
"No, no me canso".
Y no se cansó, no se cansó nunca y dio la batalla hasta el final, hasta la
extenuación, hasta llevar a su partido al borde de la ruptura total. Tal vez
por su pasado de hombre hecho a sí mismo, criado en la fontanería del partido,
tal vez por su carácter de político en segunda fila que llegó a la cumbre
catapultado rápidamente, tal vez porque tuvo que dar codazos contra Susana Díaz
y casi contra todos casi desde el primer minuto para intentar reforzarse como
líder. Pero Pedro Sánchez aguantó, resistió, se atrincheró cuanto pudo en su
sillón de Ferraz, hasta que no tuvo más remedio que dimitir, tumbado por sus
compañeros del comité federal con un margen de 25 votos. Lo hizo, eso sí, tras
una histórica, crispada, larguísima y agotadora jornada de forcejeos, gritos,
llantos, tensión, muchísima tensión (dentro y fuera). Un día a ratos
esperpéntico, dramático, circense, letal y hasta vergonzoso para el PSOE, un
partido centenario ahora en ruinas tras la barbarie de una guerra fratricida
que ni mucho menos se resuelve con la dimisión forzosa de Sánchez como su
secretario general. Se cerraba un ciclo de 26 meses en el poder y se abre ahora
una travesía dificilísima en el desierto.
El PSOE sabía que se
enfrentaba al comité federal más decisivo en muchos años. Como Sánchez sabía
que el 1 de octubre podía salvarse, una vez más, haciendo alarde de su enorme
resiliencia, o ser ejecutado por sus críticos, que venían dándole caza desde
hacía semanas y que querían firmar ya su sentencia de muerte, sin más dilación.
Y la suscribieron. Pero les costó sangre, sudor y lágrimas, como algunos
reconocían al final de más de 14 horas de pugna en el máximo órgano del
partido. Sánchez nunca fue un enemigo fácil a batir, y no lo fue tampoco el día
en que sus rivales le tenían preparada la puerta de salida tras un rosario de
encontronazos y desafíos. Menos aún con la calle de Ferraz tomada por un
centenar de exaltados que chillaban intermitentemente "¡No es no!",
"¡Pedro, Pedro, Pedro!", "¡Susana, PP, la misma mierda es!"
o que vomitaban "¡Traidores!", "¡Sinvergüenzas!" o
"¡Golpistas!" a los dirigentes que entraban o salían a pie de la sede
federal, sin reparar en ocasiones en que algunos de ellos eran afines al
secretario general, como la presidenta balear, Francina Armengol. La mayoría de
barones tuvieron que entrar en coche y por el garaje, caso de Susana Díaz, Ximo
Puig o Emiliano García-Page.
La presión estaba dentro y
fuera. Cuatro horas tardó en arrancar el comité. Al final, el líder dimitió
tras perder la votación de su congreso por 132-107
Presión total en las calles
y tensión en el interior del cuartel general socialista. El comité federal
tardó cuatro horas en arrancar. Los casi 300 dirigentes —fueron 253 los
finalmente acreditados— convocados afrontaban una reunión con todo por acordar.
Absolutamente todo. Desde la mesa del órgano —aunque se mantuvo la composición:
la sevillana Verónica Pérez como presidenta y los sanchistas Rodolfo Ares y
Núria Marín— hasta el orden del día, quién podía votar y qué se votaba. Un
embrollo jurídico y político que no se desenredó hasta que cerca de las ocho de
la tarde, y tras encararse directamente con Susana Díaz, se pactó votar, de
forma pública y por llamamiento, el congreso federal extraordinario que quería
sacar adelante Sánchez. Y perdió, por 132 contra 107 votos. Entonces cavó su
tumba y presentó su dimisión.
Pero para que Sánchez tirara
definitivamente la toalla tuvieron que pasar casi 12 horas de batalla campal y
sin tregua, interrumpida por una sucesión de recesos cortos y largos. Primero,
antes de que pudiera arrancar el comité, tuvo lugar la refriega sobre el orden
del día y el censo de votación. Los críticos consideraban que no se podía
aceptar la agenda aprobada por la ejecutiva "en funciones" el pasado
jueves, porque ya estaba disuelta desde la renuncia, el miércoles, de 17
miembros de la dirección. Por eso mismo, insistían en que no tenían derecho a
voto los 18 integrantes del equipo de Sánchez, igual que los 17 dimisionarios.
Además, los díscolos se negaban al sufragio secreto en urna, y alegaban que
este se reserva para las votaciones de candidaturas, y que para las decisiones
políticas siempre se alza la mano.
