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Los hijos secretos de Julio Iglesias


Blog de Juan Pardo


Miguel, Rodrigo, Guillermo y las gemelas Victoria y Cristina salen poco a poco del anonimato que decretó su padre

La vida no sigue igual para Julio Iglesias
Julio Iglesias: “Las críticas me han hecho más grande, como a Cristiano Ronaldo”

Muchas veces Julio Iglesias se ha lamentado en público de haber sido un padre ausente para Chabeli, Julio José y Enrique, los tres hijos que tuvo con Isabel Preysler. Su vertiginosa carrera musical le llevaba de un lado para otro. Las ausencias fueron tantas que su matrimonio acabó en divorcio. Cuando volvió a ser padre, pasados los 50 años, se prometió que no volvería a sucederle lo mismo. Miguel Alejandro, de 19 años, Rodrigo, de 18, las gemelas Victoria y Cristina, de 16, y Guillermo, de 10, han llevado una vida muy distinta a la de sus hermanos mayores tanto a nivel familiar como mediático. De hecho, una de las cosas que más sorprende buceando en la historia de los hijos del cantante y Miranda Rijnsburger es que no hay fotos de ellos.


La vida de los cinco ha estado alejada de los focos mediáticos a diferencia de lo que sucedió con Chabeli, Julio José y Enrique a los que su padre elevó a tema de portada, y cuando no, era su madre la que lo hacía. La mayor incluso inspiró un disco de éxito De niña a mujer. La discreción que reina entre los Iglesias-Rijnsburger tiene que ver con la personalidad de su madre, una mujer que no se esconde pero que prefiere el segundo plano aunque en la intimidad del hogar manda y mucho.

En agosto, el cantante y la que fuera modelo holandesa celebraron su octavo aniversario de boda, aunque cuando se decidieron a darse el sí quiero ya llevaban 20 años juntos y habían tenido ya a sus cinco hijos. A los 74 años Julio Iglesias ha dicho lo que jamás antes se le había oído: “No entiendo mi vida sin Miranda”. Pero la declaración no es totalmente exacta. La pareja desde hace mucho tiempo no vive junta. Miranda está instalada en Miami con sus niños y Julio Iglesias va y viene porque prefiere pasar más tiempo en Punta Cana y Bahamas.


La vida escolar de los cinco hijos menores del cantante transcurrió durante años en casa. El hecho de no haber asistido al colegio les permitió pasar inadvertidos. Una profesora se encargó de su formación y solo a final de curso acudían a un centro de estudios para poder comprobar que cumplían el nivel exigido. Pero en 2013, el cantante y su esposa estuvieron de acuerdo en que sus hijos se hacían mayores y debían relacionarse con otros compañeros. Así comenzaron sus estudios en el Miami Country Day School, situado en una de las zonas más lujosas de la ciudad.

En los últimos meses, los hermanos Iglesias Rijnsburger han dado un paso adelante. Las primeras han sido Victoria y Cristina. Las jóvenes se asomaron a la portada de la revista de cabecera de la familia, ¡Hola!, para protagonizar un reportaje y realizar sus primeras declaraciones. Todo ello de la mano de la firma Oscar de la Renta, el gran modisto fallecido en 2014 al que consideraban su tío. El posado se realizó en la casa de su viuda en Connecticut (EE UU). Antes de colocarse ante las cámaras, las jóvenes recibieron un mensaje de su padre: “Os quiero mucho. Sed felices y naturales”. Su madre estuvo con ellas supervisándolo todo. Las jóvenes quieren ser modelos y, de momento, triunfan en las redes sociales donde acumulan miles de seguidores.

Miguel Iglesias Rijnsburger, el mayor de los cinco hijos de Julio y Miranda, ha sido estos días también noticia porque le han descubierto por las calles de Miami con una joven con quien sale desde hace más de un año. Se trata de Danielle Obolevitch, una chica rusa de 19 años que vive en Miami y es una gran aficionada al tenis. Pero lo más sorprendente es el gran parecido que guarda con Anna Kournikova, la pareja de Enrique y recientemente madre de mellizos.

