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Filosofía de la realidad como teoría del arte.


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Este escrito tiene como objetivo fundamental realizar una reflexión de carácter general, enfocada desde la filosofía, sobre los elementos fundamentales que componen el arte. De esta manera se analizará la dimensión subjetiva (el artista), la dimensión objetiva (la realidad), la conjunción entre ambas (la creación) y el resultado (la obra de arte). Pero antes de llevar a cabo esta labor será necesario que comencemos nuestra investigación con una breve reflexión sobre el arte entendido como actividad humana esencial. Debe quedar claro desde el principio que nuestra pretensión no es la de hacer una historia del concepto de arte, sino que el propósito principal de este estudio es el de interrogarnos sobre qué sea el arte tal y como hoy lo entendemos, algo que no se queda en una reducción del término sino que abarca la totalidad del mismo, ya que como se irá mostrando a lo largo del texto el concepto fundamental de arte no varía con el paso del tiempo. Este concepto general al que estamos aludiendo se manifiesta tan claramente en el Doríforo de Policleto, aunque los griegos no consideraran a la escultura arte en el mismo sentido que nosotros la consideramos hoy, como en Las majas de Goya o en El Guernica de Picasso. En cualquier caso, esto es algo que se podrá ir vislumbrando poco a poco a lo largo de este estudio. El arte es algo que no puede ser encerrado en una definición o abarcado desde una mirada global que pretenda explicar su totalidad; es por ello por lo que pienso que lo más adecuado para acercarnos a esta materia es llevar a cabo una descripción de sus elementos que nos sirva como puente para avistar una comprensión global suficiente. De esta manera profundizaremos más en el arte que si nos pusiéramos, cual investigadores positivistas, a intentar buscar una definición en la que se describiese su esencia. La esencia de cualquier ente es «inapresable» y más si tenemos entre manos algo tan complicado como es el arte. Para aproximarnos conceptualmente a nuestro objetivo utilizaremos una serie de «ideas-guías» que nos irán acercando lentamente a la aclaración intelectual que buscamos acerca de la idea de arte. Para ello acudiremos en primer lugar a Hegel, filósofo de grandísima lucidez que penetró como pocos en la espiritualidad de la realidad; y ya que el arte es una actividad espiritual, aunque finalmente para su realización tenga que ser plasmada en el material sensible, considero que es más que acertado para nuestra indagación poner los ojos en algunas de las apreciaciones de dicho pensador en torno al arte. Hegel sostiene: «El arte es una forma particular bajo la cual el espíritu se manifiesta». En esta afirmación encontramos la idea del arte como manifestación del espíritu; pero como una manifestación del espíritu que se produce de «una forma particular». Esta particularidad a la que alude Hegel no es ningún asunto menor, puesto que nos introduce en la complejidad del asunto. La mencionada cita no llega de por sí a la esencia del arte, pero sí nos adentra directamente en su problemática. Desde la interioridad del asunto a la que nos ha conducido la afirmación anterior, Hegel levanta otra tesis fundamental: «La tarea del arte consiste en hacer que la idea sea accesible a nuestra contemplación bajo una forma sensible». En esta otra idea de Hegel se muestra que el arte es expresión sensible de la idea, algo que ya nos acerca más directamente a la esencia de esta actividad humana. Recapitulando lo dicho, podemos decir que de la mano de Hegel hemos conseguido saber que el arte es una manifestación del espíritu que se produce de «una forma particular» y que es expresión sensible de la idea. Una vez que hemos partido de Hegel, pasaremos ahora al que quizás ha sido el último gran metafísico de occidente, Martin Heidegger, el cual dedicó toda su producción filosófica a esclarecer el sentido del ser, por lo que tuvo necesariamente que entrar en el terreno de la estética y con ello en el del arte. Heidegger afirma en una de sus conferencias: «La esencia del arte sería, pues, ésta: el ponerse en operación la verdad del ente.»Esta «descripción» heideggeriana puede ser enlazada con lo dicho anteriormente por Hegel, pero la verdad es que si nos fijamos bien en las palabras del autor de El ser y el tiempo nos damos cuenta que de ellas se puede inferir que el arte además de consistir en la manifestación de la verdad, es esa actividad humana que nos sitúa en el modo de la plenitud ante la mismidad de lo expresado o representado. «El ponerse en operación la verdad del ente», nos dice Heidegger. Con estas apreciaciones filosóficas acerca del arte, en cierto modo ya nos hemos adentrado en su esencia. Podría haber empezado este artículo aludiendo a típicas definiciones: «el arte es aquella actividad humana que produce belleza», «que representa o reproduce la realidad», «que crea formas», «que expresa», «que produce experiencia estética» o «que produce un choque», como dirían los teóricos de las vanguardias. Pero, sin embargo, he preferido empezar intentando llevar a cabo una dilucidación filosófica con la finalidad de profundizar en su concepto, ya que considero que esto es lo más adecuado de cara a la finalidad de esta investigación. Con esto, no se está afirmando que estas definiciones no sean válidas, todo lo contrario, incluso nos valdremos de ellas para nuestro estudio; lo que sí hay que dejar claro desde un principio es que este trabajo es un estudio de carácter filosófico y no de historiografía o teoría del arte.

Con mucha prudencia y muchos matices, ya que estamos aún en el inicio de la investigación, se podría decir que el arte es un «lenguaje» con el que el hombre expresa la realidad humana física y espiritual captando lo exterior e interiorizándolo, para luego devolverlo a la exterioridad desde la libertad creadora del artista. Lo que ha de quedar claro en estos primeros tanteos es que desde nuestro posicionamiento filosófico el arte es contemplado como una actividad humana que expresa el espíritu de la realidad misma a través de un material sensible, ya sea un lienzo, una catedral o una escultura; lo cual se produce a través de cuatro componentes sin los que no habría arte: «el artista», que es el creador; «la realidad», que es la objetividad que se expresa; «la conjunción», que es la creación artística y «el resultado», que es la obra de arte. El análisis más detallado de estos cuatro elementos es lo que pasaremos a estudiar en la parte central de nuestra investigación. De esta manera damos por terminada esta breve reflexión, que como se puede apreciar es ante todo una introducción que intenta servir de punto de lanzamiento y de apoyo al lector.


