Churchill, el líder conservador inglés que ganó la segunda guerra mundial.


En la Segunda Guerra Mundial, la peor conflagración que ha vivido el globo hasta hoy, Winston Churchill ejerció un liderazgo enérgico y por momentos visionario. Con la fuerza de su oratoria, demostrada en discursos como el legendario de “sangre, sudor y lágrimas”, supo congregar al Reino Unido en torno a una misión colectiva, la lucha contra Hitler. Tiempo después, el laborista Clement Attlee, al ser preguntado sobre lo que hizo Churchill para ganar la guerra, respondió que había hablado de ella.

 

Desde luego, como se dijo, supo movilizar el idioma inglés y enviarlo al combate. Pero hizo mucho más que eso. En aquella situación de vida o muerte, Churchill cortejó a Roosevelt con sus mejores artes de seducción para convencerle de que Estados Unidos se implicara en el conflicto. Porque sabía que Gran Bretaña, por sí sola, no podía ganar. Por otra parte, logró sobrellevar la primera etapa de la guerra, en la que se sucedieron los desastres.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

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Pero el mítico premier también fue el artífice de numerosos descalabros que la memoria histórica ha relegado a un segundo plano. En los inicios del conflicto, su puesto fue el de primer lord del Almirantazgo, dentro del gabinete de Neville Chamberlain. Desde este cargo, primero imaginó que Hitler no tenía intención de ocupar Noruega . Cuando la invasión se produjo, declaró en la Cámara de los Comunes que el Führer había cometido un gran error.

Tanto optimismo carecía de fundamento. Churchill respondió a los nazis con una expedición al país nórdico y no consiguió más que una calamidad. Su actuación solo sirvió para empeorar las cosas. Como señala el historiador Antony Beevor, “constantemente cambiaba de idea e intervenía en las decisiones operacionales para exasperación del general Ironside y de la Armada Real”. Además de perder 1.800 hombres, Gran Bretaña se quedó sin un portaaviones, dos cruceros, siete destructores y un submarino.

Churchill dio muestras de una tendencia que se repetiría una y otra vez, la de entrometerse en la dirección de la guerra, convencido de que su visión estratégica era superior a la de los generales.

En ocasiones eso era cierto. Pero no faltaron otras en las que al líder conservador le traicionó su exceso de confianza. El embajador soviético, Iván Maiski, asistió al discurso parlamentario en el que dio explicaciones por el fracaso. Nunca le había visto en un estado semejante: “Está claro que ha pasado varias noches sin dormir. Estaba pálido, le costaba encontrar las palabras, se encallaba y no dejaba de confundirse”.

Aunque él era el principal responsable de la derrota en Noruega, tuvo la suerte de que las críticas se centraran en el primer ministro. Su reacción fue apoyarle de un modo muy medido: lo suficiente para quedar como un patriota ante la opinión pública, pero no tanto como para cerrarse las puertas como posible sucesor.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

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Enfermo y desacreditado, Neville Chamberlain acabó por dimitir. En la cuerda floja Churchill se convirtió entonces en el nuevo gobernante del Reino Unido. Se le recuerda, sobre todo, por su tenaz negativa a llegar a un acuerdo con Hitler cuando Gran Bretaña sufría las temibles incursiones de la Luftwaffe, la aviación del Tercer Reich.

Por eso es tan sorprendente y revelador el libro de Anthony McCarten El instante más oscuro, que muestra cómo el premier inglés estuvo peligrosamente cerca de claudicar ante el Führer. En aquellos días dramáticos, tras la caída de Francia, muchos pensaban que Gran Bretaña iba a hundirse si se obstinaba en proseguir su lucha en solitario contra Alemania. Estados Unidos mantenía aún su neutralidad. Si entregaba armas a los británicos, las hacía pagar antes en efectivo.

Churchill se enfrentaba a decisiones dolorosas. El 27 de mayo de 1940 comentó a los miembros de su gabinete de Guerra que estaba dispuesto a alcanzar la paz aunque fuera al precio de entregar a los germanos Gibraltar, Malta y algunos territorios africanos. No obstante, este era una especie de plan B. En público hacía todo lo posible por mantener alta la moral de guerra de los británicos.

