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Alfonso Ussía lleva los mismos caminos que Abascal, Hitler y Putin.

PARA ALFONSO USSIA | AQUI EN CANALETAS

Y un segundo antes de que el asesino pulsara el gatillo de su rifle de precisión, Trump movió la cabeza. La bala encaminada a perforar el cráneo de Donald Trump no tuvo reflejos y siguió su rumbo. Acertó, pero no de pleno. Atravesó la zona alta de la oreja derecha del candidato conservador a la presidencia de los Estados Unidos. Se agachó, fue rodeado por sus miembros del equipo de seguridad, y se incorporó dolorido y encorajinado, como el torero corneado que se niega a refugiarse en la enfermería de la plaza. Sangraba la herida. Habían intentado asesinar de nuevo, a un político conservador que, con todos sus defectos formales, reúne la ilusión de millones de ciudadanos estadounidenses para llevarlo, de nuevo, a la presidencia de los Estados Unidos. Las imágenes no mentían. Pero el amplio sector del periodismo aberrante español, se empeñó en poner en duda la existencia del atentado. La cloaca informativa coincidió en el ridículo y la villanía.

Un tipo que se presenta como «escritor» y colabora en «La Vanguardia» de los Godó, escribió en tuiter: «Uuuuuy». Y aclaró su estado de ánimo y su orgullo de autor: «Jamás haré un tuit mejor». Creo que se llama Pedro Vallín. En el diario que dirige la pobre Pepa Bueno, «El País», se decantó por las apariencias en detrimento de las evidencias. «Trump, evacuado de un mitin tras escucharse aparentes disparos». Como se trata de un periódico que sobrevive gracias a las ayudas públicas, y haciendo gala de una reacción digna de admiración, se mantuvo en la apariencia pero en un segundo titular añadió un dato de interés mundial. «Trump, evacuado de un mítin por el Servicio Secreto tras un aparente atentado. Se ha ido con algo de sangre». Es decir, que para «El País», con toda la gaita de la transexualidad imperante en los movimientos feministas, Trump fue evacuado del mítin tras el aparente atentado porque le sorprendió inesperadamente la menstruación. «El Mundo», también sagaz: «Disparos en un mitin de Trump. El expresidente herido, y dos personas muertas, entre ellas el autor del presunto atentado». Trump herido, dos personas muertas, y el atentado, presunto. De no ser «presunto» habrían fallecido todos los asistentes. TVE, demostrando la gran sagacidad de sus redactores, da la noticia bajo el amparo de la suposición. «Trump, supuestamente disparado».

Y en una tertulia improvisada, un tertuliano «lamenta que el atentado va a favorecer a Trump». Que le hayan «supuestamente disparado» y herido, carece de importancia. Lo preocupante es el error y la poca pericia del asesino. A punto estuvo de reconocer el ilustrado comentarista: «Una ocasión así no se puede desperdiciar con un mal disparo. Si se dispara contra Trump, hay que matarlo, no herirle en una oreja». En «La Razón», el titular de urgencia tampoco es acertado. Pasamos del presunto atentado, el aparente atentado y el supuesto atentado al posible atentado. «Trump, evacuado de un mitin tras un posible atentado». En la cadena de televisión de la misma propiedad, La Sexta, el atentado se rebaja a un simple incidente: «¡Última hora! Dos víctimas en este incidente. Un miembro de la audiencia y el tirador. Además, hay un herido grave». En mi humilde opinión, si en un mitin electoral muere un terrorista, un espectador y se produce un herido de alta gravedad, lo de «incidente» queda muy cortito, muy poquita cosa. Un incidente es caerse por la calle y doblarse un tobillo.

Pero las normas que imparte la Moncloa para coincidir en la adjetivación de los hechos no pueden modificarse si se pretende seguir recibiendo dinero público con el fin de sostener las pérdidas de la empresa.

Menos mal que ha imperado la prudencia, porque la inicial consigna no era otra que la que sigue: «Trump se inventa un atentado contra él, el tirador se pone nervioso y le atraviesa la oreja, y encima va y se enfada».

