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viernes, 13 de mayo de 2016

Pactos políticos que solo justifican más corrupción.





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Seguir lo ocurrido en España tras las elecciones del pasado diciembre ha sido aleccionador. No siempre las democracias parlamentarias funcionan como mecanismos de relojería y el tejido de alianzas, en un país como el peninsular que se acostumbró al bipartidismo, no está siendo fácil de manufacturar para los nuevos y los viejos políticos. Lo más interesante, en mi opinión, fue el fallido acuerdo entre el viejo partido socialista y una formación emergente de centro derecha, Ciudadanos, quienes se acercaron hasta donde les fue posible para ofrecer un gobierno susceptible a ser investido.
Ese ejemplo se vuelve amargo si se le compara con lo que ocurre con las alianzas electorales regionales en el México de este año, vergüenza susceptible de repetirse en el 2018. Supongo, porque la ley se los exige, que los partidos concurrentes y las alianzas registradas, presentan programas de gobierno que van a dar a los discos duros de los organismos electorales y allí duermen el sueño de los justos pues pocas veces son expuestos a la ciudadanía. Esa papelería, ese “trámite”, carece de importancia para nuestros políticos, deseosos de hacerse del poder para enriquecerse o en el mejor de los casos deseos de disfrutar de la libido del poder. Lo último viene a cuento de lo recordado por Julián Marías, el filósofo y padre del novelista: en las horas agónicas de la República española, en 1939, en plena desbandada republicana, abundaron aquellos quienes se arriesgaron al presidio o al fusilamiento, con tal de recibir a los vencedores como poseedores momentáneos, ya de un ministerio, ya de un puesto menor, ambicionado desde su juventud y que la desgracia les ofrecía en bandeja.
Que se alíen la izquierda y la derecha nada tiene de raro. Ha habido pactos casi secretos de una perversión inconmensurable (Hitler y Stalin) y otros, virtuosos, como los que hicieron que Chile o España retomaran la senda democrática. Pero fueron éstos últimos documentos de buen gobierno redactados para comprometer a los firmantes, con un mínimo de acuerdos, ante la sociedad. De esos no hay en el México de hoy o muy poca gente los conoce. ¿Habrá alguna idea escrita por detrás de la repugnante querella familiar por el gobierno de Veracruz? ¿Iremos alguna vez más allá de la promesa de meter a la cárcel por ladrón al político cuya silla se ambiciona? Es natural que en estados donde no ha habido aun alternancia, como el propio Veracruz o Tamaulipas, los votantes mantengan la discreta esperanza de que, una vez despachado el PRI, en algo mejoren las cosas, aunque los gobiernos aliancistas han resultado, en los sexenios recientes, iguales o peores que los monocolores, porque no están basados en programas sino en amenazas viles, promesas de escarmiento y sueños guajiros. El botín a repartir.
No, no basta con los debates, a menudo espectáculos mediáticos que sólo ratifican las convicciones del voto duro. Nos urgen programas políticos que nos permitan discernir qué clase de democracia queremos. Por ejemplo, comparando lo ofrecido en la Ciudad de México para las próximas elecciones dizque constituyentes, observo que los programas más similares son los del PRI y del PAN. Esa convergencia “contra natura” excluye, por ejemplo, la totalitaria revocación de mandato y urge a limitar el secuestro de la vía pública por las manifestaciones recurrentes. Ello en una ciudad donde, lo reconozco, los gobiernos del PRD trajeron muchas cosas buenas pero en donde, agotado el ciclo perredista, tenemos la oportunidad de discutir nuevas ideas y no de presenciar los zafarranchos de siempre, que pronostican, otra vez, elecciones federales de bajísima calidad.
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