Un hombre, por decir que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel

En esos momentos se especulaba con la incorporación al bando alemán de la España franquista. Downing Street hizo todo lo posible para mantenerla en una situación de neutralidad, aunque fuera por medios poco confesables. El embajador soviético Maiski refirió en su diario el trato desconsiderado hacia Juan Negrín, antiguo primer ministro de la Segunda República, por entonces exiliado en el Reino Unido. El político socialista recibió un mensaje inequívoco: podía permanecer en el país, pero el gobierno de Su Majestad deseaba que hiciera las maletas “por voluntad propia”.

El significado del gesto estaba claro. Londres intentaba satisfacer a Franco con una demostración de hostilidad hacia uno de sus enemigos.

Gran Bretaña hacía la guerra para defender, además de su independencia, la democracia, pero la Normativa 18B permitió a Churchill encarcelar a determinadas personas sin juicio previo. Andrew Roberts trata de disculpar esta medida al indicar que el propio primer ministro la consideraba “odiosa”, una solución provisional en circunstancias extraordinarias, y que liberó en cuanto tuvo ocasión a los afectados, cuando ya no constituían una amenaza para la seguridad del país.

En un clima de absoluta incertidumbre, bajo la permanente amenaza de una invasión nazi, había que combatir el derrotismo. Para neutralizarlo se aplicaron métodos que coartaban las libertades civiles. Se detuvo, por ejemplo, a una persona que se quejaba por el precio del pan. Un individuo de Leicestershire, por decir en un pub que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel.

Cualquiera que pusiera en duda la victoria final cometía un delito. Porque, como señalaría el propio Churchill en su historia de la Segunda Guerra Mundial, las circunstancias de la guerra pronto exigieron “la subordinación casi completa del individuo al Estado”.

Retrato de Winston Churchill tomada en 1941.

Foto de Winston Churchill tomada en 1941.

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Entretanto, en el trabajo diario con sus colaboradores, Churchill demostraba una y otra vez su mal carácter. Se le puede disculpar con el argumento de que estaba sometido a una enorme presión, pero nunca fue un hombre fácil. Hería a la gente de su entorno con sus comentarios sarcásticos. A los que no eran capaces de entenderle, cosa no siempre fácil si soltaba gruñidos o sonidos incomprensibles, les preguntaba por qué no habían leído más o dónde se habían educado.

Su esposa, Clementine, alarmada, le envió una carta advirtiéndole que había notado que ya no era tan amable como antes y que debía cuidar más sus modales. Él admitía que podía ser brusco en exceso. En un discurso ante la Cámara de los Comunes en 1941, reconoció que nadie le superaba en el uso de un lenguaje de escarnio y severidad: “Bien pensado, no sé por qué muchos de mis compañeros no me han retirado ya la palabra”.

Según Roberts, un autor que le es abiertamente favorable,si se hubiera comportado de la misma forma en la actualidad, habría acabado ante los tribunales. No obstante, aunque en demasiadas ocasiones pecara de falta de tacto, también es cierto que conservaba una dosis de encanto que por lo general le permitía calmar las aguas tras haber desatado una tormenta.

Una derrota tras otra

Por razones políticas, Churchill envió tropas para apoyar a Grecia, aunque no existían posibilidades de victoria. No deseaba presenciar la caída de un aliado sin hacer nada para defenderlo. El resultado fue el esperado: la península helénica cayó de todas formas en manos de los alemanes. Geoffrey Regan, en su Historia de la incompetencia militar, deja claro que se trató de una chapuza política, más que militar.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

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El fracaso en tierras helenas afectó a las operaciones en África, al distraer unas fuerzas que habrían servido para oponerse al Afrika Korps de RommelEl Zorro del Desierto infligiría humillantes derrotas a los británicos, en parte motivadas por el apresuramiento de su primer ministro. Este, impaciente por obtener resultados, se inmiscuía una y otra vez en las operaciones de sus generales. Hasta que dio con Harold Alexander y Bernard Montgomery, que supieron ponerle en su sitio.

