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Pedro Sánchez no tiene quien le escriba


Sánchez sólo se escribe a sí mismo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez | Europa Press

A veces Pedro Sánchez coge una pluma con alma de sauce llorón, un tinterito lleno de sangre y saliva, como un beso, y un folio todo mojado de luna llena, y deja una carta para la ciudadanía, para la militancia, para los amantes, para los mimos y arlequines, para los niños victorianos o para la coña de todo el país. Todas las cartas de amor son ridículas, decía Pessoa, pero las de Sánchez, que no son de enamorado sino de estafador, son obscenas. Hace mucho que Sánchez no resulta creíble como político (él no hace política, sólo supervivencia, como el montañero con gorra de Rain Man y gafas y piel de lagarto de V que él mismo nos enseña en sus fotos). Pero resulta aún menos creíble como poeta hemofílico, como Byroncillo con miasmas, como Gloria Fuertes con su pato y su pata. Y aún resulta más increíble todavía como el romántico de la banda del Peugeot, como el Cyrano de Ábalos y Koldo y como el pacifista de tartera cuya cara con versículo ponen los ayatolás en los misiles como si fuera un ayatolá más, con su toallón teológico y su maldición divina. Pero yo creo que Sánchez sólo se escribe a sí mismo, como cuando Mr. Bean se mandaba tristes postales de felicitación.

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Sánchez ha escrito otra carta volandera y pegajosa que dirige a la militancia o a la Fe, y que ha lanzado como en botella desde la Moncloa, que ya es una isla de cocoteros, insolaciones, soledad y locuras. Sánchez yo creo que ya está hablando con su mano o con los cocos, como si se hubiera quedado incluso sin espejos. Quiero decir que ya es imposible que nadie crea a Sánchez salvo Sánchez. Ni como esposo rendido o muerto de amor, como si fuera don Perlimplín, ni como príncipe de la Paz, como aristócrata del ‘no a la guerra’ como del ‘no a la tala’ (Tita Cervera), ni como paladín de la Democracia, ni como simple político, ni como nada salvo alguien que intenta no ahogarse en el río vestido de montañero dominguero, de Mr. Bean en canoa. Yo creo que con estas cartas, suspirantes, acusadoras, solitarias (huelen a soledad como los poetas de buhardilla), Sánchez no intenta buscar votantes ni fieles sino volver a creer en él, como el escritor que escribe para su cajón, en el que ve un arca de la posteridad.

La carta de Sánchez ya es un género, una intención y un síntoma en sí misma, incluso antes de llegar al tema, sea la paz, la guerra, la democracia, la justicia, el odio o cualquier palabra de mosquetero, de meapilas, de poetastro o de farsante. Las cartas de Sánchez no dejan de ser como los discursos de Sánchez o los estribillos de Sánchez, sólo que con más humedades, más pobreza, más lamparones, más urgencia, esa desesperación supurante de la carta a la amada imposible, de la instancia a la autoridad imposible, del rezo a la deidad imposible. La epístola en Sánchez es mucho más que sanchismo en prosa o verso, es sanchismo doliente, es sanchismo lastimero, es el último recurso del amante sin amor, del poeta sin talento, del bachiller sin trabajo o del político sin recursos antes de matarse con el violín o con el florete, o de amenazar con matarse con el violín o el florete, que Sánchez ya ha amenazado varias veces con eso. Cuando llega a la carta, el sanchismo ya ha pasado por las maniobras políticas, por el puro poder y la pura propaganda, hasta desembocar en la súplica con moco de palmatoria. Antes que la paz, o lo que sea, está la desesperación, que en Sánchez ya es como gótica y va dando cansancio y grima como todos los poetas de claro de luna y novia fantasmagórica.

