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Maquiavelo y Pedro Sánchez

 

La ética política en los tiempos de la amnistía

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en la Moncloa. Alejandro Martínez Vélez. Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en la Moncloa. Alejandro Martínez Vélez.

"Nunca abras la puerta a un mal menor", dijo Baltasar Gracián, "porque otros males mayores invariablemente se infiltran tras él". "El hombre está condenado a ser libre", sentenció Jean-Paul Sartre, "somos los absolutos responsables de nuestros actos". Efectivamente, somos responsables moralmente. El psiquiatra Viktor Frankl constató que incluso en los campos de concentración y en las circunstancias más terribles y hostiles podemos optar por la libertad de elección moral.

Sin embargo, las elecciones morales ocurren habitualmente en un marco de necesidad y tensión entre múltiples factores y condicionantes. Ello es aún más evidente en el caso de las decisiones políticas, sujetas a la exigencia imperiosa de interacciones para lograr, mantener y expandir el poder, en teoría, para la búsqueda del bien común.

La política ha estado marcada desde siempre por su relación con la ética. En la España de hoy, ríos de tinta han corrido para analizar la posible amnistía a los líderes del procés desde el punto de vista jurídico y constitucional. Vayamos aquí, de forma sucinta, a una reflexión desde una perspectiva de ética política, según las distintas corrientes filosóficas: éticas deontológicas, utilitaristas y de mal menor y, por último, de valores del Estado de derecho.

Aunque Maquiavelo, a quien Shakespeare denominó "el sanguinario Maquiavelo", y Diderot, "apologista de la tiranía", no escribió expresamente que "el fin justifica los medios", la frase, que Napoleón anotó como resumen al final de un ejemplar de El Príncipe, cita: "Triunfad siempre, no importa cómo, y siempre tendréis razón". El extracto literal de la obra de Maquiavelo dice así: "Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse".

Las ideas de Maquiavelo fueron más tarde expandidas y practicadas por el cardenal Richelieu en su Razón de Estado durante la Guerra de los Treinta Años. Junto a Tucídides y el teórico militar chino Sun Tzu, los tres son citados como precursores de la realpolitik al postular que los mandatos éticos y religiosos de sus respectivas culturas eran inútiles para explicar o asegurar el éxito político. Comparten así aspectos de su enfoque filosófico con los actuales del utilitarismo, realismo, pragmatismo y oportunismo.

Ese concepto renacentista de razón de Estado se emplea también en Ciencia Política como una justificación que eximiría de respetar los límites de la ética: se estima lícito un mal menor si con ello se evita un mal mayor; desde Enrique IV para acceder y consolidarse en el trono francés con "París bien vale una misa", al siglo XX con la Doctrina Brézhnev en la Unión Soviética, o el dilema de la bomba atómica de Harry S. Truman,todosoptaronporjustificaciones derazón de Estadoodemalmenor.

Truman justificó la utilización de las bombas atómicas sobre Japón en un cálculo de vidas, según el cual salvaron más vidas de las que costaron, aunque tales cálculos y motivaciones están totalmente en entredicho. Así Martin J. Sherwin, autor de American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J Robert Oppenheimer, libro en el que se basa la reciente y exitosa película Oppenheimer, de Christopher Nolan, afirmó: "No, Japón se hubiese rendido de todos modos. Al tirar la bomba atómica, EEUU lanzó al mundo el mensaje de que las armas nucleares eran legítimas en una guerra".

Estas teorías utilitaristas y su justificación ética en política con el Mal menor cristalizaron previamente en Jeremy Bentham y Stuart Mill en los siglos XVIII y XIX y podrían resumirse en "el mayor bien para el mayor número de personas" y en su génesis hay un ideal de bienestar social.

El utilitarismo es una versión del consecuencialismo por el que la bondad o maldad de un acto dependerá de los resultados de nuestra elección. Difieren por tanto de la ética clásica que defiende el valor ético de la acción, de la dignidad del ser humano, independientemente de las consecuencias, y en que las acciones moralmente correctas buscan "hacer el bien y evitar el mal". Y cometer el mal, aunque sea un mal menor, sería contrario a la moral.

La posición utilitarista en política se ha impuesto hoy día y no debiera ser habitual en las democracias liberales sujetas a un Estado de derecho, ya que llega a justificar la quiebra ética que retuerce la ley en aras de los supuestos resultados o conveniencias. Lógicamente el contexto y los fines condicionan las elecciones reales, pero cabe argumentar la escasa o nula certeza que podemos tener respecto de las consecuencias de los actos no éticos en sí mismos. Otras dificultades de las teorías del mal menor estriban en el sesgo de conveniencia, que aplicamos al resultar beneficiarios de un gobierno o de una acción, y en la ausencia de legitimidad (moral, legal y jurídica o política).

Una buena refutación de estas teorías del mal menor llevadas al extremo podemos encontrarla en Responsabilidad personal bajo una dictadura, de Hannah Arendt: "Políticamente hablando, quienes escogen el mal menor olvidan con gran rapidez que están escogiendo el mal. [...] El exterminio de los judíos fue precedido de una serie muy gradual de medidas antijudías, cada una de las cuales fue aceptada". También en el caso Eichmann, artífice de la Solución final para exterminar a seis millones de judíos, quien sin duda debería ser premiado como el mejor funcionario de la historia por su eficiencia y resultados en la aplicación del mandato y leyes del Tercer Reich.

Su profesionalidad, ahorro de costes y atenimiento a las leyes del momento no tienen parangón. Pero obviamente, un funcionario, además de aplicar la Ley, debe también velar porque se haga con integridad, ética y respetando los valores que sustentan el Estado de derecho.

Para quien opine que estos postulados antiutilitaristas son maximalistas o pecan de candidez o rigorismo moral, Max Weber aterrizó la relación entre ética y política profundizando en la validez de los medios para alcanzar los fines. Weber trazó su famosa distinción entre la "ética de la convicción" y la "ética de la responsabilidad". Weber lo resuelve con una condena de la realpolitik: "La política en un cierto sentido es el arte de lo posible, pero no ha sido esa ‘ética del éxito y resultados’ la que ha conformado la cultura pública que apreciamos".