La mesa intentaba discutir
cómo salir del lío, entre fuertes discusiones entre Pérez, por un lado, y Ares
y Marín por otro. Entretanto, algunos dirigentes cercanos al secretario
general, pero más partidarios de tender puentes, como Antonio Hernando, Óscar
López, Meritxell Batet y Patxi López, intentaban buscar una solución dialogada
para que el comité no se desbordara. Pero no hubo forma de desbloquear la
situación. Los críticos sostenían que solo mediante un acuerdo político se
podía salvar el cisma. El plenario se reanudó y Sánchez propuso readmitir a los
17 dimisionarios, disolver el comité y montar otra reunión de carácter político
para la siguiente semana en la que se discutiese sobre la investidura. De
nuevo, la cuestión de la abstención al PP, que quería endosar a los barones y
que, tras la lucha cainita de esta última semana, emerge casi como única
salida. El presidente aragonés, Javier Lambán, rechazó la oferta de Sánchez,
recordándole que él ya no era secretario general. 150 miembros de comité se
abalanzaron a pedir la palabra cuando se abriera el turno.
La gran parte del debate se
centró en cuestiones de procedimiento, sobre el censo de votación y sobre el
orden del día. A Díaz le tocó fajarse a fondo
Entonces el caos puertas
adentro de Ferraz —con los medios apostados a las puertas, y sin poder acceder
a la sede hasta las nueve de la noche, un incomprensible cierre a cal y canto—
se fue agigantando. Susana Díazdefendió, como también había hecho Verónica
Pérez, que se votase el informe redactado por tres miembros de la comisión de
garantías que apostaba por la conformación de una gestora. Un empeño que tenía
detrás asestar la primera puñalada a Sánchez demostrando una mayoría de la que
los disidentes estaban seguros. Pero los oficialistas no se rindieron.
Tap
ias: un partido
"roto"
ias: un partido
"roto"
Hacia las seis de la tarde,
la guerra estalló con total brutalidad. Los sanchistas decidieron que se votara
sobre el congreso extraordinario, pero en voto secreto, en urna, contra el
criterio de Pérez, de la que no se pudieron oír sus quejas porque la
organización le había bajado pertinentemente el audio. Sánchez y algunos de los
suyos se levantaron para emitir su sufragio en una urna situada detrás del
panel, escondida, sin censo y sin interventores. La protesta creció y creció.
Sin medida. Se sucedieron los gritos de "¡sinvergüenzas!",
"¡pucherazo!", los llantos, los gestos de algunos que estuvieron
cerca de llegar a las manos, los gritos de cólera. La tangana. Nunca se había
visto una cosa igual. Díaz tomó la palabra para intentar atemperar los ánimos,
pedir a Sánchez que se replegara y demandar "un comité de verdad".
Volvía así a ponerse al frente de los detractores del líder, en una
intervención que distintos presentes aplaudieron por el tono.
La máxima tensión llegó
cuando los sanchistas pusieron una urna 'escondida' detrás del escenario. Las
protestas, los chillidos, los lloros se multiplicaron
"Casi ha habido
puñetazos, gente llorando y la ejecutiva en funciones desaparecida",
manifestaba con dolor un miembro del comité. A esa hora salía de la sede José
Antonio Pérez Tapias, representante de Izquierda Socialista y rival de Sánchez
y de Eduardo Madina en las primarias de 2014. Decretaba que el partido estaba
"roto", que se marchaba abochornado por el esperpento, que no quería
saber nada más y que no podía legitimar la maniobra de Sánchez.
La votación hubo de
paralizarse. Los críticos, mientras, se pusieron a recoger firmas para
presentar una moción de censura contra la dirección y forzar su caída, por las
malas. Necesitaban el apoyo del 20% de los miembros del comité. Recabaron 129
rúbricas de los 253 delegados acreditados. Por encima de la mayoría absoluta.
La primera prueba de que, tal y como venían advirtiendo, los números sí daban a
los adversarios del secretario general. Sánchez, en un último intento por
sobrevivir, planteó a Díaz una solución negociada, similar a la que siguió a la
dimisión de Joaquín Almunia tras el batacazo de las generales de 2000: él ponía
su cabeza a cambio de que se pactara la fecha del congreso. La presidenta
andaluza se negó: alegó que la moción de censura estaba en marcha y ya era
tarde para vías intermedias.
La guerra solo podía
resolverse votando a cara de perro. Jugársela a una sola carta. A vida o
muerte. Resolver la parálisis y el caos de alguna manera antes de ir a los
tribunales o abocar al PSOE a la escisión. Tras el enésimo receso, el primer
acuerdo en 11 horas: votar de forma pública, y por llamamiento, el cónclave
extraordinario que quería Sánchez. Los críticos, que según su versión estaban
"deseando" poder tumbarle con los sufragios, accedieron.