Miguel ha heredado la pasión por la música de su padre pero él se dedica a producir. Trabaja junto a su hermano Rodrigo, que es el que quiere ser artista. Aunque el verdadero objetivo del mayor es ganarse la vida desde el otro lado del escenario, ya que estudia Finanzas y está interesado en los negocios, como reveló en una entrevista hace unos meses su hermano Julio José. El cantante también ayuda a Rodrigo a preparar su carrera musical a diferencia de lo que sucedió con Enrique, que lo hizo solo. El joven también lo contó a ¡Hola! “Mi sueño es llegar a ser un artista como mi padre y mi hermano. Me encantaría dedicarme toda su vida a la música”.

La relación de los ocho hijos de Iglesias es escasa. Julio José, que suele trabajar con su padre, es quien más les trata. Enrique, que apenas se habla con su progenitor, tampoco les frecuenta aunque ellos se han declarado admiradores de su música y han acudido a algunos de sus conciertos. De hecho, algunas de las pocas fotos que hay de ellos se deben a estas visitas. Ahora todos ellos esperan el fallo del juez sobre la demanda de paternidad de Javier Sánchez-Santos, que asegura ser el noveno Iglesias.







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Gente, Julio Iglesias, Cantantes, Enrique Iglesias, Chabeli Iglesias, Julio José Iglesias, Famosos, Artes escénicas, Cultura, España, Espectáculos, Sociedad, Isabel Preysler, Miguel Boyer, Rumasa. 

Lillian Bassman con 80 años revoluciona el mujndo de la moda.


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Anneliese Seubert subida a un caballo en la neoyorquina Times Square. LILLIAN BASSMAN

La foto que ve usted aquí pudo no haber sido nunca. Se tomó en 1997 para The New York Times Magazine. Su autora, Lillian Bassman, solicitó un caballo blanco, paralizó Times Square y eclipsó su explosión de luces con una producción de moda como salida de un sueño. Por entonces podía pedir lo que quisiera. Tenía 80 años y se había convertido en superestrella por sorpresa tras el objetivo. Una condición que en otro tiempo habría rechazado para sí misma, pero que asumía con su carácter relajado y sereno. Apenas un lustro antes nadie habría atendido sus requisitos. Su carrera entera había quedado enterrada en un par de bolsas de basura carcomidas por la humedad en un trastero. Las llenó ella misma. Cientos de negativos y copias que habían poblado las páginas de Harper’s Bazaar entre finales de los cuarenta y principios de los sesenta. Cuando el movimiento modderrocó el viejo sistema con modelos aniñadas que posaban con maneras de rockstar, supo que había llegado el momento de irse. Se retiró en silencio, del mismo modo en que había llegado.
Fue su amigo el historiador y comisario artístico Martin Harrison quien forzó su resurrección. Las bolsas habían aparecido después de que la fotógrafa y su marido, el también fotógrafo Paul Himmel, decidieran limpiar esa antigua cochera bajo su piso del Upper East Side para alquilársela a la pintora Helen Frankenthaler. Lo recuerda la hija de la pareja, Lizzie Himmel. “Mi padre había sido más radical que mi madre. Ambos se desencantaron en la misma época de la fotografía profesional, pero él sí que cogió dos cubos de basura y, literalmente, destruyó dentro de ellos casi toda su obra. Ella se limitó a abandonarla para centrarse en proyectos más personales”. En uno de sus viajes desde Londres, Harrison, que se quedaba en su casa, se topó con aquellas joyas palpitando en un rincón. “Lillian”, le dijo, “deberías recuperar tus viejas fotos”.
Ella hizo como que no había oído nada. Pero volvió con ellas al cuarto oscuro. Y puso a trabajar su alquimia. A hacer con las copias finales lo que Carmel Snow, la temida editora de Harper’s Bazaar, le había prohibido en los años cuarenta. A ahumar la lente de la ampliadora, exponerlas selectivamente, pincelarlas con ácidos… A subrayar ese aire onírico, etéreo, casi místico que descubrió de adolescente en las pinturas de El Greco, una de sus luminarias. Harrison promovió sus primeras exhibiciones en Nueva York y en Europa. Pronto surgió todo un movimiento reivindicándola. “Su técnica y espíritu es lo que yo quiero para mi propio proceso creativo cuando hago vestidos”, reclamaba John Galliano. “Fue uno de los primeros fotógrafos en pintar directamente sobre la copia para otorgar una nueva dimensión a la imagen”, ensalzaba Paul Smith.
Bassman falleció hace dos años, a los 94. Hoy, su hija Lizzie ha dejado de lado su propia carrera como fotógrafa para centrarse en ordenar, preservar y administrar su archivo (y lo que queda del de su padre, muerto también en 2009). Le gustaría montar con todo ello un centro fotográfico. “Mi madre no quería una fundación como la de Richard Avedon, no se consideraba lo suficientemente grande o importante. Pero mi hermano [el editor literario Eric Himmel] y yo pensamos que debería pertenecer a alguna institución docente, que la gente pueda estudiar las inventivas técnicas con las que trabajaba en el laboratorio”. Veintiséis de sus fotografías viajarán a la tienda Loewe de la calle de Serrano de Madrid entre el 30 de mayo y el 31 de agosto, en una exposición enmarcada en PhotoEspaña y comisariada por María Millán (en septiembre irán a Barcelona). Esta creadora ya pasó por el festival en 2002, en una colectiva. Quienes estuvieran en aquella inauguración la recordarán por pasear del brazo de la reina Sofía explicándole su trabajo en voz baja, con su habitual tono sosegado.
No siempre fue así. Como ha recordado su amigo Harrison, “Lillian ha jugado al póquer, bebido, fumado y bailado el lindy hop en Harlem”. Quería ser bailarina, pero una lesión temprana frustró ese sueño. Descendiente de inmigrantes judíos rusos, encarnó a esa creciente clase media que saltó de Brooklyn a Greenwich Village. Eran bohemios. Contaba que ella y su hermana dormían “en colchones sobre el suelo cubiertos por telas africanas. Tan solo se nos exigían dos cosas: que plancháramos nuestros uniformes y que nos laváramos el pelo los sábados. Por lo demás, éramos libres como pájaros”. Su madre trabajaba los veranos en una casa de huéspedes en Coney Island. En una de esas excursiones playeras conoció al que sería su futuro marido, Paul Himmel, hijo de inmigrantes ucranios. Ella tenía seis años; él, nueve. A los 15 convenció a sus padres para que les dejaran vivir en pareja. Su matrimonio duraría 73 años.