Aberrante sectarismo del más poderoso sector del periodismo español. Lástima que no haya coincidido el atentado contra Trump con la gran noticia del día: «Fallece inesperadamente en la localidad burgalesa de Santo Obdulio de los Pinsapos, doña Hermenegilda Jilandros, cuando soplaba las 107 velas de su tarta de cumpleaños».

Churchill, el líder conservador inglés que ganó la segunda guerra mundial.


En la Segunda Guerra Mundial, la peor conflagración que ha vivido el globo hasta hoy, Winston Churchill ejerció un liderazgo enérgico y por momentos visionario. Con la fuerza de su oratoria, demostrada en discursos como el legendario de “sangre, sudor y lágrimas”, supo congregar al Reino Unido en torno a una misión colectiva, la lucha contra Hitler. Tiempo después, el laborista Clement Attlee, al ser preguntado sobre lo que hizo Churchill para ganar la guerra, respondió que había hablado de ella.

 

Desde luego, como se dijo, supo movilizar el idioma inglés y enviarlo al combate. Pero hizo mucho más que eso. En aquella situación de vida o muerte, Churchill cortejó a Roosevelt con sus mejores artes de seducción para convencerle de que Estados Unidos se implicara en el conflicto. Porque sabía que Gran Bretaña, por sí sola, no podía ganar. Por otra parte, logró sobrellevar la primera etapa de la guerra, en la que se sucedieron los desastres.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

 Dominio público

Pero el mítico premier también fue el artífice de numerosos descalabros que la memoria histórica ha relegado a un segundo plano. En los inicios del conflicto, su puesto fue el de primer lord del Almirantazgo, dentro del gabinete de Neville Chamberlain. Desde este cargo, primero imaginó que Hitler no tenía intención de ocupar Noruega . Cuando la invasión se produjo, declaró en la Cámara de los Comunes que el Führer había cometido un gran error.

Tanto optimismo carecía de fundamento. Churchill respondió a los nazis con una expedición al país nórdico y no consiguió más que una calamidad. Su actuación solo sirvió para empeorar las cosas. Como señala el historiador Antony Beevor, “constantemente cambiaba de idea e intervenía en las decisiones operacionales para exasperación del general Ironside y de la Armada Real”. Además de perder 1.800 hombres, Gran Bretaña se quedó sin un portaaviones, dos cruceros, siete destructores y un submarino.

Churchill dio muestras de una tendencia que se repetiría una y otra vez, la de entrometerse en la dirección de la guerra, convencido de que su visión estratégica era superior a la de los generales.

En ocasiones eso era cierto. Pero no faltaron otras en las que al líder conservador le traicionó su exceso de confianza. El embajador soviético, Iván Maiski, asistió al discurso parlamentario en el que dio explicaciones por el fracaso. Nunca le había visto en un estado semejante: “Está claro que ha pasado varias noches sin dormir. Estaba pálido, le costaba encontrar las palabras, se encallaba y no dejaba de confundirse”.

Aunque él era el principal responsable de la derrota en Noruega, tuvo la suerte de que las críticas se centraran en el primer ministro. Su reacción fue apoyarle de un modo muy medido: lo suficiente para quedar como un patriota ante la opinión pública, pero no tanto como para cerrarse las puertas como posible sucesor.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

 Dominio público

Enfermo y desacreditado, Neville Chamberlain acabó por dimitir. En la cuerda floja Churchill se convirtió entonces en el nuevo gobernante del Reino Unido. Se le recuerda, sobre todo, por su tenaz negativa a llegar a un acuerdo con Hitler cuando Gran Bretaña sufría las temibles incursiones de la Luftwaffe, la aviación del Tercer Reich.

Por eso es tan sorprendente y revelador el libro de Anthony McCarten El instante más oscuro, que muestra cómo el premier inglés estuvo peligrosamente cerca de claudicar ante el Führer. En aquellos días dramáticos, tras la caída de Francia, muchos pensaban que Gran Bretaña iba a hundirse si se obstinaba en proseguir su lucha en solitario contra Alemania. Estados Unidos mantenía aún su neutralidad. Si entregaba armas a los británicos, las hacía pagar antes en efectivo.

