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El Putin que nunca fue persona.

 

An illustration of a man writing with smoke coming from the paper he is writing on, and the billowing smoke forms the portraits of Russian leaders

A partir de este mes, todos los estudiantes de bachillerato de Rusia tienen un nuevo libro de texto de Historia. En sus páginas, encontrarán un relato asombrosamente simplista de los últimos 80 años —desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el presente— que prácticamente lleva la firma del Kremlin.

Llamarlo revisionismo se queda muy corto. Stalin, a diferencia de cómo se lo solía representar en los libros de texto rusos de los últimos 30 años, es presentado como un dirigente sabio y eficaz gracias al cual la Unión Soviética ganó la guerra y la gente común empezó a vivir mucho mejor. Se mencionan las represiones, pero de forma acusatoria. Al lector le queda la sensación de que las víctimas de Stalin eran culpables y sufrieron un castigo merecido.

El relato sobre el final de la Unión Soviética está igualmente distorsionado. En los libros de texto anteriores se analizaba el colapso del sistema soviético y la ineficiencia de la economía planificada, se escribía sobre la irracionalidad de la carrera armamentista y de los dirigentes soviéticos envejecidos. El nuevo volumen culpa de todo a Mijaíl Gorbachov, y lo reprueba tachándolo de burócrata incompetente que sucumbió a la presión de Estados Unidos. Luego están las 28 páginas sobre la guerra en Ucrania. En ellas no hay, por supuesto, historia alguna, sino solo propaganda descarada, un conjunto de clichés reciclados de la televisión rusa.

El libro fue escrito, junto con otros, por Vladimir Medinsky, exministro de Cultura de Rusia y actual asesor presidencial. Medinsky tiene otro papel, más secreto: es quien le escribe los textos al presidente Vladimir Putin. Trabaja con un equipo de ayudantes y redacta textos sobre historia que firma con el nombre de Putin. Dada la obsesión del presidente con la historia y el uso que hace de ella para justificar su régimen, Medinsky ocupa una posición importante en la Rusia actual. Desde las sombras, ha ayudado a construir el edificio ideológico e histórico sobre el que se asienta buena parte del régimen de Putin.

Pero ¿quién es?

Medinsky nació en la región ucraniana de Cherkasy, pero no es ucraniano. Su padre era militar y Medinsky pasó su infancia viajando por toda la Unión Soviética, de guarnición en guarnición. En este entorno itinerante, según algunos allegados, Medinsky creció con unos valores muy conservadores y como sincero patriota de la Unión Soviética. La educación también fue importante —su madre era maestra— y, con el tiempo, eso lo llevó al Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú. Estudiante modelo, destacó en la Facultad de Periodismo y fue miembro del Komsomol, la organización juvenil del Partido Comunista.

Pero llegado el momento de su graduación, la Unión Soviética se había derrumbado. A Medinsky no le costó adaptarse. En 1992, con un grupo de compañeros de clase, creó su propia empresa de publicidad, Ya Corporation. Sus clientes eran sobre todo empresas financieras y tabacaleras. Pronto se convirtió en el especialista en relaciones públicas del grupo de cabildeo del tabaco, un poco al estilo del protagonista sin escrúpulos del libro de 1994 Gracias por fumar, de Christopher Buckley.

Fue en aquel entonces cuando conocí a Medinsky, cuando yo era estudiante de instituto, a finales de la década de 1990. Él era 10 años mayor que yo, y distante, y acababa de empezar a impartir clases de relaciones públicas. Era una disciplina nueva y muy de moda, y muchos de mis compañeros de clase que querían ser “gente de relaciones públicas” soñaban con aprender de él. Medinsky, una especie de estrella en el campus, era considerado un empresario de éxito y ayudaba con gusto a los estudiantes: a los mejores los fichaba para hacer prácticas en su empresa.

