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NUEVAS COMPETENCIAS A CATALUÑA. Puigdemont podrá expulsar a migrantes españoles a otras comunidades.

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Control fronterizo de la catalanidad (con garrota)

La portavoz en el Congreso de Junts, Miriam Nogueras, el secretario general de Junts, Jordi Turull, y el presidente de Junts, Carles Puigdemont, durante una rueda de prensa.
La portavoz en el Congreso de Junts, Miriam Nogueras, el secretario general de Junts, Jordi Turull, y el presidente de Junts, Carles Puigdemont, durante una rueda de prensa. | EP

Pedro Sánchez le va haciendo el paisito a Puigdemont poco a poco, como una maqueta de tren eléctrico, arbolito a arbolito, barrera a barrera, guardia a guardia. El nuevo pacto contempla nada menos que las competencias en inmigración, algo que va más allá de la pela y de las concesiones simbólicas, metalúrgicas o folclóricas, al otorgarles fronteras internacionales siquiera de tiza o de pespunte. Incluso sin pela y sin mitología, unas fronteras bastan para hacer un país en las salas de mapas, en las burocracias propias y ajenas, en la imagen mental de los aborígenes y también en la de los extranjeros, que ahora serán todos menos la tribu indepe. Lo de la constitucionalidad a uno le parece superfluo, porque Sánchez trabaja con hechos consumados y estos hechos, desde la amnistía a la condonación de la deuda, nos van confirmando que no hay nada imposible, como ha venido a decir ya Jordi Turull. O sea, que no sabemos si todo esto se aplicará a los moritos de África o también a los moritos de Jerez, que pasarán por la comisaría o la aduana como berlineses por el Muro, entre metralletas, alambres de espino y águilas robadas de sus cielos, banderas y guerreras. 

El control de las fronteras no es una casita nueva del guardagujas, no es una cuestión policial, organizativa, decorativa o alegórica. No se trata de tener en el puesto de control o en las gendarmerías de la extranjería la figura entrevaticana del mosso (los mossos parecen defender un papado o un dogma más que unas leyes) en vez de la figura torera del guardia civil o del policía nacional, así como para hacer la postalita de Buckingham Palace indepe. Tampoco se trata de vigilar mejor si entra de extranjis tabaco o embutido chino. Se trata de una cuestión política, social y moral. Política porque no hay nada más político que la soberanía territorial, que no sólo define unos límites físicos de esa nación de los mitos y las canciones sino un ámbito tangible y efectivo de autoridad. Y social porque lo que buscan no es sólo tomar posesión de su territorio ante el mundo y ante España, de igual a igual, sino, como ellos mismos han reconocido, preservar una identidad. O, más bien, una pureza; pureza que será cultural, ideológica o de origen, pero que va más allá de la mera condición de ciudadano o de ser humano. Y aquí es donde entra la moral, porque el paisito de cartón pretende ser no sólo un paisito político sino, sobre todo, un paisito racial, algo que, en realidad, ya sabíamos.

Sánchez no les ha concedido fronteras de ladrillo o plastilina, sino el comienzo del control de la catalanidad con garrota

Sánchez no sólo le concede al independentismo clavar físicamente su bandera, un poco medieval y un poco agresiva aun sin demasiados medios, como una bandera de Albania, sino que le concede el control de la catalanidad. No es el control geográfico, burocrático, simbólico o ferroviario de las fronteras lo que les interesa y preocupa a ellos, sino el control de la catalanidad, que es la sustancia, más todavía que la tierra feudal o sagrada que pisan, que los sostiene. Así que la policía fronteriza catalana, la policía de inmigración catalana, será ante todo una policía de la catalanidad, algo así como una policía iraní con ribetito rojo. Ha dicho Puigdemont que hay “un modelo de vida catalán”, una especie de manual de instrucciones y de comportamiento que uno imagina como esos textos del Antiguo Testamento sobre no mezclar tejidos o cultivos, no cocinar un cabrito en la leche de su madre o que el sumo sacerdote lleve campanillas (yo diría que Puigdemont y Junqueras las llevan). Y que este modelo, o sea esta ortodoxia, hay que protegerla. Se refiere, claro, a protegerla con la porra y la patada. Pero es más grave considerar que hay una ortodoxia.

