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Pedro Sánchez sabe que barrunta terror y miseria. Pero ahora solo le preocupa como hundir más España.

 

                                                     PARA OTOÑO A PEDIR

Pedro Sánchez sabe que barrunta terror y miseria. Pero ahora solo le preocupa como hundir más España.

«Es el momento de remangarse, ir más allá de la política de parches que no logra doblegar los precios y alcanzar un pacto de rentas y que los dos grandes partidos acuerden un programa de medidas económicas»

La inflación supera por primera vez desde 1985 los dos dígitos en España: 10,2%. Entonces no estábamos en la Comunidad Europea y el Gobierno socialista de Felipe González, que llegó al poder en 1982, capeaba una grave crisis fruto de la reconversión industrial y hacía lo posible por doblegar los precios para presentar al país como un candidato solvente de cara a su ingreso en la unión. Los tipos de interés llegaron a superar el 14%. La deuda pública se situaba en el 42% del PIB y el déficit en el 4,7%. Y tales desequilibrios se identificaban como un serio problema: La enfermedad crónica del déficit público, titulaba el diario El País por esas fechas. Hoy, con una deuda pública que supera el 120% del PIB y un déficit en el 6,87% después de haber rozado el 11% hace un año, los tipos de interés están en el 0,25% o en el menos 0,50% para los bancos que depositan su dinero en vez de dar crédito. ¿La diferencia? Estar bajo el paraguas de la unión monetaria. Esto va para quienes desde el ala izquierda del Gobierno de coalición acusan al BCE de estar a punto de hacer terrorismo monetario por su decisión de subir los tipos de interés a final de este mes para contener la inflación, como por otro lado le obliga su mandato. Añoran, parece, la soberanía de la política monetaria que nos obligaría a elevarlos por encima de los dos dígitos.

  Por Juan Pardo

juanpardo15@gmail.com

Blog de Juan Pardo

El otoño se presenta negro. Y, con una inflación galopante y unas previsiones de crecimiento mermadas, será socialmente explosivo. De poco le servirá al Gobierno más progresista de la historia echar la culpa a un desalmado BCE. Es el momento de remangarse, ir más allá de la política de parches que no logra doblegar los precios y alcanzar un pacto de rentas y que los dos grandes partidos acuerden un programa de medidas económicas. Después de los achuchones, risas y abrazos a profusión dados y recibidos en la exitosa cumbre de la OTAN, a Pedro Sánchez le toca aterrizar en la prosaica realidad nacional. Mal que le pese.

 

El presidente se ha puesto muy institucional reclamando un pacto «por encima de las ideologías» para cumplir con la promesa hecha a sus socios atlantistas de subir el presupuesto militar al 2% del PIB. Un objetivo que le será imposible sacar adelante sin el apoyo del PP. Pero el Gobierno no hace nada por allanar el camino hacia el consenso. Más bien al contrario. Continúa con su huída hacia adelante sobre todo si arrecian los problemas. Frente al pésimo dato de inflación de junio y el escándalo, otro más, en torno al asalto a la dirección del Instituto Nacional de Estadística (INE) y el Consejo de la empresa de mayoría pública Indra, el Gobierno pacta con Bildu la redacción de la Ley de memoria Democrática. Una memoria selectiva que nos aleja del espíritu de concordia que marcó la Transición.  Y que le sirve para azuzar la división.

 

Así que lejos de buscar el consenso, seguimos en las mismas. Y el momento, pese a las buenas intenciones declaradas durante la reunión de la Alianza Atántica con respecto a la defensa de Ucrania, es delicado. El deterioro del bienestar económico de las economías avanzadas, especialmente las de la UE por su elevada dependencia energética de Rusia, va a intensificarse. Y a medida que se prolongue la guerra, crecerán las voces partidarias de alcanzar un acuerdo con Moscú para poner fin al conflicto. Y se eleva el riesgo de que el apoyo ciudadanos a sus compatriotas europeos ucranianos vaya en descenso. Aunque ello suponga una claudicación ante el genocida Putin. ¿Integridad territorial? ¿Respeto a la ley internacional?

