Una Mujer...... para Blog de Juan Pardo
En la civilización occidental las mujeres han sido objetualizadas,
cosificadas, reducidas a lo que en la jerga filosófica se denomina ser-en-sí,
no teniendo acceso a la autoconciencia, al ser-para-sí, a la
autorrepresentación, es decir, a la posibilidad de ser sujeto, de tener
capacidad de nombrar y significar el mundo. Esta infravaloración fue debida a
que “el varón según ratificaron grandes filósofos y pensadores como
Schopenhauer, Nietzsche, Hegel y Kierkegaard... fue considerado superior a la
mujer, lo cual condujo a que ésta fuese configurada como espejo de las
necesidades del hombre, encarnando la sumisión, la pasividad, la belleza y la
capacidad nutricia. Este constructo cultural vinculó a la mujer al cuidado de
los hijos y de la familia y la mantuvo alejada de las decisiones del Estado”.
Este alejamiento de la mujer del mundo de la cultura y de la
política es lo que explica que la feminidad haya sido objeto de una
heterodesignación, que hayan sido los varones los que tradicionalmente han
definido lo femenino y que la construcción de la feminidad haya sido una
construcción en negativo de lo masculino, haya sido una construcción especular,
quedando la mujer reducida a un espejo “dotado del mágico y delicioso poder de
reflejar la silueta del hombre del tamaño doble del natural”.
El icono de la mujer como soporte en el que el varón puede
reflejarse es muy utilizado en el orden patriarcal y muy importante para la
configuración de la identidad masculina, pues verse en los ojos de un ser lo
suficientemente próximo le permite reafirmar su identidad viril. Esta
posibilidad de reflejarse no se da para la mujer porque ella queda reducida a
objeto reflectante, cosificada. Para acabar con esa objetualización, para
alcanzar el estatuto de sujeto, para poder hablar y significar el mundo por sí
misma y para poder configurar su autorrepresentación las mujeres tuvieron que
recorrer un largo camino.
Desde sus orígenes la filosofía, por lo menos la filosofía
hegemónica, definió a la mujer de una forma especular, subrayando la polaridad
entre los géneros, valiéndose para ello de la caracterización de la filosofía
como un saber que va más allá de las apariencias sensibles y que se preocupa
sólo por el ser, la sustancia, la idea, es decir, por una realidad inmóvil,
imperecedera, siempre idéntica a sí misma y que por lo tanto no deviene y no
cambia. De esta forma la filosofía crea un profundo hiato entre el ser y el
parecer, entre el ente y el existente, entre el intelecto y el cuerpo, entre la
esencia y los accidentes, priorizando siempre los primeros términos de estos
binomios frente a los segundos. Estas dicotomías -como decíamos más arriba-
encuentran su fundamentación metafísica en el dualismo ontológico de Platón,
creador del logocentrismo y de la metafísica de la identidad, en virtud del cual
la realidad se presenta dividida en dos mundos distintos y contrapuestos: por
una parte, el mundo superior, invisible, eterno e inmutable de las ideas y, por
otra, el universo físico, visible, material, sujeto a cambio y a mutación. A su
vez el dualismo ontológico platónico da pie a un dualismo antropológico que,
consecuentemente con los principios metafísicos en los que se basa, defiende la
idea de que es el alma, la mente o la razón la que permite trascender lo
meramente corporal, lo casi animalesco, y alcanzar la dignidad humana. Dicho
estatuto humano según la filosofía platónica está sólo al alcance de los
varones, ya que las mujeres participan muy imperfectamente de la capacidad
racional.
La filosofía de Platón es, pues, la causante de una importante jerarquía
entre espíritu y naturaleza, mente y cuerpo, hombre y mujer etc., pero hay que
tener en cuenta que Platón admite todavía una cierta interconexión entre ambos
mundos, pues para nuestro autor la filosofía es amor a la sabiduría y no
solamente la posesión de la sabiduría por lo que “eros” (el amor) desempeña un
papel muy importante de mediador, de intermediario entre el mundo sensible y el
inteligible, aunque ciertamente eros estará reservado sólo a los varones y será
precisamente ese amor homosexual lo que permita que esos varones den a luz a la
filosofía, al orden simbólico.
La separación, el desgajamiento, la jerarquía entre el mundo
sensible y el inteligible se agrava -contrariamente a lo que en principio
pudiera pensarse- en la modernidad. La modernidad acentúa el dualismo platónico
ya que con Descartes y el cartesianismo pasión y racionalidad se consideran dos
extremos irreconciliables. Es, entonces, en la modernidad cuando el dualismo
mente/cuerpo, espíritu/naturaleza, razón/pasión o sentimiento se agudiza, ya
que según Descartes “no soy, pues, hablando con exactitud, sino una cosa que
piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón” y -sigue afirmando
Descartes- “sin el cuerpo puedo ser o existir”, con lo que sujeto queda
reducido a pura sustancia pensante, siendo el cuerpo totalmente inesencial. El
modelo de subjetividad cartesiano fue defendido posteriormente por los más
ilustres representantes de la ilustración, como Kant o Rousseau. Kant insiste
en un modelo de sujeto guiado exclusivamente por la razón y totalmente alejado
de las pasiones, de las emociones, de los deseos. La moral kantiana forja el
ideal de un sujeto moral autosuficiente, un sujeto individualista, autónomo,
que se aleja de los sentimientos, de las emociones, de las relaciones
personales y de la ayuda de los demás, porque si no lo hace así se rebela
dependiente e incapaz de alcanzar la plena madurez. Este ideal de sujeto
autocontrolado, independiente, desvinculado del cuerpo y de las relaciones
personales excluye una vez más a las mujeres, las que difícilmente se acoplan a
ese modelo individualista, negador del cuerpo, de los afectos y de los vínculos
personales.
En palabras del
propio Rousseau: “Toda la educación de las mujeres debe referirse a los
hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos
de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida
agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que
debe enseñárseles desde la infancia”
Este discurso discriminador difundido por importantes ideólogos
modernos es consolidado por los dictámenes científicos de la época. “Hacia
mediados del siglo XVIII, Pierre Roussel inaugura la serie de tratados sobre la
mujer de la Medicina llamada filosófica por su combinación de principios
metafísicos y observación empírica... Estos médicos filósofos sostenían que la
diferencia biológica que existe entre los sexos es la causa de la diferencia de
funciones y espacios sociales... Los hombres debían ocuparse de la
perfectibilidad de la humanidad, asumiendo todas aquellas acciones ...
necesarias para el progreso de la humanidad (educación, organización
democrática y racional de los aspectos económicos, culturales, sanitarios etc.
de la sociedad). Las mujeres, como seres dominados por su biología, habían de
dedicarse al perfeccionamiento de la especie”. Es decir, debían quedar
confinadas al ámbito doméstico y reducidas al papel de madre y esposa.

.jpg)