
La globalización es un hecho
irreversible, como producto de los avances tecnológicos de que dispone la
sociedad de la comunicación actual, vemos cómo las grandes potencias de América
y Europa se encuentran en la disyuntiva de tener que elegir entre el orden
liberal y el nacionalismo populista.
Ello significa, en lo económico,
elegir entre un libre comercio abierto o la economía protegida nacional y
cerrada. Lo primero es propio de la democracia liberal que se puso en práctica
después de la Segunda Guerra Mundial en Europa y América; y lo segundo ha sido
fruto del descontento social de las clases más desfavorecidas.
Son los que votaron el brexit y a
Donald Trump, que buscan resolver sus problemas ellos solos. Por eso, Farage
fue a visitar a Trump y este ha
rechazado el Acuerdo Comercial del Pacífico. Pero China sí lo ha aceptado; qué
curiosa paradoja: el americano se cierra y el chino se abre al libre comercio.
La defensa del orden liberal ha
surgido en Alemania, donde Angela Merkel ha defendido los valores liberales en
el Parlamento, diciendo que la única forma de manejar los efectos de la
globalización es con la cooperación internacional, para enfrentarse a los
problemas como la inmigración, el terrorismo o la competitividad de los mercados,
señalando como un importante problema a resolver el de la información
descontrolada que proporcionan a la gente las redes sociales por Internet.
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