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Maquiavelo y Pedro Sánchez

 

La ética política en los tiempos de la amnistía

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en la Moncloa. Alejandro Martínez Vélez. Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en la Moncloa. Alejandro Martínez Vélez.

"Nunca abras la puerta a un mal menor", dijo Baltasar Gracián, "porque otros males mayores invariablemente se infiltran tras él". "El hombre está condenado a ser libre", sentenció Jean-Paul Sartre, "somos los absolutos responsables de nuestros actos". Efectivamente, somos responsables moralmente. El psiquiatra Viktor Frankl constató que incluso en los campos de concentración y en las circunstancias más terribles y hostiles podemos optar por la libertad de elección moral.

Sin embargo, las elecciones morales ocurren habitualmente en un marco de necesidad y tensión entre múltiples factores y condicionantes. Ello es aún más evidente en el caso de las decisiones políticas, sujetas a la exigencia imperiosa de interacciones para lograr, mantener y expandir el poder, en teoría, para la búsqueda del bien común.

La política ha estado marcada desde siempre por su relación con la ética. En la España de hoy, ríos de tinta han corrido para analizar la posible amnistía a los líderes del procés desde el punto de vista jurídico y constitucional. Vayamos aquí, de forma sucinta, a una reflexión desde una perspectiva de ética política, según las distintas corrientes filosóficas: éticas deontológicas, utilitaristas y de mal menor y, por último, de valores del Estado de derecho.

Aunque Maquiavelo, a quien Shakespeare denominó "el sanguinario Maquiavelo", y Diderot, "apologista de la tiranía", no escribió expresamente que "el fin justifica los medios", la frase, que Napoleón anotó como resumen al final de un ejemplar de El Príncipe, cita: "Triunfad siempre, no importa cómo, y siempre tendréis razón". El extracto literal de la obra de Maquiavelo dice así: "Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse".

Las ideas de Maquiavelo fueron más tarde expandidas y practicadas por el cardenal Richelieu en su Razón de Estado durante la Guerra de los Treinta Años. Junto a Tucídides y el teórico militar chino Sun Tzu, los tres son citados como precursores de la realpolitik al postular que los mandatos éticos y religiosos de sus respectivas culturas eran inútiles para explicar o asegurar el éxito político. Comparten así aspectos de su enfoque filosófico con los actuales del utilitarismo, realismo, pragmatismo y oportunismo.

Ese concepto renacentista de razón de Estado se emplea también en Ciencia Política como una justificación que eximiría de respetar los límites de la ética: se estima lícito un mal menor si con ello se evita un mal mayor; desde Enrique IV para acceder y consolidarse en el trono francés con "París bien vale una misa", al siglo XX con la Doctrina Brézhnev en la Unión Soviética, o el dilema de la bomba atómica de Harry S. Truman,todosoptaronporjustificaciones derazón de Estadoodemalmenor.

Truman justificó la utilización de las bombas atómicas sobre Japón en un cálculo de vidas, según el cual salvaron más vidas de las que costaron, aunque tales cálculos y motivaciones están totalmente en entredicho. Así Martin J. Sherwin, autor de American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J Robert Oppenheimer, libro en el que se basa la reciente y exitosa película Oppenheimer, de Christopher Nolan, afirmó: "No, Japón se hubiese rendido de todos modos. Al tirar la bomba atómica, EEUU lanzó al mundo el mensaje de que las armas nucleares eran legítimas en una guerra".

Estas teorías utilitaristas y su justificación ética en política con el Mal menor cristalizaron previamente en Jeremy Bentham y Stuart Mill en los siglos XVIII y XIX y podrían resumirse en "el mayor bien para el mayor número de personas" y en su génesis hay un ideal de bienestar social.

