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Carmen Calvo: "La mujer embarazada no es dueña del hijo que lleva dentro, hasta que la sociedad no lo reconozca"

JP Logística

Carmen Calvo, Meo Minusválida psíquica. Dice: "Todo es de la sociedad hasta que ésta lo reconozca. Esta pájara ha sido Vicepresidenta del Gobierno de España, o sea, cualquiera puede ser presidente.

Quiere desbancar a Dios de los altares para sentarse ella, ser el Dios Google y el Nietzsche de la filosofía a martillazos. 


Lo esencial de toda buena y sana aristocracia es que ésta no se autoconsidere como cumplidora de una función […] que acepte por tanto, con buena consciencia el sacrificio de un gran número de seres humanos que, por causa de ella, han de ser rebajados y disminuidos hasta llegar a ser hombres incompletos, esclavos, instrumentos” (Nietzsche, Más allá del bien y del mal).
¡Los débiles y los fracasados deben perecer!, es la primera proposición de nuestro amor a los hombres. Y se les debe ayudar a morir” (Nietzsche, El anticristo).
Con la dialéctica quien impera es la chusma” (Nietzsche, Cómo se filosofa a martillazos).
¿No habéis oído mi respuesta de cómo se cura a una mujer, de cómo se salva? Haciéndole un hijo. La mujer necesita tener hijos, y el hombre no es más que le medio para ese fin. Así hablaba Zaratustra. Emancipación de la mujer es el nombre que toma el odio instintivo de la mujer fracasada, es decir de la incapaz de maternidad, contra la mujer que posee esa cualidad. La lucha contra el hombre no es más que un medio, un pretexto, una simple táctica” (Nietzsche, Ecce homo).
Un hombre chiquitín es una paradoja, pero al menos es un hombre; pero una mujer pequeñita me parece de sexo diferente cuando la comparo con las mujeres altas 
El pensamiento de Nietzsche representa una paradoja. Por su estilo literario y sus “formas distinguidas”,1por la riqueza de sus aforismos que se prestan como ninguno a la libre interpretación, se trata de uno de los pensadores más destacados de la historia, uno de los más grandes representantes de las letras alemanas; pero por el hilo conductor de su pensamiento, por el contenido de sus posiciones políticas y filosóficas, se trata de uno de los filósofos más reaccionarios, misóginos, cínicos y aristocráticos. El contenido de su filosofía se ha eclipsado bajo el manto del estilo estético que lo sobrepasa. Desde el punto de vista artístico Nietzsche brilla en la constelación de la historia de la filosofía pero es difícil pensar que ocuparía ese lugar al margen del poeta: la tesis del “eterno retorno” proviene de los tiempos antiguos (los estoicos), y el resto de su contenido es poco más que la expresión literaria y poética de los prejuicios aristocráticos y clasistas de un sector de la clase dominante; ninguno de los aristócratas burgueses que expresaron más o menos las mismas ideas ocupan un lugar en el Olimpo de la filosofía, ni tendrían por qué ocuparlo (tenemos en mente el pensamiento del último Wagner —racista y aristocrático— o el anarquismo conservador de Max Stirner que desprecia también a la masa).
Muchos de los intérpretes de Nietzsche han explotado la veta sugerente y rica de sus aforismos. En la mayoría de los estudios dominan las interpretaciones libres que soslayan el pensamiento político del autor, su biografía y su contexto; se interpreta a Nietzsche con el método posmoderno que representa: con el método de la intuición y la arbitrariedad, o mejor dicho con la ausencia total de método. Para el posmoderno Gilles Deleuze el mérito de Nietzsche radica en haber disuelto todo sistema filosófico, en otras palabras, en el hecho de que globalmente no dice nada (una buena definición de la posmodernidad). En la medida en que se trata de poemas y aforismos, estas interpretaciones más o menos arbitrarias pueden tener su razón de ser y explican el que el pensamiento de Nietzsche siga siendo una veta de la que se extraen todo tipo de “objetos” disímbolos. En la recepción de la obra de arte, como señalaba Trotsky, lo fundamental es la evocación al plano emocional y no cabe duda de que en Nietzsche hay arte y poesía. Así, se pueden leer los aforismos oscuros de Nietzsche con el objetivo de recibir de ellos un placer estético, disfrutar de la maestría en el uso de la lengua, para encontrar en ellos sensaciones exacerbadas, frases ingeniosas, observaciones agudas que sacuden, perturban o sorprenden. Es verdad que Nietzsche sabía “cómo se filosofa a martillazos” de la ironía, el sarcasmo y la provocación. Se pueden leer como los horóscopos en los que encontramos una proyección y confirmación de nuestros deseos y convicciones, o como literatura de superación personal. En la medida en que se trata de arte —insistimos— los abordajes líricos están justificados por sí mismos.
Según Thomas Mann, a Nietzsche hay que disfrutarlo como una obra de arte, pero es una obra a la que no hay que creerle, ni tomársela muy en serio: “no sólo es arte -arte también es leerlo; y ninguna torpeza y rigidez son permisibles, mientras que todo tipo de astucia, ironía y reserva son indispensables para su lectura. Quien toma e Nietzsche en sentido estricto, literalmente quien le cree, está perdido”.¡Buen consejo para distraerse con Nietzsche y no terminar perturbado! Pero Nietzsche asumía su filosofía con total seriedad, para él no sólo se trataba de arte, de verdad creía que su pensamiento partiría la historia de la humanidad en dos “soy lo bastante fuerte [decía en una carta] como para partir en dos la historia de la humanidad”; caía en profundas depresiones cuando sus obras —como si sus contemporáneos hubieran hecho caso a Thomas Mann— eran ignoradas o malentendidas: “Los que creen entender algo de mi obra se forman una idea a su propia imagen y semejanza, una imagen que la mayor parte de las veces está en absoluta contradicción conmigo”.
Superación personal para aristócratas
Si bien la obra de Nietzsche se presta como ninguna otra a interpretaciones abiertas y libres, no se puede ignorar que Nietzsche tenía posiciones filosóficas y políticas definidas que dotan a su obra de una consistencia que pocas veces se le reconoce; si no estamos ante un sistema filosófico, por lo menos existe un hilo conductor, una tendencia aristocrática y reaccionaria. Penella ha escrito una biografía crítica sobre Nietzsche que vincula sólidamente la vida, obra y pensamiento del escritor alemán, demostrando que su filosofía es bastante coherente, aunque lo que resulta de ello no sea del gusto de los que buscan un Nietzsche adocenado y progresista. Las interpretaciones literarias no deben hacernos perder de vista las ideas anti-humanistas de Nietzsche. Éstas quedan patentes si leemos de corrido sus obras (sobre todo a partir de Aurora), estudiando su biografía y su contexto. Para entender a Nietzsche hay que desmitificar a Nietzsche. Si, como señalaba Trotsky, en la lectura de la Divina comedia de Dante es fundamental no suprimir su dimensión artística, en la obra de Nietzsche, por el contrario, es fundamental no suprimir su dimensión política y filosófica ya que en la mayoría de sus lectores las interpretaciones líricas son las dominantes. Además, después de todo, se supone que estamos ante un filósofo.
