Una parte de la derecha española padece desde hace un tiempo un extraño síndrome que no le beneficia. Afecta a sus cuadros de mando, pero también a sus simpatizantes y, sobre todo, a ese grupo selecto de intelectuales que tanta experiencia acumula en el arte de firmar manifiestos. Su comportamiento es difícil de definir. Hay quien piensa que tiene un origen patológico, dado que les arrastra hasta el borde del ataque de ansiedad a cada mínima amenaza que detectan a su alrededor. También hay quien sospecha que estos ilustres aprovechan las incursiones que detectan en su territorio para significarse, de modo que la gente no se olvide de que existen, respiran y piensan. Harían bien en calmarse o en exigirse cierta contención porque su actitud alimenta a 'el enemigo'.

Entiéndase por enemigo Pedro Sánchez, quien, en su afán por convertir la política española en un juego siniestro, plantó ante la oposición hace unos días una trampa parlamentaria -el decreto ómnibus- que tenía un fin claro: erigir al Gobierno como el único defensor de los pensionistas, de los valencianos y de los precarios, frente a una derecha insolidaria.