“Lillian Bassman hizo visible ese desgarrador espacio invisible entre la apariencia y la desaparición de las cosas”, dijo de ella su amigo Avedon

Juntos aprovechaban las entradas gratuitas a museos. “Pasé mi vida en exposiciones estudiando a los maestros clásicos de distintos periodos”, recordaría en una de sus últimas entrevistas. “El concepto de elegancia se retrotrae a esas primeras pinturas. Cuellos largos. La posición de la cabeza. Cómo funcionan los dedos posados sobre los tejidos. Todo eso está en mi bagaje pictórico”. Él estudió en la universidad (y finalmente, cuando desdeñó seguir siendo fotógrafo, acabaría ejerciendo de psicoterapeuta); ella, optó por el diseño textil. Hacía de modelo a tiempo parcial (“era la mejor manera de ganar 50 centavos en esa época”) para los artistas empleados por la Works Progress Administration, el programa que daba trabajo a los desempleados durante la Gran Depresión; así se pagaba las clases nocturnas de ilustración de moda. Sería fichada por el exigente director de arte de Harper’s Bazaar. “Hizo en cada momento lo que quería”, rememora su hija. “Solía decir: ‘No entiendo el feminismo’. Porque ella nunca tuvo ningún problema. Siempre se habla de que el mundo de la moda está dominado por hombres, pero conviene recordar que aquel célebre editor, Alexey Brodovitch, en realidad, era el único en una redacción llena de mujeres”.
Brodovitch, también hijo de inmigrantes rusos, supo ver el diamante sin pulir en Lillian Bassman. Hasta el extremo de que la convirtió en su primera asistente pagada cuando vio que volaba a la firma cosmética Eliza­beth Arden en busca de un trabajo remunerado.
A mediados de los cuarenta, la puso al frente de la dirección artística de Harper’s Junior, una de las primeras revistas de moda de la historia dirigidas específicamente a las adolescentes. Repartía instrucciones tan específicas a los encargados del laboratorio –“oscurece aquí”, “difumina allá”– que a menudo se encontraba con la misma respuesta: “¿Por qué no lo haces tú misma?”. En las horas del almuerzo, comenzó a colarse en el cuarto oscuro para trabajar personalmente las copias de George Hoyningen-Huene, su retratista estrella, que terminaría trabajando en Hollywood para George Cukor. Mientras, fichaba a una nueva generación que lo significaría todo: Richard Avedon, Robert Frank, Arnold Newman. Avedon, que evolucionaría a fotógrafo de cabecera en Harper’s Bazaar,fue también el responsable de que se animase a empezar a tomar sus propias fotos. En 1947, cuando se marchó a documentar las pasarelas de París, le dejó el estudio que se acababa de montar, equipo y asistentes incluidos. Sería de los primeros en piropearla públicamente: “Lillian hizo visible ese desgarrador espacio invisible entre la apariencia y la desaparición de las cosas”. A la vuelta de los desfiles, se encontró con que su futura íntima amiga ya se había hecho con su primer contrato como fotógrafa publicitaria. Estamos hablando de la era de Mad men, en que cuando una agencia te fichaba podías hacer cualquier cosa. Productos para niños, comida, licores, cigarrillos, cosmética, lencería.
Bassman lo hizo todo, pero fue con esto último con lo que dio un vuelco a su carrera. Por entonces, las campañas de ropa interior femenina consistían en imágenes de robustas mujeres de mediana edad con la cabeza cortada y evidentemente incómodas embutidas en fajas antiergonómicas. Bassman reclamó a las mismas modelos que hacían modas, para susto de la agente Eileen Ford, que le rogó que siguiera preservando el anonimato de sus chicas oscureciendo los rostros. Consigna que no hizo sino realzar el misterio y la naturaleza onírica y sensual de las creaciones de Bassman.
En realidad, solía presumir de que ser mujer le había dado cierta ventaja como fotógrafa. “Había una energía sexual muy diferente cuando las modelos trabajaban con hombres. Sentían el deber de seducirles, estaban posando para ellos. Y conmigo no. Yo las fotografiaba relajadas, naturales, les hablaba y les preguntaba por sus maridos, sus amantes, sus hijos, hasta que el resto del mundo se desvanecía, incluso yo misma, y solo quedaban ellas ante la cámara”. De hecho, antes de que la modelo se desnudara, Lillian enviaba a su asistente –hombre– a tomarse un café al bar de la esquina… y le pedía que no volviera hasta el final de la sesión. Acabaría desarrollando una amistad cercana con las top de la época: Barbara Mullen (lo más parecido que tuvo a una musa), Dovima, Lisa Fonssagrives o Suzy Parker.
El cambio de guardia precipitó su retiro. Lo dijo bien claro a The New York Times:“Yo ya no era la estrella. Lo era la modelo, lo era el peluquero, lo era el maquillador. Habían tomado ellos el mando. Y me estaba volviendo loca. Me sentaba a un lado y contemplaba toda esta performance hasta que me aburrí”. En privado, dio a su hija una explicación aún más contundente: “Mi madre era lo menos starfucker [expresión para referirse a las personas que buscan rodearse de gente famosa o poderosa a toda costa] del mundo. No le interesaba nada ese ambiente. Incluso cuando sacaba fotos le gustaba crear una atmósfera lo más íntima posible y evitaba que la gente se quedara a pasar el rato en el estudio una vez terminada la sesión. Y le molestaba, particularmente, el fenómeno de las modelos jovencitas.
Ella estaba acostumbrada a fotografiar a mujeres trabajadoras y que habían adquirido una seguridad en sí mismas. Y de repente se topó con todo esto. Me decía, ‘¿por qué poner un vestido de 6.000 dólares a una niña de 12 años y tratar de que aparente 24?’. No tenía la energía ni le hacía la suficiente gracia como para soportarlo”. Ella misma resultaba poco domable. Su tendencia arty le valió alguna que otra bronca con Carmel Snow, su directora. Cuando la envió a cubrir las colecciones de París, en 1949, fotografió a Barbara Mullen a contraluz provocando un efecto mágico con las transparencias de su vestido de chifón. Un homenaje a uno de los fotógrafos de moda primigenios que tanto la habían influido, Adolph de Meyer, que se topó con la árida respuesta de Snow: “No te he traído a París para que te dediques a hacer arte, sino para que saques botones y lazos”. Quizás por eso se escoró tanto a la abstracción en sus años perdidos. En los setenta y ochenta, se consagró a series peculiares. Capturó en detalle grietas en el asfalto. “Es algo que siempre le fascinó”, dice su hija.
“A lo mejor estaba retratando a una modelo en la calle para una moda, bajaba la mirada un segundo y ahí estaba, la grieta. Y pensaba: ‘Tengo que fotografiar esto algún día’. Fue muy concienzuda con estas series, anotaba los lugares exactos donde las hizo en los bordes del negativo y conservaba cuadernos con datos tan concretos como su tamaño, el día, la hora…”. También desarrolló series deformando a lo Francis Bacon cuerpos de culturistas. En 2002, cuando su triunfal regreso la tenía trabajando de nuevo para Vogue, hizo una exposición con estas últimas en Nueva York. Ella misma lo recordaba: “Todo el mundo vino superemocionado. Y una vez que las veían, me decían: ‘Pero… no es moda’. No vendí ni una”. Y algo hace pensar que su espíritu de antiestrella afloraba con orgullo al contarlo.