En 2000, Putin se convirtió en presidente de Rusia, en sustitución de Borís Yeltsin. Como debe hacer cualquier profesional de las relaciones públicas, Medinsky se adaptó al cambio de ambiente, y se valió de un empleo en la función pública para dar el salto a la política. Para 2004, ya era diputado del partido de Putin, Rusia Unida. A pesar de las acusaciones de que, siendo un cargo electo, siguió ejerciendo presión en favor de las tabacaleras y los casinos, Medinsky era un hombre en alza.

A eso ayudó que empezara a comerciar con el patriotismo. En 2007, este excabildero del tabaco empezó a escribir libros sobre historia; o, más bien, empezó a crear relaciones públicas históricas. En una serie de libros titulada “Mitos sobre Rusia”, se propuso desmontar los estereotipos rusos y, en su lugar, poner otras nuevas historias en circulación. Había libros sobre “la embriaguez, la pereza y la crueldad rusas”, “el robo, el alma y la paciencia rusos” y “la democracia, la suciedad y el encarcelamiento rusos”.

En cada uno de los libros, Medinsky sostenía que todo lo malo de la historia no eran sino calumnias de los enemigos. Por ejemplo, Iván el Terrible no era, en realidad, un tirano demente, porque, para empezar, siempre estuvo motivado por los intereses de su pueblo e hizo todo lo posible por el bien de Rusia. Por otra parte, los gobernantes occidentales de la época eran aún más crueles. Y, en cualquier caso, todas sus supuestas atrocidades fueron en realidad fantasías de los historiadores europeos.

Desde el principio, la obra de Medinsky recibió las críticas de los verdaderos historiadores rusos. Sin embargo, él nunca ocultó que su trabajo no estaba basado en los hechos. Para él eran irrelevantes: el verdadero objetivo era crear un relato convincente. “Los hechos, por sí solos, no significan mucho”, escribió Medinsky en uno de sus libros. “Todo empieza, no con los hechos, sino con las interpretaciones. Si amas a tu patria, a tu gente, entonces la historia que escribas siempre será positiva”.

Con este planteamiento, Medinsky ideó el mito de una Rusia benévola y poderosa, que siempre se alzaba con justas victorias frente a otros países supuestamente inferiores. Es evidente que llamó la atención del presidente y, en 2012, Putin lo nombró ministro de Cultura. Según una fuente cercana al Kremlin, el presidente le encomendó una tarea muy clara: emprender la militarización de la sociedad rusa.

Eso fue exactamente lo que hizo. En 2013, Medinsky se puso al frente de la Sociedad Histórica Militar Rusa, una organización benéfica que, en actos y exposiciones, ensalzaba las victorias militares del pasado. Como ministro, Medinsky destinó fondos a películas que crearan mitos patrióticos sobre la Segunda Guerra Mundial, como Mariya. El símbolo de la guerra y Los 28 hombres de Panfilov. El arte era desdeñado —en una reunión, Medinsky dijo que no podía considerar arte nada que pudiera dibujar él mismo— en favor de los éxitos comerciales. Toda su política cultural se puede calificar de propaganda de guerra y de la violencia.

Fueron años de éxito. Sin embargo, a principios de 2020, Putin remodeló su gobierno; junto con la mayoría de los miembros de la gobierno, Medinsky fue destituido y pasó a ser asesor del presidente. Según sus conocidos, fue un importante descenso de estatus, y la degradación le escoció. (Al parecer, le molestó sobre todo no recibir el coche nuevo que suelen disfrutar los empleados de la administración presidencial).

Pero la pandemia le ayudó a recuperarse. En el verano de 2020, Putin se confinó en su residencia de Valdái. Siempre le había interesado la historia; allí, donde tenía tiempo libre, se obsesionó notablemente con ella. Empezó a hablar sobre temas históricos, pero necesitaba un asesor, alguien que pudiese perfeccionar sus ideas y darles plena expresión. Medinsky era la opción evidente.