 

Es más fácil vestirlo de posibilismo bienintencionado. Sobre todo porque es infinitamente más complicado gestionar la crisis económica en ciernes. Especialmente si el Gobierno se empeña en hacerlo solo y con medidas improvisadas que no están ayudando a doblegar la inflación y benefician a quienes menos lo necesitan. Como por ejemplo, el descuento en el consumo de combustibles, que ha permitido a las petroleras aumentar sus márgenes una media del 23,7% por la venta de gasolina y gasóleo, como denunciaba recientemente la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia. Un dinero público que va a engordar su cuenta de resultados en lugar de ser utilizado para dar ayudas directas a los sectores más afectados (las industrias de uso intensivo de energía como el acero o la automoción, el transporte público o la distribución de mercancías, el sector agrícola o la pesca) y disuadir el consumo privado de combustible. Porque de eso se trata. Europa está en guerra, aunque las bombas cagan a 3.7000 kilómetros, y toca asumir un coste por defender nuestros derechos y libertades.

 

¿Puede el Gobierno permitirse seguir improvisando medidas e ignorar las propuestas económicas de un partido de la oposición claramente reforzado por la victoria de este último en Andalucía? Hay tres motivos por los que podría seguir haciéndolo. La fuerte subida de la recaudación por IVA debido a la subida generalizada de los precios al consumo, que ha elevado a 97.000 millones de euros los ingresos fiscales hasta mayo, un 19% más. La entrada de dinero de los fondos europeos NextGen, aprobados para superar los efectos de la pandemia, y que suponen un ingreso extra de 77.000 millones de euros en ayudas directas y 70.000 en forma de créditos blandos. Y la voluntad mermada de los habituales países acreedores y más rigurosos fiscalmente, con Alemania a la cabeza, de ejercer el control sobre el gasto de esos fondos, desbordados como andan con la gestión de su potencial desabastecimiento de gas ruso, del que su economía depende en casi un 65%, y con la inflación en unas tasas insoportables para el país europeo con más fobia al aumento de los precios dado su pasado reciente.

 

«Hay mucho dinero para gastar y poco tiempo», decía la semana anterior la ministra portavoz del Gobierno y ministra de Política Territorial, Isabel Rodríguez. Más allá del riesgo que esta declaración entraña al poder perder España la oportunidad de transformar su economía con el maná europeo, es el mensaje opuesto que debe lanzar el Gobierno a unos mercados financieros que se han están deshaciendo de los bonos soberanos de los países periféricos con mayores desequilibrios fiscales. El resultado ha sido una subida de interés de los tipos a los que el Estado español financia su déficit. El BCE, mientras, intenta desesperadamente evitar una nueva fragmentación de la eurozona. Su presidenta Christine Lagarde trata de imitar a su predecesor, Mario Draghi y anuncia también que hará whatever it takes para evitar esa divergencia. Pero el contexto inflacionista limita su margen de maniobra y mercado espera aún una fórmula que dé credibilidad a su advertencia.

 

Estar bajo el paraguas de la UE nos permite estar en una situación mucho más amable que la de hace 37 años. Pero los desequilibrios amenazan con seguir creciendo. Como demuestra la evolución de la inflación subyacente, que es lo peor del dato publicado esta semana por el INE. Está en el 5,5% (seis décimas más que en mayo y 3,1 puntos más que en enero). Es la tasa que marca la tendencia de los precios, al margen de los componentes más volátiles como la energía y los alimentos y que será más difícil de doblegar sin riesgo de entrar en una recesión.

 

¿Corregirá la inflación su tendencia? Juan Manuel Rodríguez de Poo anunció esta semana su dimisión al frente del INE después de que el Ejecutivo cuestionase los datos del IPC y el PIB. ¿Bajará el primero y subirá el segundo a partir de ahora? No es descartable que los nuevos responsables introduzcan algunos retoques en el cálculo de estos índices. Es lo que ha venido reclamando el Gobierno al Instituto desde que los datos publicados por el mismo sobre el crecimiento y la inflación le resultan adversos. La tozuda realidad ha de amoldarse a sus intereses. En ese empeño, ¿qué otras entidades u organismos pueden estorbarle aún? ¿La AIReF? ¿El Banco de España presidido por un Pablo Hernández de Cos que es constante blanco de las críticas de los socios podemitas?