¿Es el arte una necesidad o un lujo? Esta cuestión es una de las interrogantes que más han sido destacadas en lo que respecta a las polémicas habituales acerca del arte. Verdaderamente ¿el arte se puede considerar una necesidad del ser humano o es simplemente un lujo con el que éste adorna su vida? De entrada hay que decir que parece claro que el arte es algo que pertenece a la esencia misma del hombre, ya que éste desde sus comienzos se ha visto «forzado» por su propia interioridad a representar o expresar algo, ya sea lo exterior que le rodea o ha rodeado o lo interior sentido en ciertos momentos concretos de la historia. Si por necesidad entendemos «algo» sin lo cual otro «algo» no sería posible; y por lujo entendemos «algo» que es superfluo y que sólo sirve para agradar más la realidad o la vida, queda claro que el arte es una necesidad del ser humano. ¿Qué sería el hombre sin el arte? Habría que plantearse seriamente esta cuestión y pensar si la humanidad sería la misma sin el arte. ¿Sería España la misma sin El Quijote?, ¿sería Italia, Italia sin Dante?, ¿qué sería de Inglaterra sin Shakespeare o de Grecia sin Homero? Esto es algo que habría que pensar muy seriamente; y no se trata de decir que hay que leer, ver u oír todas las obras que han hecho de la humanidad lo que hoy es, sino de comprender que la esencia, por ejemplo, de España y del español está planteada en esa grandísima obra de la literatura universal que es Don Quijote de la Mancha; que el siglo XVII se encuentra reflejado en Las Meninas o que el espíritu de la Europa de la época habita en Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano. ¿Acaso no es cierto que Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Velázquez, Goethe, Mozart, Beethoven... han sido los grandes creadores y los que mejor han sabido expresar la espiritualidad más propia de Europa?, ¿sería Europa lo que hoy es sin ellos? Es llevando hasta sus últimas consecuencias estas cuestiones como verdaderamente tomamos conciencia de la trascendentalidad e importancia del arte. El arte recoge el presente para el futuro y queda como pasado. Es obvio, pues, que el arte es una necesidad total y absoluta del ser humano. ¿Existe el arte desde que hay hombre?; o quizás sería mejor preguntarse: ¿existe el hombre desde que hay arte? Interroguémonos en serio sobre estas cuestiones.

El arte nos lleva a una dimensión de trascendencia que es necesaria para el ser humano y que no podemos alcanzar en esa modalidad de ninguna otra manera. Ya sea a través de la literatura en general, de la arquitectura, de la pintura, de la escultura o de la música el hombre desde que es hombre se ha visto forzado a crear artísticamente. Y algo que viene impuesto desde dentro como un mandato, tal y como diría Kant, es sin lugar a dudas una necesidad. Otra cosa es que el arte no tenga un sentido práctico tal y como nosotros, hombres del siglo XXI envueltos en un mundo casi plenamente tecnológico, entendemos ese concepto al igual que le sucede a otras actividades como por ejemplo la filosofía. Pero es eso precisamente lo que hace que estas creaciones del ser humano tengan más valor, porque eso quiere decir que existen porque valen por sí mismas, en ellas reside su valor y no necesitan de nada exterior a ellas o de una finalidad práctica que les otorgue un sentido. Para darle más consistencia intelectual a nuestras aportaciones acudiremos de nuevo a Hegel, el cual sostiene que «La obra de arte persigue un fin particular que es inmanente en ella.» El arte o, por ejemplo, la filosofía sí que son «algo» práctico, ya que sirven para conocer lo que es el hombre y lo que es y ha sido el mundo; lo que sucede es que para eso hay que elevarse a una categoría de comprensión a la que hoy día prácticamente nadie está dispuesto a remontarse. De ahí las famosas frases: «La filosofía, ¿y eso para qué sirve?». «¿Qué estudias, arte, y eso para qué?»; pero bueno, así están las cosas y adentrarnos ahora de lleno a desentrañar y esclarecer este problema sería pasarnos a otra cuestión distinta de la que nos ocupa en estos momentos. Por lo tanto, sólo nos queda a modo de conclusión señalar que el arte, como espero haya quedado claro después de lo dicho, es una necesidad ineludible del ser humano que pertenece a la esencia de éste y que le ayuda a comprender mejor la realidad.


Ahora pasaremos a analizar el primer punto nodal de este estudio: el artista. El artista es la subjetividad creadora que realiza la obra de arte. Intentar llegar a una comprensión profunda de este componente del arte supone el fijar la vista en muchos elementos decisivos que se dan en el artista y le conducen a la creación. El artista es esa subjetividad creadora que es capaz de crear (arte) desde sí mismo. Un primer elemento a destacar en el análisis del artista es «la inspiración», el cual es el estado en el que éste se encuentra cuando se siente empujado a crear. Hegel afirma al respecto: «La producción artística se convierte así en un estado al que se da el nombre de inspiración.» Por su parte Schopenhauer, que no se caracterizaba por ser un gran amigo de Hegel ni por compartir sus ideas, pensaba:

«La invención de la melodía, el descubrimiento de todos los más hondos secretos de la voluntad y de la sensibilidad humana, esto es obra del genio. La acción del genio...es una verdadera inspiración.»
De esta forma vemos que el auténtico artista es el genio, el cual cuando alcanza el estado de inspiración es capaz de expresar lo más esencial de las cosas.

