
Zapatero
parecía un ave rara importada o trasplantada desde el chavismo aquí, un
gran guacamayo cojo por la calle de Alcalá. Zapatero, de repente, había
pasado del circo de loros de Maduro a dar sermones en
el Ateneo de Madrid sobre “la democracia y sus derechos”, como si se
pudiera hacer ese largo viaje sin perder una pluma y sin ningún tipo de jet lag
moral. Yo creo que los periodistas que esperábamos allí para el
canutazo o la crónica, como cazadores con cerbatana, más que enfrentar a
Zapatero a sus contradicciones queríamos ver a ese animal increíble y
fastuoso, que es a la vez demócrata de las altiplanicies y pájaro
precolombino de las dictaduras. Porque Zapatero es eso, y ahí no hay
contradicción sino exuberancia.
Zapatero, como Sánchez,
ha sobrepasado ya las contradicciones para vivir en la simultaneidad y
la concurrencia de lo bueno y lo malo, de la verdad y la mentira, de la
realidad y la ficción, de lo público y lo privado, que confluyen por
supuesto en los intereses o mitologías de su persona como en una hermosa
cola emplumada, con cien argumentos para todo como cien ojos de Argos
(Gide).
¿Quién puede estar con Maduro y con Sánchez y quedar como demócrata?
Zapatero venía
adornado de ateneo como un poetastro o un estafador mesmeriano, y venía
adornado de realidad por un grupo de venezolanos que lo había colmado de
bendiciones en la puerta, así que llegó con su plumaje algo mojado a
enfrentarse a esos socios de velador de mármol que tiene el Ateneo y a
los periodistas que lo esperaban con red para pájaros. Como poetastro,
iba a presentar un libro que era en realidad su vida o su ego (La democracia y sus derechos, escrito a coro como por señoras y señores de orfeón, va de la primera legislatura de Zapatero, milagrosa y fundante).
Como estafador, iba a
explicarnos dulcemente lo que no tiene explicación más que aceptándolo
como timo. Y como superviviente de las iras del pueblo venezolano, y un
poco también del pueblo español, lo que parecía es que se iba a refugiar
de la mojada allí en ese templo que tiene algo de paraninfo, algo de
balneario decadente, algo de caserón húmedo y algo de trastero de ópera,
con columnas mozartianas, pájaros de la Reina de la Noche y pianos
difuntos.
Zapatero, mojado y quizá un poco desplumado, pasó debajo de una copia cianótica de Dánae y la lluvia de oro
y parecía que el oro lo bañaba a él, real y también alegóricamente, con
esa cosa que tiene Zapatero de fauno inocente y perverso a la vez. Yo
pensé que eso lo explicaba todo antes de que Zapatero explicara nada,
que entre el oro y las alegorías él tiene todas las explicaciones que
necesita. Zapatero no sorprendió a nadie, por supuesto, o a casi nadie,
que a lo mejor el retrato de un Ramón y Cajal que parecía el de la tele, o sea Marsillach, tembló un poco, hasta apartarse de su microscopio galileano.
Cuando los chicos de la alcachofa y la cerbatana le preguntaron a Zapatero por el caso de Edmundo González,
reconoció que había mediado, pero claro, qué de malo puede haber en
mediar, en el diálogo y en el consenso. Lo que pasa es que el diálogo y
el consenso con alguien como Maduro, que es como el diálogo y el
consenso del pavo con el matarife, es indistinguible de la complicidad, o
de la cobardía, o del celestineo, o de la estupidez. O todo a la vez,
volviendo a recordar la simultaneidad y la concurrencia que yo decía
antes, esa imposibilidad científica que llegó a sobresaltar al propio
Ramón y Cajal en la escalera.
