Para muestra, un botón,
que lleva camino de convertirse en un bombón para la oposición al Gobierno en
funciones de Rajoy: la, por lo poco, pintoresca y, por lo mucho, disparatada
teoría que su Gobierno se ha sacado de la manga para hacer frente a la previsible
avalancha de iniciativas de control a la que podría quedar sometido como
consecuencia de su pérdida de mayoría en los órganos internos del Congreso tras
el cambiazo de posición de Ciudadanos.
Ante tal situación, en
verdad desconcertante, al Gobierno, pareciera que asesorada por su peor enemigo
como en no pocas ocasiones durante la pasada legislatura, no se le ha ocurrido
mejor solución que sostener que no puede controlarlo un Parlamento que no es el
que lo invistió. Ni una sola norma ampara tal dislate, vulnerador además un
principio democrático esencial: que el poder ejecutivo actúa bajo el constante
control del Parlamento. ¿O es que si, como parece muy posible, el 26 de junio
hay nuevas elecciones, lo que retrasaría la designación del Gobierno hasta septiembre,
piensa el actual que hasta entonces no haya control parlamentario?
La posición del
Gobierno, además de jurídicamente insostenible -la no presencia el jueves del
ministro de Defensa ante la comisión que la había requerido supone un desafío
institucional inaceptable-, constituye políticamente una mayúscula torpeza,
pues cualquier comparecencia imaginable de control sería menos costosa para el
Ejecutivo que el explicable follón que su negativa ha acabado provocando, con
amenaza incluida del Congreso de plantear ante el Tribunal Constitucional un
conflicto en toda regla.
Y lo llamativo es que
tal torpeza ya no llama la atención, si me permiten la aparente paradoja, pues
entronca con el convencimiento que Rajoy ha mantenido contra viento y marea durante
la legislatura 2011-2015: que la indiscutible mejora de la situación económica
-que solo niega ya la oposición o quienes la apoyan, como ocurre siempre en
todas partes- sería capaz de tapar una ejecutoria política manifiestamente
mejorable. Se trate de la respuesta ante la corrupción o de la gestión de
ministros convertidos en profesionales de la provocación o del error, Rajoy ha
preferido empezar siempre por sostenella y no enmendalla hasta que su pasividad
amenazaba con hundirlo.
Entonces, demasiado
tarde y cuando ya el daño estaba hecho, ha cambiado de posición, dando así la
razón a quienes desde el principio lo habían exigido. Un descontrol, en suma,
en toda regla. El que llevó a un Gobierno capaz de sacarnos de la recesión a
obtener unos resultados electorales el 20D que no se corresponden con su éxito
económico. Y es que, cuando la política manda, no verlo a tiempo y claramente
es la mejor forma de darse con la cabeza contra un muro. El de la dura
realidad.

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