Churchill se enfrentaba a decisiones dolorosas. El 27 de mayo de 1940 comentó a los miembros de su gabinete de Guerra que estaba dispuesto a alcanzar la paz aunque fuera al precio de entregar a los germanos Gibraltar, Malta y algunos territorios africanos. No obstante, este era una especie de plan B. En público hacía todo lo posible por mantener alta la moral de guerra de los británicos.

Un hombre, por decir que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel

En esos momentos se especulaba con la incorporación al bando alemán de la España franquista. Downing Street hizo todo lo posible para mantenerla en una situación de neutralidad, aunque fuera por medios poco confesables. El embajador soviético Maiski refirió en su diario el trato desconsiderado hacia Juan Negrín, antiguo primer ministro de la Segunda República, por entonces exiliado en el Reino Unido. El político socialista recibió un mensaje inequívoco: podía permanecer en el país, pero el gobierno de Su Majestad deseaba que hiciera las maletas “por voluntad propia”.

El significado del gesto estaba claro. Londres intentaba satisfacer a Franco con una demostración de hostilidad hacia uno de sus enemigos.

Gran Bretaña hacía la guerra para defender, además de su independencia, la democracia, pero la Normativa 18B permitió a Churchill encarcelar a determinadas personas sin juicio previo. Andrew Roberts trata de disculpar esta medida al indicar que el propio primer ministro la consideraba “odiosa”, una solución provisional en circunstancias extraordinarias, y que liberó en cuanto tuvo ocasión a los afectados, cuando ya no constituían una amenaza para la seguridad del país.

En un clima de absoluta incertidumbre, bajo la permanente amenaza de una invasión nazi, había que combatir el derrotismo. Para neutralizarlo se aplicaron métodos que coartaban las libertades civiles. Se detuvo, por ejemplo, a una persona que se quejaba por el precio del pan. Un individuo de Leicestershire, por decir en un pub que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel.

Cualquiera que pusiera en duda la victoria final cometía un delito. Porque, como señalaría el propio Churchill en su historia de la Segunda Guerra Mundial, las circunstancias de la guerra pronto exigieron “la subordinación casi completa del individuo al Estado”.

Retrato de Winston Churchill tomada en 1941.

Foto de Winston Churchill tomada en 1941.

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Entretanto, en el trabajo diario con sus colaboradores, Churchill demostraba una y otra vez su mal carácter. Se le puede disculpar con el argumento de que estaba sometido a una enorme presión, pero nunca fue un hombre fácil. Hería a la gente de su entorno con sus comentarios sarcásticos. A los que no eran capaces de entenderle, cosa no siempre fácil si soltaba gruñidos o sonidos incomprensibles, les preguntaba por qué no habían leído más o dónde se habían educado.

Su esposa, Clementine, alarmada, le envió una carta advirtiéndole que había notado que ya no era tan amable como antes y que debía cuidar más sus modales. Él admitía que podía ser brusco en exceso. En un discurso ante la Cámara de los Comunes en 1941, reconoció que nadie le superaba en el uso de un lenguaje de escarnio y severidad: “Bien pensado, no sé por qué muchos de mis compañeros no me han retirado ya la palabra”.

Según Roberts, un autor que le es abiertamente favorable,si se hubiera comportado de la misma forma en la actualidad, habría acabado ante los tribunales. No obstante, aunque en demasiadas ocasiones pecara de falta de tacto, también es cierto que conservaba una dosis de encanto que por lo general le permitía calmar las aguas tras haber desatado una tormenta.

Una derrota tras otra

Por razones políticas, Churchill envió tropas para apoyar a Grecia, aunque no existían posibilidades de victoria. No deseaba presenciar la caída de un aliado sin hacer nada para defenderlo. El resultado fue el esperado: la península helénica cayó de todas formas en manos de los alemanes. Geoffrey Regan, en su Historia de la incompetencia militar, deja claro que se trató de una chapuza política, más que militar.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

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El fracaso en tierras helenas afectó a las operaciones en África, al distraer unas fuerzas que habrían servido para oponerse al Afrika Korps de RommelEl Zorro del Desierto infligiría humillantes derrotas a los británicos, en parte motivadas por el apresuramiento de su primer ministro. Este, impaciente por obtener resultados, se inmiscuía una y otra vez en las operaciones de sus generales. Hasta que dio con Harold Alexander y Bernard Montgomery, que supieron ponerle en su sitio.

