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martes, 10 de mayo de 2016

Temprano cantó el gallo. La del alba sería, la del alba del 9 de mayo, cuando las radios lanzaron este aviso: hay un vídeo electoral de Rajoy. Como vídeo es horrendo: nunca se hizo nada en política con peor realización ni mayor pobreza de imagen. Se nota que el PP se ha tomado en serio la consigna de ahorrar en la campaña, y parece que le encargó la grabación a un grupo de alumnos de primaria. Pero no frivolicemos: el contenido del vídeo es altamente ilustrativo y Mariano Rajoy inaugura la campaña con una seria advertencia sobre las «alternativas extremistas» que concurren a las elecciones. No las señala por su nombre, aunque todos sabemos a cuáles se refiere: a Podemos, a su coalición con Izquierda Unida, quizá a algunos partidos como Bildu y, salvando las distancias, a las llamadas convergencias de Podemos. Rajoy alerta de su existencia y alerta de sus peligros.
¿Pura estrategia para situarse como líder de la moderación? Sin duda. Incluso se puede anotar algo más descarado: el presidente acaba de hacer una solemne invocación al voto del miedo; el presidente acaba de intentar situar la campaña en el campo que le conviene: en un combate entre el extremismo de otros y la moderación, cuyo patrimonio viene reclamando desde que el fracaso de los pactos reavivó el sonido electoral. Esa estrategia nos aboca, sin duda, a una campaña dura y tensa, más llena de acusaciones que de propuestas y a un enfrentamiento dialéctico entre las dos ciudades de Santo Tomás de Aquino: la Ciudad de Dios (el centro-derecha) y la Ciudad del Diablo, manejada por la izquierda.
Preparémonos para ese combate dialéctico con una advertencia elemental: si esas «alternativas extremistas» existen, es que se dan las circunstancias para que existan. Aquí y en el resto de Europa. No es una casualidad que también ayer el presidente del Parlamento Europeo señalara el crecimiento de los populismos como uno de los riesgos de la Unión. Quiso la actualidad que el ministro de Asuntos Exteriores, señor García Margallo, sufriese un ataque de sinceridad y dijese que el Gobierno «se ha pasado cuatro pueblos» en las medidas de austeridad. Y está muy reciente (viernes, 6 de mayo) ese informe que asegura que la última crisis económica expulsó a tres millones de españoles de la clase media.
Esos son daños colectivos que hemos sufrido todos con diversos grados de dureza y a veces de crueldad. Es natural que haya un porcentaje indeterminado de ciudadanos que quieran pasar factura por los perjuicios de la crisis, de las soluciones y los remedios puramente capitalistas aplicados. A esos ciudadanos quizá no se les pueda reclamar un voto moderado. Ellos son los que saben dónde empieza el extremismo y dónde la moderación.
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