 

Unos socios que ya han avisado que no apoyarán el aumento del presupuesto en el gasto de defensa que persigue Sánchez. Ante sus socios de la OTAN, el presidente se ha presentado España como un miembro leal y fiable. Pero el martes se sentará en un Consejo de Ministros con varios miembros contrarios a la Alianza y al envío de ayuda militar a Ucrania. Ni siquiera la adhesión voluntaria al pacto atlantista de dos países progresistas como Suecia y Finlandia, les baja de la burra. No. Es preferible seguir con la pretensión, bastante obscena ante el genocidio del pueblo ucraniano, de ser los guardianes de la moral cuando son los campeones de la polarización. El general Gutiérrez Mellado ya se lo advirtió a Felipe González: «Debajo de los rescoldos sigue habiendo fuego». Y desgraciadamente, políticos que hoy lo siguen explotando. Son los responsables de que los pactos necesarios para capear unidos el otoño negro que se avecina estén más lejos de lo que desea y merece una ciudadanía, quiero pensar, mucho más razonable que su clase política.

 Por Juan Pardo

juanpardo15@gmail.com

Blog de Juan Pardo

Al final, Pedro Sánchez tendrá que sustituir a sus ministros por maniquíes.


Blog de Juan Pardo

En España, como en el resto del mundo, cada vez que ha gobernado el socialismo ha sido un desastre total, pero si se da la circunstancia que lo hace con el apoyo de las sectas terroristas que más odian España, viene lo que viene, o sea, miseria y compañía. El Banco de España, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, prestigiosos centros de estudios como el BBVA e incluso el propio Ministerio de Economía son solo algunos de los numerosos organismos que desde hace meses alertan al Gobierno de la necesidad de dotar a la economía española de una estabilidad que desde la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa brilla por su ausencia, amenazando gravemente lo conseguido tras la crisis a costa del esfuerzo de los españoles. 

El último toque de atención llegó ayer y fue mucho más severo que los anteriores, tanto por su emisor como por su contenido: sin tapujos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha exigido al presidente que incluya en los Presupuestos de 2019 "un paquete de medidas creíbles".

El informe del FMI sobre la revisión anual de nuestra economía es demoledor. Primero por la evidencia manifiesta: la explícita desconfianza hacia la política económica del Gobierno, lastrada por los continuos bandazos, desautorizaciones y globos sonda. El regulador internacional ha revisado a la baja la previsión de crecimiento para este año, constatando la desaceleración; advierte de los ineludibles retos estructurales -la elevada deuda pública, el alto desempleo, sobre todo juvenil, un lento aumento de la productividad, etcétera- y fía el revertimiento de la situación a una política integral, no a parches y ocurrencias peregrinas. Con toda lógica, el FMI circunscribe la estabilidad de nuestra economía a la puesta en marcha de los Presupuestos, y no esconde el riesgo que supone que, a octubre de 2018, el documento que debe fijar el rumbo de 2019 no exista ni tenga visos de tramitarse exitosamente. Si la credibilidad de Sánchez ya no gozaba de buena reputación en el ámbito doméstico, este varapalo coloca en el escaparate internacional la debilidad de un Ejecutivo constituido gracias a una moción de censura poco constructiva, con una dependencia absoluta de socios indeseables que someten a chantaje el futuro del país con ultimátum inconstitucionales e inadmisibles.

El FMI no se limita a unas líneas generales sino que dispara al centro de la diana: vincular el alza de las pensiones al IPC pondría en peligro la sostenibilidad del sistema. En un ejercicio de pedagogía un tanto sonrojante de puro elemental -quizá a la vista de las contradicciones entre Magdalena Valerio y Nadia Calviño-, el organismo señala que "a menos que exista una correspondencia entre ingresos y gastos, no podrá evitarse una futura reducción de las pensiones". Bien haría el Gobierno en prestar atención y servirse del Pacto de Toledo para aprobar, con el máximo consenso posible, una reforma que garantice la viabilidad del sistema.

La devaluación del Euro fortalece la economía de la UE.