«A partir de lo dicho podemos ahora entender lo que es el «Genio». No es otra cosa que lo que ya Platón denominó «demon», como la subjetividad ideal de todas las cosas que, más allá de su determinación y límite empírico, media entre ellas y su origen absoluto. (...) «El «genio» es esa característica absoluta de las cosas, lo que hay en ellas de definitivo y oculto, más allá de su forma empírica, porque está en el origen de todas ellas.»

Una vez aclarado qué es el genio y qué es la inspiración, pasamos ahora al fenómeno de «la necesidad interior», el cual se manifiesta a través de lo que Heidegger llamó en Sein und Zeit «la voz de la conciencia», que bien podría ser llamado por nosotros aquí «la voz de la creación». Todo artista siente a la hora de crear esa necesidad interior que le empuja a realizar la obra y le indica cómo ha de actuar. Oigamos al abanderado del movimiento pictórico abstracto, Vasili Kandinsky, el cual afirma lo siguiente: «La ineludible voluntad de expresión de lo objetivo es la fuerza que aquí llamamos necesidad interior y que hoy pide una forma general y mañana otra.» Con esta confesión de uno de los grandes artistas del siglo XX queda de manifiesto la presencia de esa necesidad interior en el genio a la hora de crear. Paul Valéry, por su parte, afirma:

«El artista vive en la intimidad de su arbitrariedad y en la espera de su necesidad.» (...) «... unas veces es una voluntad de expresión la que comienza la partida, una necesidad de traducir lo que se siente...»
Como ya se ha señalado antes esta «necesidad interior» se hace presente a través de una «misteriosa voz» que lleva a crear. Respecto a esta voz, Kandinsky apunta:

«El artista no trabaja para merecer elogios o admiración, o para evitar la censura y el odio, sino obedeciendo a la voz que le gobierna con autoridad, a la voz del maestro ante el cual debe inclinarse, y del cual es esclavo.»

Y no es sólo Kandinsky el que se refiere a esta experiencia primaria de todo artista, sino que esto es afirmado por muchos otros, como por ejemplo, el decisivo músico del siglo XX, Igor Strawinsky:
También el poeta y crítico de arte Paul Valéry, ya citado anteriormente, dice:

«...ese poeta que se limita a transmitir lo que recibe, a entregar a desconocidos lo que posee de lo desconocido, no tiene ninguna necesidad de comprender lo que escribe, dictado por una voz misteriosa.»

Para profundizar más en este fenómeno tan importante de la necesidad interior, tenemos que señalar que cuando creadores como Kandinsky realizan afirmaciones como las que serán citadas a continuación, se están refiriendo a un fenómeno ontológico que Martin Heidegger señaló y describió con gran exactitud en su obra cumbre

«Al hacer un cuadro el pintor «escucha» siempre una «voz» que le dice sencillamente: «!Exacto!» o «!Falso!» o «Los artistas conocen bien esta «voz misteriosa» que guía su pincel y «mide» el dibujo y el color.»

Heidegger afirma en la obra referida: «A la vocación no le es esencial la fonación», «la vocación alcanza al «ser ahí»«. Incluso Heidegger al igual que Kandinsky habla de «voz misteriosa». Aunque Martin Heidegger está apelando a la «voz de la conciencia» para un análisis muy distinto al nuestro, su análisis ontológico coincide en gran parte con lo que nosotros hemos denominado como la «voz misteriosa» que llama al artista a la creación. Tras este esbozo de la interioridad del artista en el que se ha hablado de la necesidad interior, de la voz misteriosa que empuja a crear o de la inspiración, pasamos ahora a señalar dos elementos que también influyen en el proceso de creación, aunque se den desde «fuera» de la subjetividad creadora. Uno de estos elementos decisivos es el de «la dimensión de trabajo». Indudablemente cuando hablamos del artista creador se está hablando de una subjetividad especial que es capaz de captar y expresar lo que el resto de las personas no son capaces ni tan siquiera de percibir —esto es debido también a la «intuición», otro elemento decisivo en nuestro tema—, pero esto no quiere decir que el artista sea una especie de figura privilegiada por un talento que le permita esperar a que llegue ese «gran momento» que le dicte al oído su obra; sino que detrás de todo proceso creativo hay muchas horas de trabajo que son las que hacen que el artista obtenga sus frutos. Así, sólo hay que recordar la frase de Pablo Picasso, uno sino el más grande de los genios artísticos del siglo XX, en la que decía: «Si la inspiración baja, que me coja trabajando».

«...si el tiempo de composición de un poema incluso muy corto puede consumir años, la acción del poema sobre el lector se realizará en unos minutos. En unos minuto recibirá ese lector el choque de hallazgos, comparaciones, vislumbres de expresión acumulados durante meses de investigación, de espera, de paciencia y de impaciencia.»

Para que la obra surja hace falta mucho trabajo, y que nadie piense que el artista es un ser privilegiado al que todo le viene dado. El artista además de poseer un talento innato es alguien que dedica su vida por completo a su obra, pudiendo incluso esto llevarle a la locura. Dentro de las cualidades y características propias del artista también hay que señalar que éste refleja de una forma o de otra, ya sea directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, el espíritu de su época y esto es algo que se produce porque el artista al igual que todo hombre se encuentra determinado por su contexto histórico. Nadie puede saltar por encima del periodo temporal que le ha tocado vivir. Es por ello por lo que el artista se tiene necesariamente que nutrir del «mundo exterior» para plasmar éste en sus obras. El mismo Kandinsky, al que ya se ha aludido antes, sostiene esta idea:

«Todo artista, como hijo de su época, ha de expresar lo que le es propio a esa época»; «Toda la naturaleza, la vida y todo lo que rodea al artista, y la vida de su alma, son la única fuente de cada arte.»