Es cierto que Medinsky no escribe él solo, exactamente, sus propios textos. La persona que le escribe los textos a Putin tiene su propio y numeroso equipo de escritores fantasma o ghostwriters. Sigue al frente de la Sociedad Histórica Militar Rusa, cuyos empleados trabajan en sus artículos y libros. En general, el proceso es más o menos el siguiente: el presidente dicta sus tesis a Medinsky, quien las desarrolla y se las dicta a su vez a sus ayudantes. Estos escriben los ensayos y, después, los textos recorren el camino inverso —a Medinsky y, finalmente, a Putin— para ser editados.

Así es, por ejemplo, como surgió el infausto ensayo de Putin de 2021, en el que escribió por primera vez que Occidente, de forma deliberada, estaba volviendo a Ucrania “antirrusa”. Estaba repleto de afirmaciones estrafalarias: que los rusos y los ucranianos eran un solo pueblo; que Ucrania fue una creación de los bolcheviques; que el Imperio ruso y la Unión Soviética nunca infringieron los derechos de los ucranianos. El artículo, publicado en la web oficial del presidente, fue enviado a todas las unidades militares del Ministerio de Defensa, y Putin sigue repitiendo periódicamente sus puntos centrales en sus discursos públicos. El artículo fue incluido casi en su integridad en el nuevo libro de texto de historia.

El libro, que tiene la capacidad de formar a toda una generación de estudiantes rusos, es tal vez el mayor logro de Medinsky hasta la fecha. Según sus colegas, se compara a sí mismo con los intelectuales conservadores del Imperio ruso, como Konstantín Pobedonóstsev, el infame ideólogo del reinado de Nicolás II. Otros modelos son Andréi Zhdánov, mano derecha de Stalin tras la Segunda Guerra Mundial, y Mijaíl Súslov, principal ideólogo de Brézhnev, que defendió la persecución de los disidentes.

Medinsky, por supuesto, es una parodia de los anteriores, al igual que su versión de la historia rusa. Es una mentira tan poco convincente e indisimulada que, en la práctica, sirve para condenar todo el relato imperial de la historia rusa. A pesar de su éxito, Medinsky podría convertirse en el sepulturero de la ideología imperial rusa. Porque, después de él, ya no será posible hablar sobre el pasado de Rusia sin vergüenza, horror y asco.

Churchill, el líder conservador inglés que ganó la segunda guerra mundial.


En la Segunda Guerra Mundial, la peor conflagración que ha vivido el globo hasta hoy, Winston Churchill ejerció un liderazgo enérgico y por momentos visionario. Con la fuerza de su oratoria, demostrada en discursos como el legendario de “sangre, sudor y lágrimas”, supo congregar al Reino Unido en torno a una misión colectiva, la lucha contra Hitler. Tiempo después, el laborista Clement Attlee, al ser preguntado sobre lo que hizo Churchill para ganar la guerra, respondió que había hablado de ella.

 

Desde luego, como se dijo, supo movilizar el idioma inglés y enviarlo al combate. Pero hizo mucho más que eso. En aquella situación de vida o muerte, Churchill cortejó a Roosevelt con sus mejores artes de seducción para convencerle de que Estados Unidos se implicara en el conflicto. Porque sabía que Gran Bretaña, por sí sola, no podía ganar. Por otra parte, logró sobrellevar la primera etapa de la guerra, en la que se sucedieron los desastres.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

Winston Churchill haciendo su famoso gesto de la V de victoria en 1943.

 Dominio público

Pero el mítico premier también fue el artífice de numerosos descalabros que la memoria histórica ha relegado a un segundo plano. En los inicios del conflicto, su puesto fue el de primer lord del Almirantazgo, dentro del gabinete de Neville Chamberlain. Desde este cargo, primero imaginó que Hitler no tenía intención de ocupar Noruega . Cuando la invasión se produjo, declaró en la Cámara de los Comunes que el Führer había cometido un gran error.