En tanto los escritos de Nietzsche hacen una crítica satírica brutal del filisteismo, cobardía e hipocresía de la clase dominante de su tiempo (sobre todo la alemana) muchos comentaristas de tendencia liberal o de izquierda han querido ver un Nietzsche revolucionario o, al menos, progresista de alguna manera. Es verdad que Nietzsche desnuda los valores burgueses que se disfrazan con membretes de la más inmaculada santidad, tales como el amor al prójimo, la bondad, la caridad, la compasión y la igualdad humana; en el camino plantea tesis que coinciden con ideas izquierdistas o, incluso, marxistas. Así el amor al prójimo oculta el egoísmo, La filantropía oculta el sacrificio de los débiles en beneficio de los fuertes. Esto es verdad, pero si Nietzsche señala la doble moral no es para liquidar la base material de esos intereses (que por otra parte Nietzsche identifica con la naturaleza y los instintos de los hombres superiores), sino para que “la raza superior” se percate de la naturaleza de su verdaderos intereses y los asuma hasta sus últimas consecuencias.Los críticos cortesanos de Rasputín coincidían con los revolucionarios en que éste era un personaje nefasto y degenerado —incluso terminaron asesinándolo—, pero la coincidencia en la apreciación se daba por motivos y objetivos de clase totalmente opuestos. Si en algunas afirmaciones encontramos algunas coincidencias entre Marx y Nietzsche es porque son opuestos; de la misma manera el polo norte y sur se parecen en la intensidad de su oposición. Posmodernos como Paul Ricoeur pretenden inventar un Nietzsche que se daría la mano con Marx —en el saco se mete también al pobre Freud— bajo la absurda y arbitraria categoría de: “filósofos de la sospecha” que supuestamente los hermana, sospechosa invención difícil de sostener con un filósofo que se declaraba explícitamente antisocialista hasta la médula:
Anarquismo de derecha
El espíritu dionisiaco, aquél que acepta el instinto y disfruta de la vida, no es la ética que promueve el goce para todos los hombres, como muchas veces se ha afirmado queriendo ver un Nietzsche humanista o uno que pregona lugares comunes de carácter liberal, sino la afirmación instintiva de la “raza superior” que es la única que tiene posibilidad de un verdadero goce. Los vulgares ni siquiera sabrían reconocer el buen gusto aunque tuvieran acceso a sus frutos ¡por eso la “chusma” se burló de Zaratustra cuando éste se dignó a bajar de su montaña! La ideología de Nietzsche es, según sus propias palabras, “antiliberal hasta la maldad”17 y profundamente antisocialista. Por eso Sócrates, según Nietzsche, es un decadente ya que pretendió que los esclavistas reprimieran sus instintos aristocráticos por medio de la razón. Fue el ser decadente, perteneciente a la chusma, que inventó la moral occidental.Nietzsche retoma la figura de Zaroastro (Zaratustra) por su admiración explícita por el espíritu de castas de la Persia antigua y de la India, además de su romántica idealización del pasado heroico ario.
El sufrimiento de Nietzsche fue el estado de ánimo en el que se decantó su egoísmo y su megalomanía patológicos; en su enfermedad, sus depresiones y en su crisis existencial Nietzsche se percató que había desperdiciado su vida en la polvosa erudición de la lectura o en fugarse de la realidad por medio de la música wagneriana, cuando el verdadero objeto de su vida no era otro que Nietzsche mismo (Zaratustra es en la obra de Nietzsche un pseudónimo de Nietzsche, lo mismo Schopenhauer y Wagner)y la afirmación de sí mismo y de sus propios valores. “Yo fui mi único enfermo [sostuvo Nietzsche] y a mí únicamente debo mi curación”. Sus libros son un monólogo de la autoafirmación. Ya no se trataba de una renovación cultural y artística impulsada por los hombres superiores (los artistas como Wagner), sino de la creación de un nuevo tipo de hombre que tenga “voluntad de guerrear […] voluntad de poder”,un hombre que esté por encima de los artistas y que tenga aspiraciones superiores, aspiraciones de dominio. Bien podríamos definir a la filosofía nietzscheana como literatura de superación personal para uso exclusivo de aristócratas. Si el resto de la humanidad no lo comprendía pues peor para la humanidad (“No hablo para las masas” dice Nietzsche).
El psicópata épico, el Superhombre
Su modelo de Superhombre será el “genio militar” —Napoleón o Cesar Borgia—, su modelo de Estado: el Imperio Romano, con su voluntad de poder. Cesar Borgia, obedeciendo su “voluntad de poder”, asesinó a su hermano y a su propio padre para lanzarse a una serie de conquistas militares.
La guerra divide a las masas caóticas en estamentos militares; sobre la capa inferior —la de los esclavos— se levanta, en forma piramidal, la sociedad guerrera. La finalidad del conjunto impone su yugo a cada uno, originando en las naturalezas más heterogéneas una especie de transformación química, que hace todos afines. En las clases altas, se percibe bastante mejor de qué se trata, o sea, del advenimiento del genio militar, fundador del Estado […] Yo diría que el hombre guerrero es un medio para el advenimiento del genio militar, y que su trabajo no es sino un medio para que ese mismo genio obre”.
Si bien el modelo nietzscheano de hombre superior no será un Charles Manson, demasiado vulgar, tal vez se le parezca más a Hannibal Lecter, mezclado, eso sí, con Goethe y Leonardo da Vinci, en todo caso se trata de un psicópata épico, metafísico. La cultura alemana de su tiempo es, para Nietzsche, decadente, enferma al estar subordinada a una moral de esclavos, una cultura democrática y liberal, una moral que impidió que Alemania impusiera su control en Europa; lo que le criticaba a Bismark no era el régimen totalitario sino su pequeña y estrecha política, Nietzsche quería algo más grande y portentoso. El carácter de las guerras deseadas por Nietzsche (idealizadas grotescamente pues, al mismo tiempo, no quiere guerras por dinero o por capital) queda definido por la necesidad de crear las condiciones para que la “raza superior” se afirme y desarrolle todas sus potencialidades en una “Europa unida que fuese señora del mundo”. Para “la superación personal” se requiere la esclavitud:
Y si fuera cierto que los griegos han sucumbido por culpa de su esclavismo, más cierto es que nosotros sucumbiremos a causa de su defecto”.
A partir de Aurora y hasta Ecce Homo Nietzsche será, más claramente, el profeta del individualismo egoísta (ya lo era antes, sólo que a partir de aquí renuncia a una renovación puramente artística-cultural y anuncia la “aurora” de un nuevo hombre). Tal vez haya tomado algo del anarquismo individualista de Max Stirner con quien Marx rompe sus lanzas en La ideología alemana.                                                                                                                                                         