Hemos aludido, pues, a lo que según nosotros son los elementos más destacados de la dimensión subjetiva del arte (el artista): el «genio» (ser especial que capta la esencia del mundo); la «inspiración» (estado ideal que conduce al genio a crear); la «necesidad interior» (fenómeno que va unido a la «voz misteriosa») que impulsa a crear; la «dimensión de trabajo» y la influencia del «mundo exterior». Soy consciente que con esta breve tipología no hemos hecho, ni mucho menos, una descripción totalmente completa del creador artístico, pero espero haber realizado con ello una labor bastante detallada en la que se ha intentado de una manera o de otra aludir a los componentes más importantes que se dan en todo artista. La literatura estética sobre este tema es tan extensa que aunque quisiéramos no tendríamos tiempo dentro de los límites impuestos a este escrito de aludir a todas las piezas necesarias, debido también en parte a la complejidad del tema.


Ahora analizaremos el otro polo de la creación artística: la realidad, lo objetivo. Aquí aparecen problemas fundamentales como el de la belleza y la captación de la misma o el de si el arte, en cuanto captación de esa belleza o realidad, es algo objetivo o simplemente depende de lo que el artista quiera, es decir, de su voluntad libre y caprichosa. Nosotros de entrada rechazamos esa típica definición de arte como «aquella actividad humana que trata de reflejar belleza», ya que consideramos que quedarnos en esa concepción tan simplista del término supone inculcarle al mismo una reducción brutal. Ésa no es la esencia del arte, es uno de sus aspectos La expresión de belleza en una creación artística es algo «secundario» que puede ir añadido a la obra. El arte no trata principalmente de reflejar belleza, sino de reflejar la esencia de la realidad misma, el misterio, a través del artista de forma que sea reconocida como propia por todos los receptores. Así, por ejemplo, hay creaciones que sin ser bellas son auténticas obras de arte. Bien es verdad que en gran parte de las verdaderas obras artísticas las cosas son reflejadas de tal forma que aunque lo que se muestre en ello sea feo, normalmente nos produce una impresión bella. El enfoque ontológico tradicional en lo que a nuestro posicionamiento respecto de la realidad se refiere consiste en pensar que nosotros somos un sujeto frente a un mundo que está «ahí» fuera, algo heredado de la modernidad y la filosofía cartesiana principalmente; lo que sucede es que si verdaderamente nos paramos a pensar ese enfoque nos damos cuenta de que no somos sencillamente unos sujetos enfrentados a la realidad, sino que nosotros mismos ya somos parte de esa realidad, somos si se quiere, los ojos con los que la realidad se mira a sí misma; pero somos ante todo, y eso que quede claro, realidad. Ahora bien, ¿cómo afrontar este problema desde la reflexión sobre el arte?, ¿qué es la realidad para el artista?, ¿es esa realidad una objetividad que quede como tal plasmada en la obra de arte, o por el contrario queda en ella deformada? La realidad para el artista es «eso» en que él está y le sirve para llenarse como condición previa a la expresión que será plasmada en la obra.

«...el pintor abstracto no recibe su «impulso» de un trozo cualquiera de naturaleza, sino de la totalidad de la naturaleza, en sus aspectos más diversos, que llegan a sumarse en él para conducirlo a crear una obra.»

La realidad es la fuente de donde bebe el artista para poder posteriormente hacer su obra. La realidad es algo objetivo, es lo que está de por sí y no depende de una subjetividad para ser, y ahí es donde reside la «sustancia» de la que el artista se nutre para su creación. Pero ¿cómo acceder a ella? El artista accede a la «sustancia» de la realidad mediante la intuición y la refleja a través de la creación artística. Que la realidad es objetiva es evidente, lo que no parece tan claro es si el arte es o no objetivo, gran debate de la estética del siglo XX. Nosotros sostenemos que el arte es objetivo, prueba evidente de ello es que toda actividad realizada por un artista no tiene porqué responder al concepto de arte, problema fundamental de las vanguardias. Esta idea queda precisada con la distinción categorial entre «obras maestras» y «obras de arte», lo cual hace ver que ambos modos de creación pertenecen a categorías distintas. No tiene el mismo valor una «obra maestra» que una «obra de arte», ya que una «obra de arte» puede ser cualquier obra de un creador poético que se ajuste a los cánones de un determinado arte; mientras que una «obra maestra» es una obra artística de tales dimensiones que supera en demasía al conjunto de obras artísticas en general, debido a una serie de elementos constitutivos propios de la obra que sólo residen en ella y precisamente por ello dicha creación pasa a ser catalogada como «obra maestra», motivado por sus dimensiones de expresión y captación de lo real. Así, La Gioconda de Leonardo da Vinci o Los Girasoles de Van Gogh están consideradas como obras muy superiores a otras creaciones de dichos artistas.

«Se llama «obra maestra», estrictamente hablando a «todo lo perfecto dentro de su género.»» (...) «... las obras maestras son «los guardianes silenciosos del misterio del arte». No se puede decir nada; son pasmosas.»