La concesión de Sánchez es política, social y moral / inmoral, aunque para Sánchez nada de esto significa nada, que lo importante es la aritmética que le permite seguir sentado en el cojincito de rajá que le parecen a él el escaño y el colchón de agua de la Moncloa. La concesión de Sánchez es seguramente inconstitucional, aunque eso tampoco significa nada ahora. El mismo Marlaska, que es ministro del Interior porque hay un interior, o sea no sólo un espacio físico que se llama España sino una autoridad sobre él, dijo en el Congreso que las fronteras y la inmigración “son competencia exclusiva del Estado y del Gobierno central, por lo que no son susceptibles de ser transferidos o delegados”. También lo dijo Pilar Alegría, aunque ella es capaz de decir cualquier cosa y además le suena igual, a carta a los corintios, como le ha sonado ahora lo contrario. Pero ya digo que estas cosas ni sorprenden ni tienen importancia en el sanchismo. Lo significativo es que la concesión de Sánchez es peligrosa, que les ha dado la estaca de la pureza a los fanáticos de la pureza y eso sólo puede acabar a estacazos.

Sánchez les va haciendo poco a poco el paisito de piedra, oro, césped y palo a Puigdemont y a todos los indepes (queda por ver si Esquerra verá racismo en el racismo o sólo verá españolismo en los africanos). No es la frontera, ni la inmigración, sino la pureza, como ha sido desde el principio. Se nota porque esta gente nunca habla de la ley, que es lo que importa en el mundo civilizado, la ley que nos hace ciudadanos iguales y a la que no le debe importar si comes hormigas, si tu dios tiene pelo de ángel o de cabra o si quieres la independencia u otro Mundial. Por eso siempre hablan de maneras, de integración, de cultura, de “modelo de vida” como si fuera un modelo de santidad. Y por supuesto no se refieren sólo al inmigrante ilegal, sino también a andaluces e incluso a catalanes disidentes. Sánchez no les ha concedido fronteras de ladrillo o plastilina, sino el comienzo del control de la catalanidad con garrota. Y la catalanidad a garrotazos no tiene intención ni posibilidad de quedarse en las fronteras, ni de distinguir al morito de África del morito de Jerez o del morito de Badalona.

Pedro Sánchez fagocitado por Puigdemont.



El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez Europa Press/ Eduardo Parra

Todavía hay quien niega que el PSOE es el partido que mejor entiende 'las Españas' y esa cerrazón resulta incomprensible. Los socialistas guardan en el armario mil caretas y trescientos disfraces. Sus líderes podían acudir a Rodiezmo para cantar La Internacional, puño en alto, para seis meses después procesionar junto al Cristo en Toledo y, en paralelo, trasladar presos de ETA a las cárceles vascas mientras defendían la 'plurinacionalidad asimétrica' de España en Gerona y la “solidaridad interterritorial” en Córdoba. Es la fuerza política que en 2011 se puso a la cabeza de la lucha contra el tabaco por cuestiones sanitarias, pero que tiene un líder en Extremadura que, el pasado fin de semana, afirmó que, aunque fumar es malo, quien decida hacerlo... mejor que opte por producto extremeño que por el de otras latitudes, que vaya usted a saber lo que lleva.

El PSOE ha sabido cambiar de forma e incluso de color en cada uno de los territorios en los que ha querido gobernar y le ha ido bien. Ha sabido utilizar la hipocresía como nadie y eso siempre es efectivo a corto plazo, que es hasta donde suele alcanzar la memoria del votante. Es cierto que este recurso es tramposo, dado que al principio permite salir airoso a quien lo emplea, pero tarde o temprano le obliga a dar explicaciones ante quienes se sienten engañados (porque lo han sido). Pero, ante esa situación, siempre se puede recurrir a la frase que pronunció Rodríguez Zapatero hace unos meses, que venía a decir: “Quien en política no ha cambiado nunca de opinión... está a 15 minutos de hacerlo”.

Un castillo de naipes que se cae

Lo que ocurre es que los socialistas parece que han abusado en exceso de la hipocresía últimamente, así que está por ver si el castillo de naipes argumental que han construido no se derrumbará ante los fuertes vientos que azotarán el país en los próximos tiempos. Lo primero porque Pedro Sánchez ha publicitado la Ley de Amnistía como una oportunidad única para devolver a los independentistas al redil constitucional y, de ese modo, restaurar la convivencia en Cataluña. Cuando preguntaban a cualquier portavoz socialista por el oportunismo político de esa medida -que en realidad se explica en que necesita los 7 votos de Junts en el Congreso-, negaba la mayor y apelaba a abrir los ojos ante la realidad catalana, que el PSOE ha sabido entender mejor que nadie. Por tanto, lo aconsejable era el indulto, la reforma normativa sobre la sedición y la malversación... y la amnistía.