El utilitarismo es una versión del consecuencialismo por el que la bondad o maldad de un acto dependerá de los resultados de nuestra elección. Difieren por tanto de la ética clásica que defiende el valor ético de la acción, de la dignidad del ser humano, independientemente de las consecuencias, y en que las acciones moralmente correctas buscan "hacer el bien y evitar el mal". Y cometer el mal, aunque sea un mal menor, sería contrario a la moral.

La posición utilitarista en política se ha impuesto hoy día y no debiera ser habitual en las democracias liberales sujetas a un Estado de derecho, ya que llega a justificar la quiebra ética que retuerce la ley en aras de los supuestos resultados o conveniencias. Lógicamente el contexto y los fines condicionan las elecciones reales, pero cabe argumentar la escasa o nula certeza que podemos tener respecto de las consecuencias de los actos no éticos en sí mismos. Otras dificultades de las teorías del mal menor estriban en el sesgo de conveniencia, que aplicamos al resultar beneficiarios de un gobierno o de una acción, y en la ausencia de legitimidad (moral, legal y jurídica o política).

Una buena refutación de estas teorías del mal menor llevadas al extremo podemos encontrarla en Responsabilidad personal bajo una dictadura, de Hannah Arendt: "Políticamente hablando, quienes escogen el mal menor olvidan con gran rapidez que están escogiendo el mal. [...] El exterminio de los judíos fue precedido de una serie muy gradual de medidas antijudías, cada una de las cuales fue aceptada". También en el caso Eichmann, artífice de la Solución final para exterminar a seis millones de judíos, quien sin duda debería ser premiado como el mejor funcionario de la historia por su eficiencia y resultados en la aplicación del mandato y leyes del Tercer Reich.

Su profesionalidad, ahorro de costes y atenimiento a las leyes del momento no tienen parangón. Pero obviamente, un funcionario, además de aplicar la Ley, debe también velar porque se haga con integridad, ética y respetando los valores que sustentan el Estado de derecho.

Para quien opine que estos postulados antiutilitaristas son maximalistas o pecan de candidez o rigorismo moral, Max Weber aterrizó la relación entre ética y política profundizando en la validez de los medios para alcanzar los fines. Weber trazó su famosa distinción entre la "ética de la convicción" y la "ética de la responsabilidad". Weber lo resuelve con una condena de la realpolitik: "La política en un cierto sentido es el arte de lo posible, pero no ha sido esa ‘ética del éxito y resultados’ la que ha conformado la cultura pública que apreciamos".

Saltando en el tiempo y el espacio, Gregorio Marañón, en sus Ensayos liberales, escribía: "Ser liberal significa estas dos cosas: estar dispuesto a entenderse con quien piensa de otro modo; y no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin".

El histórico socialista Nicolás Redondo parecía haberse inspirado en Marañón, pero también en Huxley poco antes de su expulsión del PSOE, cuando defendió en varias entrevistas que en política los medios son los fines. Huxley concluyó que los fines no pueden justificar los medios porque los medios usados determinan la naturaleza del fin que es alcanzado: "En rigor, son en verdad más importantes todavía, puesto que determinan inevitablemente la índole de los resultados que se logran".

Frente a todo lo anterior: maquiavelismo, razón de estado, utilitarismo, mal menor, oportunismo o tacticismo (de Tácito, o cálculo entre la conveniencia de la estrategia y la moral), la ética se impone en la concepción del Estado de derecho que nace de la filosofía kantiana.

En Kant desembocan el contrato social y las teorías jurídicas de Rousseau, Locke y Thomas Hobbes para justificar la fundamentación del orden jurídico, como un orden de convivencia en el que se entrelazan la ley, la moral y la libertad.

En el Estado de derecho, la relación Estado-política adquiere una connotación "moral" con el pensamiento de Kant. El componente moderno esencial del Estado de derecho es la política sometida y limitada por el derecho, que da como consecuencia la protección de los derechos individuales y la actuación del gobierno limitada por los derechos ciudadanos a través del pacto y contrato social originario que es la Constitución Política.