La objetividad del arte reside en la presencia «real», en la proximidad con el ser, que se consiga en los resultados de las creaciones de los artistas; así, por ejemplo, El entierro del Conde de Orgaz del Greco es una «obra maestra» porque en ella se produce la manifestación del ser, o lo que es lo mismo, una expresión plena de realidad que expresa en perfecta armonía la conjunción entre un hombre y su mundo. Retomando el tema específico de este apartado podemos decir, pues, que la realidad para el sujeto creador artístico es «eso» que le rodea y que le sirve de fuente de conocimientos, experiencias, sentimientos... para luego a través de su talento innato poder producir arte. En cierto modo la realidad es para el artista aquello que le inspira y le sirve de manantial de experiencias para la creación. Es tanto «el camino» como la base o fuente de todo crear. Por lo tanto, la realidad es un aspecto decisivo para el artista, puesto que la esencia de la auténtica obra de arte reside en la capacidad de su creador para captar lo más íntimo de la realidad y expresarlo desde su interioridad en la obra. Así, por ejemplo, Goya expresa magníficamente en sus cuadros los desastres y sufrimientos de la guerra; Shakespeare expresa como nadie a través de la tragedia los sentimientos universales del ser humano, algo que hace también en su género Miguel Ángel con la escultura; o qué decir de los versos de Bécquer, en donde la experiencia del amor se siente de una manera tan primaria que llega a lo más profundo del ser, por no hablar de la pasión con que Beethoven manifestó su época en sus sinfonías. En definitiva, queda claro que toda gran obra de arte es un cúmulo de circunstancias en donde resaltan el alma del artista y el mundo que le rodea, el cual le hace sentir experiencias que le llevan a dicha obra. Otra cuestión es cómo sea después plasmado «eso» en la creación poiética. En las esculturas de los antiguos griegos hay una gran idealización del cuerpo humano, idealización que muestra por otro lado el poder de los dioses; en las catedrales góticas hay una exaltación vertical que marcha hacia el cielo para buscar la unión con Dios; en los cuadros de Velázquez se ve una realidad fielmente retratada, que si bien después es analizada se puede comprobar que no es tan «realista» como parece, ya que el impresionante pintor sevillano hace bello lo que «realmente» no lo es (cuadros de bufones, retratos, etc.)... así podríamos seguir enumerando artistas y obras que muestran que la realidad prácticamente nunca es reflejada tal cual. ¿Y esto a qué se debe? Pues la causa es que el artista siempre reproduce desde su libertad personal y creadora lo que la naturaleza hace por necesidad, llegando de esta forma a mejorar lo que se ha sacado de la misma naturaleza. «La naturaleza imita al arte», decía Oscar Wilde. Según lo dicho, podemos pensar que el arte existe debido a la fuerte impresión que lo real, lo objetivo, produce en el artista, ya que la tarea de éste no es otra que la de llevar a cabo una obra en la que se muestre a través de su perspectiva artística la intimidad más plena de las cosas. De esta manera el arte aparece como algo objetivo que se muestra de «una forma particular», tal y como decía la cita de Hegel empleada al principio del trabajo. La realidad es lo objetivo que el artista plasma «subjetivamente» y luego refleja «objetivamente» para el receptor. En el arte el «subjeto» se objetiviza y la objetividad se subjetiviza. De ahí que todo el mundo sienta la experiencia de la tristeza al escuchar el adagio de Albinoni o Barber; el dolor de la guerra al ver ciertos cuadros de Goya o la experiencia primigenia del amor al leer los versos de G Adolfo Bécquer.

¿Qué es poesía?—dices mientras clavas En mi pupila tu pupila azul—. ¿Qué es poesía?¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.

No se trata entonces de reflejar las cosas tal como son, sino de hacerlo de una manera que nos hagan sentir las experiencias primarias universales. Así, aunque la realidad no esté plasmada tal cual en El Guernica de Picasso, al contemplarlo todo el mundo siente el horror y la dureza de la guerra en esa construcción deformadora y a la vez real del mundo en un estado semejante. Como decíamos al principio, con Hegel, «El arte es una forma particular bajo la cual el espíritu se manifiesta», eso sí, desde una experiencia personal con la realidad que a través de la creación llega a la obra de arte en expresión universal. Por lo tanto, podemos decir a modo de resumen, que la realidad es el marco en donde se produce la existencia del hombre y en la cual el artista debe bañarse para acumular una serie de experiencias que le conduzcan posteriormente a la creación, consiguiendo con ello «personalizar» la realidad y «objetivar» el sujeto. La realidad es, pues, lo que le da al artista los materiales para crear y lo que a la postre se representa o expresa como resultado de toda una ejecución artística. Tan sólo hay que ver un cuadro, escuchar una obra musical, contemplar una escultura y leer un poema o una novela para alcanzar un grado de comprensión más alto de la realidad.

Filosofía de laboratorio.


Vida y obra filosófica de Xavier Zubiri, Pedro Laín Entralgo e
Ignacio Ellacuría
Por Sergio Arturo Cañas López
Resumen
Esbozar las entretejidas biográficas de Zubiri, Laín y Ellacuría obliga a tomar prestada la anécdota en la que, medio en serio y medio en broma, el propio Zubiri asoció el significado de su nombre al destino intelectual
de su vida y al sentido último de su propia obra. Así, biblioteca
(Apalategui), puente (Zubiri) y casa nueva (Xavier) son símbolos que
también aplican para Laín y Ellacuría, por lo prolífico y fecundo de sus
producciones (biblioteca), por sus infatigables esfuerzos por conseguir la
reconciliación y la solución negociada a conflictos (puente) y por la laboriosidad creativa con la que nos legaron para el siglo XXI sus innovadoras aportaciones en el quehacer humanista y filosófico, productode sus prodigiosos talentos (casa nueva).
En anterior artículo.
dimos inicio al ejercicio de inscribir a Laín Entralgo en la mejor
tradición cultural hispánica del siglo XX, destacando su invaluable producción en los terrenos compartidos por la Medicina, la Historia y la Antropología en la comprensión y estudio de la condición de práctica social radicada en la esencia misma de la Medicina.
A consecuencia de su constante interrogar sobre la índole de la práctica médica, Laín Entralgo –al cuestionarse el lugar y quehacer de dicha práctica– arribó a conclusiones fundamentales en torno a cómo debe concebirse la medicina a fin de ser fiel a sus más
nobles propósitos. Laín, al referirse a ella, señalaba más apropiado conceptuarla y ejercerla como antropología médica, tendiendo así un puente hacia las humanidades médicas, pues de esta forma la medicina intentaba de mejor forma una aproximación integral al ser
humano.
Sería sin embargo incompleta cualquier aproximación a Laín destacándole sólo en la
vertiente médica en donde comparte reconocimientos en la misma línea que lo recibieron
Letamendi, Miguel Servet, Ramón y Cajal, Del Río-Hortega, Gregorio Marañón y Carlos
Jiménez Díaz. También destacó como escritor y ensayista junto a Ramón Menéndez Pidal,