No deja de ser irónico que Nietzsche, filósofo endiosado en nuestros días en las universidades públicas, odiara profundamente la educación pública y tuviera como proyecto educativo una “pedagogía” aristocrática. No se trataba de una manía accidental, sino una parte integrante de su pensamiento:
La educación generalizada conduce a la barbarie. Surge la “cuestión social”, ya que el pueblo instruido reclama para sí el bienestar que disfrutan unos pocos […] ¿Por qué necesita el Estado una cultura y una ilustración generalizadas? Porque con ello se hace creer a las masas que, bajo la égida del Estado, encontrarán por sí mismas-sin necesidad de un Führer –el camino correcto. Pero el espíritu alemán escapará de esta pseudocultura”.
Algunos se han dejado engañar por el libro Schopenhauer, como educador (Tercera consideración intempestiva) en donde Nietzsche afirma que un buen educador no enseña nada, sólo permite que el educando se afirme en sus propias potencialidades. Esto suena muy bonito, digno de cualquier libro de autoayuda, se olvida que Nietzsche lo escribía explicando lo que Schopenhauer le enseñó a él (habla de su “auto-superación”) y, en todo caso, es aplicable a la raza superior y en ningún caso a las masas. El que debe buscar el camino por sí mismo es el aristócrata noble, el hombre vulgar debe ser arriado como un borrego. Como dice Penella, muchas de las contradicciones aparentes en el pensamiento de Nietzsche, que sirven para ocultar al Nietzsche reaccionario, se desvanecen en cuanto ubicamos lo que se dice en su contexto.
Los ditirambos de Nietzsche (siempre ditirambos de sí mismo o elogios de su propio Yo) son tan oscuros como los acertijos de la esfinge; pero aquellos donde expone la médula de su “filosofía”, es decir el egoísmo aristocrático, racismo nobiliario, individualismo exacerbado, nihilismo, narcisismo, una homérica megalomanía, etc. son notablemente cristalinos. Algunos de ellos son un pequeño fractal de la totalidad de su pensamiento; aquí Nietzsche habla por sí mismo:
Los industriales y los grandes negociantes del comercio han carecido probablemente, hasta ahora, de todas esas formas y señales distintivas de la raza superior que son indispensables para hacer interesantes a las personas. Si hubiesen tenido en la mirada y en el gesto la distinción de la nobleza hereditaria, no existiría tal vez el socialismo de las masas, pues, en el fondo, las masas están dispuestas a admitir la esclavitud bajo todas sus formas, con tal de quién esté encima de ellas muestre continuamente su superioridad y la legitime por el hecho de haber nacido para mandar, revelado en la nobleza de sus modales. El más vulgar de los hombres comprende que la nobleza no se improvisa y que hay que honrar en ella el fruto de largos periodos; pero la falta de formas distinguidas y la famosa vulgaridad de los fabricantes, con sus manos encarnadas y sucias, despierta en el hombre del pueblo la idea de que el azar y la suerte son los que han puesto el uno encima del otro, y en su interior piensan: ‘pues bien, tentemos también nosotros alguna vez al azar y a la fortuna’, y el socialismo comienza”.
Leamos esta otra “perla” de desprecio altivo a las masas:
Lo primero que me pregunto al escrutar a la persona que tengo delante, es si posee el sentimiento de la distancia, si ve en todo el rango, los grados, las jerarquías de hombre a hombre, si sabe distinguir, en fin. Si posee todo eso es gentilhombre. Pero si no, pertenece irremisiblemente a la categoría tan vasta, tan bonachona de la canalla”.
¡Que los intérpretes del supuesto Nietzsche humanista se encarguen de encontrarle a esta apología de la esclavitud otra interpretación! (existe toda una industria editorial dedicada a ello).  A nosotros nos basta con Nietzsche mismo.
El Superhombre, como el sipo matador, se eleva hacia las alturas gracias al sometimiento, esclavización y mutilación de la mayor parte de la humanidad, que debe permanecer alienada para que el genio de la nueva casta pueda desarrollarse; un retrato monstruoso y surrealista sobre las condiciones de alienación propias de la plebe y la humanidad misma antes de la llegada del Superhombre —que al mismo tiempo, y sin querer, refleja la unidimensionalidad del ser humano en el capitalismo— aparece en “Así habló Zaratustra”, la imagen sobrecogedora parece sacada de un cuadro de El Bosco:
La magnitud del odio de Nietzsche a la plebe sólo se puede comparar con la colosal arrogancia que se alternaba con sus profundos periodos de depresión:
La vida es una fuente de placer; pero donde también la chusma bebe, quedan contaminadas todas las fuentes […] Y volví la espalda a los gobernantes al comprobar lo que ahora llaman gobernar: ¡regateo por el poder –con la chusma! (…) Y tapándome las narices caminé, fastidiado, por todo el ayer y el hoy; ¡qué mal huele todo el ayer y el hoy a chusma chupatinta! […] Lo que tiene mentalidad de mujer y de siervo, y sobre todo la plebe vil, pretende hoy regir todo destino humano -¡oh asco! ¡asco! ¡asco!”.
Trotsky frente a Nietzsche
A propósito de los aristócratas cultos que derramaban su bilis sobre las masas que protagonizaron la revolución de Octubre, Trotsky escribió las siguientes palabras que mutatis mutandis se podrían haber escrito sobre Nietzsche
Cierto cadete, cultor de la estética, obligado a viajar en un vagón, contaba después, rechinando los dientes postizos, que él, el cultísimo europeo y brillante conocedor de la técnica coreográfica de los egipcios, había sido tan maltratado por la revolución del populacho, que tuvo que viajar con los piojosos cargadores de bolsas. Al escucharlo sentimos un asco indecible por las dentaduras artificiales, la estética de la coreografía y toda esa cultura almacenada en los escaparates europeos. Así nació en nosotros la firme convicción que el último de los piojos del sucio cargador, tiene mucha más importancia y es, por decirlo así, más necesario en el proceso histórico, que aquel ilustradísimo y por muchos conceptos estéril panzudo”.
Nietzsche ha devenido el ideólogo de un grupo que vive como un ave rapaz a costa de la sociedad, pero en condiciones mucho más dichosas que el miserable lumpenproletariado: se trata de un parasitenproletariat [parasito del proletariado] de un calibre superior […] lo que vincula a todos los miembros de este orden disparatado de caballería burguesa es la expoliación abierta, y al mismo tiempo (en general, evidentemente), impune, a una escala inmensa, de los bienes de consumo, sin ninguna (insistimos) participación metódica al proceso organizado de la producción y distribución […] al mismo tiempo que desprecia las normas jurídicas y éticas de la sociedad burguesa, no tiene nada en contra de las condiciones creadas por su organización material”. […] nada es verdad y todo está permitido […] el burgués medio es un individuo razonable. Él va mordisqueando cautelosamente, siguiendo el sistema, acompañándose de sentencias emocionantes, de sermones moralizantes, de declaraciones sentimentales sobre la misión sagrada del trabajo. Un “superhombre” burgués no se comporta de ninguna manera de este modo: él acapara, toma, expolia, come todo hasta el hueso y encima dice: sin comentarios eh!”.