Tras la victoria de El Alamein, tendió a dejar que los profesionales de la guerra hicieran su trabajo, pero no le fue fácil. Montgomery tendría que pararle los pies antes del desembarco de NormandíaChurchill antepuso otra vez las consideraciones políticas a las militares en 1942, al enviar una fuerza naval a Singapur que no podía evitar que la plaza cayera en manos japonesas. El Prince of Wales y el Repulse, sin cobertura aérea, no tardaron en ser hundidos, con un saldo de 840 muertos.

Regan señala que, con Singapur, el Reino Unido se dejó llevar por su orgullo imperial. Se empeñó en defender una plaza sin valor estratégico, solo por su importancia como símbolo moral, más allá de consideraciones estratégicas o políticas. Se suponía que la ciudad, con su resistencia ante el Imperio nipón, exhibiría ante el mundo la capacidad de recuperación de los británicos.

Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera

Métodos crueles

Tras ocupar Singapur, los japoneses se apoderaron de Birmania. Al ver amenazada la frontera oriental de la India, Churchill aplicó una política de tierra quemada en la región de Bengala. Los excedentes de arroz y otros alimentos debían ser destruidos. Y de lo que no se destruía, buena parte se exportaba hacia el Reino Unido, en lugar de satisfacer las necesidades de la población local. Se provocó así una hambruna en la que murieron alrededor de tres millones de personas.

Para Antony Beevor, este fue, probablemente, el episodio “más vergonzoso y escandaloso” de la dominación británica. Cuando recibió informes sobre la terrible escasez, el premier inglés preguntó por qué, si faltaban tantos alimentos, Gandhi no había muerto todavía. Sentía por el líder pacifista hindú una tremenda animadversión. Entre otros motivos, porque había sugerido a los británicos que se rindieran al Tercer Reich: “Dejad que tomen posesión de vuestra hermosa isla con su sinfín de hermosos edificios. Les daréis todo esto, pero no vuestra alma y vuestra mente”.

En 1940, Gandhi creía que Hitler no era “tan malo” y que estaba alcanzando victorias sin un excesivo precio en vidas. En Europa, la guerra cambió en sentido favorable a los británicos a partir de 1942. Pero aún quedaba una lucha larga y sangrienta. Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera.

No consideraba que su país tuviera que ligarse a un código caballeresco mientras los nazis combatían sin ningún límite ético. Por eso autorizó bombardeos despiadados sobre ciudades alemanas, como el de Dresde, que se justificaron con mentiras sobre su importancia estratégica o industrial. El verdadero objetivo era aterrorizar a la población germana.

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

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Con el fin de prevenir un hipotético ataque sobre Londres con armas biológicas, el premier británico dio luz verde a los ensayos de la Operación Vegetariana. La idea consistía en arrojar sobre territorio enemigo pastillas de pienso contaminadas con carbunclo. Las pruebas que se efectuaron en Escocia hacían presagiar un efecto devastador, puesto que la isla de Gruinard quedó inhabitable, y permaneció así hasta 1990.

La derrota final del Tercer Reich hizo innecesaria esta medida drástica, que hubiera debido afectar, en teoría, solo a los rebaños, no a los seres humanos. En realidad, la utilización controlada del carbunclo resultaba por completo imposible.

Poco antes de que concluyeran las hostilidades, Churchill, preocupado por la hegemonía soviética en el este de Europa,ordenó a los militares que trazaran un plan de contingencia contra la URSS. La Operación Impensable planeaba lanzar un ataque que iniciaría una nueva contienda, que se preveía larga.