Tanto optimismo carecía de fundamento. Churchill respondió a los nazis con una expedición al país nórdico y no consiguió más que una calamidad. Su actuación solo sirvió para empeorar las cosas. Como señala el historiador Antony Beevor, “constantemente cambiaba de idea e intervenía en las decisiones operacionales para exasperación del general Ironside y de la Armada Real”. Además de perder 1.800 hombres, Gran Bretaña se quedó sin un portaaviones, dos cruceros, siete destructores y un submarino.

Churchill dio muestras de una tendencia que se repetiría una y otra vez, la de entrometerse en la dirección de la guerra, convencido de que su visión estratégica era superior a la de los generales.

En ocasiones eso era cierto. Pero no faltaron otras en las que al líder conservador le traicionó su exceso de confianza. El embajador soviético, Iván Maiski, asistió al discurso parlamentario en el que dio explicaciones por el fracaso. Nunca le había visto en un estado semejante: “Está claro que ha pasado varias noches sin dormir. Estaba pálido, le costaba encontrar las palabras, se encallaba y no dejaba de confundirse”.

Aunque él era el principal responsable de la derrota en Noruega, tuvo la suerte de que las críticas se centraran en el primer ministro. Su reacción fue apoyarle de un modo muy medido: lo suficiente para quedar como un patriota ante la opinión pública, pero no tanto como para cerrarse las puertas como posible sucesor.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

Churchill junto a Neville Chamberlain en 1935.

 Dominio público

Enfermo y desacreditado, Neville Chamberlain acabó por dimitir. En la cuerda floja Churchill se convirtió entonces en el nuevo gobernante del Reino Unido. Se le recuerda, sobre todo, por su tenaz negativa a llegar a un acuerdo con Hitler cuando Gran Bretaña sufría las temibles incursiones de la Luftwaffe, la aviación del Tercer Reich.

Por eso es tan sorprendente y revelador el libro de Anthony McCarten El instante más oscuro, que muestra cómo el premier inglés estuvo peligrosamente cerca de claudicar ante el Führer. En aquellos días dramáticos, tras la caída de Francia, muchos pensaban que Gran Bretaña iba a hundirse si se obstinaba en proseguir su lucha en solitario contra Alemania. Estados Unidos mantenía aún su neutralidad. Si entregaba armas a los británicos, las hacía pagar antes en efectivo.

Churchill se enfrentaba a decisiones dolorosas. El 27 de mayo de 1940 comentó a los miembros de su gabinete de Guerra que estaba dispuesto a alcanzar la paz aunque fuera al precio de entregar a los germanos Gibraltar, Malta y algunos territorios africanos. No obstante, este era una especie de plan B. En público hacía todo lo posible por mantener alta la moral de guerra de los británicos.

Un hombre, por decir que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel

En esos momentos se especulaba con la incorporación al bando alemán de la España franquista. Downing Street hizo todo lo posible para mantenerla en una situación de neutralidad, aunque fuera por medios poco confesables. El embajador soviético Maiski refirió en su diario el trato desconsiderado hacia Juan Negrín, antiguo primer ministro de la Segunda República, por entonces exiliado en el Reino Unido. El político socialista recibió un mensaje inequívoco: podía permanecer en el país, pero el gobierno de Su Majestad deseaba que hiciera las maletas “por voluntad propia”.

El significado del gesto estaba claro. Londres intentaba satisfacer a Franco con una demostración de hostilidad hacia uno de sus enemigos.

Gran Bretaña hacía la guerra para defender, además de su independencia, la democracia, pero la Normativa 18B permitió a Churchill encarcelar a determinadas personas sin juicio previo. Andrew Roberts trata de disculpar esta medida al indicar que el propio primer ministro la consideraba “odiosa”, una solución provisional en circunstancias extraordinarias, y que liberó en cuanto tuvo ocasión a los afectados, cuando ya no constituían una amenaza para la seguridad del país.

En un clima de absoluta incertidumbre, bajo la permanente amenaza de una invasión nazi, había que combatir el derrotismo. Para neutralizarlo se aplicaron métodos que coartaban las libertades civiles. Se detuvo, por ejemplo, a una persona que se quejaba por el precio del pan. Un individuo de Leicestershire, por decir en un pub que no sabía cómo Gran Bretaña iba a obtener la victoria, fue condenado a dos años de cárcel.