En el dilema ético político que enfrenta la amnistía, el Estado de derecho se impone como la filosofía política por la que todos los ciudadanos e instituciones dentro de un país, Estado o comunidad son responsables ante las mismas leyes divulgadas públicamente, incluidos los legisladores y los líderes. En España, como en Francia, Alemania y Estados Unidos, el concepto de Estado de derecho es análogo al principio de la supremacía de una Constitución que puede reformarse siempre y cuando se haga con las mayorías cualificadas establecidas.

Dado que una amnistía era repudiada hasta ahora por el propio PSOE por inconstitucional (se rechazó en el 78 en las enmiendas y atentaría contra los principios de igualdad ante la Ley, separación de poderes y globalmente contra el Título preliminar de la Constitución), la aprobación de una posible ley, con cualquier nombre de "concordia" o "alivio penal" que se utilice, respondería obviamente a supuestos cálculos de conveniencia y justificación de medios para un fin o de mal menor.

El mal menor sería aquí un daño al Estado de derecho necesario para obtener el bien de la continuación de un "Gobierno progresista". La trampa ética que encierra este dilema es que la disyuntiva es falsa: existen otras opciones como la repetición electoral para no gobernar por siete votos contra medio Parlamento, o bien el consenso entre partidos mayoritarios, cuyo enfrentamiento y exclusión parece expresamente alentado para evitar posibilidad de alternancia a la oposición.

Por otra parte, atendiendo a las consecuencias de esta posición utilitarista, los resultados son impredecibles, ya que la supuesta "pacificación de Cataluña", lejos de producirse, podría dar alas de nuevo a las formaciones que delinquieron y sus partidarios, que verían borrado el reproche penal por imponer un régimen antidemocrático sin mayorías cualificadas. El mal menor es, por tanto, una flagrante conculcación del Estado de derecho, nuestro sistema de convivencia, por lo que el principio de proporcionalidad del daño tampoco se cumpliría.

Hoy día, España ocupa la posición 23 en el índice de Estado de derecho creado por World Justice Project por debajo de la mayoría de países europeos, Canadá y Japón, penalizada por los indicadores de "Restricciones a los poderes del Gobierno" y "Justicia civil y penal".

El primero es el pilar clave del Estado de derecho, y se configura como el conjunto de contrapoderes democráticos y sometimiento a la rendición de cuentas. El imperio de la ley no permite excepciones ni un trato preferente a independentistas para alcanzar el gobierno. Estos fueron condenados en una sentencia ejemplar, tras un juicio con máximas garantías de transparencia y procesales, abierta al mundo en streaming y motivada con un altísimo rigor y cualificación jurídica, demostrando la fortaleza de nuestro Estado de derecho.

Por desgracia, en España la actuación del Gobierno cada vez cuenta con menor número de contrapoderes e instituciones independientes, siendo extremamente preocupante la situación de la Fiscalía, del Tribunal Constitucional y la politización de muchas instituciones, entre las que el CIS es un penoso ejemplo.

Cabe recordar que el artículo 67 de la CE ampara la libertad de voto de los diputados y diputadas que deben velar por el art. 1 de la Constitución: "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político". No secunden a Maquiavelo. La política sin ética sólo es un sistema para perpetuarse en el poder.

Abrir la puerta a la amnistía es cerrar la puerta a la civilización.

La ética política en los tiempos de la amnistía

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en la Moncloa. Alejandro Martínez Vélez. Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este martes en la Moncloa. Alejandro Martínez Vélez. Europa Press

"Nunca abras la puerta a un mal menor", dijo Baltasar Gracián, "porque otros males mayores invariablemente se infiltran tras él". "El hombre está condenado a ser libre", sentenció Jean-Paul Sartre, "somos los absolutos responsables de nuestros actos". Efectivamente, somos responsables moralmente. El psiquiatra Viktor Frankl constató que incluso en los campos de concentración y en las circunstancias más terribles y hostiles podemos optar por la libertad de elección moral.

