Sigue el blog por EMAIL. Seguir por EMAIL

lunes, 2 de mayo de 2016

Guerra de banderas en el festival de Eurovisión.















Soy eurofan. Y soy vasco. O vasco eurofan, lo mismo da. De modo que a menos de 15 días para que se celebre en Suecia la 61ª edición del Festival de Eurovisión sobresaltos como el de la lista de banderas prohibidas en el certamen, que muy estúpidamente ha incluido a la ikurriña, no son muy recomendables para mi salud física y mental.
Pero creo que el asunto merece un comentario sosegado más allá del chascarrillo fácil que se propaga a velocidad de la luz por las redes sociales.

El Festival de Eurovisión es, desde sus orígenes, un certamen musical apolítico. Eso, según cómo se interprete, tiene muy mala prensa. Pero lo cierto es que el concurso se concibió -y sigue manteniendo ese espíritu seis décadas después- como una extraordinaria plataforma mediática y musical de unión entre los distintos estados de Europa y algunos otros vecinos que forman parte del espectro de radiodifusión europea, como Israel, Líbano o Marruecos -que participó en una ocasión y puede hacerlo cuando lo desee-. La UER, el ente que agrupa a las radiotelevisiones públicas europeas, responsable del certamen, siempre ha tratado de evitar la politización del concurso, a sabiendas de lo imposible que resulta esta misión.

En ocasiones, como ocurre ahora, es la propia metedura de pata de la UER la que, sin pretenderlo, acaba provocando un problema político. Es del todo lógico que la organización prohiba banderas como la del Estado Islámico, faltaría más.

Más polémico y opinable es que prohiba las enseñas de territorios no reconocidos por la comunidad internacional y en los que hay conflictos bélicos abiertos, como ocurre, por poner tres ejemplos, con el Donbas, en Ucrania, Trandniester, en Moldavia, o Nagorno Karajav, que se disputan Armenia y Azerbaiyán. Todos los estados mencionados son países participantes en Eurovisión.  En este caso, lo que la UER intenta es evitar que organizaciones civiles y políticas de los muchísimos territorios en disputa política usen Eurovisión como plataforma de reivindicación de sus objetivos territoriales, aprovechando la enorme proyección e impacto que tiene el certamen, con una audiencia estimada de casi 200 millones de personas en todo el mundo.

Y luego está la majadería de tratar de cortar por lo sano y, para evitar todo lo anterior, tomar la decisión salomónica de no permitir que en el recinto donde se celebra el Festival ondeen más banderas que las nacionales de los estados participantes. Con un propósito saludable y en mi opinión bienintencionado, la UER acaba cometiendo un despropósito que debe corregir de inmediato. Todas las banderas regionales son tan legales como las nacionales y no pasa nada porque los eurofans agiten la ikurriña, la senyera o la asturiana, junto a la española, como llevan haciendo en Eurovisión desde hace décadas. Los eurofans se caracterizan por el respeto absoluto hacia todas las banderas que ondean. No se abuchean ni se denigran, como ocurre tristemente en tantos espectáculos deportivos de masas. Por eso es especialmente dañino este resbalón injustificable de la UER.
Precisamente el Festival se ha caracterizado siempre -y así debe seguir haciéndolo- por su extraordinaria tolerancia y apertura. Antes he dicho que la organización procura evitar toda consigna política. En realidad, acepta y promueve una: el avance y la igualdad de derechos de las minorías, en especial de la comunidad LGTB. La bandera homosexual arcoiris es una de las que más se ven en Eurovisión, junto a las nacionales de los países participantes, porque el Eurofestival hace gala desde mucho antes de que en algunos países, como España, se aprobaran leyes por la igualdad, de defensa del colectivo. Hasta el punto de que los sectores más reaccionarios de países con leyes terriblemente homófobas como Rusia, Bielorrusia y algunos otros, han intentado sin éxito estos últimos años que sus gobiernos decidan marcharse de Eurovisión, como sí ha hecho Turquía, en plena deriva autoritaria islamista sin freno.
Cada año hay cuestiones políticas que acaban teniendo cierto protagonismo en Eurovisión. Es inevitable. Cuando España organizó el certamen en 1969, tras la victoria de Massiel, hubo países que exigieron un boicot a la dictadura franquista. O mucho más recientemente la anexión rusa de Crimea o la intervención militar en el este ucraniano, por no hablar del conflicto ya mencionado en Nagorno Karajav, o las disputas entre Grecia y Turquía, han tenido alguna incidencia en el desarrollo del certamen, para disgusto de la organización. Ya hemos dicho que evitar toda politización cuando estamos hablando de una competición entre más de 40 países y el evento musical más importante de cada año en Europa, es sencillamente imposible.
La UER debe pedir disculpas de inmediato por la metedura de pata de la ikurriña. Y seguro que más de un eurofan vasco acudirá con esta bandera y la española a animar a Barei en Estocolmo. Pero, ojo, que los políticos no pretendan hacer politiquería con Eurovisión, sabiendo que es muy fácil lograr el minuto de gloria... Al lehendakari Urkullu, con todos mis respetos, le recomendaría una tila y que disfrute del Eurofestival los próximos 10, 12 y 14 de mayo. A ver si ahora vamos a pedir que España se retire de Eurovisión por este resbalón de la UER, cuando nunca ha dicho ni esta boca es mía ante todo tipo de competiciones deportivas en las que la bandera española, por ejemplo, no es que esté prohibida, sino que directamente resulta silbada y abucheada en cuanto ondea.
Un poco de proporción. Y disfrutemos de Eurovisión, con toda su frivolidad, que ya está bien de tomárselo todo tan a la tremenda.
Publicar un comentario