El hombre está
condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin
embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable
de todo lo que hace y dice.
La culpa de la
crisis la tuvieron los ciudadanos por “vivir por encima de sus
posibilidades”. Nada tuvieron que ver los directivos de Lehman Brothers,
Caja Madrid, Bankia, autopistas quebradas, trenes AVE vacíos y aeropuertos sin
aviones que dejaron multimillonarios beneficios a quienes los
construyeron e idénticas comisiones a los políticos del régimen que
los autorizaron. En el caso de las tarjetas “black” de Caja Madrid y
Bankia, la culpa fue “de las secretarias”, que debían haber controlado los
gastos de los beneficiados, y nada tuvieron que ver quienes las crearon,
autorizaron y repartieron. Y en el caso del ébola, la causante
fue la enfermera porque “se tocó la cara”, no
aquellos altos cargos ministeriales y autonómicos que no
emitieron los protocolos cuando se los pidieron, que repatriaron a
dos sacerdotes enfermos sin evaluar antes la logística sanitaria que debía
atenderlos, que desmantelaron los organismos que controlaban las
epidemias… La culpa, siempre, es de las víctimas, nunca de los
verdugos. Pero los ciudadanos ya no tragan:
reclaman responsabilidades políticas, económicas y penales. Y todos
los altos cargos políticos del régimen que están interviniendo en estos
dantescos episodios que está viviendo la sociedad española deben ser
procesados por un grave delito de negligencia por jugar con la salud
pública, con la economía nacional, con el empleo de los
ciudadanos y ya, lo último que nos quedaba por ver, con
sus esperanzas de vida.
Este tipo de secretarias que como se ha comprobado su innecesario puesto de trabajo -más de 300 y sin ninguna dependía de la otra- cobraban sueldos superiores a los de un cirujano, un magistrado, al del propio presidente del Gobierno y, tremendamente, al de un agricultor por cuenta ajena (Entre 60 y 120.000 euros anuales). Todas eran jóvenes, sin titulación académica en el 80% de los casos, el mero hecho de no ser guapa era excluyente y ninguna superó el principio de igualdad, mérito y capacidad.
Dice Mariano que le han dicho en Europa o más lejos que estamos mejorando; él, no lo sabe. Ahí hay una de las pruebas.
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