Tras la victoria de El Alamein, tendió a dejar que los profesionales de la guerra hicieran su trabajo, pero no le fue fácil. Montgomery tendría que pararle los pies antes del desembarco de NormandíaChurchill antepuso otra vez las consideraciones políticas a las militares en 1942, al enviar una fuerza naval a Singapur que no podía evitar que la plaza cayera en manos japonesas. El Prince of Wales y el Repulse, sin cobertura aérea, no tardaron en ser hundidos, con un saldo de 840 muertos.

Regan señala que, con Singapur, el Reino Unido se dejó llevar por su orgullo imperial. Se empeñó en defender una plaza sin valor estratégico, solo por su importancia como símbolo moral, más allá de consideraciones estratégicas o políticas. Se suponía que la ciudad, con su resistencia ante el Imperio nipón, exhibiría ante el mundo la capacidad de recuperación de los británicos.

Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera

Métodos crueles

Tras ocupar Singapur, los japoneses se apoderaron de Birmania. Al ver amenazada la frontera oriental de la India, Churchill aplicó una política de tierra quemada en la región de Bengala. Los excedentes de arroz y otros alimentos debían ser destruidos. Y de lo que no se destruía, buena parte se exportaba hacia el Reino Unido, en lugar de satisfacer las necesidades de la población local. Se provocó así una hambruna en la que murieron alrededor de tres millones de personas.

Para Antony Beevor, este fue, probablemente, el episodio “más vergonzoso y escandaloso” de la dominación británica. Cuando recibió informes sobre la terrible escasez, el premier inglés preguntó por qué, si faltaban tantos alimentos, Gandhi no había muerto todavía. Sentía por el líder pacifista hindú una tremenda animadversión. Entre otros motivos, porque había sugerido a los británicos que se rindieran al Tercer Reich: “Dejad que tomen posesión de vuestra hermosa isla con su sinfín de hermosos edificios. Les daréis todo esto, pero no vuestra alma y vuestra mente”.

En 1940, Gandhi creía que Hitler no era “tan malo” y que estaba alcanzando victorias sin un excesivo precio en vidas. En Europa, la guerra cambió en sentido favorable a los británicos a partir de 1942. Pero aún quedaba una lucha larga y sangrienta. Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera.

No consideraba que su país tuviera que ligarse a un código caballeresco mientras los nazis combatían sin ningún límite ético. Por eso autorizó bombardeos despiadados sobre ciudades alemanas, como el de Dresde, que se justificaron con mentiras sobre su importancia estratégica o industrial. El verdadero objetivo era aterrorizar a la población germana.

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

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Con el fin de prevenir un hipotético ataque sobre Londres con armas biológicas, el premier británico dio luz verde a los ensayos de la Operación Vegetariana. La idea consistía en arrojar sobre territorio enemigo pastillas de pienso contaminadas con carbunclo. Las pruebas que se efectuaron en Escocia hacían presagiar un efecto devastador, puesto que la isla de Gruinard quedó inhabitable, y permaneció así hasta 1990.

La derrota final del Tercer Reich hizo innecesaria esta medida drástica, que hubiera debido afectar, en teoría, solo a los rebaños, no a los seres humanos. En realidad, la utilización controlada del carbunclo resultaba por completo imposible.

Poco antes de que concluyeran las hostilidades, Churchill, preocupado por la hegemonía soviética en el este de Europa,ordenó a los militares que trazaran un plan de contingencia contra la URSS. La Operación Impensable planeaba lanzar un ataque que iniciaría una nueva contienda, que se preveía larga.