Saltando en el tiempo y el espacio, Gregorio Marañón, en sus Ensayos liberales, escribía: "Ser liberal significa estas dos cosas: estar dispuesto a entenderse con quien piensa de otro modo; y no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin".

El histórico socialista Nicolás Redondo parecía haberse inspirado en Marañón, pero también en Huxley poco antes de su expulsión del PSOE, cuando defendió en varias entrevistas que en política los medios son los fines. Huxley concluyó que los fines no pueden justificar los medios porque los medios usados determinan la naturaleza del fin que es alcanzado: "En rigor, son en verdad más importantes todavía, puesto que determinan inevitablemente la índole de los resultados que se logran".

Frente a todo lo anterior: maquiavelismo, razón de estado, utilitarismo, mal menor, oportunismo o tacticismo (de Tácito, o cálculo entre la conveniencia de la estrategia y la moral), la ética se impone en la concepción del Estado de derecho que nace de la filosofía kantiana.

En Kant desembocan el contrato social y las teorías jurídicas de Rousseau, Locke y Thomas Hobbes para justificar la fundamentación del orden jurídico, como un orden de convivencia en el que se entrelazan la ley, la moral y la libertad.

En el Estado de derecho, la relación Estado-política adquiere una connotación "moral" con el pensamiento de Kant. El componente moderno esencial del Estado de derecho es la política sometida y limitada por el derecho, que da como consecuencia la protección de los derechos individuales y la actuación del gobierno limitada por los derechos ciudadanos a través del pacto y contrato social originario que es la Constitución Política.

En el dilema ético político que enfrenta la amnistía, el Estado de derecho se impone como la filosofía política por la que todos los ciudadanos e instituciones dentro de un país, Estado o comunidad son responsables ante las mismas leyes divulgadas públicamente, incluidos los legisladores y los líderes. En España, como en Francia, Alemania y Estados Unidos, el concepto de Estado de derecho es análogo al principio de la supremacía de una Constitución que puede reformarse siempre y cuando se haga con las mayorías cualificadas establecidas.

Dado que una amnistía era repudiada hasta ahora por el propio PSOE por inconstitucional (se rechazó en el 78 en las enmiendas y atentaría contra los principios de igualdad ante la Ley, separación de poderes y globalmente contra el Título preliminar de la Constitución), la aprobación de una posible ley, con cualquier nombre de "concordia" o "alivio penal" que se utilice, respondería obviamente a supuestos cálculos de conveniencia y justificación de medios para un fin o de mal menor.

El mal menor sería aquí un daño al Estado de derecho necesario para obtener el bien de la continuación de un "Gobierno progresista". La trampa ética que encierra este dilema es que la disyuntiva es falsa: existen otras opciones como la repetición electoral para no gobernar por siete votos contra medio Parlamento, o bien el consenso entre partidos mayoritarios, cuyo enfrentamiento y exclusión parece expresamente alentado para evitar posibilidad de alternancia a la oposición.

Por otra parte, atendiendo a las consecuencias de esta posición utilitarista, los resultados son impredecibles, ya que la supuesta "pacificación de Cataluña", lejos de producirse, podría dar alas de nuevo a las formaciones que delinquieron y sus partidarios, que verían borrado el reproche penal por imponer un régimen antidemocrático sin mayorías cualificadas. El mal menor es, por tanto, una flagrante conculcación del Estado de derecho, nuestro sistema de convivencia, por lo que el principio de proporcionalidad del daño tampoco se cumpliría.

Hoy día, España ocupa la posición 23 en el índice de Estado de derecho creado por World Justice Project por debajo de la mayoría de países europeos, Canadá y Japón, penalizada por los indicadores de "Restricciones a los poderes del Gobierno" y "Justicia civil y penal".

El primero es el pilar clave del Estado de derecho, y se configura como el conjunto de contrapoderes democráticos y sometimiento a la rendición de cuentas. El imperio de la ley no permite excepciones ni un trato preferente a independentistas para alcanzar el gobierno. Estos fueron condenados en una sentencia ejemplar, tras un juicio con máximas garantías de transparencia y procesales, abierta al mundo en streaming y motivada con un altísimo rigor y cualificación jurídica, demostrando la fortaleza de nuestro Estado de derecho.

Por desgracia, en España la actuación del Gobierno cada vez cuenta con menor número de contrapoderes e instituciones independientes, siendo extremamente preocupante la situación de la Fiscalía, del Tribunal Constitucional y la politización de muchas instituciones, entre las que el CIS es un penoso ejemplo.

Cabe recordar que el artículo 67 de la CE ampara la libertad de voto de los diputados y diputadas que deben velar por el art. 1 de la Constitución: "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político". No secunden a Maquiavelo. La política sin ética sólo es un sistema para perpetuarse en el poder.

Moral Kantiana, poder político y corrupción. Iglesias, Otegi, Sánchez y Rufián aspiran a ser el "Covid-20"

JP Logística
La política siempre ha traído en desgracia al ser humano
Sólo la filosofía de la vida con amor la ha derrotado....
Cualquier artículo que en su contenido incluya el término “corrupción” en su título de cualquier libro, ya tiene ganado medio ojeo, no por lo interesante, sino por lo repugnante. Tenida en  cuenta de que las conciencias se precipitan a la agitación nada más activar el resorte, esto es, al encadenar las doce letras sagradas: corrupción. Pero que nadie espere encontrar en el libro del que se ocupa esta reseña ningún libelo revolucionario ni tan siquiera invitaciones más o menos directas a la desobediencia civil. Se trata, más bien, de un manual clásico de filosofía política en el que se han compendiado, a modo de antología, algunos de los textos utilizados por los clásicos para referirse al poder, a sus límites y al tan actual fenómeno de la corrupción.

No es tarea fácil vestir de guapa poner a la filosofía política a fin de convertirla en atractiva para el gran público, pero el profesor Bonete lo ha conseguido. La principal arma de la que se sirve a tal efecto no es sino la de abordar el poder como un ejercicio personal, como el comportamiento de los sujetos que toman decisiones. El autor se pregunta: “¿Es posible una ética del poder? Sí. ¿Dónde puede encontrarse? En las reflexiones de los clásicos. ¿Para que sirve? Para revisar el actual sistema democrático, la práctica de la política”.