El asunto, por fortuna, quedó tan solo en una especulación. El Reino Unido, agotado por la larga lucha contra el Tercer Reich, no estaba en condiciones de desencadenar otro enfrentamiento. De haberlo intentado, no habría encontrado ningún apoyo internacional, porque Estados Unidos no estaba por la labor. El proyecto permaneció en secreto hasta que, medio siglo después, se revelaron todos los detalles.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

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Como señala Max Hastings, fue una suerte para la reputación de Churchill que se tardara todo ese tiempo en hacer pública la documentación. El líder británico creyó posible doblegar a los soviéticos cuando se produjo la invención de la bomba atómica, una noticia que recibió con júbilo. Su existencia permitiría, a su juicio, amenazar a Stalin con destruir, en caso de necesidad, Moscú, Stalingrado, Kiev y otras ciudades.

Tanto optimismo no tenía en cuenta que, con la tecnología de la época, era muy complicado materializar un ataque nuclear. A diferencia de los japoneses en Hiroshima y Nagasaki, con defensas antiaéreas ya muy disminuidas, la URSS sí poseía los medios para derribar cualquier avión que transportara el terrible explosivo antes de su destino.

Cómo no ser reelegido

En teoría, el hombre que había dirigido Gran Bretaña a lo largo de la Segunda Guerra Mundial tendría que haber ganado fácilmente las elecciones de 1945. Sucedió justo lo contrario. Es un tópico infundado la idea de un pueblo británico ingrato con su salvador. Lo cierto es que la gente se dio cuenta de que Churchill no era el hombre idóneo para gestionar la paz. No prestaba atención a los asuntos cotidianos del país.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

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Por otra parte, empezó a realizar declaraciones alarmistas. Advirtió que, si ganaba la izquierda laborista, el país se vería en manos de una nueva Gestapo. Además, tras el largo combate contra el nazismo, los británicos deseaban un cambio, una sociedad nueva. Churchill, con su conservadurismo, se oponía a las aspiraciones de renovación. No quería saber nada, por ejemplo, de los planes de la izquierda para establecer un estado del bienestar.

Por eso sufrió una derrota espectacular. Apenas obtuvo 188 diputados contra 394 de los laboristas. Su mayor error, en palabras de Antony Beevor, “fue no haber mostrado ningún interés por la reforma social ni durante la guerra ni durante la campaña electoral”.

En La Segunda Guerra Mundial, Beevor explica que la mayoría del Ejército votó contra Churchill para romper con el tradicionalismo del pasado, en el que las Fuerzas Armadas reproducían las desigualdades de clase. Un sargento, al ser preguntado por su capitán acerca del sentido de su voto, resumió así sus motivos: “Socialista, señor, porque estoy harto de recibir órdenes de estos malditos oficiales”.

La pérdida de los comicios no sentó bien al líder de los conservadores. Su esposa Clementine trató de consolarlo. Afirmó que, tal vez, la derrota fuera una bendición disfrazada. Obtuvo una réplica mordaz: “Pues si es una bendición, desde luego se ha disfrazado muy bien”.

Una figura crepuscular

Había luchado contra Hitler, entre otros motivos, por preservar el Imperio británico. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, el agotamiento de la metrópoli y el auge de los movimientos nacionalistas hacían inviable su pervivencia. En 1947, la India se convirtió en un estado independiente.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento Británico, en Londres.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento británico, en Londres.

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En sus memorias sobre la Segunda Guerra Mundial, Churchill escribió que los primeros pasos de la nueva nación se habían dado en medio de horribles matanzas, por las divisiones entre la población hindú y la musulmana. Nada semejante había tenido lugar “durante nuestra ocupación”, añadió, dando a entender que, después de todo, él había estado en lo cierto con su enérgica defensa de la dominación inglesa.

Churchill regresaría a Downing Street en 1951. Permaneció en el poder cuatro años más, pero solo era una figura decadente. Ya no exhibía la descomunal capacidad de trabajo demostrada en el pasado. Por el contrario, se desinteresaba de temas tan importantes como la economía o la política interior.

Dejaba hacer a su gabinete hasta tal punto que no se apreció ninguna diferencia en el gobierno cuando, en 1953, sufrió una apoplejía. Las pocas veces que intervenía en los asuntos de los ministerios, según Andrew Roberts, solo conseguía empeorar la situación.

