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lunes, 8 de mayo de 2017

Llega un punto en que la tolerancia, a Pablo Iglesias y gente de mal vivir, deja de ser una virtud



La vanidad de Pablo Iglesias ha adquirido tales proporciones tras su fulgurante “éxito” político que el líder de Podemos ha llegado a una insensata conclusión: que, contra la célebre máxima de Lincoln, él sí puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Los términos vano y vanidad proceden, sin embargo, de vacío, etimología que Iglesias acredita plenamente al ser el absoluto vacío de cualquier idea sobre qué quiere para España, lo que el líder populista trata de esconder con su desbocada verborrea y su sucesión de ocurrencias; la última, esa moción de censura contra el PSOE que afirma presentará contra el PP. Claro que si de la política nacional pasamos a la acción de los partidos y políticos extranjeros que viene apoyando el dirigente de Podemos, parece sencillamente increíble que muchos demócratas sinceros sigan apostando por Iglesias y los suyos. Basta mencionar los nombres de Tsipras, de Chávez, con su epígono Maduro, y de Mélenchon para ilustrar la disparatada política exterior de un líder que jamás pierde la oportunidad de equivocarse. Sobre el apoyo a Tsipras -que gobierna no con un programa diferente de aquel con el que ganó las elecciones, sino exactamente con el programa contra el que obtuvo su victoria- queda poco por decir, salvo que Iglesias simpatiza con el responsable del mayor fraude electoral que se ha producido en muchos años en la Europa democrática. Las simpatías de Podemos por Chávez y por Maduro, es decir, por dos sujetos que han devastado económicamente un país muy rico y destruido un sistema democrático con una acción autoritaria que podría desembocar en una guerra civil, demuestran que las proclamas de respeto de Iglesias y su partido a la voluntad del pueblo -de la gente, dicen ellos- son pura filfa: nadie que crea en la democracia puede apoyar el matonismo parafascista de Maduro y su camarilla de sátrapas que han hundido Venezuela. La última demostración de que Iglesias no cree en nada en realidad ha sido el vergonzoso seguidismo a la negativa de Mélenchon a apoyar a Macron para frenar así a Le Pen. Echenique, número dos de Podemos y al parecer nuevo gran ideólogo de la izquierda populista, planteaba la necesidad de votar contra Le Pen pero sin apoyar a Macron, por ser un «banquero austericida». Una cuadratura del círculo que recuerda a fin de cuentas la posición reaccionaria de los comunistas, cuando, antes del cambio de posición de Stalin en los años treinta en pro de los frentes populares, acusaron de «socialfascistas» a los socialistas europeos. Si, por un milagro, Le Pen ganase hoy en Francia las presidenciales, la culpa sería de Mélenchon, que habría conseguido tal hazaña con el aplauso de Iglesias y de Podemos. Si, como es previsible, resulta derrotada por amplia mayoría, no será por la ayuda que, con el apoyo de Iglesias y Podemos, prestó Mélenchon a ese resultado,
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