La dialéctica entre política y ética sólo preocupa al político cuando éste reconoce la existencia de “un tribunal situado por encima de los poderes seculares en lucha”, ya sea un Dios o una conciencia moral vinculada a una ética racional. La moral de procedencia divina y la de procedencia racional representan el haz y el envés de un mismo imperativo moral. A partir de esta aseveración, el autor nos pasea por una galería de textos clásicos que ilustran la evolución ética de la política: de la racionalidad metafísica de los autores precristianos a la teología política; posteriormente, tras el giro copernicano impulsado por Machiavelo, Bonete pone el foco sobre las aportaciones de los filósofos modernos, particularmente sobre las del cuarteto formado por Hobbes, Kant, Hegel y Weber.

Al deshacerse Machiavelo de la moral cristiana, el ejercicio del poder político queda al albur de los intereses del gobernante de turno. Apoyados en este nihilismo moral, los filósofos de la modernidad se proponen descifrar una moral nueva, distinta de la cristiana y de raíces meramente humanas, que discipline el ejercicio del poder. Según Hobbes en el Leviatán, la moral no es la que debe impulsar el comportamiento del gobernante, sino que ésta es absorbida por la política; “no existen criterios morales y legales desde los cuales censurar el comportamiento del gobernante”. No obstante, para garantizar una adecuada praxis, el pensador inglés establece tres criterios conformadores de su ética de mínimos: equidad: “un soberano está tan sujeto como el más humilde individuo del pueblo”; transparencia: el soberano debe promulgar “buenas leyes”, necesarias y claras; y receptividad: el soberano debe mostrarse atento a las voces de los consejeros y también del pueblo.

A finales del siglo XVIII, el provinciano universal de Köninsberg sentencia en La paz perpetua que “la verdadera política no puede dar un paso sin haber antes rendido pleitesía a la moral”. Immanuel Kant se propone domeñar las tendencias corruptas del político con el eficaz ronzal de la dignidad humana: “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio”. Kant entierra los criterios mínimos establecidos por Thomas Hobbes y levanta sobre ellos una ética totalizadora y propositiva basada en la conciencia racional de la propia dignidad del individuo. Para Kant, “la posesión del poder daña inevitablemente el juicio de la razón”, y por ello recomendaba a reyes y príncipes que dejasen hablar con libertad a los filósofos.

La moral kantiana, que aspiraba a agotar en sus postulados la eterna dialéctica entre la ética y la política, entra en crisis y exige una redimensión de sus exigencias en el siglo XIX. Las individualidades desaparecen. Hegel defiende la superación de la moralidad personal por las grandes hazañas políticas -“el espíritu del pueblo”- y sus poquísimos criterios morales aparecen solamente insinuados, empero, afirma que “el gran político será aquel que sabe orientar sus decisiones hacia el fomento de la libertad, núcleo de la conciencia principal que de sí mismo posee todo pueblo maduro, y expresión suprema de la realización del espíritu”. ¿Y la corrupción? Gracias a Hegel, ésta de ser una tendencia pasional desordenada para convertirse en instrumento para la realización de lo universal. Hegel formula una concepción preterintencional de los intereses particulares ya que, anhelando satisfacer sus propios intereses, los políticos producen realidades superiores a sus intenciones.

Otra buena muestra de la importancia que para los filósofos ha revestido desde siempre el fenómeno de la corrupción la encontramos en La política como vocación y corre a cargo del sociólogo alemán Max Weber, quien reivindica el gobierno de los económicamente autosuficientes. Incide, por otra parte, en una distinción muy actual: el político que vive de la política o para la política, siendo capital en tan célebre distinción el criterio de la servicialidad. Esta vocación de servicio puede fundamentarse en las propias convicciones del político o en el sentido de la responsabilidad, si bien “todo hombre público con verdadera vocación y entrega debe tener siempre presente que las responsabilidades y las convicciones son elementos complementarios del ejercicio del poder”.

Quien escribe estas líneas no ha pretendido en absoluto acometer de manera exhaustiva una descripción resumida de cada uno de los autores tratados, pues esto nos llevaría a comentar textos de Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham, Marx, Stuart Mill, Bakunin, Hannah Arendt, Carl Schmitt, Ortega, Rawls, Berlin, Popper o Habermas. El propósito de la reseña no es otro que el de incitar al lector a atreverse con una antología que trata de “desempolvar y abrir las mejores páginas de intelectuales y sabios para que sus voces, libres y críticas, pronunciadas desde lejanos siglos o decenios, resuenen todavía con fuerza en las conciencias de quienes, por méritos o sin ellos, nos parezca bien o mal, son hoy en España y en Europa nuestros representantes y gobernantes”. La lectura de este libro aprovecha sobremanera, aunque sólo sea para cerciorarse de que en materia de corrupción, como en materia de casi todo, desde Sodoma está todo inventado. Que le pregunten si no a la mujer de Lot.

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Las masas populares de Kant



JP Logística


La ÉTICA de Kropotkin es el último texto del filósofo anarquista; fue escrita
después del triunfo de la Revolución soviética, en el exilio interior al que le 
condenaron las autoridades bolcheviques, en la pequeña ciudad de Dmitrov a
65 km de Moscú y en un aislamiento brutal, prácticamente sin libros de
consulta. Al margen de lo correcto o no de su interpretación de Kant, no debe
olvidarse que Kropotkin identificaba su ética con el «darwinismo social de
izquierdas», absolutamente laico. Su crítica a Kant se centra en tres
supuestos que hoy, atendiendo a criterios historiográficos estictos, son poco
defendibles: que malinterpretó a Rousseau (y que subordinó el problema de la
justicia) y que «La Región dentro de los límites de la mera razón» significa
una rendición de la autonomía moral y que –finalmente– se amilanó ante las
consecuencias de la Revolución francesa. Pero su comprensión del conflicto
entre utilitaristas y kantianos (que ha centrado buena parte de la filosofía
moral hasta nuestro días) sigue siendo profundamente vigente. R.A.

