Pero no temáis mis amigos, nuestros amigos, estos amigos míos y yo de ellos que mientras me queden balas y tengo un arsenal estaremos libres. .
Las ignominias que, por parte de la tirana e hipnótica está sufriendo la derecha honrada, luchadora, laboriosa y gallarda; nunca nos venderá como esclavos. ¡Izquierda sumida ya está vencida y tiroteada abandonará el planeta. Más o menos este fue el grito de guerra por parte de un diputado catalán y que a los pocos días se llevó a cabo. Lo malo, lo peor del caso es que el primero en morir fue él, después el de la calle Alcalá y al día siguiente..."no se cuantos"
Si habéis observado estos pendejos de la cruel izquierda a los que se les ha añadido un experto en explosivos de pólvora mojada, Albert Rivera; solo tienen una meta dilapidar al PP y reitero "mientras me queden balas y tengo un arsenal estaremos libres" Nosotros somos pueblo y ellos "farsa" revolución.
El tiempo no es de
nadie y le llega a todo el mundo. Ese tiempo en el que, vayas donde vayas, te
tropiezas con el pasado. Intentas esquivarlo. Cruzas de acera. Cambias de
costumbres. Cierras los ojos. No quiero verlo. Pero, como en aquel cuento de
'Las mil y una noches', es inútil esconderte en el último rincón.
El pasado
siempre acaba apareciendo donde menos te lo esperas. Esas modistas
desaparecidas en los años de la fiesta que han vuelto a aparecer en los
barrios. El mismo olor a tela, la maraña de agujas, dedales y cintas métricas.
Los jabones para marcar los patrones. Como cuando acompañabas a tu madre a
tomarse medidas para un vestido de estreno. Nunca más de un par de veces al
año. Las tiendas de lanas de colores para hacer punto a mano con las mismas
agujas de antaño. El pasado te aguarda en la butaca del cine.
En la tierra
rozada por las manos del abuelo de 'El Olivo', la última película de Icíar
Bollaín. Tres décadas de España resumidas en una fábula moral. El abuelo
agricultor, los hijos que persiguieron el pelotazo y el pelotazo que partió a
la familia por el eje. La nieta rebelde que regresa a los valores del abuelo,
en un viaje de locos para recuperar el olivo milenario guardado en un
escaparate de Düsseldorf. Hasta el nombre suena grande, comparado con nuestra
pequeñez, dice el tío Alcachofa, arruinado por la crisis, cuando respira el
aire de Alemania desde la cabina de un camión. Muchos españoles hemos viajado
del pueblo a Düsseldorf en los últimos 30 años. De la tierra al asfalto. De las
modistas a la ropa de confección. Del barreño a la ducha de masaje. De la mesa
camilla tapada con el hule del mapa de España al mobiliario de oficina. De las
ventanas mal cerradas a las grandes cristaleras con tanto brillo que ciega los
ojos. Un brillo nos trastornó pensando que el acceso a esa confortable clase
media era para toda la eternidad. Millones de españoles tropiezan con el pasado
en forma de estrecheces. Los perdedores de la crisis son legión. Están por
todas partes.
Ni cruzando de acera podríamos esquivarlos. El tiempo le llega a
todo el mundo. Ese tiempo en el que los valores que de niños nos parecían
arcaicos, trasnochados, primitivos y atávicos, ahora nos suenan a gloria
bendita porque no abundan. Como el honor, la honradez, la decencia y el coraje.

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