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La cultura no es acopio de saber, sino un modo de aprender


Todo, todo no está perdido. Aún es posible mirar y tratar de intervenir. Puede parecernos poco y, si bien nada resulta fácil, es preciso proseguir. Y, atentos, hablar y leer, y escribir, y dibujar, cantar e incluso bailar. Y ensayarnos y experimentarnos. Y siempre pensar. Y laborar. Y relacionarnos. En ocasiones, no encontramos buenas razones para ello, pero eso mismo podría ser un buen motivo. No es preciso esperar a que llegue la oportunidad, hay que procurar hacerla venir.
Hay momentos en que, con el pretexto del calendario, algo se abre hasta ofrecerse. No es un tiempo ya dado que, como bien sabemos, nunca nos está garantizado. Podría ser mera necesidad, una urgencia, a lo mejor, un deseo. Entonces no es fácil sustraerse a esta convocatoria, que no es simplemente de fechas, la que quizá nosotros mismos nos enviamos, la de mejorar, la de no cejar. Y la de empeñarnos más allá de lo convencional, de lo aconsejable, de lo predecible. Desde la experiencia de creer que no tenemos remedio, sin embargo sentimos que algo otro está en nuestras manos, y nos ponemos a la tarea.
Mientras nos enredamos en dilucidaciones, en la vorágine en la que encontramos dificultades hasta para que algo vivo suceda, conviene no olvidar que no todo está dicho, ni clausurado. Ni tan siquiera la comodidad ha pronunciado su última palabra. Y no nos plegamos. Lo llamamos curiosidad, y lo es. No solo la de interesarnos por lo que parece concernirnos directamente, sino la de ver si somos capaces de formarnos, de ser otros. Se abre el espacio para pensar de manera diferente. Y, a su modo, tanto nos alegra como nos asusta.
El asunto es atractivo, y más llevadero, cuando constatamos que no es únicamente cosa nuestra. El comienzo no es un puro inicio. Algo ya se viene diciendo y nos reta llegando desde lejos. Es un legado vigente, no un mero depósito, sino un caudal al que hemos de corresponder. Es aún algo pendiente, nos procura abrigo y nos constituye. Nos viene cultivando, a pesar de nuestra fragilidad para dar fruto. Somos ya en ese lecho, en ese terreno. Y hemos de velar por ello.
Ahora bien, accedemos a una nueva intemperie y notamos que nos espera mucho por hacer. Eso que requerimos no está aguardando ser liberado por nuestra genialidad, la que tampoco tenemos. En cierto modo, hemos de generar nosotros mismos esa coyuntura. Alumbrar la belleza de lo que no se agota en su inmediata rentabilidad tiene otra fecundidad, la del obrar, la del problematizar, la que procura lo susceptible de ser sentido, pensado, querido, la que transforma.
Lo denominamos año nuevo, más por reciente que por distinto. Aunque nunca uno más, y siempre enigmáticamente diferente, es difícil ignorar, sin embargo, el peso de lo que, ya sucedido, parece empeñarse en no dejar de suceder. Pero, a su vez, hemos de cultivarnos en lo por venir. La cultura no es un mero acopio de saber, sino un modo de aprender, de crecer y de cuidarse. Y no solo de uno mismo. Supone procurar modalidades de existencia, y por ello es imprescindible. No es un simple repliegue, es a la par despliegue, muy radicalmente del escuchar, y del responder, para ser artífices de la propia forma de vida, de la propia palabra.
Habremos de lograr que suceda. Si no, sí estamos perdidos. Es ocasión de velar, de atender, de considerar. Y de crear y de recrearnos. Y es posible. Lejos de la resignada claudicación ante lo que se erige como inexorable, conscientes de las limitaciones, aún cabe hacer y hacernos. E, incluso en medio de enormes dificultades, hemos de reforzar esa convicción.
Puestos a desconsiderarnos a nosotros mismos, estimemos al menos nuestra libertad. No solo la de elegir, la de preferir, también la de concebir. Ello supone hacer brotar nuevas condiciones. Es un trabajo de cultura, que es más que el de cada quien para sí mismo. Necesitamos muy singularmente de aquellos que, sin decir lo nuestro, dicen con brillantez lo que tanto nos concierne. Nadie declarará nuestra palabra, aunque precisamos de la suya. De una u otra manera, el olvido de las artes supone asimismo la claudicación de la ciencia, aunque una buena consideración de aquellas cuestiona el modo de comprender, imperiosa y poco humanamente, de cierto saber y su poder.