Cualquiera que pusiera en duda la victoria final cometía un delito. Porque, como señalaría el propio Churchill en su historia de la Segunda Guerra Mundial, las circunstancias de la guerra pronto exigieron “la subordinación casi completa del individuo al Estado”.

Retrato de Winston Churchill tomada en 1941.

Foto de Winston Churchill tomada en 1941.

 Dominio público

Entretanto, en el trabajo diario con sus colaboradores, Churchill demostraba una y otra vez su mal carácter. Se le puede disculpar con el argumento de que estaba sometido a una enorme presión, pero nunca fue un hombre fácil. Hería a la gente de su entorno con sus comentarios sarcásticos. A los que no eran capaces de entenderle, cosa no siempre fácil si soltaba gruñidos o sonidos incomprensibles, les preguntaba por qué no habían leído más o dónde se habían educado.

Su esposa, Clementine, alarmada, le envió una carta advirtiéndole que había notado que ya no era tan amable como antes y que debía cuidar más sus modales. Él admitía que podía ser brusco en exceso. En un discurso ante la Cámara de los Comunes en 1941, reconoció que nadie le superaba en el uso de un lenguaje de escarnio y severidad: “Bien pensado, no sé por qué muchos de mis compañeros no me han retirado ya la palabra”.

Según Roberts, un autor que le es abiertamente favorable,si se hubiera comportado de la misma forma en la actualidad, habría acabado ante los tribunales. No obstante, aunque en demasiadas ocasiones pecara de falta de tacto, también es cierto que conservaba una dosis de encanto que por lo general le permitía calmar las aguas tras haber desatado una tormenta.

Una derrota tras otra

Por razones políticas, Churchill envió tropas para apoyar a Grecia, aunque no existían posibilidades de victoria. No deseaba presenciar la caída de un aliado sin hacer nada para defenderlo. El resultado fue el esperado: la península helénica cayó de todas formas en manos de los alemanes. Geoffrey Regan, en su Historia de la incompetencia militar, deja claro que se trató de una chapuza política, más que militar.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

Churchill visita las ruinas de la catedral de la ciudad inglesa de Coventry.

 Dominio público

El fracaso en tierras helenas afectó a las operaciones en África, al distraer unas fuerzas que habrían servido para oponerse al Afrika Korps de RommelEl Zorro del Desierto infligiría humillantes derrotas a los británicos, en parte motivadas por el apresuramiento de su primer ministro. Este, impaciente por obtener resultados, se inmiscuía una y otra vez en las operaciones de sus generales. Hasta que dio con Harold Alexander y Bernard Montgomery, que supieron ponerle en su sitio.

Tras la victoria de El Alamein, tendió a dejar que los profesionales de la guerra hicieran su trabajo, pero no le fue fácil. Montgomery tendría que pararle los pies antes del desembarco de NormandíaChurchill antepuso otra vez las consideraciones políticas a las militares en 1942, al enviar una fuerza naval a Singapur que no podía evitar que la plaza cayera en manos japonesas. El Prince of Wales y el Repulse, sin cobertura aérea, no tardaron en ser hundidos, con un saldo de 840 muertos.

Regan señala que, con Singapur, el Reino Unido se dejó llevar por su orgullo imperial. Se empeñó en defender una plaza sin valor estratégico, solo por su importancia como símbolo moral, más allá de consideraciones estratégicas o políticas. Se suponía que la ciudad, con su resistencia ante el Imperio nipón, exhibiría ante el mundo la capacidad de recuperación de los británicos.

Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera

Métodos crueles

Tras ocupar Singapur, los japoneses se apoderaron de Birmania. Al ver amenazada la frontera oriental de la India, Churchill aplicó una política de tierra quemada en la región de Bengala. Los excedentes de arroz y otros alimentos debían ser destruidos. Y de lo que no se destruía, buena parte se exportaba hacia el Reino Unido, en lugar de satisfacer las necesidades de la población local. Se provocó así una hambruna en la que murieron alrededor de tres millones de personas.

