejecutiva o de la comisión federal ha aprobado, propuesto o debatido este asunto, cuyas decisiones ya no se toman entre cuatro. El PSOE dejó el voto contrario a la amnistía, cuando el asunto fue planteado en el Congreso por los consocios de Sánchez. Pero el caso avanza por la pura y simple necesidad de que es el precio que sus consocios actuales y futuros le marcan para que Sánchez pueda seguir subiendo al Falcon.
 
Y en este trance, como hay que buscar perchas para colgar la amnistía, que es precio de negocio entre tratantes, ni siquiera tienen el decoro de no decir memeces: la ministra de Educación y Formación Profesional en funciones y portavoz del PSOE, Pilar Alegría, ha afirmado que las negociaciones con los grupos parlamentarios para la investidura del candidato socialista, que incluye la amnistía, «avanzan de manera razonable». Y dice que la amnistía a los implicados en el «procès» no solo la piden los independentistas, sino varias fuerzas políticas, que suman en total «57 diputados», o sea, una amplia mayoría a la que el PSOE debe ser sensible. ¡57 de una cámara con 350, y casi la mitad en contra.
 
Pero, como le advierten a Sánchez ERC y Junts, la amnistía no es puerto de llegada, sino estación intermedia de lanzamiento hacia la otra e irrenunciable meta, el referéndum de independencia. Y para eso ya tienen apoyos. No dudan en tergiversar el contenido del artículo 92 de la Constitución, donde entienden que se puede encajar el referéndum consultivo que es como llaman ahora al de la independencia. El artículo 92.1 CE que dice que «las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos. El referéndum será convocado por el Rey, mediante propuesta del presidente del Gobierno, previamente autorizado por el Congreso de los Diputados». Dice «todos», y todos es todos. No una parte, como algunos quieren decir, limitando la consulta a quienes, insisto en ello, tengan vecindad civil en determinadas parcelas del territorio nacional. Como señala Oliver Araujo (Cfr.Oliver Araujo, Juan: «El Referéndum en el sistema constitucional español» en Cuadernos de la Facultad de Derecho, 15 (Palma de Mallorca, 1986), págs. 95-148): «El referéndum consultivo es figura interesante, tanto por sí misma como, sobre todo, por lo que significa de nuevo intento de incorporar a una Constitución eminentemente representativa algunas fórmulas de democracia directa».
 
Y pese a la claridad del artículo citado, entienden que el Gobierno pudiera celebrar un referéndum limitado a la población de Cataluña. Me pregunto si, salvo ejercicio de física recreativa, alguien puede sostener razonadamente que el 16 por ciento de la población española pueda decidir si es preciso proponer, exigir o imponer, que es el término más adecuado, la reforma de la Constitución, para desmontar el Estado tal y como lo configura la de 1978 y proceder a habilitar lo que, en todo caso, tampoco sería unánime criterio de los ciudadanos con domicilio en Cataluña que forman parte de ese 16 por ciento de la población. Pero jugando a su gusto con nuestra Carta Magna, ya vemos que algunos la proponen y amparan la celebración de un referéndum (disimuladamente deliberativo), cuando es obvio que los referenda (que es como se debe decir en plural) se hacen para algo, para que tengan consecuencias y efectos en su aplicación y no un mero ejercicio de consulta sin consecuencias. La consecuencia de lo que se proponen es una medida, cuyos efectos alcanzarían al otro 84 por ciento de los españoles, espectadores ajenos de lo que decidieran ese otro 16 por ciento por si solos.
 
Señala Oliver que el aspecto «más importante y a su vez más problemático que plantea el referéndum sobre decisiones políticas del artículo 92 es el de precisar el alcance y significado del término consultivo». O sea, que esa es la cuestión y donde aparece el sentido común. Parece absurdo, por decirlo de modo templado, que el futuro del Estado y la modificación de la Constitución que lo define y sostiene lo decidan los avecindados en una parte del territorio, la trampa subsiguiente es la pregunta. ¿Cómo se puede sostener una pregunta como la que se propone para que no «todos» los ciudadanos se pronuncien sobre algo que afecta al conjunto, y que en todo caso deberían ser consultados? De la pregunta ya circulan varios modelos, pero todos llevan al mismo sitio: el modo de que Cataluña deje de ser parte de España.

Los españoles acabaremos votando a nuestros corruptos, a nuestros propios asesinos, a quienes nos miente….