Pero la liquidación de las clases a la que aspira el marxismo ¿no implica, acaso, la liquidación de la individualidad, de la diversidad, de la diferencia?, ¿No implica, como decía Nietzsche, el descenso de las cumbres al nivel de planos y mediocres valles? ¿No será la aristocracia un mal necesario, preferible a la homogenización de la mediocridad, a la estandarización del pensamiento? ¿No será preferible, con todo y su cinismo, la filosofía de Nietzsche, con su exaltación de la individualidad que el “socialismo de las masas” de Trotsky? Muchos años después del artículo sobre Nietzsche que hemos citado, en los años heroicos del poder bolchevique, Trotsky respondió a estas interrogantes en referencia explícita al pensamiento de Nietzsche y a los burgueses que oponían el individualismo a la revolución. La revolución socialista no significaba, para él, la liquidación de la individualidad, sino por el contrario, la precondición para llenar de contenido pletórico a las inclinaciones y las sanas aspiraciones individuales, para que el individualismo deje de ser una abstracción que oculte la más humillante anulación de la individualidad de la inmensa mayoría.
Para Trotsky la transformación de las relaciones sociales es el prerrequisito para el surgimiento del “Superhombre”; pero la vía es la opuesta a la propugnada por Nietzsche. El principio de casta es hostil al surgimiento de ese nuevo hombre; ese hombre producto de una sociedad donde el arte, la poesía, la belleza y la verdad sean sus motores y no los accesorios exclusivos de una capa de parásitos. Fue el surgimiento de una casta burocrática, producto del atraso y el aislamiento de la revolución, el que impediría el surgimiento de ese “superhombre” anticipado por Trotsky. El “espíritu de casta”, la pesada burocracia, abortó su nacimiento. Si se le quiere dar algún sentido progresista al Superhombre imaginado por Nietzsche hay que invertirlo, “transmutarlo” o mejor dicho: revolucionarlo.
Anticipando al Führer
A los nietzscheanos, al menos los que se esfuerzan por encontrar a un Nietzsche humanista, no les agrada que se señalen las similitudes entre el contenido de la filosofía de Nietzsche con el nazismo (hacerlo, de hecho, constituye una herejía o por lo menos una muestra inoportuna de “mal gusto” como el de aquél que eructa ante distinguidos comensales). La perogrullada de que Nietzsche no fue nazi porque murió en 1900 no es suficiente. Tampoco Marx vivió hasta 1917 y, sin embargo, nadie niega que inspirara con sus ideas a la Revolución rusa.
No es posible ocultar que el “superhombre” nietzscheano está íntimamente ligado con la idea de la raza pura y nobleza de nacimiento, y que el ideal de “bestia rubia” que debe renacer de entre la mediocridad cristiana es identificado con los arios blancos. La mezcla de razas ha traído, según Nietzsche-, la decadencia y, por tanto, el anarquismo y, peor aún, el comunismo:
Con el latín malus [malo] (y a su lado pongo mélas [negro]), acaso se caracterizaba al hombre vulgar en cuanto a piel oscura, y sobre todo que fuese un hombre de cabellos negros (hic niger est [él es negro]); en tanto que fuese un habitante precario del suelo italiano, que se distinguiese de la raza blanca, es decir de la raza aria de los conquistadores […] Los celtas, dicho sea de paso, son una raza completamente rubia; se comete una injusticia cuando a esas fajas de población, esencialmente de cabellos oscuros, que es posible observar en esmerado mapas etnográficos de Alemania, se les relaciona, como hace todavía Virchow, con una procedencia celta, o una mezcla de sangre celta; en esos lugares aparece, antes bien, la población prearia de Alemania (y lo mismo puede decirse de casi toda Europa; en lo esencial, la raza sometida ha acabado por predominar ahí mismo, en el color de la piel, en lo corto del cráneo y tal vez en los instintos intelectuales y sociales; ¿quién garantiza que la moderna democracia, el todavía más moderno anarquismo y, sobre todo, aquella tendencia hacia la commune [comuna], hacia la forma más primitiva de sociedad (tendencia que hoy es propia de todos los socialistas de Europa) no significa en lo esencial un gigantesco contragolpe, y que la raza de los conquistadores y señores, la de los arios, no está sucumbiendo incluso fisiológicamente?)”.
El superhombre es resultado de la cría de casta, la segregación racial y de la selección de individuos fuertes en la reproducción de la especie. En esto no hay engaño posible:
Estas disposiciones resultan sumamente instructivas [se refiere a la legislación de castas como el Manú de la India] en ellas vemos, ante todo, la humanidad aria completamente pura y completamente originaria, y comprobamos que el concepto de pureza de sangre dista mucho de ser una idea banal […] El cristianismo surgido de raíces judías y sólo explicable como planta característica de ese suelo, representa el movimiento opuesto a toda moral de cría, de raza y de privilegio. Es la religión antiaria por excelencia […] la rebelión general de todos los oprimidos, miserables, malogrados y fracasados dirigida contra la raza; la venganza eterna de los chandalas [la casta más baja de la sociedad de castas india] convertida en religión del amor”.
El tema del antisemitismo en Nietzsche es, a pesar de todo, polémico. Es verdad que en sus escritos pueden encontrarse ideas contradictorias acerca de los judíos, pero incluso cuando los elogia lo hace en términos racistas:
“Los judíos son un antídoto contra el nacionalismo, esa última enfermedad de la razón europea. En la insegura Europa son quizá la raza más fuerte: superan a todo el occidente de Europa por la duración de su proceso evolutivo. Su organización presupone un devenir más rico, un número mayor de etapas que el de los otros pueblos. Como cualquier otro organismo, una raza solo puede crecer o perecer: el estancamiento es imposible. Una raza que no ha perecido, es una raza que ha crecido incesantemente. La duración de su existencia indica la altura de su evolución: la raza más antigua debe ser también la más alta. En la Europa contemporánea los judíos han alcanzado la forma suprema de la espiritualidad: la bufonada genial”.
La raza judía que Nietzsche acepta para formar su mezcla racial superior (junto con los arios rubios, los celtas blancos) es la aristocracia judía (mezcla que debe hacerse con mucho cuidado, según recomienda explícitamente):
Habría que dar acogida a los judíos, con toda suerte de precauciones, llevando a cabo una selección en un sentido parecido al de la nobleza inglesa. Es evidente que quienes podrían relacionarse con ellos sin la menos cautela serían los tipos más fuertes y más reciamente formados del nuevo germanismo, por ejemplo los oficiales nobles de la Marca de Brandenburgo […] el problema europeo, tal como yo lo veo, es el de la selección de una nueva casta que gobierne Europa”.