1
 San Baldomero Ucar, J.M.: “ El significado de la filosofía de Xavier Zubiri en la filosofía española”.
http://www.zubiri.org./works/spanishworksabout/sanbaldomero/lección 1998.htm (30/04/04).
2
 Cañas López, S. A.: “Pedro Laín Entralgo: Medicina e Historia”. Realidad Revista de Ciencias Sociales,y
Humanidades # 98 Marzo-Abril 2004. UCA Editores. Pág. 185-194.
3
 Laín Entralgo, P. “Antropología Médica”. Salvat Editores. Barcelona. 1984
2
Eugenio D’Ors, Pío Baroja y Américo Castro, sin que fuera menos importante su
contribución a la producción filosófica en la vertiente de Unamuno, Ortega y Gasset y
Xavier Zubiri4
. Desde esta última vertiente intentaremos destacar su relación personal e
intelectual con Zubiri y con Ignacio Ellacuría.
Esbozar las entretejeduras de las circunstancias biográficas de Zubiri, Laín y Ellacuría me
obliga a tomar prestada la anécdota citada por San Baldomero5 en la que, medio en serio y
medio en broma, el propio Zubiri asoció el significado de su nombre al destino intelectual
de su vida y al sentido último de su propia obra, según lo cuenta su esposa Carmen Castro.
En euskera el significado de su nombre y dos apellidos es como sigue: Xavier significa
“Casa Nueva”, que como es sabido era el apelativo con el que se designa en Navarra al
castillo de la familia Jaso, la familia de San Fancisco Javier. Por su parte Zubiri o Subiri
quiere decir en euskera “junto al puente”, en tanto que Apalategui tiene el significado de
“balda de un armario, o de una estantería”, pero que en vasco- francés significa
sencillamente “biblioteca”.
Así, biblioteca (Apalategui), puente (Zubiri) y casa nueva (Xavier), son aquí tres símbolos
con los que se puede intentar comprender el significado de la filosofía de Zubiri, símbolos
que tambien aplican para Laín y Ellacuría, por lo prolífico y fecundo de sus producciones
(biblioteca), por sus infatigables esfuerzos por conseguir la reconciliación y la solución
negociada a conflictos (puente) y por la laboriosidad creativa con la que nos legaron para el
siglo XXI sus innovadoras aportaciones en el quehacer humanista y filosófico, producto de
sus prodigiosos talentos (casa nueva).
José Xavier Zubiri Apalategui
José Xavier Zubiri Apalategui nació en San Sebastián, capital guipuzcoana, a orillas del
Urumea, el día 4 de diciembre de 1898. Hizo sus estudios básicos en Guipúzcoa y ya
entonces le nació la triple vocación científica, filosófica y religiosa a la que habría de ser
vascamente fiel durante toda su vida. Ingresó al Seminario Diocesano para seguir la carrera
eclesiástica y fue enviado a Madrid a seguir los cursos, entre 1918-1920, del Seminario
Conciliar y la Facultad de Filosofía de la Universidad Central (hoy Complutense). En el
Seminario recibió la influencia del sacerdote, filósofo y jurista vasco Juan Zaragueta. En la
Universidad Central recibió la influencia del joven catedrático de metafísica José Ortega y
Gasset, recién llegado de Alemania, quien comenzaba su largo magisterio universitario yperiodístico, empeñado en filosofar a la altura de los tiempos que corrían en Europa
.
Entre 1919 y 1921, Zubiri estudió en Bélgica la licenciatura de filosofía y la licenciatura de
teología en la Universidad Católica de Lovaina.
3
León Nöel. Durante esos años también viajó por breves períodos a Alemania y a Roma,
donde, en 1920, se doctoró en teología por la Universidad Gregoriana. En septiembre de
1921 se ordenó de diácono en San Sebastián luego de lo cual 1921 regresó a Madrid y, bajo
la tutoría de Ortega, escribió la tesis titulada: "Ensayo de una teoría fenomenológica del
juicio" (Ediciones de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid, 1923) que le
dio acceso al doctorado en filosofía. Entre 1921 y 1928 permaneció enseñando e
investigando en la Universidad Central y allí, en 1926, ganó las oposiciones a la cátedra de
Historia de la Filosofía7
, vacante desde hacía pocos meses por el fallecimiento repentino de
su titular Adolfo Bonilla San Martín. Zubiri tenía para entonces veintiocho años. Se
estrenó como catedrático en enero de 1927 y ejerció el curso 1927-288
.
Dos años más tarde, en 1928, se ausentó de Madrid para emprender un largo e intenso
periplo de cuatro años por diversos centros culturales europeos en busca de un saber
científico suficiente que le permitiera plantear los problemas de la filosofía de forma
realista9
.
De 1928 a 1931, Zubiri viaja por tres cursos consecutivos a estudiar en Alemania. De 1928
a 1930, permanece en Friburgo donde recibe dos cursos complementando su formación
filosófica con Husserl y Heidegger. En el transcurso de 1930 a 1931 reside en Berlín. En la
famosa sociedad científica Kaiser Wilhelm estudia física teórica con tres premios Nobel,
Max Plank, Erwin Schrödinger y Albert Einstein. Al volver de Alemania Zubiri impartió
sus clases en aquella facultad de filosofía llamada Facultad-laboratorio, que fue la
Facultad de Filosofía de la Universidad Central en la que Manuel García Morente al frente
de su Decanato (1931-1936) desarrolló una actividad electrizante de reforma universitaria
que posibilitaban los aires de reforma política que la Segunda República española había
traído consigo en 1931. En los veranos de 1933, 1934, 1935 Zubiri participó también muy
activamente con Pedro Salinas, Ramón Menéndez Pidal y Blas Cabrera en la organización
de los cursos de verano la Universidad Internacional Santander10
.
En 1931 retornó a su cátedra de Historia de la Filosofía cuando, en aquellos días de la
segunda república española, la Facultad de Filosofía de la Universidad Central atravesaba
por un momento estelar. A partir de 1933, comenzó Zubiri a publicar sus ensayos y
traducciones de importantes artículos de otros filósofos en Cruz y Raya, la revista que
fundó José Bergamín, y en la famosa Revista de Occidente, que fundó Ortega y Gasset11
.
Al referirse a su relación con Zubiri, el mismo Laín Entralgo describe12 que esta tuvo un
comienzo que no fue amistoso propiamente dicho, sino que lo fue de afición; fue una
relación primariamente lectiva: la lectura de dos ensayos de Zubiri, entre 1932 y 1936, que
reconoce fueron rigurosamente decisivos en su vida intelectual. El primero, “La nueva
física”, publicado en Cruz y Raya, del cual le interesó la magistral exposición de lo que era