"Lo importante es
mantener la palabra"
A las 20.10, fin del
escrutinio: 132 votos contra el cónclave y 107 a favor. 25 votos de diferencia.
Que podían haber sido más de no haber votado los miembros de la ejecutiva en
funciones. Sánchez, que el viernes había dejado caer que se iría si se montaba
gestora y se conducía al partido a la abstención —siempre jugó a ligar ambos—,
no tenía ya más escapatoria. De inmediato presentó su dimisión ante sus
compañeros. Su última escapada había fracasado.
Sánchez se despide
"orgulloso de militar en el PSOE" y ofrece "apoyo leal" a
la gestora. No despeja si dejará su escaño y si repetirá como candidato en
primarias
Sánchez explicó que había
defendido con uñas y dientes su propuesta por el "cuestionamiento" de
su liderazgo, y también porque creía que el PSOE estaba obligado a ofrecer una
"alternativa", y el cónclave era el escenario idóneo para ventilar
ambos temas, y que la militancia decidiese. Pero recibió el revés definitivo:
"Dije ayer [por el viernes] y subrayo hoy que mis padres me enseñaron que
lo más importante es mantener la palabra", señaló después ante los medios
en una comparecencia sin preguntas y en
la que se le veía frío pero noqueado. Se despidió "orgulloso de militar en
el PSOE" y haciendo de nuevo un "llamamiento" a las bases para
decirles que "hoy más que nunca está justificado" estar en las filas
del partido.
Prometió que la gestora
contará con su "apoyo leal", con el respaldo que "siempre"
pidió y que "afortunadamente" tuvo en "muchísimas
ocasiones" en sus poco más de dos años al frente del partido. No despejó
si dejará su escaño en el Congreso, o si se presentará de nuevo a las primarias
(aunque luego le confesó que sí al presidente cántabro, según confesó este en
'La Sexta noche'). Así caía el segundo líder socialista en menos de cinco años:
Sánchez vivió menos que su antecesor, Alfredo Pérez Rubalcaba (febrero de
2012-julio de 2014).
La delirante y bochornosa
jornada vivida en Ferraz deja demasiados lisiados de guerra y también algunas
preguntas. Como por qué no se forzó la votación en un principio para parar
cuanto antes el vodevil y el desgarro. Los críticos explicaban que no esperaban
que Sánchez aguantara tantos embates, que cedería, consciente de que tenían la
mayoría del comité en contra, que de haberlo sabido se habrían replanteado su
estrategia y quizá habrían intentado componer una mesa del órgano más afín para
evitar las discusiones de Pérez y Ares. Los sanchistas, por su parte,
comentaban desde por la mañana que si sus rivales no habían querido medirse
desde las nueve, cuando teóricamente arrancaba la 'cumbre', se debía a que en
realidad no tenían los votos tan amarrados. Pero la tónica general fue la del
silencio de los colaboradores del secretario general frente a la irritación
creciente de los críticos, Cuando la tensión llegó a su punto álgido, cuando
los oficialistas se dirigieron a una urna casi "escondida" en la sala
Ramón Rubial y se sucedieron los gritos, se convencieron de que había que
fulminar definitivamente al líder. Apuntillarle. Para entonces, incluso
dirigentes que habían sido de su cuerda hasta hace muy poco tiempo, se habían
dado la vuelta, caso del segoviano Juan Luis Gordo
Abandonado por casi todos
En los pasillos de la sede
se veían a dirigentes desencajados, con el dolor y la pesadumbre grabado en sus
rostros, con las lágrimas queriendo asomarse. Algunos se abrazaban, otros
preferían no hablar.
Sánchez se va y deja un
partido hecho añicos. Débil electoralmente, tras seis derrotas electorales
consecutivas —las últimas, las de las gallegas y vascas del 25-S—, y roto, muy
roto. Los suyos sostenían que no tenían más remedio que intentar doblar elbrazo
a los barones, acabar con el cúmulo de "deslealtades" y zancadillas
de los dos últimos años, hacer oír una "única voz", y por eso la
única salida que le dejaban era la defensa del congreso exprés. Pero los suyos
eran cada vez menos. Sánchez había perdido primero el apoyo de su
patrocinadora, Susana Díaz, y con ella de sus barones más afines (Emiliano
García-Page, Ximo Puig, Javier Lambán), luego perdió el respaldo de los
notables que le ayudaron en su camino hacia Ferraz —José Luis Rodríguez
Zapatero, Pepe Blanco, Pepe Bono...—, y más tarde perdió a los dos barones que
en 2014 prefirieron a Eduardo Madina y se realinearon tras el congreso con él,
Guillermo Fernández Vara y Javier Fernández. Y luego defraudó a su protector,
Felipe González, y le abandonó la mitad de su ejecutiva.