Sin embargo, las elecciones morales ocurren habitualmente en un marco de necesidad y tensión entre múltiples factores y condicionantes. Ello es aún más evidente en el caso de las decisiones políticas, sujetas a la exigencia imperiosa de interacciones para lograr, mantener y expandir el poder, en teoría, para la búsqueda del bien común.

La política ha estado marcada desde siempre por su relación con la ética. En la España de hoy, ríos de tinta han corrido para analizar la posible amnistía a los líderes del procés desde el punto de vista jurídico y constitucional. Vayamos aquí, de forma sucinta, a una reflexión desde una perspectiva de ética política, según las distintas corrientes filosóficas: éticas deontológicas, utilitaristas y de mal menor y, por último, de valores del Estado de derecho.

Aunque Maquiavelo, a quien Shakespeare denominó "el sanguinario Maquiavelo", y Diderot, "apologista de la tiranía", no escribió expresamente que "el fin justifica los medios", la frase, que Napoleón anotó como resumen al final de un ejemplar de El Príncipe, cita: "Triunfad siempre, no importa cómo, y siempre tendréis razón". El extracto literal de la obra de Maquiavelo dice así: "Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse".

Las ideas de Maquiavelo fueron más tarde expandidas y practicadas por el cardenal Richelieu en su Razón de Estado durante la Guerra de los Treinta Años. Junto a Tucídides y el teórico militar chino Sun Tzu, los tres son citados como precursores de la realpolitik al postular que los mandatos éticos y religiosos de sus respectivas culturas eran inútiles para explicar o asegurar el éxito político. Comparten así aspectos de su enfoque filosófico con los actuales del utilitarismo, realismo, pragmatismo y oportunismo.

Ese concepto renacentista de razón de Estado se emplea también en Ciencia Política como una justificación que eximiría de respetar los límites de la ética: se estima lícito un mal menor si con ello se evita un mal mayor; desde Enrique IV para acceder y consolidarse en el trono francés con "París bien vale una misa", al siglo XX con la Doctrina Brézhnev en la Unión Soviética, o el dilema de la bomba atómica de Harry S. Truman,todosoptaronporjustificaciones derazón de Estadoodemalmenor.

Truman justificó la utilización de las bombas atómicas sobre Japón en un cálculo de vidas, según el cual salvaron más vidas de las que costaron, aunque tales cálculos y motivaciones están totalmente en entredicho. Así Martin J. Sherwin, autor de American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J Robert Oppenheimer, libro en el que se basa la reciente y exitosa película Oppenheimer, de Christopher Nolan, afirmó: "No, Japón se hubiese rendido de todos modos. Al tirar la bomba atómica, EEUU lanzó al mundo el mensaje de que las armas nucleares eran legítimas en una guerra".

Estas teorías utilitaristas y su justificación ética en política con el Mal menor cristalizaron previamente en Jeremy Bentham y Stuart Mill en los siglos XVIII y XIX y podrían resumirse en "el mayor bien para el mayor número de personas" y en su génesis hay un ideal de bienestar social.

El utilitarismo es una versión del consecuencialismo por el que la bondad o maldad de un acto dependerá de los resultados de nuestra elección. Difieren por tanto de la ética clásica que defiende el valor ético de la acción, de la dignidad del ser humano, independientemente de las consecuencias, y en que las acciones moralmente correctas buscan "hacer el bien y evitar el mal". Y cometer el mal, aunque sea un mal menor, sería contrario a la moral.

La posición utilitarista en política se ha impuesto hoy día y no debiera ser habitual en las democracias liberales sujetas a un Estado de derecho, ya que llega a justificar la quiebra ética que retuerce la ley en aras de los supuestos resultados o conveniencias. Lógicamente el contexto y los fines condicionan las elecciones reales, pero cabe argumentar la escasa o nula certeza que podemos tener respecto de las consecuencias de los actos no éticos en sí mismos. Otras dificultades de las teorías del mal menor estriban en el sesgo de conveniencia, que aplicamos al resultar beneficiarios de un gobierno o de una acción, y en la ausencia de legitimidad (moral, legal y jurídica o política).