Para Antony Beevor, este fue, probablemente, el episodio “más vergonzoso y escandaloso” de la dominación británica. Cuando recibió informes sobre la terrible escasez, el premier inglés preguntó por qué, si faltaban tantos alimentos, Gandhi no había muerto todavía. Sentía por el líder pacifista hindú una tremenda animadversión. Entre otros motivos, porque había sugerido a los británicos que se rindieran al Tercer Reich: “Dejad que tomen posesión de vuestra hermosa isla con su sinfín de hermosos edificios. Les daréis todo esto, pero no vuestra alma y vuestra mente”.

En 1940, Gandhi creía que Hitler no era “tan malo” y que estaba alcanzando victorias sin un excesivo precio en vidas. En Europa, la guerra cambió en sentido favorable a los británicos a partir de 1942. Pero aún quedaba una lucha larga y sangrienta. Para vencer, Churchill estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por cruel que fuera.

No consideraba que su país tuviera que ligarse a un código caballeresco mientras los nazis combatían sin ningún límite ético. Por eso autorizó bombardeos despiadados sobre ciudades alemanas, como el de Dresde, que se justificaron con mentiras sobre su importancia estratégica o industrial. El verdadero objetivo era aterrorizar a la población germana.

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

Churchill y el general De Gaulle en Marrakech (1944).

 Dominio público

Con el fin de prevenir un hipotético ataque sobre Londres con armas biológicas, el premier británico dio luz verde a los ensayos de la Operación Vegetariana. La idea consistía en arrojar sobre territorio enemigo pastillas de pienso contaminadas con carbunclo. Las pruebas que se efectuaron en Escocia hacían presagiar un efecto devastador, puesto que la isla de Gruinard quedó inhabitable, y permaneció así hasta 1990.

La derrota final del Tercer Reich hizo innecesaria esta medida drástica, que hubiera debido afectar, en teoría, solo a los rebaños, no a los seres humanos. En realidad, la utilización controlada del carbunclo resultaba por completo imposible.

Poco antes de que concluyeran las hostilidades, Churchill, preocupado por la hegemonía soviética en el este de Europa,ordenó a los militares que trazaran un plan de contingencia contra la URSS. La Operación Impensable planeaba lanzar un ataque que iniciaría una nueva contienda, que se preveía larga.

El asunto, por fortuna, quedó tan solo en una especulación. El Reino Unido, agotado por la larga lucha contra el Tercer Reich, no estaba en condiciones de desencadenar otro enfrentamiento. De haberlo intentado, no habría encontrado ningún apoyo internacional, porque Estados Unidos no estaba por la labor. El proyecto permaneció en secreto hasta que, medio siglo después, se revelaron todos los detalles.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

Churchill visita a las tropas en Normandía, en 1944.

 Dominio público

Como señala Max Hastings, fue una suerte para la reputación de Churchill que se tardara todo ese tiempo en hacer pública la documentación. El líder británico creyó posible doblegar a los soviéticos cuando se produjo la invención de la bomba atómica, una noticia que recibió con júbilo. Su existencia permitiría, a su juicio, amenazar a Stalin con destruir, en caso de necesidad, Moscú, Stalingrado, Kiev y otras ciudades.

Tanto optimismo no tenía en cuenta que, con la tecnología de la época, era muy complicado materializar un ataque nuclear. A diferencia de los japoneses en Hiroshima y Nagasaki, con defensas antiaéreas ya muy disminuidas, la URSS sí poseía los medios para derribar cualquier avión que transportara el terrible explosivo antes de su destino.