Cuando Estados Unidos bombardeó Irán el año pasado, no le pareció ni mal ni bien, y seguro que ahora es igual"

Lo pedagógico de las cartas de Sánchez es que presentan el sanchismo como en cortes superpuestos, como láminas de anatomía. Está la primera mentira del recurso a la carta, sigue luego con la mentira del contenido de la carta y concluye con la mentira fundamental que es el hecho sanchista en sí, hable de la guerra o de lo que sea (ahí está la hemeroteca). Como ya hemos dicho, el ‘no la guerra’, como el ‘no a la muerte’, es sólo una postura perezosa y retórica que no significa nada ni demuestra nada aparte de la necesidad de recurrir a la pereza y a la retórica, como la necesidad de recurrir a la carta con letra de tísico y pesetón de lágrima o baba. No significa nada y no supone más compromiso, valentía, fortaleza ni memoria que recordar los tiempos de estudiantina o de manifa y sentarse en el prado mientras el mundo sufre la guerra como aquí sufrimos en general la realidad sin que Sánchez tenga nunca ni soluciones ni culpa. Sánchez se coloca en el lado correcto de la historia, un poco como quien exhibe pedigrí (ese socialismo aristocrático), pero sus lemas adornan y alientan misilazos o terrorismos, en Oriente Medio o en Guipúzcoa. Cuando Estados Unidos bombardeó Irán el año pasado, no le pareció ni mal ni bien, y seguro que ahora es igual. En realidad, decir que no tenemos presupuestos por defender la paz ya era una tomadura de pelo suficientemente elocuente antes de poner la cosa en verso o en sangre. Pero esto no importa, porque a Sánchez ya no se le rebate.

A Sánchez no tenemos que rebatirle ni la paz ni la guerra ni la mentira ni el estilo, que el primero que se rebate es él. A Sánchez sólo podíamos aspirar a entenderlo y hace mucho que se le entiende todo. La cuestión no está en la guerra, ni en la moral, ni en la política, sino sólo en Sánchez, que todo lo hace posible e imposible, defendible e indefendible, moral e inmoral, político y apolítico. Que Sánchez sea pacifista de verdad, o que un presidente pueda ser pacifista de cartelón, como otro ayatolá con versículo, o que quede simplemente algo de político en este mal poeta, mal duelista, mal montañero o mal farsante; todas estas son preguntas sucesivas y superpuestas que se transparentan en la carta, como cortes de una resonancia, así que a mí me interesa más la carta como instrumento radiológico que la guerra como argumento indigente. De vez en cuando, Sánchez coge el plumier, que es como el ataúd en el que enterramos la inocencia de la infancia igual que un gorrioncillo, y se escribe a sí mismo dirigiéndose a la luna, a los dioses, a las musas, a los héroes y hasta a los niños que parecen formar esta España sanchista. Sánchez en realidad escribe para él, como un escritor sin lectores. Yo creo que intenta convencerse de sus propias mentiras, que es lo último que intentan, antes de darse por fracasados, los mentirosos.

Los Goya de artistas en decadencia, folklóricas agradecidas y pajaritas de rigor y tetas casi al aire son de izquierda putrefacta y cine de barrio.


El presidente del Gobierno Pedro Sánchez, el presidente de la Junta de Andalucía Juanma Moreno y la ministra de Trabajo Yolanda Díaz posan en la alfombra roja de los Premios Goya.
El presidente del Gobierno Pedro Sánchez, el presidente de la Junta de Andalucía Juanma Moreno y la ministra de Trabajo Yolanda Díaz posan en la alfombra roja de los Premios Goya.

Los Goya hay que verlos como una de esas galas de José Luis Moreno en las que había estrellones putrefactos, meritorios con hambre, consagrados decadentes, profesionales resignados y esforzados desconocidos que lanzaban una maza o enseñaban una pierna a vida o muerte, como al volapié. Con sobreabundancia de folclóricas agradecidas, boleristas sentimentales, artistas de piano blanco, glorias de pueblo en jarras y cuerpos de baile de bulto, estas galas no van tanto de celebrar el arte como de celebrar la subsistencia (por eso pega tanto que esté ahí Pedro Sánchez, con la pajarita antigua, gruesa y casi cerámica como el bigote de Íñigo). Ni en los Goya ni, en general, en tres horas de tele de tubo en fin de semana, uno espera ver, ni dejar de ver, ni echar de menos o de más a intelectuales, pedagogos o mesías. Es algo así como esperar un mensaje de sabiduría o del futuro tras una actuación de Betty Missiego, con esa cosa de pitonisa que tenía ella.