El petróleo y la divisa son los dos indicadores más importantes para la economía de un país están bajando y de forma, totalmente, inesperada. En Agosto de 2014, un barril de petróleo costaba 116 dólares. Ahora cuesta 50/55. Un euro costaba 1,38 dólares y ahora cuesta 1,04/06. En el último año, el euro se ha devaluado un 24% con respecto al dólar estadounidense y un 21% con respecto a la media de las otras 10 monedas más importantes.
Todo hacve indicar que para antes de Noviembre habrá paridad dólar/euro y este último seguirá cayendo. Las consecuencias del desplome del precio del petróleo son conocidas. Las de la devaluación de la moneda europea, no tanto. Y son igual de importantes. Tanto el precio de la energía como el del euro, la segunda divisa más usada en el mundo, influyen sobre los precios de casi todos los demás productos que usted consume: del dentífrico a los coches o el tomate.
Antes de discutir por qué cayó el euro, y qué consecuencias tendrá, es útil despejar una idea zombi sobre el valor de las monedas (A Quisumbing llama ideas zombis a aquellas que, a pesar de ser erradas, no mueren). No es cierto que la devaluación de una moneda necesariamente debilite a un país. En algunos casos, fortalece su economía. La disminución del valor del euro respecto al dólar hace que una botella de vino español, un avión francés o un coche italiano ahora cuesten menos en el resto del mundo. Esto, a su vez, estimula las ventas de estos productos y aumenta las exportaciones europeas lo cual, obviamente, es bueno para el empleo y la economía en general.
Por otro lado, la tecnología, telefonía, vacaciones, etc se verán afectadas con bastante alza en los precios. Esta enfermedad de la economía consiste en la persistente caída de los precios, debido a la falta de suficiente demanda, y conduce a un estancamiento crónico, como el que ha aquejado a Japón durante décadas. La devaluación de la moneda es un buen antídoto contra la deflación.
Claro que no todas las devaluaciones son positivas. Cuando la moneda pierde valor con respecto a otras como resultado de la masiva fuga de capitales, producida por la desconfianza generalizada en la economía del país, la devaluación es, obviamente, muy dañina. O cuando contribuye a disparar la inflación y a detener la inversión y el crecimiento. Todo esto, por ejemplo, es lo que está pasando en Rusia o en Venezuela, dos de los países más afectados por la drástica caída de los precios del petróleo y otros problemas.
¿A qué se debe la caída del euro? La razón principal es que el BCE está inyectando liquidez monetaria para estimular la inversión y el consumo, mientras que su homólogo de EE UU, la Reserva Federal, está recogiendo velas. El banco central estadounidense ha insinuado que quizás suba los tipos de interés. Con ello busca contrarrestar las presiones inflacionarias que generan una economía que está creciendo y una tasa de desempleo que se acerca al límite después del cual la escasez de trabajadores provoca aumentos de precios.
Nada se mueve más rápido que el dinero. Ante esta nueva situación económica (y de hecho, anticipándose a ella) los inversionistas mudaron su dinero masivamente de EE UU a Europa. En lo que va de año, 35.600 millones de dólares entraron a los fondos de inversión europeos (una cifra récord) mientras que 33.600 millones salieron de sus rivales estadounidenses. Desde enero, las bolsas europeas han superado en las americanas tanto en aumentos del precio de las acciones que cotizan como en el volumen de los flujos de fondos que reciben.
Estos movimientos reflejan la expectativa de que las grandes empresas exportadoras de EE UU van a ver menguados sus ingresos y ganancias y, por lo tanto, el valor de sus acciones debido al “dólar duro” que encarece su producto en el exterior. Según una encuesta de la revista Duke/CFO, dos tercios de las empresas exportadoras estadounidenses señalan que el aumento del valor del dólar ya les ha perjudicado.

Pero hay otro factor que va a tener un enorme impacto. Desde hace varios años, las empresas estadounidenses no financieras han venido acumulando gigantescas cantidades de dinero en caja. Ese dinero está disponible para comprar otras empresas. Y, ahora, el euro más barato hace que las empresas europeas también sean más baratas para quienes estén llenos de dólares. Viene una ola de adquisiciones de grandes empresas europeas.