Todas las jugadas sucias que
está haciendo el PSOE con su marca blanca Vox de nada valen, porque ni uno ni
otro tienen crédito "humano". Rajoy le dejó con 66 escaños. Los analistas más
sagaces, salvo alguna excepción aislada, predijeron para el PP un final
inmediato como ocurrió con UCD. Pablo Casado tomó las riendas del partido.
Nunca perdió la serenidad. Sabe que la política es una larga paciencia, un
largo, largo saber esperar. Se rodeó de gente joven y valiosa y los
Martínez-Almeida, Van-Halen, David Erguido, y tantos otros, mujeres y hombres,
reconstruyeron el partido desde sus cimientos. Fue una tarea hercúlea porque
crecieron como hongos las irregularidades de tiempos pasados y resultaba casi
imposible transitar por aquel camino minado de corrupciones.
Pero lo consiguió. Frente a
los expertos que sentenciaron la desaparición del PP, Casado reinstaló al
partido en el centro liberal conservador, resistió los tirones de la izquierda
y también de la derecha y consiguió que su mensaje de firmeza y flexibilidad
llegara a la opinión pública, reconquistando poco a poco el voto que había dado
en 2011 al PP la mayoría absoluta.
Hoy Casado se ha convertido
en el enemigo a batir. Por eso le acosan desde el Gobierno sanchista y también
desde sectores conservadores que deberían ensalzarle porque el líder del PP, es
hoy por hoy, la única vía para ganar las elecciones. Desde el silencio y la
serenidad, Casado combate las descalificaciones de ciertos sectores mediáticos
y políticos. Y todas las semanas demuestra en el Congreso de los Diputados su
calidad oratoria, su fuerza argumental. Sánchez se esfuerza por rehuir el
cuerpo a cuerpo porque, en los debates, Casado se lo merienda con patatas a las
finas hierbas.
No necesita el líder del PP
que le defiendan. Lo hace él solo mejor que nadie. Faltan todavía casi dos años
para las elecciones generales si es que no se adelantan. Y nadie puede
aventurar lo que va a suceder. Pero el centro derecha español, el mundo liberal
conservador, dispone del dirigente serio, responsable, honrado y capaz que las
actuales circunstancias exigen. Por eso la mayoría de las encuestas le
consideran vencedor. Y de ahí que, bien por intereses políticos naturales, bien
por intereses espurios, le descalifiquen los furibundos de turno. Gil Robles me
dijo un día en Estoril que, cuando más le atacaban, con más fuerza se sentía.
“Ladran, buena señal de que cabalgamos”, había dicho otro político sagaz.
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