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Irene Montero vive en el mundo de Yupi. Regresa en el Falcon de EEUU y regala 2.1 millón/€ a una “empresa” para estudiar el feminismo.

 


Irene Montero vive en el mundo de Yupi. Regresa en el Falcon de EEUU y regala 2.1 millón/€ a una “empresa”  para estudiar el feminismo.

 Por Juan Pardo

juanpardo15@gmail.com

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Blog de Juan Pardo

El Ministerio de Igualdad destina en una semana 1,5 millones a subvencionar asociaciones feministas y otros 0,5 a financiar «investigaciones» de esa índole

 

El Ministerio de Igualdad que dirige Irene Montero no parece estar sufriendo la crisis económica que sí adolece el resto del país. En esta última semana, ha destinado 1,6 millones de euros a regar con dinero público a entidades feministas y otros 500.000 euros a subvencionar «investigaciones feministas y de género». En total, 2,1 millones para «reforzar» la agenda feminista.

 

El instrumento utilizado por Irene Montero para otorgar estas ayudas ha sido el Boletín Oficial del Estado (BOE), que el pasado martes anunciaba «subvenciones destinadas a apoyar al movimiento asociativo y fundacional de ámbito estatal» por un importe total de un millón seiscientos mil euros. Las asociaciones beneficiarias obtendrán entre 6.000 y 60.000 euros en ayudas.

 

Igualdad aún no ha especificado cuáles han sido las entidades receptoras de estas generosas cuantías, pero cabe recordar que el año pasado se otorgó 10.333,17 euros a la asociación «revolucionaria» –así se define a sí misma en su página web– Libres y Combativas, impulsora de las marchas en las que se llama «fascista» a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso o en las que se pide mandar al «cementerio» a Rocío Monasterio, líder de Vox en la región. Un peligroso precedente.

 

En años anteriores, la cuantía máxima a la que estas entidades podían aspirar era de 40.000 euros. Pero el presupuesto destinado a este tipo de subvenciones ha ido incrementándose de manera considerable en las últimas ediciones. En 2019 y 2020 la cuantía total destinada a estas cuestiones fue de 1,5 millones, mientras que en 2016 era de tan sólo 1.250.000. Esto significa que el dinero destinado a subvencionar entidades feministas ha subido un 22% en seis años.

 

Investigaciones feministas

La otra fuerte inversión fue publicada en el BOE este pasado viernes. Se trata de medio millón de euros dirigidos a «realizar investigaciones feministas, de género y sobre mujeres originales e inéditas, así como a impulsar la investigación aplicada en la materia». La cuantía se distribuirá entre los proyectos seleccionados, que optarán a un máximo de 30.000 euros.

 

La directora del Instituto de las Mujeres, Antonia Morillas, justificó esta partida arguyendo que es vital trabajar en «una agenda compartida de Estudios Feministas y de Género». Sobre todo, en su opinión, después de que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos haya anulado la protección de la que disponía el aborto desde hace 50 años. Además, argumentó que este tipo de estudios son necesarios para frenar el «acoso» al colectivo LGBT. Pero no especificó cómo.

 

Este tipo de investigaciones también vienen siendo regadas generosamente con dinero público en los últimos años. En 2021, sin ir más lejos, se gastaron 600.000 euros en estudios de postgrado y actividades universitarias relacionadas con la igualdad, poniendo especial énfasis en la «democratización feminista, la participación económica para la igualdad, la perspectiva interseccional, la crisis ecológica y las mujeres, y la coeducación». En los últimos cinco años, mediante esta convocatoria, se han concedido ayudas por un importe de más de tres millones de euros divididos en 294 proyectos (82 postgrados y 212 actividades).

 

Un curso trans

Pero el gasto semanal del Ministerio de Igualdad no cesa ahí. A través de la Dirección General de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI, y así lo ha admitido el BOE, ha gastado 40.859,79 euros del erario público en un curso universitario con ideas transgénero. Este tuvo lugar entre el 20 y el 22 del pasado mes de junio en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, donde se hizo apología de la teoría queer que tanto critican las asociaciones feministas tradicionales por considerar que borra la categoría jurídica (y biológica) de mujer.

Si el gasto en este cursillo se desgrana, una cuantía importante (3.000 euros) va destinada al alojamiento y manutención del llamado Grupo de Expertos del Ministerio de Igualdad, compuesto por 15 personas. Otros 11.000 euros van a parar a aviones para el profesorado que participó en el curso. Y eso que todos ellos viajaron en clase turista. No como la ministra Irene Montero, que continúa en el punto de mira de la oposición y de la opinión pública por haber utilizado el Falcon presidencial en su viaje a Estados Unidos. Al polémico desplazamiento se le suma ahora el dispendio de su semana fantástica en mitad de la crisis.

Por Juan Pardo

juanpardo15@gmail.com

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Blog de Juan Pardo

Ante la duda, las mujeres no quieren trans con pene en los vestuarios públicos.

 


El colectivo LGTB pide que en los vestuarios o aseos públicos no haya “Hombre/Mujer” e incluso el uso compartido, mientras uno se lava las manos otro pueda defecar sin olores poderosas.  

La semana pasada saltaba la noticia de que a una persona trans le habían pedido que no usara el vestuario femenino del gimnasio porque una mujer se había quejado. Dicha persona lo denunció en sus redes sociales y el gimnasio acabó rectificando y pidiéndole disculpas. Cabe destacar que la persona en cuestión tiene un cuerpo plenamente masculino y que su actual «tránsito a mujer» consiste en llevar una peluca y maquillarse, algo que, obviamente, no convierte a nadie en mujer y que en el vestuario desaparece.