El asunto, por fortuna, quedó tan solo en una especulación. El Reino Unido, agotado por la larga lucha contra el Tercer Reich, no estaba en condiciones de desencadenar otro enfrentamiento. De haberlo intentado, no habría encontrado ningún apoyo internacional, porque Estados Unidos no estaba por la labor. El proyecto permaneció en secreto hasta que, medio siglo después, se revelaron todos los detalles.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

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Como señala Max Hastings, fue una suerte para la reputación de Churchill que se tardara todo ese tiempo en hacer pública la documentación. El líder británico creyó posible doblegar a los soviéticos cuando se produjo la invención de la bomba atómica, una noticia que recibió con júbilo. Su existencia permitiría, a su juicio, amenazar a Stalin con destruir, en caso de necesidad, Moscú, Stalingrado, Kiev y otras ciudades.

Tanto optimismo no tenía en cuenta que, con la tecnología de la época, era muy complicado materializar un ataque nuclear. A diferencia de los japoneses en Hiroshima y Nagasaki, con defensas antiaéreas ya muy disminuidas, la URSS sí poseía los medios para derribar cualquier avión que transportara el terrible explosivo antes de su destino.

Cómo no ser reelegido

En teoría, el hombre que había dirigido Gran Bretaña a lo largo de la Segunda Guerra Mundial tendría que haber ganado fácilmente las elecciones de 1945. Sucedió justo lo contrario. Es un tópico infundado la idea de un pueblo británico ingrato con su salvador. Lo cierto es que la gente se dio cuenta de que Churchill no era el hombre idóneo para gestionar la paz. No prestaba atención a los asuntos cotidianos del país.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

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Por otra parte, empezó a realizar declaraciones alarmistas. Advirtió que, si ganaba la izquierda laborista, el país se vería en manos de una nueva Gestapo. Además, tras el largo combate contra el nazismo, los británicos deseaban un cambio, una sociedad nueva. Churchill, con su conservadurismo, se oponía a las aspiraciones de renovación. No quería saber nada, por ejemplo, de los planes de la izquierda para establecer un estado del bienestar.

Por eso sufrió una derrota espectacular. Apenas obtuvo 188 diputados contra 394 de los laboristas. Su mayor error, en palabras de Antony Beevor, “fue no haber mostrado ningún interés por la reforma social ni durante la guerra ni durante la campaña electoral”.

En La Segunda Guerra Mundial, Beevor explica que la mayoría del Ejército votó contra Churchill para romper con el tradicionalismo del pasado, en el que las Fuerzas Armadas reproducían las desigualdades de clase. Un sargento, al ser preguntado por su capitán acerca del sentido de su voto, resumió así sus motivos: “Socialista, señor, porque estoy harto de recibir órdenes de estos malditos oficiales”.

La pérdida de los comicios no sentó bien al líder de los conservadores. Su esposa Clementine trató de consolarlo. Afirmó que, tal vez, la derrota fuera una bendición disfrazada. Obtuvo una réplica mordaz: “Pues si es una bendición, desde luego se ha disfrazado muy bien”.

Una figura crepuscular

Había luchado contra Hitler, entre otros motivos, por preservar el Imperio británico. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, el agotamiento de la metrópoli y el auge de los movimientos nacionalistas hacían inviable su pervivencia. En 1947, la India se convirtió en un estado independiente.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento Británico, en Londres.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento británico, en Londres.

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En sus memorias sobre la Segunda Guerra Mundial, Churchill escribió que los primeros pasos de la nueva nación se habían dado en medio de horribles matanzas, por las divisiones entre la población hindú y la musulmana. Nada semejante había tenido lugar “durante nuestra ocupación”, añadió, dando a entender que, después de todo, él había estado en lo cierto con su enérgica defensa de la dominación inglesa.

Churchill regresaría a Downing Street en 1951. Permaneció en el poder cuatro años más, pero solo era una figura decadente. Ya no exhibía la descomunal capacidad de trabajo demostrada en el pasado. Por el contrario, se desinteresaba de temas tan importantes como la economía o la política interior.

Dejaba hacer a su gabinete hasta tal punto que no se apreció ninguna diferencia en el gobierno cuando, en 1953, sufrió una apoplejía. Las pocas veces que intervenía en los asuntos de los ministerios, según Andrew Roberts, solo conseguía empeorar la situación.