Durante este segundo mandato se produjo un incidente que dio mucho que hablar. En uno de sus discursos, el premier aseguró que había dado instrucciones al mariscal Montgomery en el sentido de que estuviera preparado para repartir armas entre los alemanes vencidos. En caso de continuar el avance soviético, los antiguos enemigos podían convertirse en aliados para luchar contra el comunismo.

¿Un intento de continuar la guerra? El plan sorprendió a propios y extraños, con lo que se originó una enorme polémica en la que Churchill quedó como un irresponsable. Prácticamente como si hubiera pedido ayuda a Hitler contra Stalin, por más que el Tercer Reich, en aquellos momentos, estuviera ya fuera de juego. En privado, el primer ministro no dudó en confesar que con su comentario desafortunado había “hecho el ganso”.

Pedro Sánchez y su equipo “reviven” a Franco.

 


Es cierto que Francisco Franco, caudillo de España fue amigo del führer Hitler y del duce Mussolini. Como también es falso que Franco permaneciera neutral en la II Guerra Mundial. Envió la División Azul a luchar en favor de Hitler y que confisco hasta la última raíz de la libertad. La bulimia de Stalin, que se merendó a media Europa, le salvó. Truman, y sobre todo Churchill, prefirieron una España franquista al riesgo de una España estalinista. ¡Así fue y bendito proceder¡ Churchill a De Gaulle: ¿Por qué Franco persigue el comunismo? Por la misma razón que tu, que yo y que el mundo.

 

Pero también es cierto que Franco fue aclamado por una inmensa mayoría y en todas las reuniones con sus ministros decía: “Haced como yo, no meteros en política”. Franco que tenía una sabía ironía, en la comida que hacían después de los consejos les dijo: ¿Ha quedado claro porqué a las suegras les llaman madres políticas?

 Franco no terminó suicidándose en su bunker de El Pardo, tras perder una guerra. Tampoco le colgaron de los pies en la plaza de Cibeles para que el pueblo le vejara. Por el contrario, gobernó durante cerca de 40 años, recibiendo en visita oficial incluso a Eisenhower, presidente de los Estados Unidos de América, primera democracia del mundo. Falleció en la cama, se formaron colas de centenares de miles de personas para pasar ante su cadáver en el Palacio Real y fue enterrado de forma solemne con honores de Estado.

 

La Transición consistió en que se abrazaran los vencedores y los vencidos de la guerra civil. Así lo propugnó Don Juan durante largos años de exilio. Así lo dispuso Don Juan Carlos una vez convertido en Rey, bien asesorado por Torcuato Fernández-Miranda. Los vencedores y los vencidos de la contienda fratricida se reunieron en paz bajo la Monarquía de todos y la democracia pluralista plena establecida por la Constitución de 1978 y votada de forma abrumadora por la voluntad general del pueblo español libremente expresada. Fue un milagro político e histórico.

 

Empezó Zapatero y ha continuado Sánchez en el despropósito de la memoria histórica, que ha triturado la esencia de la Transición. En lugar de continuar pasando página y aceptar la España sin vencedores ni vencidos, se ha puesto en marcha el despropósito de convertir a los vencidos en vencedores. El resultado es que hemos retornado ya a las dos Españas, a la España a garrotazos del cuadro de Goya. Zapatero y, sobre todo, Sánchez, han resucitado a Franco al aplastar el espíritu de la Transición y encender de nuevo el último y más atroz pasaje de la historia cainita de España. Los estallidos en la calle, los debates cada día más broncos en el Congreso de los Diputados, resultan ya alarmantes, aunque todavía, según los optimistas, se podría reconducir la situación.

Queda claro que la política, de poco o nada vale, cuando no hay orden.

¡VIVA FRANCO, ARRIBA ESPAÑA¡

¿Desmanteló Gorbachov el imperio del MAL o la URSS?

