Pedro Sánchez le va haciendo el paisito a Puigdemont poco a poco, como una maqueta de tren eléctrico, arbolito a arbolito, barrera a barrera, guardia a guardia. El nuevo pacto contempla nada menos que las competencias en inmigración, algo que va más allá de la pela y de las concesiones simbólicas, metalúrgicas o folclóricas, al otorgarles fronteras internacionales siquiera de tiza o de pespunte. Incluso sin pela y sin mitología, unas fronteras bastan para hacer un país en las salas de mapas, en las burocracias propias y ajenas, en la imagen mental de los aborígenes y también en la de los extranjeros, que ahora serán todos menos la tribu indepe. Lo de la constitucionalidad a uno le parece superfluo, porque Sánchez trabaja con hechos consumados y estos hechos, desde la amnistía a la condonación de la deuda, nos van confirmando que no hay nada imposible, como ha venido a decir ya Jordi Turull. O sea, que no sabemos si todo esto se aplicará a los moritos de África o también a los moritos de Jerez, que pasarán por la comisaría o la aduana como berlineses por el Muro, entre metralletas, alambres de espino y águilas robadas de sus cielos, banderas y guerreras.