 

Por este motivo, el resto de usuarias lo que ven con sus ojos es a un hombre, por mucho que en los documentos pueda aparecer que es de género femenino. Y si digo que su cuerpo es el de un hombre, es porque en la entrevista que le hicieron se le ve pelo en su pecho plano y porque en su perfil de Twitter alardea del gran tamaño de su pene. Yo no sé ustedes, pero yo no conozco a ninguna mujer que presuma de su miembro viril. Pese a ello, afirma que lo que tendría que haber hecho el gimnasio es explicarle a la señora que se quejó que es una mujer igual que ella.

 

Bueno, pues igual, igual, estarán conmigo, quizá no. Para empezar, más allá de los rasgos físicos que ya he mencionado, los cromosomas son diferentes y, para continuar, su función en la reproducción es también distinta porque puede fecundar, pero no ser fecundada, que es una capacidad que la naturaleza reserva a las hembras humanas adultas. Finalmente, si esta persona muere, es enterrada y años después se descubren sus huesos, inmediatamente se identificará su cuerpo como el de un hombre aunque haya realizado un cambio de sexo registral. Y es que la biología es el muro con el que chocan irremediablemente los partidarios de la teoría Queer: por más que se empeñen, solo hay dos sexos y son inmutables.

 

Dicho esto, es evidente que hay personas que sufren por no sentirse identificadas con el sexo con el que han venido al mundo y que hay que poner todos los recursos necesarios para paliar ese sufrimiento y, por supuesto, esas personas merecen todo respeto. El problema está cuando su libertad colisiona con la libertad de los demás.

 

Creo que no hay que haber leído a Stuart Mill para entenderlo. ¿Qué derecho debe prevalecer, el de una persona a utilizar el vestuario del sexo con el que se siente identificada o el de las mujeres a poder tener un espacio seguro? Porque si hay espacios diferenciados es por algo: a lo largo de la historia las mujeres hemos sufrido violaciones y abusos sexuales. Ahora, tal y como ironiza magistralmente el humorista Ricky Gervais en su espectáculo SuperNature, si una mujer es abusada por una trans, corre el riesgo de ser acusada de tránsfoba si no se refiere a esta persona por el pronombre elegido.

 

Y hemos llegado aquí al meollo de la cuestión: la transfobia. Lo que hace el movimiento Queer es intentar censurar a todo aquel que no comparta su credo, dando unas muestras de intolerancia que les ha valido el apelativo de Inqueersicion. Por ejemplo, los profesores de psicología José Errasti y Marino Pérez, sufren violentos boicots o incluso cancelaciones en las presentaciones de su libro Nadie nace en un cuerpo equivocado, la más reciente en Barcelona, donde los transactivistas amenazaron con quemar la librería de La Casa del Libro donde se estaba celebrando el acto y tuvieron que cerrar sus puertas y sacar de allí a los asistentes escoltados.

 

Que esto suceda en una democracia es una auténtica aberración y flaco favor le hacen a la causa trans con esos comportamientos de energúmenos del que, además, presumen en sus redes sociales. Si acaso tuvieran razón, desde luego la perderían al momento comportándose de esa manera intolerante y antidemocrática. Y hablando de este tipo de actitudes, les recomiendo que lean la tremebunda historia por la que ha tenido que pasar mi compañera Lucía Etxebarria a cuenta de la acusación de transfobia.

 

El afán censurador de los transactivistas los ha llevado, por ejemplo, a cancelar unas clases sobre el papel de la mujer en la publicidad, como le pasó a Juana Gallego en la UAB o, más grave todavía, ha hecho que sobre la psicóloga Carola López Moya -especializada en ayudar a mujeres maltratadas- penda la condena de una multa de hasta 120.000 euros y cinco años de inhabilitación. En ambos caso, por sus opiniones en contra de la ideología queer y su denuncia de los riesgos que comporta que se amputen miembros sanos a menores o que se les condene a ser enfermos crónicos mientras se lucran las industrias farmacéuticas y las clínicas de cirugía estética, algo en lo que países como Reino Unido y Suecia ya están dando marcha atrás. Este es, sin lugar a duda, el aspecto más preocupante de lo que está sucediendo con la hegemonía del queerismo, como alertaba el domingo Fernando Savater desde estas páginas.

 

Al margen de todo esto, resulta evidente que las grandes perjudicadas somos las mujeres. No he visto ninguna queja sobre la presencia de trans en vestuarios de hombres ni sobre su participación en las categorías deportivas masculinas, como sucede al contrario, porque es tan grave que puede acabar con el deporte femenino, como denuncia incansablemente Irene Aguiar. No se borra la palabra padre, ni se llama a los hombres «personas peneportantes», mientras sí que se eliminan palabras tan bonitas como «mujer» o «madre» y se sustituyen por engendros como «persona menstruante» o «persona gestante». Son muchos años de lucha feminista para que una corriente misógina nos borre y nos arrebate nuestros espacios de libertad y de seguridad y son muchos años de lucha para vivir en una democracia para que ahora vengan estos inqueersidores a cercenar la libertad de expresión por mucho que pretendan disfrazarlo en nombre de unos derechos humanos que nadie les niega.