Inguanzo, J.L. “Vida y obra de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
10 San Baldomero Ucar, J.M. “El significado de la filosofía de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
11 Inguanzo, J.L. “Vida y obra de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
12 Laín Entralgo, P. “Mi Xavier Zubiri”. Antropos 201:43-54.
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la física del átomo (la física más actual, tal como era en 1933) y le cautivó la claridad, el
rigor, la profundidad con la cual se pasaba a un replanteamiento del problema de la
realidad, del problema de la naturaleza. Junto al ensayo, “En torno al problema de Dios”
(Revista de Occidente), dejaron tal impronta en Laín que confiesa que le plantearon una
meta vocacional y dedicacional: pensaba para entonces dejar mi modestísimo puesto de
médico en Valencia y buscar algo en Madrid, donde creía que podía encontrarse con Zubiri
y por supuesto –confiesa- con Ortega13. La guerra civil interrumpió temporalmente esos
planes.
Para Zubiri, la etapa de cinco años de investigación y docencia en Madrid, entre 1931 y
1936, quedaría truncada al iniciarse la guerra civil española, el 18 de julio de 1936. Muchos
de los filósofos de la llamada "Escuela de Madrid" se vieron urgidos a exiliarse: José
Bergamín, Joaquín Xirau, José Ferrater Mora, José Recaséns Siches, María Zambrano,
Manuel Granell, José Gaos, el mismo Ortega, lo mismo que otros filósofos como Juan
David García Bacca, Adolfo Sánchez Vázquez, Eduardo Nicol, Eugenio Imaz, Augusto
Pescador y José Medina Echevarría. Por su parte, a Zubiri lo sorprendió el golpe militar en
Roma, donde había contraído matrimonio con Carmen Castro, previa dispensa de sus
compromisos eclesiásticos y reducción al estado laical, en la primavera de ese año14
.
Zubiri había ido a Roma el año 1935, a aprender idiomas orientales; en esa fecha dominaba
ya el griego, el hebreo y el latín, aparte del vasco, castellano, alemán, francés e italiano.
Pero en aquel momento trataba de aprender, o al menos adquirir familiaridad, con el
sumerio, akadio, hittita, iranio y arameo. El orientalista jesuita Antón Deimel, profesor del
Instituto Bíblico, le introdujo en la lengua sumeria y el hebraista y arameista, en tanto que
siendo profesor en el centro San Anselmo, Centro Universitario de los Benedictinos en
Roma, el español Luis Palacios le ayudó en el aprendizaje del arameo15
.
Presionado por la policía fascista, marchó (de Roma) a Francia, donde dictó cursos sobre
temas de filosofía y teología en el Instituto Católico, al mismo tiempo que estudiaba
historia antigua y lenguas orientales (con Benveniste, Massignon, Labat, Dhorme, De
Menasce y Delaporte) y proseguía sus estudios de física (con Louis De Broglie y los JoliotCurie),
matemáticas (con Cartan), biología y ciencias bíblicas. En París, Zubiri y Carmen
hicieron honda amistad con Jacques y Raisa Maritain16
.
Fue precisamente el 8 de septiembre de 1936, cuando el matrimonio Zubiri abandonó Roma
con destino a París En París el matrimonio Zubiri vivió en el Colegio de España de la
Ciudad Universitaria hasta otoño de 1938. En París Zubiri siguió trabajando en
matemáticas y física. Gracias a Blas Cabrera le admitió en sus clases el premio Nobel de
física Luis de Broglie, los Joliot-Curie y Cartan. Marcel Bataillon le presentó a Masignon y
al famoso lingüista iranista Benveniste. Jacques Maritain, quien había hecho amistad con
Zubiri en la Universidad de verano de Santander, le puso en relación con un escogido grupo
de orientalistas como Dhore, De Menasce, Laporte y Labat. En junio de 1938, presentado

