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Adolfo Suárez, un misterio.


Una familia, pocos milagros
No quiero ser menos que nadie, pero creo que se ha escrito TODO y algo más sobre Adolfo Suárez. Algunos con honestidad objetiva y otros con desvergüenza subjetiva. Por eso quisiera detenerme no en el político, sino en la persona oculta bajo la armadura impenetrable. Todos tenemos nuestro Adolfo Suárez en la cabeza y creemos saber quién era. Pero yo intuyo que detrás de esa sonrisa de medio lado y ese eterno pitillo, de esos ojos vivaces pero también muy tristes, habita un misterio insondable repleto de demonios interiores que nadie, ni sus más allegados, llegaron a rozar jamás como nunca.
La  figura es tan radicalmente distinta a todo lo que ha dado la política española en el último medio siglo que uno llega a pensar que alguien lo puso allí con el único objetivo de que hiciera lo que hizo. Hagan el ejercicio de imaginar a cualquier otro político español, de antes o de ahora, en el lugar que ocupó Adolfo Suárez, y comprenderán que con cualquier otro el destino de España habría sido sin duda el naufragio. Unos por soberbia, otros por intolerancia, los más por incompetencia y casi todos por falta de valor, habrían sido incapaces de obrar el milagro de convertir dictadura en democracia sin ruptura.
 El quid no está en el hecho de que tuviera un especial talento político, una vasta cultura o una gran formación. Hoy sabemos que nada de eso tenía. La clave está en la persona. Algo había en ese hombre que exhalaba credibilidad y empatía, pero también necesidad de afecto. Resulta imposible comparar a Suárez con ningún otro político español. El ejemplo habría que buscarlo fuera. Y seguramente sería Kennedy el referente. El español de origen humilde y hecho a sí mismo no comparte casta con el patricio norteamericano, pero sí, entre otras cosas, el hecho de que le bastaran muy pocos años de Gobierno para cambiar radicalmente su país y dejar una huella imborrable que trasciende su legado político. Y con Kennedy comparte también Suárez la permanente tragedia familiar y la leyenda de eterno fascinador.

Adolfo Suárez aparece como el político más moderno que ha dado España, por más que su obra se llevara a cabo en un país en blanco y negro. Destilaba nobleza mucho antes de que el rey lo convirtiera en duque. Y su atractivo y elegancia resultan una rareza en un país que siempre parió políticos carpetovetónicos. El enigma de Suárez se agranda porque prefirió el silencio frente a la permanente afrenta, en lugar de ladrar su rencor y tratar de justificarse, como hacen otros. Que treinta y tres años después de su dimisión como presidente del Gobierno sigamos discutiendo los motivos últimos que le llevaron a dar ese paso tan poco común en la historia de España.

Adolfo Suárez, Presidente de la Concordia y líder, por encargo, de su propio error. Precipitada Democracia Quick.


http://blogdejuanpardo.blogspot.com.es/2014/03/adolfo-suarez-presidente-de-la.html



Desde que dejó la política activa para dedicarse al cuidado de su mejer, Suárez, no existía, pero todos le                                                                        seguíamos viendo como lo que era, UN LÍDER. Como una lámpara que nos alumbró en momentos especialmente difíciles de nuestras vidas. Como un referente de dedicación y servicio desinteresado a la vida pública, ahora que los tiempos están tan revueltos y hemos llenado el país de granujas. Adolfo Suárez es el estandarte de una complicadísima transición; con muchos errores e infinitas torpezas, pero también con los aciertos que nos han permitido vivir el período democrático más longevo.

Hasta quienes, en su día,  fuimos quizás brutalmente críticos con Adolfo Suárez y su gestión porque aspirábamos a una transición más profunda, de lo que por lo visto no estábamos tan errados, le reconocemos el mérito. Él nos sacó de las catacumbas y encendió las primeras luces de la democracia. Fue quien nos confeccionó el primer traje de la transición, que, aunque raquítico, nos permitía poder salir a la calle con alguna dignidad. Suárez fue un político con visión de futuro. El que nos abrió las puertas a las libertades. Conciliador. Sufridor. Leal. Entusiasta. Decente. Valiente. Desinteresado. Zurció, como buenamente pudo y le dejaron, un país que encontró lleno de descosidos y jirones. A Suárez lo podemos acusar de muchos desaciertos, pero nunca le negaremos que fue un servidor público entregado a los demás, en unos tiempos que nos hacen estremecer solo con recordarlos. Y un servidor que se fue a su casa, en silencio y soledad, con el desprecio y rechazo de quienes lo jalearon y, lo que es peor, con el de a quien sirvió con una lealtad y un respeto exquisitos.

Todos, todos los españoles reconocemos su difícil labor. Con reparos, pero la reconocemos. Aprendimos que en la vida hay ciertas barreras que no se pueden traspasar; que no todo vale en aras del bien colectivo, como ahora nos quieren convencer. Pero, desgraciadamente, nuestra clase política no recogió nada de sus enseñanzas. Ni de su herencia. Estos días vamos a escuchar elogiar sus muchas virtudes a los poquísimos que lo defendieron y a los muchísimos que lo maltrataron y vilipendiaron. Lo colocarán como un maestro, un referente en sus formas de entender el servicio a los demás e incluso se atreverán a decir que los guían sus mismos principios. No hay que tenerles en cuenta..

Si por algo destacó Adolfo Suárez es porque antepuso los intereses colectivos a los propios. Lo que ahora ya no se entiende. Es más, hoy el modelo Suárez resulta molesto. Por eso quizás a medida que pase el tiempo tendremos la necesidad de recordar con más insistencia su labor. Porque Suárez se dejó la piel por abrirnos la persiana de un país al que acabamos llenando de corruptos, golfos y vividores. Esos mismos que estos días lo tomarán como ejemplo, Mañana volverán a ser buitres leonados, ratas de alcantarilla; palomas blancas, no quedan