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viernes, 6 de mayo de 2016

Cuando hablan los políticos ¿entiendes lo que dicen?




 
Andrés Suárez Yáñez, Profesor  de la Facultad de Ciencias de la Educación de la USC
En una conversación, si nuestro interlocutor repite una y otra vez «¿comprendes?», llega a ofendernos; por eso el conversador hábil sustituye la anterior pregunta por un «¿me explico?». Nos molesta cuando alguien sugiere que no comprendemos, porque, de alguna manera, se pone en duda una de nuestras capacidades básicas.
En textos cortos (orales o escritos), las diferencias de comprensión pueden pasar desapercibidas. Por ejemplo, en casos como comprender la hora a qué sale un determinado tren al oír el anuncio en la estación o en el de abrir más la boca ante la indicación del dentista. Pero en textos más extensos, continuos o discontinuos, las diferencias pueden ser enormes, en textos aparentemente a nuestro alcance.
Como profesor que he sido en la universidad durante varios años, he podido comprobar esta dificultad de comprensión de textos, tanto orales (sí, también textos) como escritos. Con frecuencia, en ciertos casos, solicité a los propios autores de los textos (Carlos G. Reigosa, J. Carlin, etcétera) que evaluaran los resúmenes hechos por mis alumnos de sus textos.
Me limitaré a presentar una evidencia. Presenté a cinco profesores de una facultad de Psicología un fragmento con sentido completo de un libro de texto que ellos utilizaban. Les pedí que lo leyeran y que puntuaran después, en una escala de 1 (peor) a 5 (mejor), un resumen que les presentaba del mismo. ¡Lo puntuaron con las cinco puntuaciones posibles! Solo uno de los profesores le otorgó la puntuación máxima, coincidiendo con el juicio al que habíamos llegado en clase, después de elaborar el resumen durante varias sesiones.
Las conclusiones que se derivan de este tipo de evidencias son enormes. Por ejemplo, ¿qué comprendemos cada uno de nosotros de los textos de los políticos que leemos u oímos, que, premeditadamente, para colmo, suelen ser ambiguos?
La comprensión de un texto no es una cuestión dicotómica (comprender o no comprender). Es una cuestión de en qué medida la interpretación que construye del texto el lector u oyente resulta más o menos convincente. De acuerdo con esto, el profesor que pregunta «quién no lo ha comprendido» no procede bien, puesto que el problema es que el alumno piensa que sí lo ha comprendido. Lo que debe hacer el profesor es solicitar la interpretación que han construido del texto los alumnos y discutir/argumentar entre todos cuál de ellas parece la más convincente, teniendo en cuenta que convencer no es lo mismo que persuadir.
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