Como ya hemos señalado, las doctrinas de los pensadores franceses de las segunda
mitad del siglo XVIII, como Helvecio, Montesquieu y Rousseau, así como también los
enciclopedistas Diderot, D’Alembert y Holbach ocupan un puesto muy importante en la
historia de la ciencia moral. Su negación audaz del origen religioso de la moral, su
afirmación de la igualdad, por lo menos política, y la importancia decisiva que dichos
pensadores atribuyeron al interés personal, entendido razonablemente en la creación
de las formas sociales de vida, todo ello tuvo una importancia tan considerable en la
elaboración de las ideas morales que contribuyó a que se propalara en la sociedad la
idea de que la moral puede estar completamente emancipada de toda sanción
religiosa.
Sin embargo, el terror de la Revolución francesa y la perturbación provocada por la
abolición de los derechos feudales después de las guerras que siguieron a la revolución
empujaron a muchos pensadores a tratar de sentar las bases de la Ética, una vez más,
en principios sobrenaturales más o menos disfrazados. La reacción política y social fue
seguida en la Filosofía por el renacimiento de la Metafísica. Empezó este renacimiento
en Alemania, donde a fines del siglo XVIII aparecieron las obras del más considerable
de los filósofos alemanes Emmanuel Kant (1724 –1804). Su doctrina viene a quedar
colocada entre la Filosofía especulativa de los antiguos y la científico-natural del siglo
XIX. Vamos a analizar brevemente las ideas morales de Kant.
KANT se propuso crear una «Ética racional», es decir, una teoría moral
fundamentalmente distinta de la «Ética empírica» cultivada en el siglo XVIII por la
mayoría de los pensadores ingleses y franceses.
El objetivo que perseguía no era nuevo: casi todos los pensadores anteriores
procuraron determinar las bases racionales de la moral. Pero Kant creyó descubrir las
leyes fundamentales de la moral, no mediante el estudio de la naturaleza humana y la
observación de la vida y de los actos humanos, sino por medio del pensamiento
abstracto. Esta característica le distinguió de los filósofos franceses e ingleses de los
siglos XVII y XVIII.
Kant lllegó al convencimiento de que la base de la moral reside en la «conciencia del
deber». Esta conciencia no obedece a consideraciones de utilidad personal o social ni al
sentimiento de simpatía o de benevolencia, sino que constituye una particularidad de
la razón humana. Según Kant, la razón humana es capaz de crear dos clases de reglas
de conducta: unas son condicionales y facultativas, otras incondicionales. Por ejemplo:
quien quiera tener buena salud ha de moderarse. Esta es una regla condicional. El
hombre que no quiere llevar una vida moderada, poco interès puede tener por su
salud. Reglas semejantes no son obligatorias. A ellas pertenecen todas las reglas de
conducta basadas en el interés y que por lo tanto no pueden constituir la base de la
moral. Los postulados morales tienen que tener un carácter de mandamientos
incondicionales, es decir, han de estar basados sobre el «imperativo categórico». Este
imperativo categórico representa la conciencia del deber.
De la misma manera que los axiomas de las Matemáticas no proceden de la
experiencia (así opinaba Kant), la conciencia del deber lleva en sí el carácter de una
ley natural y es propia del entendimiento de todo ser que piensa racionalmente. Es una
actualidad de la «razón pura».
No importa que el hombre jamás obedezca en absoluto al imperativo categórico. Lo
que importa es que el hombre haya llegado al reconocimiento de este imperativo no
recurriendo a la observación o a sus sentimientos, sino descubriéndolo en sí mismo y
reconociéndolo como ley suprema de su conducta.
¿En qué puede consistir el deber moral? Según su naturaleza misma, el deber es lo
que tiene un valor absoluto y por lo tanto no puede ser sólo un medio para la
consecución de otro fin, sino que es la «finalidad» en sí misma. Ahora bien: ¿qué es lo
que para el hombre puede tener valor absoluto y por lo tanto constituir una finalidad?
Según Kant, lo único que tiene en el mundo y aun fuera de él una importancia absoluta
es la «voluntad libre y racional». Todo lo demás tiene en el mundo, según Kant, un
valor relativo. Tan sólo la personalidad racional y libre tiene en sí un valor absoluto.
Así, pues, la voluntad libre y racional constituye el objeto del deber moral. «Debes ser
libre y racional», tal es el mandato de la conciencia moral.
Después de haberla establecido, Kant deduce de ella la primera fórmula de la conducta
moral: «Obra de tal modo que emplees la humanidad, tanto en tu persona, como en la
de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca sólo como un medio».
Pues todos los hombres, iguales a nosotros, están dotados de una voluntad libre y
racional y no pueden, por lo tanto, servirnos jamás como medio. Según Kant, el ideal
al cual aspira la moral es una comunidad de hombres libres y racionales en la cual
cada individuo constituya una finalidad para todos los demás. Basándose en esta idea,
Kant definió así la ley moral: «Obra de tal modo que puedas siempre querer que la
máxima de tu acción sea ley universal»; o en otra fórmula: «Obra como si la máxima
de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, en ley universal de la naturaleza».
El pequeño ensayo en que Kant formula estas ideas (La FUNDAMENTACIÓN DE LA
METAFÍSICA DE LAS COSTUMBRES) está escrito en un estilo sencillo y vigoroso,
apelando a los mejores instintos humanos. Nada tiene, pues, de raro que la doctrina
de Kant ejerciera, sobre todo en Alemania, una enorme influencia. En oposición a las
doctrinas eudaimonistas y utilitaristas que predicaban la moral porque proporciona al
hombre la felicidad (según los eudaimonistas) o el provecho (según los utilitaristas),
Kant afirmó que el hombre ha de ser moral en la vida porque así lo exige nuestra
razón. Decía, por ejemplo: debes respetar tu propia libertad y la de los demás no
solamente cuando esperas sacar de ella un placer o un provecho, sino siempre y en
todas las circunstancias porque la libertad es un bien absoluto y por sí sola constituye
una finalidad: todo lo demás no es más que un medio. En otras palabras, la
personalidad humana ha de ser objeto de una estima absoluta y en esto, según Kant,
reside la base de la moral y del derecho.
La Ética de Kant ha de satisfacer indudablemente a los que dudan del carácter
obligatorio de los preceptos de la Iglesia y del Evangelio y que al mismo tiempo no se
deciden a adoptar el punto de vista de la ciencia natural; la Ética de Kant encuentra
partidarios entre las gentes cultas que se complacen en creer que el hombre cumple
sobre la tierra el mandamiento de una voluntad suprema, en una palabra, entre los
que ven en esa doctrina la expresión de sus propias creencias vagas y nebulosas.
Es indudable que la Ética de Kant alcanza una gran elevación. Pero ella nos deja en
absoluta ignorancia sobre el más importante de los problemas morales, és decir: “el
origen del sentimiento del deber”. Decir que el hombre experimenta en sí el
sentimiento elevado del deber moral al cual se cree obligado a obedecer no resuelve la
cuestión: esta afirmación es análoga a la de Hutcheson, el cual aseguraba que el
sentimiento moral que guía al hombre en su conducta está profundamente anclado en
la naturaleza humana. La razón, según Kant, nos impone la ley moral. La razón,
independientemente de la experiencia y de la observación de la naturaleza. Pero
