Hace más de 30 años que la Mezquita/Catedral de Córdoba fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO, mucho tuvo que ver su complejidad arquitectónica, pero no poco el que se tratase de un paradigma universal entre diversas culturas. Los papiros de estratos históricos, común a todo el área del Mediterráneo, halla su más cabal expresión en la mezquita-catedral de Córdoba. Al templo romano dedicado a Jano se superpuso una iglesia visigoda y a partir de la invasión araboberéber de la Península, los emires y califas omeyas edificaron sobre aquella la mezquita columnaria que hoy admiramos. Tres siglos después de la reconquista de la ciudad por Fernando III, el episcopado procedió a la construcción de una basílica cruciforme en el interior del edificio musulmán y la mezquita consagrada al culto católico se convirtió en un símbolo del ecumenismo religioso celebrado por millones de visitantes venidos del mundo entero, un símbolo que el bien asentado fundamentalismo del actual obispo, Demetrio Fernández, se esfuerza en borrar.
El colectivo de
ciudadanos Plataforma Mezquita-Catedral Patrimonio de Todos ha presentado una
denuncia por el atropello histórico consistente en encubrir la huella islámica
y andalusí de la mezquita mediante manipulaciones y trampantojos, se apoya en
hechos indiscutibles y argumentos sólidos. Como un prestidigitador, el obispo
Demetrio Fernández se ha sacado de la mitra una afirmación mirífica: la
mezquita no es una mezquita, ni siquiera una catedral-mezquita, sino un mero
templo católico. El bellísimo bosque de arcos y columnas omeya que fascina a
millones de visitantes sería, según él, producto de una fugaz “intervención
musulmana”. Y como las burdas manipulaciones de la historia obedecen siempre a
propósitos e intereses más bajos, la decisión de negar la realidad histórica
del monumento fue precedida en 2006 de una ley que se remonta a la era
franquista y en virtud de la cual lo que era propiedad de todos los cordobeses
pasó a serlo del Cabildo, en cuyo nombre fue registrado. Los tiques de entrada
de quienes acuden a él, atraídos por su fama, pasan así a alimentar el
presupuesto de una corporación exenta de imposición tributaria y muy poco
atenta. por cierto, a las dificultades que atraviesan sus diocesanos víctimas
de la crisis económica, los recortes sociales y el paro.
La Iglesia católica ha adoptado unas medidas de regeneración por Francisco desde su ascensión al solio pontificio que inquietan, sin duda, a los medios más conservadores de nuestra jerarquía eclesiástica, de los que Demetrio Fernández es un conspicuo representante. Quienes llenan sus arcas con dinero del Estado, esto es, con el bolsillo del contribuyente de resultas del actual Concordato, se aferran a privilegios de otra época: a la añorada alianza del trono y el altar de tiempos de Fernando VII y, más cerca de nosotros, del generalísimo Franco. Su calendario no es el de hoy. Permanece anclado en los siglos en los que la Iglesia imponía los dogmas a su arbitrio, y la libertad de conciencia era un crimen al que el brazo secular se encargaba de aplicar el condigno castigo.
Cambiar la
historia es tarea difícil. Si la reescriben quienes se erigen en portavoces del
discurso oficial se enfrenta con todo, en este caso, con una tarea titánica:
borrar de la mente de todos los ciudadanos del mundo el renombre ecuménico de
la mezquita. La “confusión” invocada por el obispo para justificar su
disparatada medida será en realidad la que experimentarán los visitantes del
monumento a la lectura de los folletos turísticos que se les distribuyen y a la
escucha de los guías previamente aleccionados por el Cabildo: la de una
extrañísima catedral muy semejante a la mezquita omeya de Damasco, pero que no
guarda el menor parecido con las restantes catedrales del mundo. La Mezquita/Catedral es propiedad de
la ciudadanía y el tercer monumento
más visitado.





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