Una buena refutación de estas teorías del mal menor llevadas al extremo podemos encontrarla en Responsabilidad personal bajo una dictadura, de Hannah Arendt: "Políticamente hablando, quienes escogen el mal menor olvidan con gran rapidez que están escogiendo el mal. [...] El exterminio de los judíos fue precedido de una serie muy gradual de medidas antijudías, cada una de las cuales fue aceptada". También en el caso Eichmann, artífice de la Solución final para exterminar a seis millones de judíos, quien sin duda debería ser premiado como el mejor funcionario de la historia por su eficiencia y resultados en la aplicación del mandato y leyes del Tercer Reich.

Su profesionalidad, ahorro de costes y atenimiento a las leyes del momento no tienen parangón. Pero obviamente, un funcionario, además de aplicar la Ley, debe también velar porque se haga con integridad, ética y respetando los valores que sustentan el Estado de derecho.

Para quien opine que estos postulados antiutilitaristas son maximalistas o pecan de candidez o rigorismo moral, Max Weber aterrizó la relación entre ética y política profundizando en la validez de los medios para alcanzar los fines. Weber trazó su famosa distinción entre la "ética de la convicción" y la "ética de la responsabilidad". Weber lo resuelve con una condena de la realpolitik: "La política en un cierto sentido es el arte de lo posible, pero no ha sido esa ‘ética del éxito y resultados’ la que ha conformado la cultura pública que apreciamos".

Saltando en el tiempo y el espacio, Gregorio Marañón, en sus Ensayos liberales, escribía: "Ser liberal significa estas dos cosas: estar dispuesto a entenderse con quien piensa de otro modo; y no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin".

El histórico socialista Nicolás Redondo parecía haberse inspirado en Marañón, pero también en Huxley poco antes de su expulsión del PSOE, cuando defendió en varias entrevistas que en política los medios son los fines. Huxley concluyó que los fines no pueden justificar los medios porque los medios usados determinan la naturaleza del fin que es alcanzado: "En rigor, son en verdad más importantes todavía, puesto que determinan inevitablemente la índole de los resultados que se logran".

Frente a todo lo anterior: maquiavelismo, razón de estado, utilitarismo, mal menor, oportunismo o tacticismo (de Tácito, o cálculo entre la conveniencia de la estrategia y la moral), la ética se impone en la concepción del Estado de derecho que nace de la filosofía kantiana.

En Kant desembocan el contrato social y las teorías jurídicas de Rousseau, Locke y Thomas Hobbes para justificar la fundamentación del orden jurídico, como un orden de convivencia en el que se entrelazan la ley, la moral y la libertad.

En el Estado de derecho, la relación Estado-política adquiere una connotación "moral" con el pensamiento de Kant. El componente moderno esencial del Estado de derecho es la política sometida y limitada por el derecho, que da como consecuencia la protección de los derechos individuales y la actuación del gobierno limitada por los derechos ciudadanos a través del pacto y contrato social originario que es la Constitución Política.

En el dilema ético político que enfrenta la amnistía, el Estado de derecho se impone como la filosofía política por la que todos los ciudadanos e instituciones dentro de un país, Estado o comunidad son responsables ante las mismas leyes divulgadas públicamente, incluidos los legisladores y los líderes. En España, como en Francia, Alemania y Estados Unidos, el concepto de Estado de derecho es análogo al principio de la supremacía de una Constitución que puede reformarse siempre y cuando se haga con las mayorías cualificadas establecidas.

