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El rescate se llama, Francisco Franco Bahamonde.





Cuando vemos como el Gobierno de un país nos conduce al precipicio en las grandes crisis, en las que todo se tambalea y parece que esté a punto de caer, un pueblo siente la necesidad de aferrarse a algo, aunque sea a un clavo ardiendo.

En este escenario se encuentra la población española. Los ricos por corrupción –todos- intuyen que va a ser decapitados una vez descubiertos y liberado el pueblo. Los pobres porque no pueden más, ya sobrepasamos los tres millones de pobres en situación extrema, ya hay mafias hasta en los contenedores de los supermercados donde millones de padres tienen que embutir a sus hijos por si con mucha suerte encuentran algún yogur caducado. Pero estamos completamente huérfanos. ¿A qué y dónde nos agarramos? ¿A las promesas de un mundo mejor que promete Rajoy? ¿A las de yo tengo la solución que nunca tuve, de Rubalcaba, o a los chistes del divertido Montoro? ¿Nos aferramos a ese mundo mejor que nos ofrecen estos vanidosos, engreídos, jactanciosos, vanos,  pedantes. prolijos e inoportunos?

Por suerte irreal, ese es el gran drama de España. Que no vislumbramos en el horizonte una tabla que nos salve del hundimiento definitivo. Porque estos son incapaces, no solo de hacer algo que nos alivie el dolor, sino de entender la realidad  latente.

De momento, los franceses, que deben de estar tan desesperados como nosotros, se van a aferrar a Marine Le Pen. Nosotros, que aún conservamos un poco más de cordura, vamos a pedir que vuelva Franco aunque sea casado con la Pasionaria