después de haber tratado de probar esta idea con gran calor, hubo de reconocer Kant,
una vez publicada la CRÍTICA DE LA RAZÓN PRÁCTICA, que la fuente del amor a lo
moral no puede residir en el hombre y se inclinó a atribuirle un origen divino.
Esta regresión a la Ética teológica obedeció, tal vez, a la decepción provocada en Kant
por la Revolución francesa. Sea de ello lo que fuere, he aquí sus propias palabras:
«Hay sin embargo en nuestra alma algo que provoca nuestra admiración y entusiasmo
y ello es nuestra capacidad moral innata». ¿Pero en qué reside esta capacidad que nos
eleva tan por encima de nuestras necesidades habituales? «Su origen misterioso, tal
vez divino, levanta nuestro espíritu hasta el entusiasmo y nos da fuerzas para todos
los sacrificios que reclame el sentimiento del deber» [LA RELIGIÓN DENTRO DE LOS
LÍMITES DE LA MERA RAZÓN]
Por lo tanto, después de haber negado la importancia y casi la existencia misma en el
hombre del sentimiento de simpatía y del instinto de sociabilidad, sobre los cuales
habían basado sus doctrinas morales Hutcheson y Adam Smith, considerando sólo que
la capacidad moral es uno de los atributos fundamentales de la razón, Kant no podía
en verdad encontrar en la naturaleza nada capaz de señalarle el origen natural de la
moral y por esto se vió obligado un origen divino para nuestro sentimiento del deber
moral. Cierto es que Kant admitía que la conciencia de la ley moral es propia no sólo
del hombre sino también de «todos los seres racionales», pero como quiera que de
esta designación excluía a los animales hay que suponer –como ya lo observó
Schopenhauer– que aludía al «mundo de los ángeles».
Kant contribuyó mucho sin embargo al aniquilamiento de la Ética religiosa tradicional y
a preparar el terreno para una Ética nueva puramente científica. Puede decirse sin
exageración que Kant ha abierto el camino para la Ética evolucionista contemporánea.
Tampoco hay que olvidar su idea justísima de que la moral no puede basarse en
consideraciones de utilidad ni en la idea de felicidad, como habían tratado de hacerlo
los utilitaristas y los eudaimonistas. Al mismo tiempo afirmaba que el sentimiento de la
simpatía no da una base suficiente para explicar la moral. En efecto, aun en los
hombres que tienen muy desarrollado el sentimiento de la simpatía para con los demás
pueden darse a veces casos de contradicción con otras aspiraciones de la naturaleza
humana. Y aun cuando puede admitirse que estas contradicciones sean solamente
momentáneas, es indudable que, cuando se producen, el hombre vacila entre la
conciencia moral y sus aspiraciones de otra índole. ¿En qué consiste, pues, la condición
que ayuda al hombre a resolver el problema moral? ¿Por qué la solución que nosotros
calificamos de moral nos produce satisfacción y es aprobada por los demás? Este
problema, que es el fundamental de la ética, Kant no lo ha resuelto.
Tan sólo ha señalado Kant la lucha que existe en el interior del hombre entre lo que es
moral y lo que no lo es y ha afirmado que el papel decisivo en esta lucha lo desempeña
la razón y no el sentimiento. Pero entonces se plantea el problema siguiente: ¿por qué
la razón toma tal resolución y no otra distinta? Kant ha excluído, y con mucha razón,
del problema moral en las consideraciones de utilidad. Por supuesto, las
consideraciones sobre la utilidad de los actos morales han tenido para el género
humano mucha importancia y han influido en la elaboración de nuestras ideas éticas;
pero queda siempre algoque estas consideraciones no pueden explicar y este «algo» es
precisamente lo que se trata de comprender. Tampoco bastan las consideraciones
sobre la satisfacción que experimentamos después de realizar un acto moral, porque lo
que se trata de explicar es el “porqué” de esta satisfacción, de la misma manera que al
explicar el efecto que nos producen ciertas combinaciones de sonidos y acordes hay
que estudiar el porqué unas combinaciones nos resultan más agradables que otras.
Así es que, aunque Kant no pudo contestar a las cuestiones fundamentales de toda
Ética, preparó el camino para los que, como Darwin, siguiendo las indicaciones de
Bacon se fijaron en el instinto de sociabilidad propio a todos los animales que viven en
común y vieron en este instinto, cada día más y más desarrollado, la «cualidad
fundamental del hombre». De este modo Kant ayudó a la creación de una nueva Ética
realista.
Mucho podría decirse sobre la Filosofía moral de Kant, pero me contentaré con
formular algunas observaciones finales.
En su FUNDAMENTACIÓN DE LA METAFÍSICA DE LAS COSTUMBRES, obra principal
sobre la Ética, Kant reconoció honradamente que no sabemos por qué nos sentimos
obligados a actuar según la ley moral: «¿De dónde procede el carácter obligatorio de la
ley moral...? Es una especie de círculo que pareceno tener salida». «Nos consideramos
libres y al mismo tiempo estamos sometidos a las leyes morales», atribuyendo esta
sumisión a nuestra libre voluntad. Kant procuró aclarar este pretendido error del
pensamiento con una explicación que muestra a las claras la base de toda su Filosofía
del conocimiento. La razón –decía– está no sólo por encima del sentimiento, sino
también del entendimiento, puesto que contiene algo más de lo que nos proporcionan
los sentidos. «La razón se manifiesta en una espontaneidad tan pura, en lo que califico
de Ideas, que va mucho más allá del límite de lo que pueden proporcionarle los
sentidos; su función principal consiste en establecer la distinción entre el mundo de los
sentidos y el del entendimiento, señalando con ello los límites de este último». «Al
concebirnos como seres libres nos trasladamos al mundo del entendimiento y
reconocemos la autonomía de la voluntad, por su consecuencia, la moral; mientras que
al considerarnos obligados nos observamos como perteneciendo simultáneamente al
mundo de los sentidos y al del entendimiento». La libertad de la voluntad, según Kant,
no es otra cosa, por lo tanto, que una Idea de la razón.
Claro está que Kant, al hacer estas afirmaciones, se basa en su «imperativo
categórico» que es «la ley fundamental de la razón pura moral» y, por lo tanto, una
forma indispensable de nuestro pensamiento. Pero no pudo explicar de dónde y a
merced de cuáles causas nació en nuestra razón esta forma de pensamiento
precisamente. Nosotros podemos ahora, según creo, afirmar que esta forma emana de
la idea de justicia, es decir, del reconocimiento de la igualdad de derechos para todos.
Se ha escrito mucho sobre la esencia de la ley moral kantiana. Lo que constituye el
mayor obstáculo para que la fórmula de esa ley sea reconocida por todos: ¿es su
afirmación de que la solución moral debe ser tal que pueda ser aceptada como debe
ser reconocida? ¿Por la razón de un solo hombre o por la sociedad? Si lo es por la
sociedad, entonces, para la apreciación común de un acto determinado es preciso que
este acto sea útil al bien común y, en este caso, llegamos a las teorías de la utilidad
(utilitarismo) o de la felicidad (eudaimonismo) que tan resueltamente rechazó Kant. Si
se trata del reconocimiento de dicha solución por la razón de cada hombre aislado y no
como consecuencia de la utilidad de tal o cual acto, sino porque lo impone la razón,
hay que reconocer que en la razón humana debe existir algún elemento que Kant, por
desgracia, no ha señalado. Este “algo” existe, en efecto, y para concebirlo no era