Sánchez activó el congreso
exprés como única salida para tapar el ruido interno. Pero en sus 26 meses de
mandato había perdido muchos respaldos
Le quedaba parte de su
ejecutiva (César Luena, Antonio Hernando, Óscar López, Adriana Lastra, María
González Veracruz, Ibán García del Blanco, Susana Sumelzo, Pilar Lucio), sus
colaboradores fieles, sus barones leales como Miquel Iceta, Luis Tudanca o
Francina Armengol. La militancia a la que tanto apeló. Su sueño inalcanzable de
convertirse en presidente del Gobierno. Pero ya no era suficiente. Tenía a la
dirigencia en contra, la que creía que conducía al PSOE al abismo si seguía un
minuto más en el poder, la que comenzaba a preocuparse por su "patológico
afán de supervivencia", y la que estaba convencida de que con él al frente
el PSOE se hundiría más electoralmente. La que finalmente ha frenado su enésima
cabalgada para salir vivo del cerco de sus cada vez más numerosos rivales
internos. Los barones le han ganado y han logrado echarle de Ferraz, no sin
traumas ni sin heridas profundas que costará mucho zurcir.
Una gestora sin sanchistas
de peso
El ex secretario general, en
cuanto dimitió, compareció brevemente a los periodistas, sin ocasión de que le
pudieran preguntar, y se marchó en coche de la sede. Algunos de sus dirigentes
de confianza le mostraron su apoyo incondicional. "Ahora es imprescindible
que los militantes socialistas sigan opinando y que cuando tengan voz y voto,
lo ejerzan. Yo apoyaré a Pedro siempre", escribió en Twitter su número
dos, César Luena, hasta ahora su secretario de Organización.
Miquel Iceta, primer
secretario del PSC, subrayó que la decisión del comité es
"equivocada" por cuanto "merecía la pena" que Pedro Sánchez
intentara un Gobierno alternativo, y recordó que el máximo órgano entre
congresos no ha revertido el no al PP. Y la asturiana Adriana Lastra, ya
exresponsable de Política Municipal, pidió al presidente de la gestora, Javier
Fernández, "responsabilidad y altura de miras" para "saber
escuchar a todo el partido". Lastra está muy enfrentada al presidente del
Principado.
Hasta la 1.15 de la
madrugada del domingo no concluyó un comité federal que había sido convocado a
las nueve de la mañana del día anterior. 16 horas de debate, aunque no
continuas. Después de que los barones encumbraran a Javier Fernández como líder
de la comisión política que gobernará interinamente el PSOE -su perfil es muy
respetado por todos los sectores del partido- y pactaran los demás nombres,
intentaron acordar con los sanchistas. No se sumaron dirigentes del núcleo duro
de Pedro Sánchez, ni de perfil más conciliador, en parte porque algunos no
quisieron, como el vasco Patxi López. Otros notables como la eurodiputada Elena
Valenciano, ex número dos del PSOE, rechazaron la silla.
La gestora se compone de
diez personas. A Fernández le acompañan dos andaluces (Mario Jiménez, el
portavoz parlamentario en la Cámara autonómica, y María Jesús Serrano, diputada
por Córdoba y exconsejera), dos extremeñas (Ascensión Godoy, la secretaria de
Organización regional y mano derecha de Guillermo Fernández Vara, y Soraya
Vega, líder autonómica de Juventudes), un valenciano (José Muñoz Lladró,
secretario regional de Juventudes y portavoz adjunto en Les Corts), y una
canaria, Lola Padrón, por parte de las federaciones críticas
Del cupo de los territorios
afines a Sánchez son el diputado nacional Ricardo Cortés (Cantabria), el
senador y expresidente Francesc Antich (Baleares), el secretario de
Organización de César Luena en La Rioja, Paco Ocón, y el miembro que designe el
PSC cuando haya concluido el proceso congresual. En total, 11 nombres, 10
elegidos por ahora, seis hombres y cuatro mujeres. Nueve federaciones se quedan
fuera, entre ellas, Madrid, Aragón, Castilla-La Mancha o Castilla y León.
La gestora trabajará hasta
el siguiente congreso, que no se prevé hasta la primavera de 2017. Siempre
después de que se haya resuelto la gobernabilidad de España

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