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Hay víctimas de sus propios errores que se siguen llamando comunistas. Otros vivieron o sufrieron como comunistas, medraron como compañeros de viaje, y aún no lo han lamentado públicamente. Si no confiesan su culpa o analizan su error de ayer, mal podemos atenderles hoy. La denominación de.. "comunista" ha quedado manchada para siempre. En el vocabulario político se halla en la misma monstruosa sima que la apelación de "nazi" y, posiblemente, más bajo que socialista. Quienes rindieron pleitesía al comunismo nos deben, no una autocrítica al estilo de las de los juicios de Moscú, sino una explicación de cómo pudieron hacerse esclavos de tan monstruosa filosofía y organización, para aviso de propios y extraños. Rectificar errores del pasado hace que el presente programe el futuro.

Gorbachov, el VIII líder de la URSS, al que nunca agradeceremos bastante el haber desmantelado el "imperio del mal" (como lo llamaba Reagan, ahora sabemos todos que justificadamente). Cuanto más nos remontamos en el tiempo, peores fueron esos líderes. Elegiré un ramillete de tres, otro que no pudo serlo y el gran maestro de todos ellos.

Jruschov hizo un favor a la humanidad confesando, en su famoso discurso secreto del XX Congreso del PCUS, de 1957, algunos de los crímenes de Stalin, pero adujo una coartada indigna de un marxista, la del "culto a la personalidad". Sólo la firmeza y valentía del presidente Kennedy detuvieron a Jruschov en su intento de realizar un ataque nuclear contra EEUU desde Cuba. En cuanto a su capacidad de predecir científicamente el futuro, recordaré una frase del campesino Jruschov: "El comunismo desaparecerá cuando los langostinos aprendan a silbar".

Stalin, a quien muchos de los vergonzosos comunistas adoraron, es junto Hitler una de las figuras más diabólicas de la historia. Habría que hacer recuento de las muertes causadas por estos dos dictadores, que con la propaganda y el terror supieron apoderarse del alma de dos grandes pueblos, el alemán y el ruso. Distingamos con Bullock las muertes políticas del total de la mortandad violenta en los 30 años que van de 1920 a 1950 (que quizá alcance los 50 millones de personas). Hitler hizo matar en los campos de concentración y los guetos a seis millones de judíos, que no fueron menos, digan lo que digan los nuevos fascistas; a ésos hay que añadir dos más, hasta ocho, entre gitanos, rusos, socialistas y comunistas alemanes, y otros opositores a su poder. Stalin fue culpable de la muerte de unos 16 millones en su Gulag. En su caso se ensañó especialmente con sus propios súbditos: campesinos, cosacos, intelectuales, o veteranos de la guerra de España; o todos los que hubieran sido prisioneros de guerra, a los que envió inmediatamente al Gulag, bajo sospecha de espionaje. La maldad de Stalin es menor, si es que en esos, sumideros caben distingos, en cuanto que no intentó el genocidio de dos pueblos, o dos "razas", como decía Hitler, el de los judíos y el de los gitanos. Pero por lo que se refiere a número y consanguinidad, el antiguo seminarista sobrepasó ampliamente al fracasado artista del pincel.

Dicen que Lenin fue mejor que su sucesor en el cargo. En efecto, en cuanto a muertes es difícil rivalizar con tanta iniquidad. Mas, desde el punto de vista político e intelectual, dio lustre a una especie de hombre muy repartida en el siglo XX, la del terrorista revolucionario. Tanto Stalin como Lenin tenían pretensiones intelectuales. Los ha retratado con pluma acerba SoIzbenitsin: en Pabellón de reposo, a Stalin escribiendo un papel sobre la teoría marxista de la evolución de las especies, en pleno ejercicio de su satrapía; en Lenin en Zúrich, a Lenin componiendo artículos sobre la inminente revolución bolchevique en Suecia, cuando ya gobernaba en Rusia Kerensky. Stalin fue un Calígula a la manera asiática, pero Lenin está más cerca de nosotros, más cerca de esos profesores que aún le defienden: fue un intelectual revolucionario a la manera occidental, como los retratados por Joseph Conrad en El agente secreto: el hombre de acción que sin escrúpulo alguno, sin parar en los medios, se sirve de las ideas, de los ideales de la humanidad, para alcanzar el poder; y para mantenerse en él crea la Cheka.