“La democracia es el engendro del despotismo”, dijo Frazier, mientras discutía con sus invitados acerca de las virtudes de su comunidad frente a los inconvenientes de un sistema democrático (B. F. Skinner, Walden Two). No dejaba de tener parte de razón. La democracia dejada a su aire, anegada en la suma y resta de voluntades individuales, no constituye sino un error cuyo único principio rector se asienta en que las decisiones se adopten de acuerdo con la regla de la mayoría, con independencia de aquello que se decida. Si se entendiera de este modo, la democracia no sería sino expresión del despotismo de la mayoría.

 

La única manera de evitar los excesos del imperio de la mayoría, es la de establecer límites a su ejercicio. Si bien, estos no pueden imponerse desde fuera a quien definimos como soberano, el pueblo, pues si así se hiciera, dejaría de serlo. Este es el primer problema con el que nos enfrentamos cuando hemos de concebir qué sea la democracia y el punto central sobre el que la misma se constituye, la soberanía del pueblo. Solo es posible evitar esa dificultad si fuésemos capaces de pensar ese poder en términos normativos. Esto supone que el poder político, especialmente el del gobierno, se diseñe de manera condicionada, lo que implica que solo pueda actuar justificadamente por medio del derecho.

 

Cuando se tacha al presidente del Gobierno de tu país como semileal, parece que se afirmara que actúa de alguna manera al margen o frente al mismo derecho. Sin embargo, nuestro presidente ha sido elegido democráticamente y de acuerdo con los procedimientos establecidos por nuestra norma fundamental. Una vez celebradas las elecciones, nuestra Constitución afirma que en los supuestos constitucionales en que procede, el candidato a la Presidencia del Gobierno expondrá ante el Congreso de los Diputados el programa político del Gobierno que pretenda formar y solicitará la confianza de la Cámara. Si el Congreso se la otorgara, el Rey ha de nombrarlo. La función del presidente consiste en dirigir la acción del Gobierno que, a su vez, ejerce la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y las leyes. Así pues, el presidente encabeza el poder ejecutivo que emana, como los otros dos poderes del Estado, el legislativo y el judicial, del pueblo español, en quien reside la soberanía nacional, cuya voluntad se expresa en las urnas por medio del ejercicio del derecho de participación por parte de la ciudadanía. Asimismo, la propia Constitución recuerda que el Gobierno ha de perseguir el interés general.

 

La prueba de la lealtad que una persona o un partido tiene con un régimen democrático se encuentra en “el compromiso público [que posee para] emplear medios legales a fin de llegar al poder y rechazar el uso de la fuerza” (J. Linz, La quiebra de las democracias). Por eso, se puede calificar a aquellos grupos políticos “que cuestionan la existencia del régimen y quieren cambiarlo”, como oposición desleal. Esto habría que entenderlo en consonancia con lo anteriormente afirmado, es decir, que ese cambio de régimen se llevaría a cabo al margen de la ley e incluso mediante el uso de la fuerza.

 

Sin embargo, Linz afirma que el proceso de quiebra de la democracia no se explica solo por el papel que desempeñe una oposición desleal, sino que también puede acontecer por el que lleve a cabo una oposición semileal. Cuando trata de explicar qué es en lo que consiste esa semilealtad de la oposición, considera que no solo cabe atribuirla a la oposición, sino que también se puede predicar de los mismos partidos de gobierno. Esto es lo que sucedería en el caso de que el presidente del Gobierno hubiera conseguido “el apoyo de partidos que actuaron deslealmente contra un Gobierno previo”. Además, se ahonda en esa semilealtad, cuando se muestra mayor afinidad hacia “los extremistas”, que “con los partidos moderados”.  Dice Linz que en estas circunstancias “la sospecha de semilealtad es casi inevitable”. La consecuencia de los pactos con fuerzas “que la oposición dentro del sistema percibe como desleales”, conducirá, en su opinión, a la polarización.