necesario pasar por toda la Metafísica kantiana. Estuvieron muy cerca de la concepción
de este algo los materialistas franeceses, así como los pensadores ingleses y escoceses
y esta particularidad de la razón es, como ya he dicho varias veces la idea de justicia,
es decir la de la «igualdad de derechos». No existe, en efecto, ni puede existir otra
idea capaz de convertirse en regla universal para la apreciación de todos los actos
humanos. Más aun: esta validez no está reconocida solamente por los «seres
pensantes» -o por los ángeles, a los cuales aludñia quizás Kant– sino también por
muchos animales sociales; y es imposible explicar esta facultad de la razón sin tener
en cuenta el desarrollo progresivo o sea la evolución del hombre y del mundo animal
en general. En efecto, no cabe negar que la aspiración principal del hombre es la de
llegar a la felicidad personal en el más amplio sentido de la palabra. En esto tienen
razón los eudaimonistas y utilitaristas. Pero tampoco cabe dudar de que el principio
moral regulador se manifiesta, al mismo tiempo que en la aspiración a la felicidad, en
los sentimientos de sociabilidad, de simpatía y de ayuda mutua que se obserban no
sólo entre los animales sino en el hombre y que se desarrollan continuamente con él.
La doctrina de Kant despertó la conciencia moral de la sociedad alemana y le ayudó a
atravesar un período crítico. Pero Kant no analizó profundamente la base de la vida
social alemana. Después del panteismo de Goethe, la doctrina de Kant provocó un
retroceso social y la vuelta a la explicación sobrenatural de la Ética; apartó a ésta del
método que emplearon los pensadores franceses del siglo XVIII, método que consistía
en buscar la explicación del principio fundamental de la moral en causas naturales y en
la evolución progresiva.
En general, los admiradores contemporáneos de Kant harían bien en ahondar en la
doctrina moral de su maestro. Sería, por supuesto, deseable que la regla de nuestra
conducta pudiera convertirse en una ley general. ¿Pero ha descubierto Kant esta ley?
Hemos visto ya que todas las doctrinas morales, incluso la de los eudaimonistas y
utilitaristas, veían la base de la conducta moral en el interès de la colectividad. Pero la
cuestión reside en saber lo que puede calificarse de interès general; y esto, que tanto
había preocupado a Rousseau y a los demás pensadores franceses anteriores a la
Revolución, así como a sus predecesores ingleses y escoceses, Kant no procuró en
manera alguna tratar de resolverlo. Se contentó con alusiones a la voluntad divina y a
la fe en la vida futura.
En cuanto a la segunda fórmula del imperativo categórico de Kant: «obra de tal modo
que emplees la Humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre
al mismo tiempo como un fin y nunca sólo como un medio», puede ser expresada en
palabras mucho más sencillas: en las cuestiones que interesan a la sociedad, persigue
no sólo tu interès personal, sino el de toda la comunidad.
Este principio altruista, en el cual Kant creía reconocer el mérito principal de su
Filosofía, es tan antiguo como la moral misma. En Grecia se sostuvieron, alrededor de
este principio vivas polémicas entre estoicos y epicúreos y luego, en el siglo XVII,
entre Hobbes, Locke, Hume, etc. además la fórmula de Kant es, en sí mismo, falsa. El
hombre es un ser verdaderamente moral, no cuando cumple la ley que cree divina, ni
cuando actúa en su pensamiento egoísta de esperanza y miedo, como por ejemplo los
elementos que entran en la vida de ultratumba, sino tan sólo cuando sus actos morales
se han convertido para él en una segunda naturaleza.
Como ha dicho Paulsen en su SISTEMA DE ÉTICA, Kant profesó respeto por las masas
populares, entre las cuales se encuentran, con más frecuencia que entre las gentes
cultas, personas dotadas de un fuerte y sano sentido del deber. Pero no llegó al
reconocimiento de la igualdad de derechos de las masas con las demás clases de la
sociedad. No se fijó en que al hablar con tanta elocuencia del sentimiento del deber no
proclamaba, sin embargo, los principios que habían proclamado ya Rousseau y los
enciclopedistas, que la Revolución había escrito en su bandera, en una palabra, la
igualdad de derechos. No se atrevió porque le faltó valor lógico. Apreciaba las ideas de
Rousseau en sus consecuencias secundarias, pero no en su esencia fundamental, es
decir, en el llamamiento a la justicia. Al inclinarse, como lo hacía, ante el sentimiento
del deber, Kant no se preocupaba de averiguar de dónde nace esta tendencia de la
naturaleza humana y se contentaba con decir que se trata de una ley general.
Finalmente, puso su Ética bajo la protección de un ser superior.
La corrupción de las costumbres al finalizar el siglo XVIII la atribuía Kant a la influencia
nefasta de los filósofos franceses, ingleses y escoceses. Se empeñó en restablecer el
respeto al deber desarrollado en el hombre, a su juicio, gracias a la Religión y con este
empeño la Filosofía moral kantiana, so pretexto de utilidad social, contribuyó a retrasar
el triunfo de la Filosofía de la evolución en Alemania. Sobre esto ya se han expresado
elocuentemente una serie de críticos de la filosofía Kantiana como Wundt, Paulsen,
Jodl y muchos otros.
El mérito inmortal de Kant, ha dicho Goethe, consistió en haber acabado con nuestra
molicie. En efecto, su Ética inauguró un concepto más rigorista de la moral que acabó
con el libertinaje que, si no era inspirado por la filosofía del siglo XVIII, por lo menos
encontró en ella su justificación. Pero para el desarrollo subsiguiente de la moral y
para la comprensión de la naturaleza de la misma, la doctrina de Kant no ha aportado
nada nuevo. Al contrario, al dar a los filósofos una cierta satisfacción intelectual en su
obra de descubrir filosóficamente la verdad, esta doctrina paralizó durante largo
tiempo el desarrollo de la Ética en Alemania. En vano Schiller, gran conocedor de la
antigua Grecia, insistió en afirmar que el hombre es verdaderamente moral, no cuando
en él luchan el sentimiento y el deber, sino cuando la moral se convierte en su
segunda naturaleza. En vano trató de provar que el desarrollo verdaderamente
artístico (no por cierto el esteticismo contemporáneo) contribuye a la afirmación de la
personalidad, que el arte y la belleza ayudan al hombre a elevarse hasta un nivel
superior abriendo el camino al reino de la razón y al amor a la humanidad. Los
filósofos alemanes que después de Kant estudiaron los problemas éticos siguieron el
ejemplo de su maestro, vacilando entre el sistema teológico y el filosófico de la Ética.
No abrieron nuevos caminos, no inspiraron al hombre la idea de servir a la humanidad,
no supieron salirse del marco del régimen feudal de la época y mientras aparecía ya la
doctrina utilitarista guiada por Bentham y Mill, así como la positivista con Augusto
Comte a la cabeza, que más tarde condujo a la Ética científico-natural de Darwin y
Spencer, la Ética alemana seguía alimentándose con las migajas del kantismo o
divagando en las nieblas de la Metafísica y volviéndose a veces, más o menos
francamente, a la Ética religiosa.
Sin embargo, si la Filosofía alemana de la primera mitad del siglo XIX, así como la
sociedad de entonces, no se atrevió a romper con las tradiciones feudales contribuyó
evidentemente al renacimiento moral de Alemania, inspirando a las jóvenes
generaciones ideales elevados. En este sentido se destacaron sobre todo Fichte,
Schelling y Hegel