Durante este segundo mandato se produjo un incidente que dio mucho que hablar. En uno de sus discursos, el premier aseguró que había dado instrucciones al mariscal Montgomery en el sentido de que estuviera preparado para repartir armas entre los alemanes vencidos. En caso de continuar el avance soviético, los antiguos enemigos podían convertirse en aliados para luchar contra el comunismo.

¿Un intento de continuar la guerra? El plan sorprendió a propios y extraños, con lo que se originó una enorme polémica en la que Churchill quedó como un irresponsable. Prácticamente como si hubiera pedido ayuda a Hitler contra Stalin, por más que el Tercer Reich, en aquellos momentos, estuviera ya fuera de juego. En privado, el primer ministro no dudó en confesar que con su comentario desafortunado había “hecho el ganso”.

La tragicomedia de Vox

 


Abascal reconoce que hizo mucho daño a España al abstenerse en el decreto de los fondos europeos. 

El Líder de Vox sabía y sabe que “la forma” de abstenerse en el RDL era para acorazar a Sánchez.   Estas cuentas que aparecen en paraísos fiscales con el nominativo de mandos de VOX, para él, nunca saldrían a la luz. Pero así es la política, el mismo  que te lo da, te lo quita y te deja en las puertas de la cárcel. ¿No hay nadie con un poco de sentido común en Vox? Media España y parte de la otra dan por descontado que Vox es una marca blanca del PSOE.

Al PSOE, ya no le interesa el Gobierno Frankestein, entre otras cosas, porque le conduce a ninguna parte. Muchos menos gurripatos de la ultraderecha. Ahora le interesa soltar lastras, para ganar crédito electoral y enfrentarse a la realidad, o sea, al Partido Popular.

He calificado a la baja a los mandos de Vox como gurripatos. Hace unos días, Macarena Olona pide a Marlaska, una entrevista con Villarejo en la cárcel de Estremera, hasta yo que soy menos que nadie sabía que estaba a punto de quedar en libertad. El Ministro, bajo órdenes de Redondo, se la concede de inmediato. Macarena amenaza a Villarejo –pájaro de mucho volar- si enmierdas “de lleno” a Mariano Rajoy en el caso Kitchen, te doy a libertad; contesta Villarejo, ¡Márchate, pazguata¡ La libertad, la tengo en el bolsillo. Primero, no es normal que la oposición te conceda una entrevista dentro de la cárcel, menos con Villarejo e imposible si Instituciones penitenciarias ya había firmado, bajo supervisión de La Moncloa, la libertad del entrevistado. Espera unos días y le entrevistas fuera.

Aún le dio tiempo a Villarejo, para hacer ver a Olona que había pactado una moción de censura con el PSOE, para echar al PP de la Junta de Andalucía y posicionarse ella como Presidenta. El PSOE os ha contestado: “Sólo nos faltaba pactar con vosotros”  

PSOE, Vox y Bildu pretendían hacer otros EREs con dinero de los fondos europeos.

 


El dictamen, difundido hoy, recoge también la preocupación del Consejo de Estado por la reducción de los plazos para autorizar los proyectos financiados con dinero de Europa

El Consejo de Estado pidió mantener los controles a los fondos europeos en el informe que ocultó Moncloa

El Consejo de Estado ha hecho público el polémico dictamen que le encargó el Gobierno sobre el Real Decreto para la gestión de los fondos europeos que Pedro Sánchez logró CONVALIDAR por la mínima en el Congreso gracias a la abstención de Vox. El Ejecutivo decidió mantener oculto hasta ahora el texto del alto órgano consultivo -que no es vinculante-, provocando una gran bronca política por parte de PP y Ciudadanos. Ambas formaciones intuían las críticas que se vertían sobre los cambios introducidos en los mecanismos de control de la Administración para agilizar la ejecución de los 140.000 millones que España recibirá de Bruselas en los próximos años.