 

Justamente, este es nuestro caso, un Gobierno que se apoya en partidos desleales, con los que se encuentra en una situación de mayor proximidad que con aquellos que defienden nuestro sistema constitucional. Este proceder ha generado una sociedad absolutamente polarizada. ERC, aunque no solo este partido, participó en el intento de golpe de Estado llevado a cabo entre septiembre y octubre de 2017 en Cataluña y actuó de manera desleal con el Gobierno previo al de Sánchez. Bildu posee una trayectoria de deslealtad con el sistema democrático que ha durado décadas. Hoy siguen celebrándose ongi etorris, los homenajes que se realizan para recibir en sus pueblos a ex terroristas que nunca se arrepintieron de lo que hicieron ni colaboraron en la resolución de los crímenes pendientes, casi la mitad de ellos. Estos actos persiguen la glorificación y legitimación de sus acciones de terror, es decir, la justificación del asesinato político. No es posible sostener que esos homenajes sean correctos, por más que ni estén prohibidos ni se ilegalicen. Ni el crimen político ni su defensa caben en una democracia que se considere sana. La democracia tolera la discrepancia, pero siempre dentro de la ley. La ley está para cumplirla, pero también para cambiarla, si es que nos parece inadecuada, pero nunca para violentarla. Se trata, pues, de dos formaciones políticas desleales que constituyen parte de la mayoría parlamentaria que aguanta al Gobierno. El caso de Unidas Podemos es diferente pues si bien cuestionan la existencia del régimen de 1978 al no reconocer la soberanía del pueblo español y defender el derecho de autodeterminación de los diferentes pueblos de España, es cierto que no han actuado, por ahora, al margen de la ley ni han usado de la fuerza.

 

Sánchez se apoya en partidos desleales, que actuaron al margen del derecho o lo hicieron mediante el uso directo de la fuerza, que siguen reivindicando de manera torticera. El presidente sostiene el Gobierno, que es el de todos, con partidos que actuaron deslealmente frente a Gobiernos previos, a pesar de lo cual, muestra por ellos una mayor cercanía, que la que posee por adversarios, que, pensando distinto, son leales con el sistema constitucional. Finalmente, gobierna en coalición con quien cuestiona la existencia del régimen y quiere cambiarlo.

 

Esto nos lleva a concluir que el partido de gobierno y, en consecuencia, quien lo preside, es semileal. Esta actitud es la que explicaría ciertos comportamientos del ejecutivo. Un Gobierno que indulta, sin entrar ahora en las razones en las que se apoyó, a políticos desleales que actuaron al margen de la legalidad y que afirmaron que volverían a hacerlo; un Gobierno que otorga o facilita que se concedan beneficios penitenciarios a ex miembros desleales de una banda armada, pues usaron de la fuerza, el asesinato político, para conseguir sus fines, sin que hayan mostrado,  todo lo contrario, el más mínimo arrepentimiento ni colaboración con la justicia, un Gobierno que no presta la atención debida a las resoluciones judiciales. En definitiva, un Gobierno que posee dos almas, una de las cuales defiende la destrucción de nuestro sistema constitucional y la creación de una alocada confederación de no se sabe qué.

 

La condición de este Gobierno fomenta el clima de polarización que vive nuestra sociedad, así como conduce a que encuentre una gran dificultad a la hora de afirmar su autoridad, pues resulta contradictorio que esta se asiente en quienes quieren destruirla. Todas estas son, finalmente, las razones que explican el momento delicado que padecemos, en el que aquellos que quieren demoler el Estado, se han sumado a su dirección de la mano de quien es semileal con nuestro Estado democrático de derecho.

La vergonzosa "gala" entre Cs y VOX obligará a que los votantes pongan las pautas limitadoras que exige la democracia.


JP Logística

El bochornoso espectáculo entre VOX y Cs en Murcia y el que se espera en Madrid, posiblemente marquen las pautas limitadoras que exige la democracia que obligarán a extremistas, terroristas, independentistas, populistas y embaucadores a abandonar la política  resultante de las elecciones.  No es la primera vez, pero sí es la más contundente prueba del nivel de frívola irresponsabilidad con el que se desenvuelven estos nuevos partidos que iban a enseñar a los otros cómo se hace política de la buena. Bien, ya lo estamos viendo. Se hace así, saboteando gobiernos, negándose a sentarse con aquellos cuyos votos necesita el que se siente ofendido ante la sola idea de estampar una mera firma en un documento en el que coincide con su, ya no adversario sino directamente enemigo, “al 99%” o levantándose de la mesa porque alguien a unos cuantos cientos de kilómetros se ha permitido despreciar el nivel de la negociación hasta dejarlo en un al parecer demasiado humillante “tomar un café”.

Éste es el nivel en el que este jueves se estuvieron moviendo unos políticos que, en el caso de Murcia, han estado dispuestos a dejar a la región varada hasta no se sabe cuándo y a los que no parecen importarles nada las necesidades de los ciudadanos a cuyo servicio se suponía que trabajaban. Murcia se queda sin nuevo gobierno y ahora, como se han enfadado los unos con los otros, ya no se quieren volver a hablar. Así tal cual lo ha dicho el murciano Teodoro García Egea, secretario general del PP y presente y activo en la negociación fallida que habría de dar el gobierno a su candidato Fernando López Miras.