Tras haberse convertido al marxismo dio a luz la idea de la necesidad de una élite revolucionaría capaz de imponer el progreso revolucionario a un proletariado dormido. En un folleto de 1902, titulado ¿Qué hacer?, Lenin propuso la creación de un partido que formase "la vanguardia del proletariado": "Dadnos una organización de revolucionarios, y subvertiremos a Rusia". Con su golpe de Estado de noviembre de 1917 destruyó el frágil régimen democrático creado tras la caída del zar. Se mantuvo en el poder prometiendo a los soldados, obreros y campesinos rusos paz, comunismo y la tierra para el que la trabajaba. No cumplió ninguna de estas tres promesas; sólo otra a sus camaradas bolcheviques, la de imponer "la dictadura del proletariado" propugnada por Marx, es decir, la férrea autocracia imperial de una capilla de revolucionarios. El propio origen del término "bolchevique" es revelador: una minoría que se adjudica el nombre de mayoría, precisamente para aplastar a los reformistas mayoritarios. Las injusticias del zarismo, las cortedades de Kerensky, no justificaban esos 75 años de catastrófico régimen revolucionario nacido gracias a Lenin. Trotski, a la cabeza del Ejército Rojo y en el poder al lado de Lenin, no tuvo escrúpulo alguno en el uso de la pena de muerte, la cárcel y el exilio para quienes dentro del movimiento revolucionario no coincidían exactamente con la dirección.

Si pasamos de los dirigentes bolcheviques a su mentor Carlos Marx, el espectáculo no es más edificante. Desde el punto de vista filosófico, el pensamiento de otros autores materialistas es más completo e interesante: empezando por Espinosa y el barón de Montesquieu; siguiendo con David Hume y Jeremías Bentham, y terminando por el mismo Engels y el revisionista Eduardo Bernstein. Y no digo nada de Stuart Mill, cuya teoría económica asumió, íntegra Marx, tras insultarle abundantemente. Su única aportación original a la economía fue la de subrayar el inmenso poder productivo del capitalismo, en lo que le precedió el también denostado Nassau William Senior. Tres rasgos de su vida personal y una frase resumen su fanático carácter. Los tres rasgos son: las terribles estrecheces que hizo pasar a su mujer y a sus hijas; su negativa a conocer a la compañera de Engels, de cuyo dinero vivían ambos, y el hijo que tuvo con la cocinera de la familia, que hubo de adoptar Engels por el qué dirán. La frase recoge la funesta idea de la lucha de clases: "¡La burguesía se acordará de mis forúnculos!".
¿Cómo pudo tal credo poner en peligro la civilización? Hasta 1917, sólo unos pocos locos eran marxistas revolucionarios. Pero la humanidad es muy susceptible al atractivo de las creencias absolutas, sobre todo cuando las apoya el poder absoluto. El marxismo-leninismo utilizó sin duda el poder de la URSS para prostituir ideales entrañables de los trabajadores: la justicia para los pobres, la hermandad de los pueblos por encima de las fronteras, la esperanza de un mundo mejor. También los nazis prostituyeron los ideales de patria, orden y trabajo, tan queridos de las clases medias.
La principal ventaja del marxismo sobre otros fanatismos estriba en que predijo cosas comprobables, que no resultaron. Por eso ha caído. Otros credos han cometido maldades en nombre de la felicidad de ultratumba. No se me malentienda. No estoy condenando el sentir religioso. En el campo personal, pocas sentencias hay sabias que "no sólo de pan vive el hombre"; en el campo político, pocas amonestaciones más prudentes que "mi reino no es de este mundo". Hablo del pasado del que las iglesias se han arrepentido.

A quienes son o fueron comunistas les pido, por Dios o por la humanidad, que se arrodillen y hagan las paces consigo mismos... como lo haría un nacionalsocialista... por la muerte y la opresión que su partido ha infligido a la humanidad. No hacerse las víctimas mientras encuentran culpables a los que responsabilizar de los males de su historia, una vez muerto el presente y sin futuro.