 

A lo largo de 97 páginas, la institución que preside la exvicepresidenta socialista María Teresa Fernández de la Vega critica que el Ejecutivo no haya incorporado al expediente todos los informes preceptivos y "destaca la ausencia de toda exposición motivada y suficiente de las razones que en cada caso justifican la atenuación, o incluso la supresión, de los mecanismos de control".

El Gobierno ya ocultó hace dos meses un dictamen del Consejo de Estado sobre test en aeropuertos

En este sentido, el informe aprobado por unanimidad en diciembre dice literalmente que las recomendaciones presentadas por el Consejo al texto del Gobierno "tienen como denominador común la preocupación de este organismo ante la eliminación o modulación de mecanismos de control en materias tan sensibles como la contratación administrativa, los convenios administrativos o las subvenciones".  Además, destaca, entre otras cosas, que "se incumple la exigencia del análisis del impacto presupuestario".

 

La Institución consultiva sí afea además "que la memoria del análisis de impacto normativo no recoja, para cada una de las previsiones que suponen una flexibilización de los mecanismos de control, una explicación detallada de las razones que la justifican y de los beneficios que a ella se anudan".

 

También cree que "hubiera sido de inestimable valor conocer el parecer, no sólo de la Intervención Delegada, sino sobre todo de la Intervención General de la Administración del Estado, sobre las distintas medidas consistentes en la supresión o modulación de diversos mecanismos de control, incluidos los correspondientes a la función interventora". Aunque el Gobierno recabó su opinión, no se la facilitó al Consejo de Estado.

 

Según fuentes del Gobierno antes de llevar el texto al Consejo de Ministros, fueron incorporadas varias de las recomendaciones. Además, recuerdan que el dictamen considera que "el proyecto merece en su conjunto una opinión favorable".

 

El polémico dictamen reclamado hace casi un mes por algunos diputados como el portavoz de Cs, Edmundo Bal, también incluye otras observaciones como las que formula a los apartados 1 y 3 del artículo 53 del texto, en relación con la calificación como modificaciones contractuales de las nuevas unidades de obra que se incorporen a los contratos de obras, así como con la necesidad de reforzar los mecanismos de supervisión de los proyectos de obras y de responsabilidad de proyectistas y supervisores.

 

Asimismo, destaca una observación sobre la disposición adicional tercera, en la que resalta la necesidad de contar con plazos suficientemente amplios para realizar las evaluaciones ambientales con todas las garantías. "Preocupa a este Consejo de Estado que la reducción del plazo para resolver el otorgamiento de dicha autorización previsto en el artículo 21 del citado texto refundido, que pasa de nueve a seis meses, sea insuficiente a la vista de los plazos de los distintos trámites que deben evacuarse", apunta.

 

La urgencia con que se ha solicitado la emisión del presente dictamen hace muy difícil un estudio pormenorizado del mismo

 

Por otro lado, el Consejo de Estado reconoce que "la urgencia con que se ha solicitado la emisión del presente dictamen (habiendo tenido entrada el expediente el día 16 de diciembre y siendo sometido el dictamen a la aprobación de la Comisión Permanente el siguiente día 21 del mismo mes) (...) hace muy difícil un estudio pormenorizado del mismo, máxime si se tiene en cuenta que el expediente remitido únicamente contiene la versión definitiva del proyecto y la escueta memoria que lo acompaña".

El vandalismo toma Barcelona. Europa está obligada a destituir al dictador, Pedro Sánchez.

 


Hoy, Barcelona es portada de todos los medios de comunicación mundial con la única excepción de los propios medios españoles. La televisión alema pasa un vídeo con lo que está aconteciendo en la capital de Cataluña y titula: “Sólo 13 detenidos”, un país gobernado por anarquistas no puede formar parte de la UE, Europa está obligada a destituir al dictador, Pedro Sánchez. En España ocurre esto y sólo hay 14 detenidos. El socialista, Pedro Sánchez y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau ordenan a la policía que destruyan todas las grabaciones….