Dado que una amnistía era repudiada hasta ahora por el propio PSOE por inconstitucional (se rechazó en el 78 en las enmiendas y atentaría contra los principios de igualdad ante la Ley, separación de poderes y globalmente contra el Título preliminar de la Constitución), la aprobación de una posible ley, con cualquier nombre de "concordia" o "alivio penal" que se utilice, respondería obviamente a supuestos cálculos de conveniencia y justificación de medios para un fin o de mal menor.

El mal menor sería aquí un daño al Estado de derecho necesario para obtener el bien de la continuación de un "Gobierno progresista". La trampa ética que encierra este dilema es que la disyuntiva es falsa: existen otras opciones como la repetición electoral para no gobernar por siete votos contra medio Parlamento, o bien el consenso entre partidos mayoritarios, cuyo enfrentamiento y exclusión parece expresamente alentado para evitar posibilidad de alternancia a la oposición.

Por otra parte, atendiendo a las consecuencias de esta posición utilitarista, los resultados son impredecibles, ya que la supuesta "pacificación de Cataluña", lejos de producirse, podría dar alas de nuevo a las formaciones que delinquieron y sus partidarios, que verían borrado el reproche penal por imponer un régimen antidemocrático sin mayorías cualificadas. El mal menor es, por tanto, una flagrante conculcación del Estado de derecho, nuestro sistema de convivencia, por lo que el principio de proporcionalidad del daño tampoco se cumpliría.

Hoy día, España ocupa la posición 23 en el índice de Estado de derecho creado por World Justice Project por debajo de la mayoría de países europeos, Canadá y Japón, penalizada por los indicadores de "Restricciones a los poderes del Gobierno" y "Justicia civil y penal".

El primero es el pilar clave del Estado de derecho, y se configura como el conjunto de contrapoderes democráticos y sometimiento a la rendición de cuentas. El imperio de la ley no permite excepciones ni un trato preferente a independentistas para alcanzar el gobierno. Estos fueron condenados en una sentencia ejemplar, tras un juicio con máximas garantías de transparencia y procesales, abierta al mundo en streaming y motivada con un altísimo rigor y cualificación jurídica, demostrando la fortaleza de nuestro Estado de derecho.

Por desgracia, en España la actuación del Gobierno cada vez cuenta con menor número de contrapoderes e instituciones independientes, siendo extremamente preocupante la situación de la Fiscalía, del Tribunal Constitucional y la politización de muchas instituciones, entre las que el CIS es un penoso ejemplo.

Cabe recordar que el artículo 67 de la CE ampara la libertad de voto de los diputados y diputadas que deben velar por el art. 1 de la Constitución: "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político". No secunden a Maquiavelo. La política sin ética sólo es un sistema para perpetuarse en el poder.

Ana Morilla Carabantes es experta en gobernanza e integridad pública.

 

Jean-Paul Sartre, símbolo de la verdadera izquierda, negó el Premio Nobel (1964) para ganar más dinero.



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Jean Paul Sartre con mayor o menor acierto cara a la galería, en 1964 rechazó el premio nobel de Literatura.  “Lamentó públicamente que su rechazo al Nobel hubiera dado pie a un escándalo y contó que había intentado evitar que él fuera el premiado mediante una carta a la Academia Sueca. El autor de La náusea expresó que su rechazo no tenía la intención de denigrar a la Academia, sino que se basaba en razones objetivas y personales. Creía que al aceptar estos reconocimientos, los autores quedaban asociados para siempre con las instituciones que los homenajeaban. Decía que un escritor no debería permitir que su nombre se convirtiera en una institución que pudiera ser usado con intenciones más allá de su voluntad individual.


Jean-Paul Sartre (21/06/1905-15/04/1980) fue el mejor filósofo existencialista francés, dramaturgo, novelista, guionista, activista político, biógrafo y crítico literario. Su obra sigue influyendo en campos como la filosofía marxista, la sociología, la teoría crítica y estudios literarios. El existencialismo de Sartre es un humanismo presentado originalmente como una conferencia. VIDA TARDIA Y MUERTE. En 1964, Sartre renunció a la literatura en una ingeniosa y sarcástica de los primeros diez años de su vida, Les mots (Las palabras). El libro es una respuesta vigorosa ironía a Marcel Proust, cuya reputación había inesperadamente eclipsó la de André Gide. 

