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jueves, 11 de enero de 2018

El independentismo ya no es negocio. Desde la cárcel o Bélgica roan más y con la anuencia de la UE.


Hace años, el independentismo era negocio próspero, para los saqueadores del lugar que transfirió mucho dinero público a los bolsillos privados, y revistió a líderes y prosélitos de una audacia y una brillantez oratoria que parecían exentas de riesgo y sacrificio. Sin ir a bucear a los sentimientos patrióticos que el procés manipuló a su antojo, debemos admitir que parte de ese independentismo exhibicionista y soberbio estaba lubricado con dinero, y que, vista la prodigalidad de las instituciones, todo el mundo tenía claro que ¡tontorrón el último! Si un catedrático o un juez sostenía que las constituciones son papel mojado, que su función es ser interpretadas, y que con voluntad política se puede llegar a cualquier destino, siempre se le premiaba con... ¡pasta a discreción! Si un jurista dictaminaba que el 155 era una jaculatoria franquista, y que la UE nunca toleraría su activación... ¡más pasta! Si un profesor descubría que el paraíso terrenal estaba en el Penedés, que la Biblia fue escrita en catalán o que el primer Estado moderno lo fundó Wilfred el Pilós... ¡pasta gansa y fama de investigador! Si un periódico de vanguardia se instalaba en la posverdad, y convencía a sus lectores de que Extremadura lleva tres siglos expoliando a Cataluña... ¡pasta que te crio! Y si una ONEG explicaba que todos los pobres que hay en Cataluña son españoles, o que en Cataluña no hay libertades, ni elecciones, ni justicia independiente... ¡más pasta!

Pero lo más importante era que la pasta iba unida a los honores. Cualquier pilo podía exhibirse -al estilo del diputado Gabriel Rufián- en telediarios, universidades, diarios europeos y púlpitos catedralicios, recibiendo del Estado una pasta gansa para poder hacerlo. Y cualquier figurín tenía títulos para ponerse al frente de embajadas ilegales, institutos identitarios y comités domesticados, recibiendo por ello... ¡mucha pasta! Iban elegantes, con gafas imposibles, y haciendo postureo. Y, ¡solo por eso!, obligaron a muchos intelectuales mesetarios y acomplejados a exigir hablar por hablar, a decir que la política solo se puede tratar desde la política, a insinuar que el bilateralismo lo ganaron con la historia y a tratar como algo genial el mantra insufrible de que la culpa de todo lo que ocurre la tiene Mariano Rajoy, que viste clásico, habla castellano y es inmovilista. Y también estos recibieron, por vías inescrutables... ¡mucha pasta de Dios! Pero llegó la aplicación del artículo 155 de la Constitución española, que también despertó a la Justicia, y se acabó la impunidad existente hasta ese momento. Con la impunidad se acabó la pasta. Y sin pasta se hundió la afouteza. Los catedráticos, letrados y periodistas, al olor de la escasez, recuperaron vergüenza y sentido común. Y el castillo de naipes empezó a derrumbarse. Los líderes dimiten. El postureo aburre. Y la Constitución ya no es tan interpretable. Los españoles ya no estamos obsesionados con el procés y hasta es posible que la líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas, sea presidenta. Y todo porque -¡quién nos lo iba a decir!- se acabó la pasta gansa y mansa.

juanpardo15@gmail.com


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