Es más fácil conseguir la felicidad que fracasar en su intento.

La felicidad se refleja en el estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno. La acción creadora de la cultura siempre se basa en una perfección inalcanzable que produce nuevos, constantes e interminables sufrimientos. Choca, de esa manera, con la vida, que busca la desbordante plenitud sin más explicaciones

Por qué en vez de ver en la cultura algo que ayuda y enriquece al hombre, se la considera por el poder, y también por amplias capas de la población, como algo ajeno y alejado más y más de la verdadera meta de la existencia? ¿Es la felicidad un fin esencial en la cultura? Contra las artes y las ciencias se levantó Rousseau por enervar y reblandecer al hombre en lo moral, lo físico e intelectual. La cultura en vez de satisfacer sus necesidades había abierto innumerables enigmas. Kant, influido por Rousseau, dudó que la alta cultura intelectual pudiera llegar a resolver todas las inquietudes de la existencia.
La cultura no puede dar de inmediato la felicidad, pero puede ayudar de una manera decisiva a ser menos infeliz. ¿A través de qué? A través de la libertad. El ser racional se hace libre e independiente, adquiere criterios y los expresa, domina con la técnica la naturaleza, pero no precisamente para tiranizarla sino para procurar el dominio moral sobre sí mismo. La verdadera meta de nuestro saber no es el conocimiento de la naturaleza, sino el autoconocimiento. La naturaleza era obra de otro, el hombre solo podía llegar a comprender la estructura y el carácter peculiar de sus propias obras, no la esencia de las cosas. Ernst Cassirer en Las ciencias de la cultura se pregunta si es seguro que el hombre pueda realizar en la cultura y gracias a ella su verdadera naturaleza “inteligible”; que pueda llegar, por este camino, si no a la satisfacción de todos sus deseos, sí al desarrollo de todas sus capacidades y dotes espirituales.

Cassirer tituló uno de los capítulos del libro citado “La tragedia de la cultura”, que remite al libro de George Simmel El concepto y la tragedia de la cultura. Tanto uno como el otro dudan de que este asunto tenga solución, pues la filosofía —como tantas otras humanidades— no puede hacer otra cosa que señalar el conflicto, pero sin prometer su solución.