Estos últimos días hemos vuelto a ver nuestras calles llenarse de fuego, vandalismo, terror, pillaje y villanía bajo la excusa de defender la libertad de expresión. Si anteriormente la excusa era protestar por la sentencia contra los políticos del procés, esta vez, le ha tocado el honor a un rapero al que hace cuatro días nadie conocía y que hoy se ha hecho famoso porque, al parecer, en este país es muy progresista ponerse al lado de los que enaltecen el terrorismo, agreden periodistas y amenazan a testigos con prenderles fuego a ellos y a toda su familia, en las misma puerta de la sala de juicios (Estas son las tres causas por las que se le ha dictado sentencia de prisión).

 


Como siempre, socialistas, podemitas e independentistas tienden a simplificarlo todo. Para ellos, Pablo Hasél coincidencia (Pablo Iglesias, Pablo Echenique, tres Pablos para el recuerdo) la mentira OFICIAL es que Pablo Hasél está condenado a prisión por injurias a la Corona. Y el debate político, básicamente el de la izquierda más radical y populista -al que incomprensiblemente se le ha sumado el partido socialista-, ha contribuido a condimentar y alimentar esta gran falacia al optar por mantenerse en la demagogia que tan buenos resultados electorales les ha dado.

 


El debate no es, hoy, los límites de la libertad de expresión –que los hay-, ni si esos límites se pueden traspasar simplemente por entornarlos musicalmente. El debate es si, desde los poderes públicos y desde los diferentes medios de comunicación, estamos ejerciendo debidamente nuestra labor de construir una sociedad crítica, sí, pero con principios y valores. Llevamos demasiado tiempo cuestionando nuestro Estado de Derecho, flirteando peligrosamente con postulados comunistas o incluso totalitarios, con unos gobernantes que no sólo son incapaces de condenar una manifestación violenta e ilegal, sino también de defender a nuestros cuerpos de seguridad cuando ejercen su labor.



En una sociedad en la que un ciudadano puede ser tildado de fascista por aquellos que le gobiernan simplemente por no pensar como ellos, algunos aspiran a que la libertad de expresión no tenga límites, a que los medios de comunicación estén sometidos al poder del gobierno y que la justicia no corte de raíz aquellas proclamas que inciten al odio, enaltezcan el terrorismo o señalen a un grupo al que atacar. Sólo imponen un único límite a esa libertad de expresión: que no les ofenda a ellos o a sus postulados.

 


Pero para ilustrar mucho mejor este ejercicio de hipocresía de la izquierda, simplemente basta con rememorar el reciente acto de “libertad de expresión” protagonizado por grupos de extrema derecha y neonazis, en Madrid, en el que una joven proclamó que el enemigo y culpable de todo es el judío y la reacción de esos mismos políticos y opinadores. Antisemitismo público, y delito de odio de manual que todos al unísono se apresuraron a denunciar, y con toda la razón del mundo.

 

Es tan delictivo enaltecer el terrorismo como el holocausto, y quien no lo vea así es que tiene una doble vara de medir muy perversa.

 

Que Podemos/Comunes no condenen los hechos entra dentro de la terrible normalidad que vivimos. No podemos olvidar que el vicepresidente del gobierno considera que España adolece de “déficits democráticos”. Pero lo que realmente es preocupante es la postura equidistante que ha adoptado el partido socialista condenando los hechos con la boca muy pequeña y siempre con un “pero” detrás. Al parecer es más importante mantener la estabilidad de gobierno no enfrentándose a sus socios en Barcelona y en Madrid, que no defender nuestra democracia y a sus ciudadanos. Poniéndose del lado de Pablo Hasél se colocan ustedes, una vez más, en el lado equivocado, junto a los nacionalistas y antisistema que utilizan cualquier excusa para dinamitar la credibilidad de nuestro Estado con el nuevo orden.

 


Algunos llevan mucho tiempo pensando que la democracia supone que cada uno haga lo que le apetece, sin ningún tipo de responsabilidad y esperando que sus actos no tengan consecuencia alguna, porque la libertad está por encima de cualquier norma, ley u orden establecido. Esto no es democracia, es anarquía. Y esto, por cierto, solo nos conduce a la miseria.