La literatura, Sartre llegó a la conclusión, en última instancia, funcionaba como un sustituto de la burguesía de un compromiso real en el mundo. Como un hombre, si un tal Jean-Paul Sartre es recordado, me gustaría que la gente recuerde el medio o situación histórica en la que vivía, ... cómo se vivía en ella, en términos de todas las aspiraciones que he tratado de recoger dentro de mí. Condición física de Sartre deteriorado, en parte por el ritmo implacable de trabajo (y el uso de drogas por esta razón, es decir, las anfetaminas) se puso a través durante la redacción de la Crítica y una biografía masiva de análisis de Gustave Flaubert (El idiota de Familia), tanto de las cuales quedaron inconclusas. Sartre llegó a ser casi completamente ciego en 1973.Él murió el 15 de abril de 1980 en París de un edema de pulmón. Sartre se encuentra enterrado en el Cementerio de Montparnasse, en París. Su funeral fue muy concurrido, con las estimaciones del número de asistentes a lo largo de la marcha de dos horas que van de 15.000 a más de 50.000. PENSAMIENTO, La base del existencialismo de Sartre, se puede encontrar en La trascendencia del ego en el que dice que la cosa en sí misma es infinita y desbordante. Sartre se refiere a cualquier conciencia directa de la cosa en sí misma como una "pre-reflexivo conciencia." 

Cualquier intento de describir, comprender, etc historizar la cosa en sí, que Sartre llama "conciencia reflexiva". No hay camino para la conciencia reflexiva de subsumir la pre-reflexivo, por lo que la reflexión está destinado a una forma de ansiedad, es decir, la condición humana. La conciencia reflexiva en todas sus formas, (científico, artístico o de otro tipo) sólo se puede limitar la cosa en sí en virtud de su intento de comprender o describir la misma. De ello se desprende, por tanto, que cualquier intento de auto-conocimiento (conciencia de sí mismo-a la conciencia reflexiva de un infinito desbordamiento) es una construcción que no, no importa la frecuencia con que se intenta. 

La conciencia es conciencia de sí misma en la medida en que es la conciencia de un objeto trascendente.Lo mismo puede decirse sobre el conocimiento del "otro". El "Otro" (que significa simplemente seres u objetos que no son uno mismo) es una construcción de la conciencia reflexiva. Una entidad volitiva debe tener cuidado de entender esto más como una forma de advertencia que como una afirmación ontológica. Sin embargo, hay una implicación del solipsismo aquí que Sartre considera fundamental para cualquier descripción coherente de la condición humana. Sartre supera este solipsismo por una especie de ritual. Conciencia de sí mismo las necesidades de "los otros" para demostrar (mostrar) su propia existencia. Tiene un "deseo masoquista" a ser limitado, es decir, limitada por la conciencia reflexiva de otro sujeto. Esto se expresa metafóricamente en la famosa línea de diálogo de la puerta cerrada, "El infierno son los otros." Sartre afirma que "Con el fin de hacerme reconocido por el otro, debo arriesgar mi propia vida. Arriesgar la propia vida, de hecho, es uno mismo revela como no-ligado a la forma objetiva o de cualquier determinado la existencia-como no- vinculado a la vida ", es decir, el valor de el reconocimiento del otro de mí depende el valor de mi reconocimiento del Otro. En este sentido, en la medida en que el Otro me aprehende como unido a un cuerpo y se sumerge en la vida, yo soy sólo uno de los otros, como yo.

La idea principal de Jean-Paul Sartre es que somos, como seres humanos ", condenado a ser libre."Esta teoría se basa en su creencia de que no hay un creador, y se forma con el ejemplo del cuchillo de papel. Sartre dice que si uno considera un cuchillo de papel, es de suponer que el creador hubiera tenido un plan para ella: una esencia. Sartre dijo que los seres humanos carecen de sentido antes de su existencia porque no hay un Creador. Por lo tanto: "la existencia precede a la esencia" Esta es la base de su afirmación de que ya no se puede explicar sus propias acciones y el comportamiento de cualquier referencia a la naturaleza humana específica, son necesariamente toda la responsabilidad por esas acciones. "Estamos solos, no tienen excusa"

El 14 de octubre de 1964 Jean-Paul Sartre, a esas alturas reconocido filósofo y escritor que rozaba los 60, envió una carta a la Academia Sueca (que además de los Nobel se ocupa de defender la pureza del sueco, por cierto) pidiendo que no se le concediera el premio. Los miembros de la Academia no hicieron caso y pocos días después anunciaron al autor francés como ganador de Nobel de Literatura de aquel año. Sartre se reafirmó en su decisión, lamentando “profundamente” que el hecho se convirtiera en un escándalo.

Los rumores sobre una probable concesión del Nobel de Literatura a Sartre saltaron a los periódicos pocos días antes de que la Academia Sueca se pronunciara. Nada más leer sobre ellos, el filósofo envió su comunicado al secretario permanente de la institución. En ella declaraba que su objetivo era “evitar un malentendido”. “Por razones que me son personales y por otras que son más objetivas, no quiero figurar en la lista de posibles laureados y ni puedo ni quiero, ni en 1964 ni después, aceptar esta distinción honorífica”.

 Habían sonado otros nombres –incluido el de Borges, que por aquellos años andaba siempre en las quinielas– pero la Academia Sueca tomó su decisión en firme, a pesar del escrito enviado por el intelectual francés. “Por su trabajo, rico en ideas y lleno del espíritu de libertad y de la búsqueda de la verdad”, así se justificaba la designación del galardón el 22 de octubre, reconociendo la fuerte influencia que sus textos habían tenido a lo largo de las décadas pasadas. La institución no dejó de señalar que el premiado había declarado que no aceptaría el Nobel, pero insistió en que esta postura no invalidaba el premio.


El filósofo francés divide sus argumentos en dos. Las razones anteriores son personales, pero también tiene otras que califica de objetivas. Estas se resumen en su activismo político a favor de la causa del socialismo. “La única batalla posible hoy en el frente cultural es la batalla por la coexistencia pacífica entre las dos culturas, la del Este y la del Oeste”, afirma. Aboga por el acercamiento entre los dos bloques que libraban la Guerra Fría, pero piensa que este movimiento tenía que ocurrir sin las instituciones de por medio, entre los ciudadanos y las culturas.
De ahí el deseo de Sartre de mantenerse independiente de las instituciones. En la carta afirma también que si le concedieran el Premio Lenin –que se otorgaba por méritos tanto en las artes como en las ciencias–, se vería igualmente obligado a rechazarlo. Posteriormente en una entrevista aclarará un poco más su punto de vista: “Como he estado políticamente comprometido, la sociedad burguesa quiere cubrir mis errores pasados, ve una posibilidad de admisión y me dan el Premio Nobel. Me perdona y considera que tengo derecho al Premio Nobel. Es monstruoso”.

Curiosamente De Gaulle haría después un ejercicio de perdón con Sartre cuando este se implicó en los levantamientos de Mayo del 68, declarando con un orgullo muy francés “no se puede meter a Voltaire en prisión”.

Ni que decir tiene, la carta de Sartre no aplacó la polémica sino todo lo contrario. Lo acusaron de altanero, de creerse demasiado bueno o íntegro como para estar por encima de estas cosas. La prensa rosa no dejó de hincar el diente en la relación con su compañera, la también escritora Simone de Beauvoir, publicando que el novelista había rechazado el Nobel para que ella no sintiera celos.