Se podrían agregar más citas al respecto. Lo que nos interesa, aquí, es señalar que las ambigüedades en la interpretación quizá provienen del hecho de que aunque Nietzsche despreciaba profundamente a las masas y a su moral de esclavos —señaladamente al judaísmo, o por lo menos al sector del que surgió el cristianismo primitivo, como expresión de la rebelión de los oprimidos— les reconoce la virtud de la astucia para utilizar su peso numérico y haber dominado con ello a la sociedad con su moral y una política liberal (este reconocimiento lo hace en “Crepúsculo de los ídolos”). Así pues, cuando Nietzsche elogia a los judíos lo que hace es reconocer su antigüedad como raza y las virtudes que los esclavos se han dado para imponerse; reconocimiento que en nada disminuye su odio hacia los “malogrados” ni sería, tampoco, un argumento para refutar su antisemitismo (por lo menos hacia el sector plebeyo del judaísmo).
Sin embargo, Nietzsche fue sólo el precursor literario, no el fundador, de un movimiento que, sin basarse primordialmente en sus obras, expresaba el mismo resentimiento reaccionario. El nazismo fue, al menos antes de derivar en una dictadura militar, un movimiento de masas conformado para aplastar a las organizaciones de izquierda y salvar al capitalismo; Nietzsche odiaba a las masas. Éste era incapaz de formar un movimiento social (como sí lo hizo Hitler), y aunque pretendía una “gran política” que implicaba “el dominio del mundo” por una raza de señores, ni siquiera fue capaz de fundar su proyectada academia con tres individuos… incluido él. Nietzsche profesaba ideas políticas reaccionarias pero era, hasta la médula de sus huesos, un literato con una sensibilidad a flor de piel no hecho para la política. Incapacitado frecuentemente por el “eterno retorno” de sus depresiones, muchas de las bravatas de Nietzsche, tales como su afán megalómano por ser un “superhombre”, pudieran entenderse como “compensaciones”, en el marco de sus orígenes aristocráticos, frente a su dolorosa debilidad e impotencia; estas dolencias físicas y emocionales le sirven a Penella, biógrafo de Nietzsche, para explicar, en parte, su filosofía.
El nazismo era profundamente anti-intelectual y Hitler un asno que aunque leía bastante lo hacía para fortalecer sus prejuicios y manías (aunque es inocultable, sin embargo, que hace referencia al Superhombre en “Mi Lucha” y en su biblioteca personal figuraban obras del filósofo alemán). Más influenciados “teóricamente” en el misticismo y el ocultismo (teosofía), los “teóricos” nazis, salvo algunas excepciones, difícilmente leyeron al Nietzsche que ensalzaron una vez en el poder como el “primer filósofo alemán”. Era más probable que lo leyeran los soldados nazis quienes debían llevar “La voluntad de poder” en sus mochilas.
Se dice que el “Nietzsche nazi” es producto de la tergiversación de su obra póstuma, especialmente en el libro “La voluntad de poder”, como si aquélla fuera lo único que Nietzsche hubiera escrito. El problema de ver en “La voluntad de poder” la simple manipulación pronazi es que fue publicada por vez primera muchos años antes (1901) de que Hitler tomara el poder, por lo que los señalamientos de que fue compilada con un criterio nacionalsocialista no parecen muy sólidos. Pero incluso concediendo que la fanática hermana de Nietzsche hubiera manipulado los textos en el sentido racista que la militancia antisemita de su esposo exigía, no hay nada en “La voluntad de poder” que no esté presente en las obras más representativas de Nietzsche, las cuales se publicaron bajo su quisquilloso cuidado. Por su correspondencia sabemos que Nietzsche estaba escribiendo “La voluntad de poder” de la cual su Zaratustra no sería más que una especie de vestíbulo. Parece ser que la manipulación hecha por Elizabeth, por lo menos de este escrito en particular, consistió más en la compilación negligente que en la tergiversación abierta. Heidegger —a quien se le suele elogiar su lectura de Nietzsche por los mismos que suelen escamotear la abierta militancia nazi de aquél— sostenía que “La voluntad de poder” era la obra capital de Nietzsche. Pero incluso prescindiendo de ésta no haría falta nada que no encontremos en el resto de su obra.
Aceptando que el nazismo no se inspiró directamente en las ideas reaccionarias y racistas de Nietzsche, no es exagerado, sin embargo, ver en este a un precursor ideológico —no organizativo— de prejuicios reaccionarios que enarbolará posteriormente el movimiento nazi.
Sin embargo, las observaciones psicológicas por más verosímiles que pudieran ser dejan sin explicar, por sí mismas, el contenido político y social de una ideología. Aun haciendo abstracción de las consideraciones anteriores —de carácter secundario, anecdótico y subjetivo— las similitudes entre las ideas de Nietzsche y el nazismo deberían llamarnos aún más la atención si aceptamos que no hubo influencia directa, serían la evidencia clara de que tanto Nietzsche como el nazismo expresaban a un sector social: al capital imperialista y a las capas parasitarias de la sociedad, exasperadas y resentidas; aquí está, a nuestro juicio, la clave para entender las similitudes. Más que influencia, aceptando que no la hubo, estaríamos ante un caso claro de “convergencia” clasista.
No es casualidad, entonces, que en Nietzsche, como en el movimiento nazi, encontremos todo un proyecto político totalitario y racista: las delirantes referencias a la “bestia rubia” que supuestamente fue domesticada y castrada por la moral cristiana, esa romántica idealización del pasado rural (Nietzsche, como el nazismo, se inspiraba, además de en la Grecia homérica, en las zagas heroicas del pasado nórdico), la idealización racista de un pasado ario puro y aristocrático… ese rechazo a la ilustración y al humanismo, esa apología de la esclavitud, ese racismo antisemita, esa “peculiar” interpretación de Galton y Darwin (la esterilización selectiva); la obsesión de que el matrimonio debe servir para crear un “hombre superior” (los nazis lo intentarán en la práctica), las mujeres sólo serán incubadoras dóciles (los nazis llevarían a la práctica esta idea con su Lebensborn), la apología de la guerra (Nietzsche quería abrir con ella una nueva cultura, Hitler su Germania), la delirante idea del “pueblo elegido” que debe imponerse violentamente a los demás, ese odio por los trabajadores (Nietzsche no quería obreros asalariados, quería esclavos), no falta el psicópata proyecto de “aniquilar a millones de malogrados”, esa “filosofía de la vida” que promueve la liquidación de lo “débil”. Casi todo está allí, imposible negarlo. Probablemente el único reparo sería el carácter plebeyo del nazismo que hubiera repelido a un filósofo que odiaba a las masas, pero hay que observar que Nietzsche no se oponía a un movimiento político que dividiera militarmente a la sociedad o que educara a las masas para ser sumisas y obedientes, como lo hizo tanto el fascismo como en nazismo. Nietzsche no participó en el nazismo, es verdad… aunque quizá sólo sea porque murió el 25 de agosto de 1900.