Sucede que los líderes secesionistas piensan algo muy diferente al respecto. Así lo demostraba este lunes Oriol Junqueras cuando afirmaba que, si es necesario pagar con cárcel la convocatoria de un nuevo referéndum, lo harán. El político de ERC descartaba cualquier pacto tras los comicios catalanes porque sus opositores -incluido el PSC- han sido "irresponsables y egoístas.

Sobra decir que tanto Pere Aragonès como Carles Puigdemont han subrayado en las últimas semanas que el objetivo es la autodeterminación; y que la amnistía en realidad no pone fin a ningún ciclo político. En otras palabras: la hipocresía de Moncloa no ha sido útil en este sentido. Dos partes no se reconcilian si una no desiste a la confrontación. Siempre es posible firmar la paz, pero si una de las partes no renuncia a bombardear el territorio enemigo, el acuerdo no sirve de nada.

El Gobierno ha asumido la dialéctica independentista -la del conflicto- para mantenerse en el poder y no ha conseguido gran cosa: ni el apaciguamiento, ni los Presupuestos ni la garantía de que podrá agotar la legislatura.

El muerto está muy vivo

Al contrario, todos estos ejercicios de filibusterismo y cortedad de miras han contribuido a resucitar a Carles Puigdemont, de quien llegaron incluso a recelar los actuales portavoces de su propio partido, pero que volverá -si nada falla- en los próximos meses a Cataluña con opciones incluso de ostentar un cargo en el Govern. Las encuestas muestran que el PSC ganará los comicios, pero, ¿de qué le servirá eso a Salvador Illa? Arrimadas también venció en 2017 y los independentistas se mantuvieron en la Generalitat. Además, bloquearon con su fuerza la entrada de representantes de Ciudadanos en diferentes instituciones.

¿Se necesitaban alforjas para este viaje? La propaganda gubernamental justifica la amnistía e incluso el reconocimiento de un conflicto -incluso con una pseudo-mediación internacional- porque lo contrario -dicen- es dar la espalda a la realidad catalana. Lo que ocurre es que dicha realidad no es la que han trasladado a los ciudadanos; porque si el plan pasa por aliarse con unos partidos en situación de 'rebeldía constitucional' y desarmar al Estado de derecho para combatirlos -sedición y malversación-... para no obtener a cambio la garantía de que renunciarán a la autodeterminación, entonces encontramos con que España no se ha movido del punto de partida, pero ahora cuenta con menos recursos para pugnar contra su disidencia interna.

Caretas fuera

La gran pregunta es si esa extraordinaria capacidad transformista del PSOE funcionará en los próximos meses, dado que las elecciones en Cataluña obligarán a todas las partes a quitarse las caretas. Junts y ERC tendrán que demostrar si pesan más sus diferencias cainitas que su objetivo último, que es la independencia. El constitucionalismo deberá valorar si es capaz de armar una alternativa sólida ante estos partidos. Y Pedro Sánchez... Pedro tiene una buena papeleta en Cataluña. El resultado de los comicios podría llegar a ponerle en la tesitura -todo puede pasar- de tener que apoyar un Govern independentista a cambio de mantener en Madrid los apoyos de quienes facilitaron su investidura. Es decir, el 'muerto' al que resucitó podría convertirse en su enemigo número 1. Se llama Carles.

Es de suponer también que Salvador Illa tendrá opinión en todo esto; y la forma en la que Moncloa ha insuflado oxígeno a sus enemigos durante los últimos meses debe ser, como poco, molesta. Las encuestas son positivas de momento para el PSC, pero un mal resultado en las urnas podría hacer que los socialistas catalanes se plantearan la legítima pregunta: ¿de qué ha servido esta estrategia si nos ha dejado en la estacada? ¿No habremos sido también víctimas de la hipocresía de nuestro partido?

Todas estas cosas se llevan mejor con un puesto en el Gobierno o un sillón cómodo en alguna institución. Pero, cuando el barco zozobra y el líder se desestabiliza, ya se sabe... tonto el último.