Zapatero tampoco interesa ya, o incluso da grima, que eso de convocar a Maduro al diálogo da bastante repelús
Zapatero hacía
equilibrios sobre una ceja, allí bajo la escalera y la galería de
notables con quevedos y lamparón de gloria, como queriendo tomarle el
pelo a la misma historia, al tribunal de la historia como un tribunal de
doctores de Rembrandt, pero a lo mejor eso ya no
funciona también. ¿Quién puede estar con Maduro y con Sánchez y quedar
como demócrata? Quizá eso vale para una pequeña parroquia de beatonas de
besapié y ensaimada, una parroquia que ciertamente cada vez parece más
pequeña, porque bajo los leones dorados, las vajillas de la abuela y la
mirada de ilustres tuertos de medalla, la Cátedra Mayor del Ateneo
estaba cruelmente calva, o medio vacía, con más plumillas con portátil y
más invitados con estola que público. A mitad del acto, un hombre mayor
se levantó y se fue arrastrándose entre el bastón, la acompañante y el
enfado, y juraría que murmuró algo sobre “cómplice de un asesino”. O
quizá no fue aquel hombre sino alguno de esos ilustres retratados en el
salón, que había hablado o se había bajado, como un cristo enfadado o
estafado en su propia iglesia.
La presentación del
libro no interesaba demasiado, una vez que Zapatero dijo lo que se sabía
y se disolvieron los círculos de periodistas como de ángeles. O
Zapatero tampoco interesa ya, o incluso da grima, que eso de convocar a
Maduro al diálogo da bastante repelús. De todas formas, el libro, libro
de poetastro, libro de ego, libro de corazón apenas envuelto en una
bufanda, fue presentado y aquella primera legislatura de Zapatero
llevada en volandas como una virgen de ermita por varios de los
escritores o admiradores, que hablaban más bien de lo suyo (la verdadera
igualdad es más que nada hablar de lo de uno).
Aquellas leyes de
Zapatero es cierto que fueron revolucionarias, y que hacían que se
desmayaran los obispos como marquesonas (ahora los obispos importan
menos que Zapatero). Pero esas leyes, esos nuevos derechos, no pueden
sustituir a los fundamentos de la democracia, que son otros y ahora
están en peligro, no por los obispos sino por Sánchez y sus socios. Pero
si Zapatero no lo ve en Venezuela, lo va a ver en España… Marina Echevarría,
encantadoramente, llegó a recordar como una brutal antigualla, como se
recuerdan los optalidones, eso del “no sabe usted con quién está
hablando”, como si no fuera lo que Sánchez hace cada día.
Parecía que la
democracia se inventó en 2004, mientras Zapatero hablaba de sí mismo, de
sus leyes y de su legislatura como obra pura de la Ilustración. En
realidad sólo hablaban de moral y costumbres, como los curas. Y como un
cura sigue hablando Zapatero, o sea con sonsonete, esa retranquilla
moral y musical, usando crescendos y pianísimos, que hace tan
aceitosillos y flamígeros a los curas. Nuestro curita de la mediación
hasta tiraba de testimonios de santidad y agradecimiento de familias y
creyentes, agudizando o ahuecando la voz para el perdón o para el
infierno. Aunque yo no sé si está copiando esta manera de hablar de los
curas o de Maduro, claro.
Zapatero, además de a la Ilustración, dio las gracias a mucha gente. Por ejemplo a María Teresa Fernández de la Vega, que ha devenido finalmente en transparente, y a Félix Bolaños, que estaba allí como un Richelieu
vestido de monaguillo. Según Zapatero, Sánchez había continuado su
legado, y sin duda Bolaños había continuado montando rifas para las
beatas. Esa presencia de Bolaños, ese reconocimiento mutuo entre
Zapatero y el sanchismo, me hizo pensar en que allí tendría que haber
estado también Delcy Rodríguez, para hacer lo propio, y esa milagrosa o florida concurrencia hubiera estado colmada.
“El amor es lo único
que sobrevive a la muerte”, remató beatíficamente Zapatero, citando a
un juez del Supremo de Estados Unidos que además es Kennedy.
A pesar de todo esto, cuando aquello terminó Venezuela seguía siendo
una dictadura, Maduro no parecía interesado por el diálogo ni por el
entendimiento, y Sánchez seguía considerando fango a los jueces y
periodistas e intocables a él y a su mujer. Extrañamente también, los
venezolanos de la puerta llamaban “cobarde” y “alimaña” a ese padre de
nuestra democracia, hijo de la Ilustración y espíritu santo de la
mediación.