Somos insustituibles, porque somos necesarios,

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Ignorar la posición de alguien por considerarla un simple punto de vista es no considerarla en absoluto. La cuestión no está en tenerlo. Al contrario. El problema consiste en no contemplar el de los demás. Y un modo frecuente y rudimentario de hacerlo consiste precisamente en asentir que es peculiar y propio, para reducirlo a algo carente de interés salvo para cada quién. El diálogo adereza con destreza los diversos componentes,  los recompone,  hasta conformar y configurar otra nueva realidad.

Desde la lejana historia con frecuencia se dice  que se trata de la opinión de otro, como argumento para justificar que, dado que cada quien tiene la suya, es cuestión de limitarnos a dejar constancia de esa diversidad.Cada cual lo ve a su manera y no hay nada que añadir.  Y si nos descuidamos a eso lo llamamos tolerancia. Sería tanto como admitir que nos desenvolvemos entre el máximo común divisor y el mínimo común múltiplo. En cualquier caso, algo común. Se desatendería de ese modo que precisamente lo común no es sin más algo dado, sino asimismo algo procurado, decidido, algo acordado. Se asentaría la posición individual, diciendo que cada uno dispone de la propia, y que no sólo la percepción de los objetos es diferente, sino que también las convicciones, las ideas y los valores nos hacen mirar y ver de un modo determinado. Son perspectivas.

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Si bien de ello puede desprenderse con algunas razones que no hay un modo único y verdadero de proceder, ni un lugar exclusivo en el que situarse, sin embargo hay formas de atender que son más que ver. Contemplar y considerar supone no reducirse al simple constatar lo inmediato y es más un hacer con capacidad de armonizar, de dinamizar y de historizar lo visto. Y para eso se precisa activar el discurrir, a fin de que haya en rigor discurso.

Puestos a deducir con urgencia algo al respecto, semejante perspectivismo no afectaría ni solo, ni tanto, a la diferencia en el mirar, sino a la diferencia en la singularidad irremplazable de cada vida particular. Ortega y Gasset, tan traído sobre este asunto, insiste en que “lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra”, pero para deducir no sobre la inconsistencia de lo que vemos, sino sobre la contundencia de quienes somos al hacerlo. 

Sin duda, no sólo en Leibniz cada mónada es una perspectiva del universo, también cada palabra, incluso cada sentimiento, y, siendo en sí misma una totalidad, no agota totalidad alguna. Podría entonces pensarse torpemente que la verdadera contemplación consistiría en ir incorporando por adición los distintos elementos hasta lograr una composición total. Pero el perspectivismo de la mirada no supone que cada ver sea parcial porque ve una parte. Para empezar, porque la posición no se reduce a la situación. Incluso aunque nos desplazáramos una y otra vez, la mirada resultante no dejaría de ser una perspectiva. En la contemplación hay algo de dislocación de lo prefijado.
No basta, por tanto, con efectuar una figura con diversos elementos. Son más que ingredientes o componentes. Y sólo lo son en la medida en que se encuentran vertebrados, articulados y armonizados. Pero para ello es preciso reconocer su mutua pertenencia a algo susceptible de ser común. Así que, por ejemplo, si se habla de deconstrucción, no es una simple demolición, sino una suerte de desmontaje para efectuar otra composición. Si se habla de juicio, y de su capacidad de escindir, de discernir, o de separar, es para vincular mejor. Eso supone hacerse cargo de que toda unidad lleva inscrita una separación, una escisión, que es la que cada vez conforma una realidad.
No es cuestión de ampararse en el perspectivismo para entronizar el puro subjetivismo. Y menos aún para, descaradamente, proponer lo individual como camino, a fin de sostener la propia posición fijada, en conflicto y en una lucha de poderes. Incluso para Nietzsche, inteligir es “una cierta relación de los instintos entre sí”. Cabe preguntarnos una y otra vez sobre el sentido y el alcance de esta relación, de toda relación. Pero no hemos de olvidar que algo sólo es en relación. Ni siquiera la mirada, por muy médica o clínica que pretenda ser, escapa, como Foucault nos recuerda, de acabar siendo un discurso, de pronóstico, de diagnóstico o de terapia.

No se reduce del perspectivismo que no hay nada que hacer, que dado que cada cual lo ve a su manera todo es reflejo caleidoscópico, irisaciones de lo inalcanzable. Más bien se desprende que toda palabra y toda mirada son imprescindibles y que la deconstrucción y el juicio convocan a una recomposición, que no se limita a reponer lo ya puesto sino que reactiva la capacidad de componer para procurar, tal vez, algo radicalmente otro.

El perspectivismo no es la fuente de la impotencia, ni de la resignación, ni de la desesperación, sino de la recreación. Conjunta y armoniosa, con la confianza de que procure nuevas formas y posibilidades de vida, semejante recreación no significa elaborar objetos u objetividades al margen de nuestra condición de sujetos. La perspectiva nos une, enlaza y vincula.

Ampararse en el perspectivismo para relativizar las posiciones supone ignorar que estas son determinantes para liberar otros ámbitos y procurar diferentes alternativas, a fin no sólo de montar o de construir otras edificaciones, sino de procurar conformaciones, que no son simples establecimientos.
Preguntado un invidente que con anterioridad pudo ver sobre su recuerdo del color, contestó que es importante, pero que lo más decisivo es tener memoria de la perspectiva. Lo interesante fue en su día apreciar sus efectos. Mediante cajas ópticas y cámaras oscuras se transmitió el paso del tiempo. Y con ello su relieve espacial. Y de eso se trata. La perspectiva da densidad y nos libera de la lectura unidireccional, plana, sin fondo ni forma, y nos confirma los pliegues en los que se desenvuelve cualquier mirada.