Tenemos una idea equivocada de la gente del cine. Nos olvidamos de que casi todos nuestros actores o directores, antes de meterse en esos repollos de las galas y en esos personajes angustiosos y tiznados por la guerra y el hollín sentimental español, han sido antes camareros de cóctel o de sobao, o mimos del Retiro, tristes y famélicos como fieras de la Casa de Campo. Alguno todavía se quitará los lazos de princesa y las manchas de leopardo de la noche de los Goya para volver al café con leche y al perrito de globo, que así es el artisteo. A mí me parece que a esta gente no se les puede exigir coherencia intelectual ni heroicidad, estando atrapados entre el orgullo y la precariedad, un poco como los periodistas. A los otros, los que sí son estrellas, con una piscina que va de Beverly Hills a Alcobendas, o los que ya tienen la vida resuelta y el chaletito en las afueras, o al menos y un piso alto, fantasmal y santero en Malasaña, como un piso de Sabina o de Alaska; a éstos lo que se les puede decir (se lo dijo ya Ricky Gervais) es que no saben nada de la vida y que no son nadie para dar lecciones.

Nadie piensa que un mimo tenga que ser modelo intelectual ni ejemplo moral. Ni tampoco un millonario con vozarrón o con peluquín. En realidad, que se llegue a eso es raro, en el arte, en el espectáculo o en la vida. Y cuando se da, suele ser algo personalísimo y nada corporativo. O sea, que cuando el mundo del cine, o de la literatura, o del periodismo, o esa bestia que se suele llamar “el mundo intelectual” se manifiestan por algo normalmente es por un interés, un romanticismo o una mitología propios, como los del funcionario, cosa que automáticamente me merece un pragmático desinterés. Eso del mundo del cine a mí me suena como hablar del “mundo del circo”, como si fuera un volumen de una colección de novelas juveniles. A lo mejor los Goya tendríamos que verlos como un circo pobre, con comprensión y conmiseración, ahí con sus trapecistas viejos, sus leones calvos con mataduras de burro, sus payasetes nerviosos con cubo de confeti y sus tiernos malhumorados con capirote, pompón y lágrima tatuada como una flor de lis de tristeza.

En los Goya, como en las galas de Moreno o en los circos con goteras, se trata de sobrevivir, vendiendo películas, pena, morriña, grima o espectáculo, siendo aserrados por un mago o siendo más folclóricos que elegantes y profundos. Ahora, el folclore y la subsistencia están en la política como estaban antes (o están todavía) en la tele, así que tomarse en serio los Goya puede ser como tomarse en serio Gran Hermano, o las tertulias, o toda la política. Yo diría que Karla Sofía Gascón ha sufrido a la turba canceladora como una venganza de edredoning, algo que está entre el morbo, la audiencia y la satisfacción de venganza del puritano, lo que Bertrand Russell llamaba “moral de linchamiento” pero a lo mejor en este caso es sólo moral del superviviente.

Estar en el cine español es como estar en una caravana con su particular moral de caravana, o en un circo con su particular ley del circo (recuerden la venganza de La parada de los monstruos). Aun así, una película o un colectivo morrocotudo que invisibilizan a su estrella no son buenos para la supervivencia, así que entre la condena de los puritanos se asomaba el aún más placentero y condescendiente perdón de los puritanos. La moral de quita y pon es algo que no se puede esperar de intelectuales, de pedagogos ni de mesías (tampoco de periodistas), pero sí de políticos. Supervivencia, ya digo, que por eso estaba ahí Sánchez, como un santo patrón, no tanto proveedor de fondos sino de infinita plasticidad moral, ahí con todos los actores tiesos o ricos hervidos en lentejuelas como en lentejas. Yo puedo ver las películas, pero ya no escucho a los actores y directores hablar desde dentro de su repollo y desde su barandillita del Cielo, como una marquesona en los toros. Sobre todo porque a veces se caen por la barandilla. El 47, por ejemplo, que tanto alabó Sánchez, ha puesto a civilones franquistas en Cataluña pero ha borrado el racismo contra los “españoles” y sus charneguitos, que eran o son como moritos de Jerez o de donde sea. Si hay algún mimo, algún camarero, algún poeta de buhardilla (de esos “genios-para-sí-mismos” que decía Pessoa), o incluso alguna estrellita de mechas californianas que sea modelo y ejemplo de arte, intelectualidad o moral, seguro que no nos damos cuenta en una gala, y seguro que no nos damos cuenta de todo a la vez. Hay que separar estas cosas o al final nos tragamos todo el cine español o toda la política española como un decreto de los de Sánchez, o como horas y horas de folclóricas y baladistas con Monchito y Rockefeller.