Es tarde. A su manera siempre lo es ya para algo. Pero estamos a tiempo de vivir y de propiciar lo que está por acontecer. La cultura no se limita a asistir al espectáculo de lo que pasa, ni a convertir en espectáculo cuanto ocurre. Hacer suceder es una forma singular de mirada, es un acontecimiento. Podemos llamarlo contemplación. Lejos de ser una pasividad, es una modalidad de acción que es capaz de ver incluso lo que hace que ocurra. Y de procurarlo. Más que su causa, es su condición de posibilidad. Y es ahí donde el artista, el pensador, el creador, lo que de ello aún late en cada uno de nosotros siquiera torpe e incipientemente, nos insta a efectuar. El desafío nos desborda. No más que el tiempo que parece ofrecérsenos y que se desdibuja sin nuestro actuar. La cultura nunca será posesión de nadie.

Wert, NO; Goyas, tampoco.

¿Cultura?  Guapa, espalda, sponsor..VIVIR, VIVIR, PEDIR, EXIGIR
No, necesariamente, cultura es patrimonio de la izquierda o la derecha. Cultura es el resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos: Dicho esto, digo también que la cultura de este país, a fuerza de ser exclusivamente de izquierdas, ha laminado parte del patrimonio cultural gallego y español. Aquí nos hemos olvidado de escritores excelsos, pero de derechas. Y de los cineastas que en la posguerra, toreando incluso con la censura, producían películas de suprema calidad. Aquí ha sido más importante tener amigos en la izquierda que trabajar con dignidad estética. Podía citar decenas de artistas de nulo talento y prósperos ingresos literarios, cinematográficos, pictóricos, etcétera. Conciertos, esculturas, cuadros millonarios en ayuntamientos progresistas. La corrección política le ha ganado la partida al genio. En el cine, muy particularmente. ¿Han presenciado Los amantes pasajeros? Es pésima, espantosa. ¿Y esas en que los buenos son siempre de izquierdas y los malos, malísimos, siempre de derechas? Hay suplementos culturales de Madrid que se han dedicado a promover a los suyos, empresa e ideología: marginando a muchos y ensalzando la mediocridad. Los Goya, tan críticos con errores de la derecha, no ironizan con otros desmanes. ¿Han escuchado años atrás alguna crítica a Andalucía, siempre socialista? ¿A los sindicatos? ¿A los independentistas? ¿Sigo? Cuando la cultura es tan sectaria, algo no funciona en la cultura y hay que cultivar más y mejor