Desautorizar la posición de alguien por considerarla un simple punto de vista es no considerarla en absoluto. La cuestión no está en tenerlo. Al contrario. El problema consiste en no contemplar el de los demás. Y un modo frecuente y rudimentario de hacerlo consiste precisamente en asentir que es peculiar y propio, para reducirlo a algo carente de interés salvo para cada quién. El diálogo adereza con destreza los diversos componentes,  los recompone,  hasta conformar y configurar otra nueva realidad. 

La mujer no debe quedar confinada al papel de madre y esposa, pero queda.




De una mujer, para mujeres que leen Blog de Juan Pardo
La mujeres, en la civilización occidental,  han sido objetualizadas, cosificadas, reducidas a lo que en la jerga filosófica se denomina ser-en-sí, no teniendo acceso a la autoconciencia, al ser-para-sí, a la autorrepresentación, es decir, a la posibilidad de ser sujeto, de tener capacidad de nombrar y significar el mundo. Esta infravaloración fue debida a que “el varón según ratificaron grandes filósofos y pensadores como Schopenhauer, Nietzsche, Hegel y Kierkegaard... fue considerado superior a la mujer, lo cual condujo a que ésta fuese configurada como espejo de las necesidades del hombre, encarnando la sumisión, la pasividad, la belleza y la capacidad nutricia. Este constructo cultural vinculó a la mujer al cuidado de los hijos y de la familia y la mantuvo alejada de las decisiones del Estado”. Este alejamiento de la mujer del mundo de la cultura y de la política es lo que explica que la feminidad haya sido objeto de una heterodesignación, que hayan sido los varones los que tradicionalmente han definido lo femenino y que la construcción de la feminidad haya sido una construcción en negativo de lo masculino, haya sido una construcción especular, quedando la mujer reducida a un espejo “dotado del mágico y delicioso poder de reflejar la silueta del hombre del tamaño doble del natural”.

El icono de la mujer como soporte en el que el varón puede reflejarse es muy utilizado en el orden patriarcal y muy importante para la configuración de la identidad masculina, pues verse en los ojos de un ser lo suficientemente próximo le permite reafirmar su identidad viril. Esta posibilidad de reflejarse no se da para la mujer porque ella queda reducida a objeto reflectante, cosificada. Para acabar con esa objetualización, para alcanzar el estatuto de sujeto, para poder hablar y significar el mundo por sí misma y para poder configurar su autorrepresentación las mujeres tuvieron que recorrer un largo camino.

Desde sus orígenes la filosofía, por lo menos la filosofía hegemónica, definió a la mujer de una forma especular, subrayando la polaridad entre los géneros, valiéndose para ello de la caracterización de la filosofía como un saber que va más allá de las apariencias sensibles y que se preocupa sólo por el ser, la sustancia, la idea, es decir, por una realidad inmóvil, imperecedera, siempre idéntica a sí misma y que por lo tanto no deviene y no cambia. De esta forma la filosofía crea un profundo hiato entre el ser y el parecer, entre el ente y el existente, entre el intelecto y el cuerpo, entre la esencia y los accidentes, priorizando siempre los primeros términos de estos binomios frente a los segundos. Estas dicotomías -como decíamos más arriba- encuentran su fundamentación metafísica en el dualismo ontológico de Platón, creador del logocentrismo y de la metafísica de la identidad, en virtud del cual la realidad se presenta dividida en dos mundos distintos y contrapuestos: por una parte, el mundo superior, invisible, eterno e inmutable de las ideas y, por otra, el universo físico, visible, material, sujeto a cambio y a mutación. A su vez el dualismo ontológico platónico da pie a un dualismo antropológico que, consecuentemente con los principios metafísicos en los que se basa, defiende la idea de que es el alma, la mente o la razón la que permite trascender lo meramente corporal, lo casi animalesco, y alcanzar la dignidad humana. Dicho estatuto humano según la filosofía platónica está sólo al alcance de los varones, ya que las mujeres participan muy imperfectamente de la capacidad racional.

La filosofía de Platón es, pues, la causante de una importante jerarquía entre espíritu y naturaleza, mente y cuerpo, hombre y mujer etc., pero hay que tener en cuenta que Platón admite todavía una cierta interconexión entre ambos mundos, pues para nuestro autor la filosofía es amor a la sabiduría y no solamente la posesión de la sabiduría por lo que “eros” (el amor) desempeña un papel muy importante de mediador, de intermediario entre el mundo sensible y el inteligible, aunque ciertamente eros estará reservado sólo a los varones y será precisamente ese amor homosexual lo que permita que esos varones den a luz a la filosofía, al orden simbólico.

La separación, el desgajamiento, la jerarquía entre el mundo sensible y el inteligible se agrava -contrariamente a lo que en principio pudiera pensarse- en la modernidad. La modernidad acentúa el dualismo platónico ya que con Descartes y el cartesianismo pasión y racionalidad se consideran dos extremos irreconciliables. Es, entonces, en la modernidad cuando el dualismo mente/cuerpo, espíritu/naturaleza, razón/pasión o sentimiento se agudiza, ya que según Descartes “no soy, pues, hablando con exactitud, sino una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón” y -sigue afirmando Descartes- “sin el cuerpo puedo ser o existir”, con lo que sujeto queda reducido a pura sustancia pensante, siendo el cuerpo totalmente inesencial. El modelo de subjetividad cartesiano fue defendido posteriormente por los más ilustres representantes de la ilustración, como Kant o Rousseau. Kant insiste en un modelo de sujeto guiado exclusivamente por la razón y totalmente alejado de las pasiones, de las emociones, de los deseos. La moral kantiana forja el ideal de un sujeto moral autosuficiente, un sujeto individualista, autónomo, que se aleja de los sentimientos, de las emociones, de las relaciones personales y de la ayuda de los demás, porque si no lo hace así se rebela dependiente e incapaz de alcanzar la plena madurez. Este ideal de sujeto autocontrolado, independiente, desvinculado del cuerpo y de las relaciones personales excluye una vez más a las mujeres, las que difícilmente se acoplan a ese modelo individualista, negador del cuerpo, de los afectos y de los vínculos personales.

En palabras del propio Rousseau: “Toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde la infancia”

Este discurso discriminador difundido por importantes ideólogos modernos es consolidado por los dictámenes científicos de la época. “Hacia mediados del siglo XVIII, Pierre Roussel inaugura la serie de tratados sobre la mujer de la Medicina llamada filosófica por su combinación de principios metafísicos y observación empírica... Estos médicos filósofos sostenían que la diferencia biológica que existe entre los sexos es la causa de la diferencia de funciones y espacios sociales... Los hombres debían ocuparse de la perfectibilidad de la humanidad, asumiendo todas aquellas acciones ... necesarias para el progreso de la humanidad (educación, organización democrática y racional de los aspectos económicos, culturales, sanitarios etc. de la sociedad). Las mujeres, como seres dominados por su biología, habían de dedicarse al perfeccionamiento de la especie”. Es decir, debían quedar confinadas al ámbito doméstico y reducidas al papel de madre y esposa.


