La noticia de la fulminante expulsión de Nicolás Redondo Terreros del PSOE,
ese partido que fue refundado en los años setenta gracias, en gran
medida, a la labor y a la personalidad de su padre, Nicolás Redondo
Urbieta, y en el que ha militado desde hace 47 años, me ha hecho recordar unos episodios de mi vida que están unidos a la trayectoria del socialista hoy expulsado y que creo que pueden explicar algunas de las causas de la deriva que ese partido ha tomado.
En 2000 el PP ganó las elecciones con mayoría absoluta y fui elegida
Senadora por Madrid. Después también fui elegida presidenta del Senado
y, al mismo tiempo, fueron elegidos los dos vicepresidentes: Alfredo Prada, senador por León, del PP y Javier Rojo, senador por Álava, del PSOE. Estos dos vicepresidentes tuvieron su protagonismo en los dos episodios que voy a relatar.
En julio de aquel año fue elegido secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero
y, si hacemos caso a su primer biógrafo autorizado, el periodista
leonés Óscar Campillo, el triunfo de Zapatero sobre su rival, José Bono,
por sólo nueve votos, se debió a las maniobras que llevaron a cabo Pepiño Blanco y José Luis Balbás.
A la vuelta de las vacaciones de verano, a finales de agosto, Prada
me explicó que Zapatero había sido compañero suyo y de su mujer en la
Facultad de Derecho de la Universidad de León y que, aunque no eran muy
amigos, habían tenido siempre una relación cordial y habían coincidido
con frecuencia. Me preguntó si me apetecía conocerle y, por supuesto, le
dije que sí. De manera que, poco después, a principios de septiembre, Prada me concertó un encuentro con el entonces nuevo líder socialista y vino a comer conmigo mano a mano al Senado.
La comida se prolongó en una larga sobremesa, hasta el punto de que a
mí me sorprendió que no tuviera prisa por marcharse. Cuando se fue,
sobre las seis de la tarde, mis colaboradores más cercanos vinieron a preguntarme qué impresión me había causado el entonces muy desconocido Zapatero.
Les dije que me había parecido guapo, simpático, educado, agradable,
que sabía escuchar, que me había declarado que su primer objetivo era
acabar con el rencor en las relaciones entre los políticos y, les añadí,
que, sobre todo, «creía en España».
Aquellas palabras mías han sido después objeto de bromas y de
expresiones del estilo de «¡que Santa Lucía te conserve la vista!». Sin
embargo, los primeros meses de Zapatero al frente del PSOE parecieron
confirmar aquella primera impresión mía. En diciembre de ese mismo año, a
iniciativa del PSOE de Zapatero, PP y PSOE firmaron el «Acuerdo por las
Libertades y contra el Terrorismo», conocido también como Pacto
Antiterrorista. Y durante todo aquel invierno Zapatero apoyó sin fisuras
a Nicolás Redondo Terreros, que era el Secretario General del Partido
Socialista en el País Vasco y su candidato a lehendakari en las
elecciones autonómicas que iban a celebrarse en mayo de 2001. Unas
elecciones a las que los socialistas y el PP, liderado por Jaime Mayor
Oreja, se presentaron con el compromiso de llegar a un acuerdo para
desalojar a los nacionalistas de Ajuria Enea. Fueron las elecciones de la foto de Fernando Savater levantando los brazos de Nicolás y de Jaime, en el mitin del Kursaal de San Sebastián, lleno de público.
«Hay quien dice que el cambio de actitud de Zapatero vino provocado por el famoso artículo de Cebrián a los pocos días de aquellas fallidas elecciones de mayo de 2001»
Y ahora aparece el otro vicepresidente del Senado, el alavés Javier
Rojo. Pocos días antes de las Navidades de 2001 me pide hablar conmigo
de la situación en el Partido Socialista del País Vasco. Rojo había sido hasta entonces el más entusiasta partidario de la unión de PSOE y PP frente a los nacionalistas
y, sobre todo, frente a los terroristas. Habíamos ido juntos a Málaga
al entierro del concejal del PP José María Martín Carpena, asesinado por
ETA, y recuerdo su desconsuelo. Lo que me quería decir y me dijo es que
Nicolás había tenido que dimitir de sus cargos en el Partido Socialista
del País Vasco por no estar de acuerdo con las órdenes que venían de
Ferraz de acabar con las buenas relaciones con el PP. Dicho en
cristiano, a Redondo Terreros le habían echado. También
me anuncia que será Patxi López su sustituto y Jesús Eguiguren el
cerebro de la nueva línea que va a tomar su partido. Desde ese mismo
momento, y en contra del Pacto Antiterrorista, Eguiguren inició sus
contactos y negociaciones con la cúpula de ETA.
Patxi López tiene en común con Nicolás que los dos son hijos de dos sindicalistas de la UGT clandestina de tiempos de Franco.
Pero ahí se acaban los parecidos porque Patxi carece de formación
académica y todos sus sueldos —algunos muy suculentos— los ha ganado de
la política, mientras que Nicolás es un abogado, formado en la
Universidad de Deusto y que, a partir de aquella primera expulsión, ha
sido muy capaz de ganarse la vida y, por consiguiente, tener libertad
para decir lo que piensa y no lo que le mandan decir.
¿Qué había pasado para que el Zapatero que conocí en el 2000, el que
apoyó la unión de populares y socialistas frente al nacionalismo, unos
meses después echara a Nicolás para colocar a un indocumentado como
López y a un condenado en firme por maltrato a su mujer como Eguiguren?
Hay quien dice que el cambio de actitud de Zapatero vino provocado por el famoso artículo de Cebrián en El País a
los pocos días de aquellas fallidas elecciones de mayo de 2001, «El
discurso del método», en el que criticaba esa unión y se mostraba
partidario de que el PSOE siguiera cultivando las relaciones con el PNV.
Tesis que luego desarrolló junto a Felipe González en el libro El futuro no es lo que era, publicado en octubre de 2001, en el que, además, acusan a Zapatero de blandura en sus relaciones con el PP, afirman que en el PP hay muchos restos de franquismo y abogan por llevar a cabo una revisión de la historia para denunciar los crímenes de Franco.
No sé qué es lo que llevó a Zapatero a cambiar de actitud, pero, sí sé que, desde aquellas Navidades de 2001 hasta hoy, no ha parado de profundizar en esas líneas y con él, su sucesor Sánchez.
Que está llevando esos principios hasta el final. Por eso no le tiembla
el pulso a la hora de expulsar a Nicolás, seguro de que en el PSOE no
se va a mover ni una mosca porque están todos en la nómina que él, desde
su poder absoluto, les ha concedido.
P.S. Al recordar todo esto me he vuelto a encontrar con el nombre de
Eguiguren, que es, en sí mismo, una enmienda a la totalidad de todas
esas llamadas feministas que han colaborado con el PSOE sin exigir que
lo expulsaran del partido por maltratador. Es muy sintomático de lo que estamos viviendo que el PSOE hoy esté feliz con un maltratador en sus filas
y expulse a una persona que defiende el espíritu de reconciliación de
la Transición y de la Constitución de 1978. Es lo que hay.