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viernes, 6 de mayo de 2016

Las Vegas, ciudad alienada.


Las Vegas se presenta como un espejismo en medio del desierto de Nevada. Una megaestructura de casinos y suntuosos hoteles, testimonio de lujo y extravagancia. Pero la ciudad del pecado y los excesos también tiene su cara oculta: el juego, el alcohol, las drogas y la prostitución. Además, los altos índices de desempleo, de pobreza y de marginación social desmontan la idea de paraíso de Las Vegas, que disfraza sus vergüenzas con la fase suprema del hedonismo.
En los 1700 casinos de Las Vegas circulan cantidades millonarias. Con su abarrotamiento de luces y neones, es la ciudad más vista desde el espacio. Tiene hasta una segunda Polinesia francesa, con sus volcanes, arroyos y delfines en pleno desierto. En las conocidas como wedding chappels, falsos Elvis Presley casan a más de 120,000 parejas al año. Es la ciudad de los récords Guiness, de la exageración.
La ostentación que ofrece Las Vegas a sus turistas contrasta con una realidad difícil de conocer desde las mesas de póker o los bares de striptease. La desprotección social es abrumadora. Desde 2008, todos los presupuestos públicos han sufrido recortes. Se han cerrado escuelas y centros culturales y los fondos para obras públicas se han reducido a la mitad. Los servicios públicos quedan en un segundo plano, mientras se facilita la financiación de proyectos de tiburones inmobiliarios con ingentes fortunas como Sheldon Adelson o Steve Wynn. Ellos ponen las condiciones, los gobiernos obedecen embelesados. “Wynn es un fenómeno humano que crea ilusiones y empleos y turismo y desarrollo económico y éxito en todo lo que hace”, declaraba Bob Miller, gobernador de Nevada en la década de los 90, tras la creación del gran hotel Mirage.
Otro problema es el sistema impositivo de Nevada, que presenta una de las cargas fiscales más bajas de Estados Unidos. Allan Popelard y Paul Vannier, miembros del Instituto Francés de Geopolítica, critican sus efectos: “Aquí no hay impuesto sobre los beneficios, ni de sucesiones, ni de sociedades. Si a esto sumamos la permisividad de las costumbres –juego, prostitución, alcohol, casamiento-divorcio-, Las Vegas aparece como el laboratorio de la ciudad libertina”.
Los políticos apoyan el desarrollo del turismo, de la industria hotelera y del juego con el pretexto de crear empleo. Sin embargo, el paro supera el 13 por ciento, un récord entre las cien ciudades más grandes de Estados Unidos. Además abundan los trabajadores indocumentados, sin contrato y sin seguro médico, con largos horarios diurnos o nocturnos. En muchos casos las condiciones laborales son pésimas. Muchas strippers ni siquiera cobran un sueldo; algunas deben pagar hasta $200 por subirse al escenario y viven de las propinas de los clientes.
La marginación social es otro problema a destacar. Según los estudios, la pobreza afecta al 16 por ciento de la población. Ni a los empresarios de los negocios ni al gobierno les interesa dar visibilidad a esta cara oculta de su supuesto paraíso. Las personas que piden limosna en las calles aseguran que las autoridades les persiguen para expulsarles a las afueras de la ciudad, lejos de los ojos absortos de los turistas. La miseria y los guetos rodean a la capital del lujo y del vicio. “Llevo seis años en la calle. Odio cada día de mi vida. Y la gente piensa que esta ciudad es divertida…”, confiesa un indigente a los reporteros de Buscamundos. Otros adaptan su desesperación al desenfreno y frivolidad de los visitantes: “Por $5 me puedes pegar una patada en mis partes íntimas”, dice un cartel.
No es coincidencia que Las Vegas presente uno de los índices de suicidio más elevados de Estados Unidos. La dificultad de acceso a la atención sanitaria, en especial para los enfermos psiquiátricos, el comercio con armas o la ludopatía son algunos factores que impulsan al suicidio. También la sensación de derrota y desamparo llevan a la depresión. Porque detrás del decorado, sólo se respira soledad y falta de espíritu comunitario. Las Vegas es lo opuesto a la solidaridad, es una sociedad de cartón piedra. Un modo de vida que algunos consideran divertido y otros, repugnante.
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