La verdadera razón de esta “tragedia”, según Simmel, reside en que la cultura nos promete una interiorización (una búsqueda natural de nosotros mismos) que se convierte en una especie de autoenajenación “media” entre el alma y el mundo, un conflicto permanente. Divorcio entre el proceso vital y creador del alma y sus contenidos y productos.
La meta de nuestro saber no es el conocimiento de la naturaleza, sino el autoconocimiento
La cultura no representa un todo armónico, sino que se halla, por el contrario, repleta de conflictos y dudas interiores. La cultura es permanentemente dialéctica y cambiante, no tiene meta. Es consustancialmente insatisfactoria en sí misma y muy compleja. La acción creadora de la cultura siempre se basa en una perfección inalcanzable que produce nuevos, constantes e interminables sufrimientos. La felicidad es una meta que se considera inalcanzable en su realización, pero la cultura aporta muchos elementos para adivinarla. La vida y la cultura chocan. La primera busca la desbordante plenitud sin más explicaciones; mientras que la cultura busca las explicaciones de esa plenitud que considera insatisfactoria mientras no encuentre las razones.

La vida sigue su curso, incluso prescindiendo de lo que nosotros consideramos como imprescindible para poder vivirla; la cultura también sigue su camino. Acepta a todos pero es exigente, no da la felicidad (¿quién la da?) pero ayuda a buscarla. La cultura se convierte en mediadora entre el yo (nunca el grupo) y la naturaleza; también entre el yo y el tú que, muchas veces, somos nosotros mismos. El individuo, creador o no, lucha permanentemente por no verse ahogado por la comunidad, lucha por no perder su libertad e independencia. Esto lo da la cultura que, según Croce, debe ser expresión del sentimiento y del estado individual de ánimo que conforma una sociedad.

Pero si la fe de las religiones y la cultura racional posponen, la primera, la felicidad para un más allá desconocido; y la cultura no la ofrece tampoco como realización inmediata, qué otra tercera vía puede existir para circular por ella en pos de esa utopía. Quizá esa tercera vía sea la tecnología. Mediante el empleo de instrumentos (dispositivos los denomina Agamben), el ser humano logra —o así lo cree— hacerse dueño de las cosas. Estos instrumentos o dispositivos traen consigo una bendición y, a la vez, una maldición. Muchas veces lo ayudan y otras muchas lo vuelven en su contra. El instrumento o dispositivo que parecía destinado a satisfacer sus necesidades también ha servido para crear innumerables necesidades artificiales. Hoy, toda esta desorientación ha sido creada conscientemente por los fabricantes del entretenimiento. De nuevo ¿dónde está la felicidad? Resurge entonces la nostalgia rousseauniana de la vuelta a la naturaleza.
El individuo lucha por no verse ahogado por la comunidad y no perder su libertad e independencia

Agamben en ¿Qué es un dispositivo? se refiere a la creación de dos nuevas clases sociales: los seres vivos (el ser humano); y los dispositivos, una especie de redes que sirven para capturar a los primeros y tiranizarlos. El filósofo italiano define a los dispositivos como cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes, entre ellos, los ordenadores y los teléfonos móviles. Dos clases sociales nuevas y, entre ambas, una tercera, los sujetos. Es decir, lo que resulta o queda del cuerpo a cuerpo entre los “vivientes” y los “dispositivos”. Instrumentos los hubo en todas las épocas, desde el origen de los tiempos, pero parecería que hoy no hay un solo instante en la vida que no esté organizado por algún “dispositivo” o “instrumento”. ¿Luchar contra ellos, entregarse en sus manos o manejarlos? El propio filósofo italiano habla de la “hominización” de las tecnologías. El ser humano cree haber encontrado la felicidad en estos objetos porque llenan constantemente el vacío de sus vidas sin exigirles nada.


Nuestro mundo contemporáneo, el occidental y democrático, vive en ese proceso de nueva subjetividad compartida o desubjetivación. Antes la política iba dirigida a individuos e identidades reales, por ejemplo, las clases sociales o estamentos; hoy el triunfo o la imposición de la economía solo se refiere a ella misma sin ninguna otra consideración. Los dispositivos, los aparatos tecnológicos le sirven para controlarnos permanentemente. Ni la fe, ni la cultura lograron dar la felicidad en la tierra (no hay felicidad posible mientras siga existiendo la muerte, a pesar de que la disimulemos con barrocas estrategias); mientras que los dispositivos ocupan todo nuestro tiempo y nos impiden pensar, y el no pensar —quizá— ya es una forma de felicidad. Ya lo dijo el Eclesiastés: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor”. ¿Por qué culpar a quienes lo quieren evitar? ¿Tendrá razón Hegel cuando creía que el hombre solo sería libre rodeándose de un mundo enteramente creado por él? Que se lo pregunten a Theodore, el personaje de Her, la película de Spike Jonze.

Miss Philippines Posts Makeup-Free Selfie After Awkward Miss Universe Mix-Up

It appears the new Miss Universe is over the drama already.


Miss Philippines, 26-year-old Pia Alonzo Wurtzbach, officially commenced her Miss Universe duties today, after Sunday night's painfully awkward telecast, in which host Steve Harvey accidentally crowned Miss Colombia as the winner, before correcting the mistake live on air.
Her first order of business as winner? A make-up free Instagram photo!





"My 1st day as #MissUniverse has officially begun. Starting it off fresh-faced and #ConfidentlyBeautiful," Wurtzbach wrote, adding a crown emoji for good measure.
Once the beauty queen was all dolled up, she posted another photo on her personal account with the caption, "42 years of drought and now it finally reigns :)"


We can't help but notice she's holding onto her crown -- though, after watching it get taken from Miss Colombia's head in front of millions of viewers, we don't blame Wurtzbach for playing it safe!

As for the moment she thought she lost, Wurtzbach told ET, "I was confused. I wasn't sure what was going on. I had to ask my [manager] many times like, 'Did I really win? Am I really Miss Universe? Are you going to take the crown from me now?'"
Meanwhile, Miss Colombia, Ariadna Gutierrez broke her silence and gracefully said, "Everything happens for a reason." Find out what else the first runner-up had to say: