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España tiene un 33% más de fallecidos por millón de habitantes que el resto del mundo.

 

San Marino, Bélgica y España no abandonan el podio de los peores países en los datos sanitarios que se derivan de la crisis del COVID-19. Los únicos que muestran tasas de fallecidos respecto de la población que superan los 1.500 por millón de habitantes. Y mientras el Gobierno Sánchez sacando pecho…

 

Les ofrecemos una tabla con los veinte países que peores cifras de fallecidos por millón de habitantes presentan en el mundo. No es una muestra baladí: estos veinte países representan sólo el 10% de la población mundial, pero tienen más del 40% de los casos detectados y casi la mitad de los fallecidos de todo el mundo. Es decir, el problema del COVID-19 se concentra muy especialmente en estos países. Tres de ellos son micropaíses: Andorra, Liechtenstein y San Marino y bien podrían haberse desechado para la comparación. De cierto tamaño, pongamos que más de veinte millones de habitantes, sólo hay siete países en la tabla. Si sólo tomáramos estos siete, los números de España serían los peores del mundo.

 Muertos covid enero 2021

Ayer se superaron los dos millones de muertos y el ritmo de vacunación va 5 veces más lento de "la promesa"

La comparativa de España con la media de estos países y la del mundo es, como es lógico, desastrosa. Presentamos un 33% más de fallecidos por millón de habitantes que este grupo de países que utilizamos de comparación y multiplicamos por más de seis la misma tasa pero para el conjunto mundial. ¡Casi ná!

 

Los medios ligados a Moncloa acusan de ejemplos de mala gestión frente al virus a Trump y Bolsonaro. Pues bien, España es el tercer país por víctimas mortales, EEUU el décimo cuarto y Brasil el vigésimo tercero

La segunda ola no ha golpeado a la humanidad de manera tan fuerte como la primera, de eso no cabe duda, pero, en el caso español, bien podría habernos golpeado menos que a los demás y no ha sido así. Ha vuelto a hacerlo más que a los demás. Mucho más que a los demás. Si no, no continuaríamos manteniendo estas fuertes diferencias con el resto del mundo ni continuaríamos en tan lamentable podio. En cualquier caso, es el COVID-19 el que nos ha tratado mejor en esta segunda fase, no el Gobierno Sánchez. En cualquier país honrado, con esta sangría, cualquier Gobierno hubiera presentado la dimisión en bloque.

La especie humana genera virus hasta de dos patas.


Alimento para el #coronavirus. Vía El... - Sociedad De Filosofía ...
Llegarán y volverán más virus y más males para sorprendernos discutiendo entre nosotros, el virus es sordo, ciego, manco y cojo. Estamos hiperconectados, pero se aplicará la misma estrategia estúpida: “PROBLEMA DE TODOS, REMEDIO PARA NOSOTROS”

En la última fase vírica, todo comenzó con la quiebra de Lehman Brothers y la fulminante crisis financiera de la que todavía estamos convaleciendo. Antes, durante y después de ella, hasta ahora mismo, los efectos del cambio climático como una suerte de suicidio in progress en el que parecemos estúpidamente embarcados. Por si fuera poco, contemplamos cotidianamente la tragedia de las migraciones humanas, una tentativa parsimoniosa de genocidio que cometemos en cómodos plazos. Por no mencionar la polución informativa que respiramos a través del imperio incontrolado de las redes sociales y las nuevas tecnologías. Bien pensado, todos estos males eran ya pandémicos, pero ahora ha llegado, para que no necesitemos acudir a las metáforas, una pandemia de verdad, la de la covid-19, y ha puesto brutalmente de manifiesto la naturaleza más decisiva de los problemas actuales de la especie humana. Estamos hiperconectados, hasta físicamente hiperconectados. Los males nos afectan inmediatamente a todos. Somos una sola población frente a ellos, sin fronteras ni compartimentos estancos.

Sin embargo, las armas que estamos disponiendo para enfrentarlos nos siguen viendo como una ciudadanía nacional limitada por rasgos artificiales. Luchamos contra el contagio global mirando solo a los pacientes nacionales. Todavía seguimos anclados en estructuras mentales y políticas que piensan nuestra vida en el seno de entidades territoriales definidas por fronteras, lo que se llama a veces el sesgo interno del mundo internacional. Estamos aún, dígase lo que se diga, en aquella definición de 1758 de los asuntos del derecho internacional: “Affaires des nations et des souverains”. Hasta seguimos alimentando el ingenuo prurito de la soberanía que “no reconoce nada superior”. No es que seamos particularmente necios, aunque a veces lo parezcamos; es que en el fondo no existe otra alternativa. Hemos dejado que la realidad humana crezca y se vaya asentando de esa manera universal sin disponer de ningún mecanismo regulatorio serio para hacer frente a las amenazas que ello lleva consigo. Ahora vemos que no hay nadie al que apelar para que ponga orden en la peripecia de la especie humana.

A pesar de que ya habíamos recibido bastantes toques de atención, el coronavirus nos ha vuelto a coger por sorpresa. Y ya se es muy consciente de que no será la última vez. Vendrán más virus y más males y volverán a sorprendernos discutiendo problemas caseros. Y los remedios que se improvisarán y se pondrán en práctica se diseñarán con la misma estrategia estúpida: problemas de todos, soluciones para nosotros; para evitar la mundialización que tanto contagia lo que hay que hacer es recetar solo para el enfermo nacional. Nuestros pobres líderes, como los demás, mirando siempre por el rabillo del ojo a su propio electorado, a su propio sistema de salud, a su propia fuerza de trabajo, a su propio “tejido” industrial, a su propia nada.

Pero resulta que estamos hiperconectados, y además somos ya demasiados. Vamos camino de los 8.000 millones cuando hace solo 50 años éramos menos de la mitad. Y nos relacionamos incesantemente, hacinados en megalópolis gigantescas, llenas de pobreza, desagregadas, carentes de sanidad y limpieza. Y, claro, nos contagiamos. Como nos contagiamos con aquellos derivados financieros de hace años; como se “contagian” las supuestas identidades culturales de nuestras sociedades; como contagiamos tantas veces con bulos y falsedades los contenidos de nuestra información; como estamos contagiando nuestra atmósfera, y como, nada metafóricamente, nos estamos contagiando con el coronavirus. Y no parecemos tener otra salida que la de reclamar de nuestros Gobiernos “medidas”, sanitarias, financieras, sociales, culturales, industriales. Como si los Gobiernos de nuestros Estados no fueran tan indigentes como los Estados mismos.

El gran avance, al parecer, es plantear el dilema entre una política internacional “multilateral” y una política internacional unilateral, una discusión vieja. Pero todavía tenemos que aguantar a un líder con aires de perdonavidas amenazando con eso de America first y proponiendo una política internacional excluyente y agresiva. ¡Regateando fondos y construyendo muros! ¡Qué tosquedad! O contemplar estupefactos a todo un país serio decidiendo en un referéndum polucionado por los medios que lo mejor es aislarse, caminar solo, abandonar una unión de Estados que es, por muchos traspiés y desvergüenzas que exhiba, el único proyecto viable de salir de la situación de marasmo en que vemos ahora con toda claridad que estábamos.

Porque no, no hemos sido capaces de pensar instituciones supranacionales con un poder normativo decisivo. De hecho, seguimos boicoteando su posibilidad desde nuestros intereses más miserables; por ejemplo, los electorales. Alimentando una y otra vez ese desajuste severo entre los procedimientos democráticos, que se resisten a abandonar las fronteras nacionales, y los problemas con los que se va a enfrentar la especie humana, que ya se las han saltado hace unos cuantos años con tanta facilidad como ahora lo ha hecho el coronavirus. Y lo primero que se nos ocurre cuando de pronto nos vemos ante problemas así, no es hacer algo para romper esa inercia localista, sino empezar a sugerir teorías conspiratorias para transferir la responsabilidad a los demás y persistir en ella: los chinos, la Organización Mundial de la Salud o el Gobierno de turno.

Empiezan a cundir las afirmaciones de ese tipo sin que nadie se pare a pensar que las explicaciones conspiratorias tienen siempre una dimensión que, precisamente ahora, las hace aún más dañinas. Como herederas de la idea ancestral del maligno, tienden a excluir la confianza, fomentar la suspicacia y promocionar actitudes de animadversión. Lo contrario de lo que ahora necesitamos. Porque si perdemos la dimensión de confianza que toda convivencia exige aparecerán las pugnas y discordias estériles; véase, si no, nuestra inmunda política nacional. La sospecha y el rencor hacen imposible que viremos nuestras actitudes hacia esa cooperación intensa que necesitamos cada vez más, dentro también, pero sobre todo fuera de casa. Si empieza a generalizarse la paranoia de la conspiración, esa pauta de recelo que nos lleva a ver todo lo que hacen los demás como un designio malévolo para engañarnos o hacernos daño, los resultados para todos como especie pueden ser catastróficos. ¿Seremos capaces de evitarlo? Deploro decir que los indicios son poco alentadores.

En 1784, reflexionaba así Immanuel Kant, una de las mentes más poderosas de la historia: “No puede uno librarse de cierta indignación al observar la actuación de la humanidad en el escenario del gran teatro del mundo; haciendo balance del conjunto se diría que todo se ha visto urdido por una locura y una vanidad infantiles e incluso, con frecuencia, por una maldad y un afán destructivo asimismo pueriles; de suerte que, a fin de cuentas, no sabe uno qué idea hacerse sobre tan engreída especie”. Desde entonces a hoy, la humanidad se ha embarcado en multitud de matanzas, locales y generales, prácticas destructivas de su medio vital y locuras infantiles de todo tipo. Y sigue tan engreída. Como nosotros seguimos sin poder librarnos de aquella indignación. Pero ahora están llamando a su puerta avisos que la ponen en cuestión como especie y hacen dudar de su supervivencia misma. ¿Qué le cabe esperar?

Francisco J. Laporta, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

Los niveles bajos de vitamina D (La vitamina del Sol) desempeñan un papel importante en las tasas de mortalidad de COVID-19


Los niveles bajos de vitamina D (La vitamina del Sol) desempeñan un papel importante en las tasas de mortalidad de COVID-19

Alimentos ricos en vitamina D:
La vitamina D es la vitamina del sol. 15/20 minutos  diarios. Los aceites de pescado y los pescados como sardina, atún, salmón son los alimentos que más concentran vitamina D, otras fuentes son los lácteos (leche, queso, yogurt, mantequilla, crema de leche), yema de huevo. Otras fuentes vegetales son palta, germen de trigo y champiñones o simplemente tomando el sol durante 15 – 30 minutos diarios.

Los pacientes con deficiencia severa tienen el doble de probabilidades de experimentar complicaciones mayores

Los investigadores analizaron datos de pacientes de 10 países diferentes. El equipo encontró una correlación entre los bajos niveles de vitamina D y los sistemas inmunes hiperactivos. La vitamina D fortalece la inmunidad innata y previene las respuestas inmunes hiperactivas. Este hallazgo podría explicar varios misterios, incluido por qué es poco probable que los niños mueran por COVID-19

Después de estudiar datos globales de la nueva pandemia de coronavirus (COVID-19), los investigadores descubrieron una fuerte correlación entre la deficiencia severa de vitamina D y las tasas de mortalidad.

Los niveles bajos de vitamina D (La vitamina del Sol) desempeñan un papel importante en las tasas de mortalidad de COVID-19


Dirigido por la Universidad Northwestern, el equipo de investigación realizó un análisis estadístico de los datos de hospitales y clínicas en China, Francia, Alemania, Italia, Irán, Corea del Sur, España, Suiza, el Reino Unido (Reino Unido) y los Estados Unidos.

Los investigadores observaron que los pacientes de países con altas tasas de mortalidad por COVID-19, como Italia, España y el Reino Unido, tenían niveles más bajos de vitamina D en comparación con pacientes en países que no se vieron tan gravemente afectados.

Los investigadores advierten que esto no significa que todos, especialmente aquellos sin una deficiencia conocida, necesiten comenzar a acumular suplementos.

"Si bien creo que es importante que las personas sepan que la deficiencia de vitamina D podría desempeñar un papel en la mortalidad, no necesitamos presionar la vitamina D en todos", dijo Vadim Backman de Northwestern, quien dirigió la investigación. "Esto necesita más estudio, y espero que nuestro trabajo estimule el interés en esta área. Los datos también pueden iluminar el mecanismo de mortalidad, que, si se prueba, podría conducir a nuevos objetivos terapéuticos".

The VitaminD Society

La investigación está disponible en medRxiv, un servidor de preimpresión para ciencias de la salud.

Backman es el Profesor Walter Dill Scott de Ingeniería Biomédica en la Escuela de Ingeniería McCormick de Northwestern. Ali Daneshkhah, investigador postdoctoral asociado en el laboratorio de Backman, es el primer autor del artículo.

Backman y su equipo se inspiraron para examinar los niveles de vitamina D después de notar diferencias inexplicables en las tasas de mortalidad de COVID-19 de un país a otro. Algunas personas plantearon la hipótesis de que las diferencias en la calidad de la atención médica, las distribuciones de edad en la población, las tasas de prueba o las diferentes cepas del coronavirus podrían ser responsables. Pero Backman se mantuvo escéptico.

"Ninguno de estos factores parece jugar un papel importante", dijo Backman. "El sistema de salud en el norte de Italia es uno de los mejores del mundo. Existen diferencias en la mortalidad incluso si se mira a través del mismo grupo de edad. Y, si bien las restricciones en las pruebas varían, las disparidades en la mortalidad aún existen incluso cuando examinó países o poblaciones para los que se aplican tasas de prueba similares.

"En cambio, vimos una correlación significativa con la deficiencia de vitamina D"

Al analizar los datos de pacientes disponibles al público de todo el mundo, Backman y su equipo descubrieron una fuerte correlación entre los niveles de vitamina D y la tormenta de citoquinas, una condición hiperinflamatoria causada por un sistema inmunitario hiperactivo, así como una correlación entre la deficiencia de vitamina D y la mortalidad. .

"La tormenta de citoquinas puede dañar severamente los pulmones y provocar el síndrome de dificultad respiratoria aguda y la muerte de los pacientes", dijo Daneshkhah. "Esto es lo que parece matar a la mayoría de los pacientes con COVID-19, no la destrucción de los pulmones por el virus en sí. Son las complicaciones del fuego dirigido por el sistema inmunitario".

Aquí es exactamente donde Backman cree que la vitamina D juega un papel importante. La vitamina D no solo mejora nuestro sistema inmune innato, sino que también evita que nuestro sistema inmune se vuelva peligrosamente hiperactivo. Esto significa que tener niveles saludables de vitamina D podría proteger a los pacientes contra complicaciones graves, incluida la muerte, de COVID-19.

The Vitamina D Society

"Nuestro análisis muestra que podría ser tan alto como reducir la tasa de mortalidad a la mitad", dijo Backman. "No evitará que un paciente contraiga el virus, pero puede reducir las complicaciones y prevenir la muerte de las personas infectadas".

Backman dijo que esta correlación podría ayudar a explicar los muchos misterios que rodean a COVID-19, como por qué los niños tienen menos probabilidades de morir. Los niños aún no tienen un sistema inmune adquirido completamente desarrollado, que es la segunda línea de defensa del sistema inmune y es más probable que reaccione de forma exagerada.

"Los niños dependen principalmente de su sistema inmune innato", dijo Backman. "Esto puede explicar por qué su tasa de mortalidad es menor".

Backman tiene cuidado de señalar que las personas no deben tomar dosis excesivas de vitamina D, lo que podría tener efectos secundarios negativos. Dijo que el sujeto necesita mucha más investigación para saber cómo la vitamina D podría usarse de manera más efectiva para proteger contra las complicaciones de COVID-19.

Los niveles bajos de vitamina D (La vitamina del Sol) desempeñan un papel importante en las tasas de mortalidad de COVID-19

"Es difícil decir qué dosis es más beneficiosa para COVID-19", dijo Backman. "Sin embargo, está claro que la deficiencia de vitamina D es dañina, y puede abordarse fácilmente con la suplementación adecuada. Esta podría ser otra clave para ayudar a proteger a las poblaciones vulnerables, como los pacientes afroamericanos y ancianos, que tienen una prevalencia de vitamina D deficiencia."

Backman es el director del Centro de Genómica Física e Ingeniería de Northwestern y el director asociado de Investigación de Tecnología e Infraestructura en el Centro Integral de Cáncer Robert H. Lurie de la Universidad de Northwestern.