Cómo no ser reelegido

En teoría, el hombre que había dirigido Gran Bretaña a lo largo de la Segunda Guerra Mundial tendría que haber ganado fácilmente las elecciones de 1945. Sucedió justo lo contrario. Es un tópico infundado la idea de un pueblo británico ingrato con su salvador. Lo cierto es que la gente se dio cuenta de que Churchill no era el hombre idóneo para gestionar la paz. No prestaba atención a los asuntos cotidianos del país.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

Winston Churchill observa a las tropas aliadas mientras cruzan el Rin el 25 de marzo de 1945.

 Dominio público

Por otra parte, empezó a realizar declaraciones alarmistas. Advirtió que, si ganaba la izquierda laborista, el país se vería en manos de una nueva Gestapo. Además, tras el largo combate contra el nazismo, los británicos deseaban un cambio, una sociedad nueva. Churchill, con su conservadurismo, se oponía a las aspiraciones de renovación. No quería saber nada, por ejemplo, de los planes de la izquierda para establecer un estado del bienestar.

Por eso sufrió una derrota espectacular. Apenas obtuvo 188 diputados contra 394 de los laboristas. Su mayor error, en palabras de Antony Beevor, “fue no haber mostrado ningún interés por la reforma social ni durante la guerra ni durante la campaña electoral”.

En La Segunda Guerra Mundial, Beevor explica que la mayoría del Ejército votó contra Churchill para romper con el tradicionalismo del pasado, en el que las Fuerzas Armadas reproducían las desigualdades de clase. Un sargento, al ser preguntado por su capitán acerca del sentido de su voto, resumió así sus motivos: “Socialista, señor, porque estoy harto de recibir órdenes de estos malditos oficiales”.

La pérdida de los comicios no sentó bien al líder de los conservadores. Su esposa Clementine trató de consolarlo. Afirmó que, tal vez, la derrota fuera una bendición disfrazada. Obtuvo una réplica mordaz: “Pues si es una bendición, desde luego se ha disfrazado muy bien”.

Una figura crepuscular

Había luchado contra Hitler, entre otros motivos, por preservar el Imperio británico. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, el agotamiento de la metrópoli y el auge de los movimientos nacionalistas hacían inviable su pervivencia. En 1947, la India se convirtió en un estado independiente.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento Británico, en Londres.

Estatua de Winston Churchill junto al Parlamento británico, en Londres.

 Dominio público

En sus memorias sobre la Segunda Guerra Mundial, Churchill escribió que los primeros pasos de la nueva nación se habían dado en medio de horribles matanzas, por las divisiones entre la población hindú y la musulmana. Nada semejante había tenido lugar “durante nuestra ocupación”, añadió, dando a entender que, después de todo, él había estado en lo cierto con su enérgica defensa de la dominación inglesa.

Churchill regresaría a Downing Street en 1951. Permaneció en el poder cuatro años más, pero solo era una figura decadente. Ya no exhibía la descomunal capacidad de trabajo demostrada en el pasado. Por el contrario, se desinteresaba de temas tan importantes como la economía o la política interior.

Dejaba hacer a su gabinete hasta tal punto que no se apreció ninguna diferencia en el gobierno cuando, en 1953, sufrió una apoplejía. Las pocas veces que intervenía en los asuntos de los ministerios, según Andrew Roberts, solo conseguía empeorar la situación.

Durante este segundo mandato se produjo un incidente que dio mucho que hablar. En uno de sus discursos, el premier aseguró que había dado instrucciones al mariscal Montgomery en el sentido de que estuviera preparado para repartir armas entre los alemanes vencidos. En caso de continuar el avance soviético, los antiguos enemigos podían convertirse en aliados para luchar contra el comunismo.

¿Un intento de continuar la guerra? El plan sorprendió a propios y extraños, con lo que se originó una enorme polémica en la que Churchill quedó como un irresponsable. Prácticamente como si hubiera pedido ayuda a Hitler contra Stalin, por más que el Tercer Reich, en aquellos momentos, estuviera ya fuera de juego. En privado, el primer ministro no dudó en confesar que con su comentario desafortunado había “hecho el ganso”.