13 Ibid. Pág. 45
14 Inguanzo, J.L. “Vida y obra de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
15 San Baldomero Ucar, J.M. “El significado de la filosofía de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
16 Inguanzo, J.L. “Vida y obra de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
5
por Masignon y Benveniste fue elegido miembro de la Societé Asiatique. Ese mismo año
recibió el diploma de Hautes Etudes. Maritain hizo que Zubiri diera dos cursos breves en el
Institut Catholique sobre historia de las religiones17
 .
Terminada la guerra civil española, en 1939, al comenzar la llamada segunda guerra
mundial, Zubiri regresó a una España donde imperaba el nacional-catolicismo y las
cátedras universitarias estaban en manos de clérigos inquisitoriales para quienes él -que
nunca fue "nacional", "republicano" o "de la mediación"- resultaba sospechoso. En Madrid,
a Zubiri le ofrecieron de nuevo su cátedra, bajo vigilancia. Por dignidad y libertad
intelectual prefirió marcharse a Cataluña, a hacerse cargo de la cátedra de Historia de la
Filosofía de la Universidad de Barcelona, donde impartió cátedra entre 1940 y 194218
.
Fue precisamente el 2 de septiembre de 1939, al día siguiente de estallar la segunda guerra
mundial, prácticamente indocumentados y en una situación fáctica de apátridas, que el
matrimonio Zubiri regresa a Madrid. Por entonces se muestran ya inviables algunas ofertas
para seguir estudiando en Upsala y Jerusalén19
.
No es digerible fácilmente la situación de Zubiri para el nuevo régimen. Un catedrático
discípulo de Ortega y Gasset, formado en los renovadores aires filosóficos y científicos
europeos, un clérigo secularizado y casado con la hija del intelectual republicano Américo
Castro, son ingredientes de una situación personal lo suficientemente problemática en aquel
momento como para no gozar de simpatías en el Nuevo Estado nacionalcatólico20
.
Fue hasta ese 1939 que llegó para Laín Entralgo la ocasión de entablar relación directa con
Zubiri. Recurrió Laín a dos personas que lo conocían; una, Miguel Ortega, médico e hijo
de José Ortega; la otra, Xavier Conde quien había conocido a Zubiri en la residencia
universitaria en la Casa de España de la Ciudad Universitaria de París. Así, en el vestíbulo
de un hotel que ya no existe, de nombre “Roma”, situado en la Gran Vía se dio el encuentro
que Laín confiesa como una experiencia decisiva para el curso entero de su vida
intelectual21
.
No obstante que el matrimonio es bien recibido en Madrid por el ministro de Educación
Ibañez Martín. Ello no impide que Carmen Castro aparezca en una lista de catedráticos de
Instituto destituidos de sus cargos. En la Navidad de 1939 el ministro hace saber a Zubiri
que no tiene problemas para quedarse de catedrático en Madrid. Pero el arzobispo de
Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, hace una interpretación restrictiva del derecho canónico
sobre su secularización y fuerza su traslado a Barcelona22
.
En Barcelona logra, al parecer, gran éxito entre los estudiantes, pero ciertos
acontecimientos le llevan a apartarse voluntaria y definitivamente de su cátedra23
:

17 San Baldomero Ucar, J.M. “El significado de la filosofía de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
18 Inguanzo, J.L. “Vida y obra de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
19 San Baldomero Ucar, J.M. “El significado de la filosofía de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
20 Ibid.
21 Laín Entralgo, P. “Mi Xavier Zubiri” Op. Cit.
22 Baldomero Ucar, J.M. “El significado de la filosofía de Xavier Zubiri”. Op. Cit.
23 Ibid
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Primero, un día un decano falangista le reprende por emplear su tiempo en clase de Historia de la Filosofía en explicar a Kant cuando debe dedicarlo a santo Tomás.
Segundo, el episodio de la tesis doctoral de Julián Marías. Zubiri, como director de la tesis, advierte a Marías que en aquella situación política su lectura puede resultar imprudente. Cuando, a pesar de todo, Marías decide presentar la tesis, Zubiri conoce
la animadversión que algunos filósofos de Madrid miembros del tribunal tienen contra él. Opta por no asistir al acto para no perjudicar al alumno y envía un telegrama de apoyo rotundo. Juan Zaragüeta carga con la responsabilidad de defender a Marías ante el tribunal. Una intriga interna del dominico Manuel Barbado, desemboca en el hecho insólito de suspender una tesis doctoral. Además a
un joven altamente prometedor pero que no oculta ser discípulo de Ortega y Gasset
y de Zubiri.
Tercero, y gota que colma el vaso, un buen día Zubiri recibe la comunicación
escrita del Decano de la Facultad con la orden de que los profesores deben
comenzar cada clase con declaraciones de apoyo al régimen.
Al final de curso, junio de 1942, ante la incompatibilidad del modelo de Universidad
nacional-católica con la necesaria libertad para investigar y enseñar, Zubiri presenta la
renuncia a su cátedra de Historia de la filosofía, de la que, por cierto, ya había sido
depurado en el año 1937 por el gobierno del Frente popular. Zubiri se convierte así, en lo
que Elías Díaz calificó de un exiliado en el interior

En 1942, tras su renuncia, irrevocable a la cátedra oficial, Zubiri regresó a Madrid. En diciembre de ese mismo año firmó el prólogo de su primer libro: Naturaleza, Historia,
Dios, Ed. Nacional, Madrid, 1944. Como primer artículo del libro escogió precisamente el
texto de la conferencia "Nuestra situación intelectual" la que había dictado previo a su
renuncia, y ubicó tras él gran parte de los escritos que venía publicando en revistas desde
192625. Siendo ya manifiestas sus dificultades con el clero nacional-católico en el verano de
1943 y estando en prensa el texto de “Naturaleza, Historia, Dios”, su impresión tarda todo
un año, pues los censores van dando el imprescindible “Nihil Obstat” artículo por artículo.
Sin embargo, a pesar del éxito editorial que la obra ya había obtenido en 1944, las revistas
del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Arbor y la Revista de Filosofía) ni
siquiera mencionan el libro aún no siendo hasta entonces abundante la producción