
Tu bajas a la playa con el
bañador dado de sí del año pasado y un pareo de hace cinco o seis temporadas;
ellas llevan un biquini deportivo en tonos flúor y un minúsculo vestido de
croché. Tú vas con una gorra publicitaria que has cogido a tu hijo a última hora;
ellas lucen un sombrero de paja que les sienta como un guante. Tú llegas con
una bolsa de baño con el asa medio rota por el peso de los objetos de toda
clase y condición que te ves obligada a acarrear cada vez que vas a la playa;
ellas portan un capazo perfecto, ligero como una pluma, que sólo transporta un
neceser. Tú calzas unas chanclas tan desgastadas que es imposible describir su
color; ellas salen con unas sandalias gladiador en perfecto estado.
Es inútil que lo
intentes. Nunca podrás vencerlas. Por mucho que hagas, por mucho que un día
permanezcas una hora arreglándote para bajar mona a la playa, ellas siempre te
superarán. Son las Paulas Echevarría del mundo, madres perfectas dispuestas a
arruinarte el día y a las que es imposible pillar en un renuncio.
Si tú vienes encantada
de un mercadillo donde habrás adquirido el más estiloso de los vestidos
hippies, ellas habrán encontrado una túnica étnica-boho-chic en vente-privee a
mitad de precio. Si, después de pegarte el maratón del siglo en las rebajas,
has comprado unas sandalias con tachuelas para hacerte la moderna, te dirán que
ya se han pasado de moda y que ahora lo que se lleva son las 'creepers'.
Entonces, tendrás que poner cara de póquer porque no tienes ni idea de lo que
significa la dichosa palabra.
Me diréis que este post
está escrito desde el rencor. Y tenéis razón, pero una tiene derecho a
desahogarse de vez en cuando. No sé quiénes las miramos más embelesados: si las
mamás o los maridos con la baba hasta el suelo y nuestra ojeada de reprobación.
Sara Carbonero, otra
madre 10.
Recuerdo el verano
pasado una escena que se me quedó clavada en la retina. Una madre con un tipazo
y un biquini espectacular jugaba a las raquetas con sus tres hijos. Después de
estar una hora, dándole que te pego sin parar, decidieron descansar a petición
de uno de los niños. Pero, lo mejor estaba por llegar: la madre perfecta sacó
un tupper con unos trozos de melón y sandía perfectamente cortados en forma de
dados e insertados en unos palillos de plástico.
Mientras jugaba al
parchís con sus hijos y movía las fichas en el tablero con una mano, con la
otra les iba repartiendo los trozos de melón directamente en la boca, no sólo a
los niños sino también a su marido, como si fuesen pajarillos recién caídos del
nido. Entre trozo y trozo, les daba también de beber un zumito de frutas. Nada
se derramó, nadie se manchó, nadie discutió. Todo discurría en una perfecta
armonía.
Yo contemplaba aquella
escena con la boca abierta sintiéndome una piltrafa humana, la peor madre del
mundo. Y me preguntaba: "¿Por qué nunca podré llevar yo esos maravillosos
tuppers con fruta sino, como mucho, unas rajas de sandía del tamaño de un
ladrillo envueltas en papel albal?".
Tan ensimismada estaba
que ni me percaté de que mi hijo Roque se había derramado la fanta de naranja
encima, de que todas nuestras toallas estaban embadurnadas de arena y de que no
quedaba ni un mísero sitio donde sentarse. Para más inri, la sombrilla que mi
marido Mauro colocó con tanto empeño había salido volando, un espectáculo
recurrente verano tras verano.

En mi sombrilla sin
sombrilla reinaba el desorden y el caos. Justo al lado, a escasos metros de
distancia, la calma y la perfección. Aquella escena era una obra de arte. Me
imagino a Sorolla pintando un cuadro: 'Mujer repartiendo trozos de melón y
sandía a sus hijos'
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