Cuando crezcan y maduren, que me llamen, mientras tanto no tengo nada más que hablar con ellos, ha venido a decir García Egea, quien ha calificado el comportamiento de los de Vox de “grotesco”. Tiene razón, vaya si la tiene, pero no menos grotesca es la postura y también la actitud de los dirigentes de Ciudadanos, que siguen manteniendo la pretensión inaudita e inadmisible de beneficiarse de los votos de un partido al que le niegan incluso posibilidad de sentarse con ellos. Eso del “grandísimo esfuerzo” que en opinión  de Egea había hecho el representante de Ciudadanos por compartir esa conversación con Luis Gestoso, el negociador de Vox en el parlamento murciano, sonaría a broma si no fuera porque retrata milimétricamente hasta dónde han llegado las cosas. No se puede llegar a menos.

Naturalmente, en Madrid han quedado de momento paralizadas las conversaciones que, si nos atenemos a la versión suministrada por fuentes próximas a la candidata del PP a la presidencia de la Comunidad de Madrid, tienen a Isabel Díaz Ayuso literalmente desesperada. El gobierno de Madrid también está en el aire.

Esto es lo que tiene compartir acuerdos de gobierno con partidos incapaces y que se han demostrado inútiles para cumplir con su única obligación institucional, que es la de servir a los ciudadanos a los que han pedido su apoyo precisamente para devolvérselo en forma de esfuerzo y de trabajo en favor de la comunidad.

Eran otros tiempos, pero aquella idea tan atractiva de que el bipartidismo por fin cedía su dominio para dar paso a un pluripartidismo liberador y la mar de democrático se ha revelado un fiasco

España no es país para pactos, ya lo estamos viendo. Y aquella idea tan atractiva de que el bipartidismo por fin cedía su dominio en la vida política española para dar paso a un pluripartidismo liberador y la mar de democrático se ha revelado un fiasco. Ninguno de los partidos que ha nacido a un lado y al otro de los dos grandes -que siguen siendo y serán por mucho tiempo el Partido Popular y el Partido Socialista- está cumpliendo la función para la que se suponía que habían llegado.

Podemos se debilita por momentos y no tiene más afán que el de su líder Pablo Iglesias por sentarse a la mesa del consejo de ministros. Ya le ha dicho Pedro Sánchez que no y se lo ha dicho muchas veces, la última este jueves por la noche en Tele5 con un argumento que no había usado hasta ahora y que es el más inapelable de todos: porque con sus posiciones, reiteradas hasta la saciedad por el propio Iglesias, sobre el desafío independentista catalán no puede formar parte del Gobierno de España. Fuera de esa obsesión, Podemos no ha podido ni siquiera amortizar en su propio beneficio iniciativas como la subida del salario mínimo interprofesional porque, como siempre pasa, quien se beneficia políticamente de una medida es quien la toma efectivamente, es decir, el Gobierno. Esto lo saben hasta los tontos.

Pedro Sánchez dio un argumento que no había usado hasta ahora: con sus posiciones sobre el desafío catalán, Iglesias no puede formar parte del Gobierno

Fuera de eso, Podemos nació con un propósito: dar la vuelta al “régimen corrupto” del 78 y a la Constitución que lo había consagrado. Pero ahora se ha quedado en un punto de fragilidad mendicante que lo hace perfectamente prescindible si de lo que hablamos es de una fuerza de nuevo cuño capaz de darle la vuelta a los modos de la llamada por Iglesias, pero no sólo por él, “vieja política”. Para hacer, y hacer mejor, lo que está haciendo él ya teníamos a Izquierda Unida, que se ha diluido entre las filas de Podemos pero que cumplió en su día un papel digno aunque minoritario, el mismo que le está destinado en el partido morado. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.

¡Y qué decir de Ciudadanos! Como ya le hemos dedicado unas cuantas consideraciones críticas, no vamos ahora a repetir los argumentos. Sólo a insistir en que ha dejado de cumplir con su objetivo primero, que fue oponerse al avance del independentismo en Cataluña porque, una vez alcanzada la hazaña histórica de ganar las elecciones en esa comunidad autónoma, ha dejado al partido desmantelado allí y se ha propuesto cumplir un sueño que no va a poder lograr, que es el de alzarse con el liderazgo de la derecha en España.