Filosofía de la socialización de género.



Una Mujer...... para Blog de Juan Pardo
En la civilización occidental las mujeres han sido objetualizadas, cosificadas, reducidas a lo que en la jerga filosófica se denomina ser-en-sí, no teniendo acceso a la autoconciencia, al ser-para-sí, a la autorrepresentación, es decir, a la posibilidad de ser sujeto, de tener capacidad de nombrar y significar el mundo. Esta infravaloración fue debida a que “el varón según ratificaron grandes filósofos y pensadores como Schopenhauer, Nietzsche, Hegel y Kierkegaard... fue considerado superior a la mujer, lo cual condujo a que ésta fuese configurada como espejo de las necesidades del hombre, encarnando la sumisión, la pasividad, la belleza y la capacidad nutricia. Este constructo cultural vinculó a la mujer al cuidado de los hijos y de la familia y la mantuvo alejada de las decisiones del Estado”.

Este alejamiento de la mujer del mundo de la cultura y de la política es lo que explica que la feminidad haya sido objeto de una heterodesignación, que hayan sido los varones los que tradicionalmente han definido lo femenino y que la construcción de la feminidad haya sido una construcción en negativo de lo masculino, haya sido una construcción especular, quedando la mujer reducida a un espejo “dotado del mágico y delicioso poder de reflejar la silueta del hombre del tamaño doble del natural”.

El icono de la mujer como soporte en el que el varón puede reflejarse es muy utilizado en el orden patriarcal y muy importante para la configuración de la identidad masculina, pues verse en los ojos de un ser lo suficientemente próximo le permite reafirmar su identidad viril. Esta posibilidad de reflejarse no se da para la mujer porque ella queda reducida a objeto reflectante, cosificada. Para acabar con esa objetualización, para alcanzar el estatuto de sujeto, para poder hablar y significar el mundo por sí misma y para poder configurar su autorrepresentación las mujeres tuvieron que recorrer un largo camino.

Desde sus orígenes la filosofía, por lo menos la filosofía hegemónica, definió a la mujer de una forma especular, subrayando la polaridad entre los géneros, valiéndose para ello de la caracterización de la filosofía como un saber que va más allá de las apariencias sensibles y que se preocupa sólo por el ser, la sustancia, la idea, es decir, por una realidad inmóvil, imperecedera, siempre idéntica a sí misma y que por lo tanto no deviene y no cambia. De esta forma la filosofía crea un profundo hiato entre el ser y el parecer, entre el ente y el existente, entre el intelecto y el cuerpo, entre la esencia y los accidentes, priorizando siempre los primeros términos de estos binomios frente a los segundos. Estas dicotomías -como decíamos más arriba- encuentran su fundamentación metafísica en el dualismo ontológico de Platón, creador del logocentrismo y de la metafísica de la identidad, en virtud del cual la realidad se presenta dividida en dos mundos distintos y contrapuestos: por una parte, el mundo superior, invisible, eterno e inmutable de las ideas y, por otra, el universo físico, visible, material, sujeto a cambio y a mutación. A su vez el dualismo ontológico platónico da pie a un dualismo antropológico que, consecuentemente con los principios metafísicos en los que se basa, defiende la idea de que es el alma, la mente o la razón la que permite trascender lo meramente corporal, lo casi animalesco, y alcanzar la dignidad humana. Dicho estatuto humano según la filosofía platónica está sólo al alcance de los varones, ya que las mujeres participan muy imperfectamente de la capacidad racional.

La filosofía de Platón es, pues, la causante de una importante jerarquía entre espíritu y naturaleza, mente y cuerpo, hombre y mujer etc., pero hay que tener en cuenta que Platón admite todavía una cierta interconexión entre ambos mundos, pues para nuestro autor la filosofía es amor a la sabiduría y no solamente la posesión de la sabiduría por lo que “eros” (el amor) desempeña un papel muy importante de mediador, de intermediario entre el mundo sensible y el inteligible, aunque ciertamente eros estará reservado sólo a los varones y será precisamente ese amor homosexual lo que permita que esos varones den a luz a la filosofía, al orden simbólico.

La separación, el desgajamiento, la jerarquía entre el mundo sensible y el inteligible se agrava -contrariamente a lo que en principio pudiera pensarse- en la modernidad. La modernidad acentúa el dualismo platónico ya que con Descartes y el cartesianismo pasión y racionalidad se consideran dos extremos irreconciliables. Es, entonces, en la modernidad cuando el dualismo mente/cuerpo, espíritu/naturaleza, razón/pasión o sentimiento se agudiza, ya que según Descartes “no soy, pues, hablando con exactitud, sino una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón” y -sigue afirmando Descartes- “sin el cuerpo puedo ser o existir”, con lo que sujeto queda reducido a pura sustancia pensante, siendo el cuerpo totalmente inesencial. El modelo de subjetividad cartesiano fue defendido posteriormente por los más ilustres representantes de la ilustración, como Kant o Rousseau. Kant insiste en un modelo de sujeto guiado exclusivamente por la razón y totalmente alejado de las pasiones, de las emociones, de los deseos. La moral kantiana forja el ideal de un sujeto moral autosuficiente, un sujeto individualista, autónomo, que se aleja de los sentimientos, de las emociones, de las relaciones personales y de la ayuda de los demás, porque si no lo hace así se rebela dependiente e incapaz de alcanzar la plena madurez. Este ideal de sujeto autocontrolado, independiente, desvinculado del cuerpo y de las relaciones personales excluye una vez más a las mujeres, las que difícilmente se acoplan a ese modelo individualista, negador del cuerpo, de los afectos y de los vínculos personales.

En palabras del propio Rousseau: “Toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde la infancia”


Este discurso discriminador difundido por importantes ideólogos modernos es consolidado por los dictámenes científicos de la época. “Hacia mediados del siglo XVIII, Pierre Roussel inaugura la serie de tratados sobre la mujer de la Medicina llamada filosófica por su combinación de principios metafísicos y observación empírica... Estos médicos filósofos sostenían que la diferencia biológica que existe entre los sexos es la causa de la diferencia de funciones y espacios sociales... Los hombres debían ocuparse de la perfectibilidad de la humanidad, asumiendo todas aquellas acciones ... necesarias para el progreso de la humanidad (educación, organización democrática y racional de los aspectos económicos, culturales, sanitarios etc. de la sociedad). Las mujeres, como seres dominados por su biología, habían de dedicarse al perfeccionamiento de la especie”. Es decir, debían quedar confinadas al ámbito doméstico y reducidas al papel de madre y esposa.