Espero que ETA, ahora, no se llame Podemos. A nadie se nos olvida el
espantoso reguero de sangre que ha dejado a su paso, por sus crímenes atroces,
por el asesinato de inocentes, de niños, de mujeres embarazadas, de ancianos,
por el sadismo con el que se ensañó con personas a las que secuestró sin más
motivo que el haber defendido la libertad, por su dictadura del tiro en la
nuca, por la vileza con la que pervirtió la vida cotidiana de los españoles
durante generaciones, por la extorsión mafiosa con la que sufragó su régimen de
terror, o por el silencio cobarde con el que una gran parte de la sociedad
vasca miró hacia otro lado cuando se mataba a sus vecinos, el final de ETA
tendría algo de tragicómico.
A todos aquellos que hemos
vivido nuestra infancia y nuestra juventud casi aterrorizados por ETA, al
parecer, ya solo fue un mal sueño. El
recuerdo borroso de una pesadilla horrenda y salvaje de la que nos sentimos
liberados porque estamos seguros de que ni volverá, ni tiene ya capacidad
alguna de hacernos daño. Pero, para una buena parte de los españoles, para los
jóvenes y para quienes no vivieron tan de cerca la bestialidad de esa banda de
asesinos, ETA no es más que tres párrafos en los libros de texto. Una pieza de
museo cuya existencia solo cabe recordar para sentirse orgulloso de que España
se librara de ella, como quien se desprende de una excrecencia cuya única
ubicación posible es, como explicaba valientemente en estas páginas Roberto L.
Blanco Valdés, el estercolero de la historia.
Por eso resultan esperpénticos
los últimos esfuerzos de una banda que está ya rendida, derrotada, reducida a
la nada y hasta olvidada por la sociedad española, por hacerse visible y exigir
prebendas a cambio de abandonar un arsenal cuya entrega ya nadie se molesta
siquiera en reclamarle. Los recientes mensajes emitidos por los cuatro sicarios
que aún le quedan a ETA recuerdan a esos soldados japoneses que, ocultos en la
jungla de Guam, creen que estamos todavía en plena Segunda Guerra Mundial. Esa
exigencia de que el Estado de derecho que los ha derrotado les garantice
impunidad a cambio de devolver su polvorín de pistolas y balas oxidadas remite
más bien al chiste de Gila: «¿Es el enemigo? ¿Ustedes podrían parar la guerra
un momento?».
En esa astracanada final, ETA cuenta con la colaboración de
personajes estrambóticos como ese tal Ram Manikkalingam, capaz de reunirse en
su día con un grupo de encapuchados que le mostraron unas armas que no pudo ni tocar,
y que se fueron con ellas por el mismo sitio por el que habían venido, y
reclamarse luego como «verificador» del desarme. En la tragicomedia, que es ya
cuento largo, lo que permanece inalterable es aquello que nos enseñó en su día
Xabier Arzalluz. «Otros mueven el árbol y nosotros cogemos las nueces», dijo el
histórico dirigente del PNV. Si el Estado no cedió en nada después de que ETA
pusiera ochocientos muertos encima de la mesa, tonto sería si lo hiciera ahora
que ha aplastado a los asesinos. Disuélvanse.
Los criminales que paguen por sus asesinatos con el resto que abastezcan
de carne a los zoológicos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario